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Tenía muchísimas ganas de escribir este artículo, tantas que nunca encontraba tiempo de hacerlo y me marqué como meta no dejar pasar 2016 sin publicarlo… allá va.

El concepto de imagen latente siempre me atrajo como oso a la miel o mosca a la mierda; forma parte del proceso fotográfico y soy consciente de que parte de la adicción a la fotografía proviene de este concepto. La tensión de la espera, la confirmación de si has hecho bien o no tu trabajo… esa es una de esas “tensiones no resueltas” que hacen que el corazón se encoja hasta hacer daño.

La imagen latente no es más que un proceso, un tiempo necesario, la imagen se crea al igual que se crean los bebés. Unos fotones por aquí, unos haluros de plata por allá… y ala, ya está. Lo que pasa es que mientras la película no se revele esa imagen se considera embrionaria o latente.

La propia definición de latente –según la RAE– nos da la respuesta: algo oculto, escondido o aparentemente inactivo.

Rollos de películas pendientes de revelar © Paco Rocha
Rollos de películas pendientes de revelar © Paco Rocha

La imagen latente no es más que un proceso, un tiempo necesario, la imagen se crea al igual que se crean los bebés. Unos fotones por aquí, unos haluros de plata por allá… y ala, ya está. Lo que pasa es que mientras la película no se revele esa imagen se considera embrionaria o latente.

Nada que ver con los terabytes de trabajo digital que me mortifican en el día a día © Paco Rocha
Nada que ver con los terabytes de trabajo digital que me mortifican en el día a día © Paco Rocha

Con la película fotográfica expuesta nos enfrentamos al proceso de revelado. Ese proceso que activará ese embrión de imagen y que provocará que vuelva a ver la luz. Pero somos nosotros quienes tomamos la decisión de cuando y cómo vamos a ejecutar ese proceso de revelado, si es que lo ejecutamos algún día.

Maletas supuestamente perdidas, los rollos de la Maier o, más recientemente los 1.200 rollos de un fotógrafo anónimo que seguramente esconden una historia más que digna de ser revelada. La historia de la fotografía está llena de imágenes latentes descubiertas y de películas perdidas y luego encontradas.

Podríamos tachar lo sucedido con la maleta de Capa de “apropiación indebida”, el caso Vivian Maier como un resultado de la ausencia de recursos económicos y me temo que los 1.200 rollos pendientes de revelar apuntan a idéntico problema de solvencia.

¿Qué tiene la fotografía que nos vuelve tan locos? Locos incluso como para gastar dinero en rollos de película y luego no revelarlos, ¿qué clase de enfermos somos? Acaparadores, futuros enfermos de síndrome de Diógenes de recuerdos, cámaras y trastos… ¿Tan poco confiamos en nuestra mente que queremos grabar a base de fotones y haluros nuestra memoria? ¿O es que acaso nuestra necesidad de expresarnos con las porciones de mundo que vemos es tan grande que no nos cabe en el pecho? Tan grande que nos quitamos de comer pero compramos película a sabiendas que no podremos revelarla –supongo que algo así pasó con este fotógrafo de los 1.200 rollos de película–.

Lo que sí que podemos tener claro es que gran parte de esa necesidad se cubre en el momento de accionar el disparador, ese dispositivo maldito que nos hace creernos dioses con la capacidad divina de expresar o simplemente de capturar y de apropiarnos de la escena. Es tal la violencia de ese acto que no es de extrañar el lenguaje usado en su definición; “disparador”, “disparo”. Al final de ese acto sólo queda una imagen latente, pendiente, la adrenalina se fue, se disuelve momentáneamente por un periodo indefinido de horas, días o años, hasta que revelamos la imagen y vuelve a inundarnos, a invadirnos por los ojos, a devolvernos la misma sensación, el mismo sentimiento que nos provocó su captura.

Negativos pendientes de archivo y carpeta de pendientes de hacer contactos, el trabajo en el laboratorio lleva otro ritmo © Paco Rocha
Negativos pendientes de archivo y carpeta de pendientes de hacer contactos, el trabajo en el laboratorio lleva otro ritmo © Paco Rocha

Nos pasaremos décadas “descubriendo” grandes fotógrafos ocultos que no eran hijos de burgueses y no tenían acceso a publicar en la revista Harper´s Bazaar, o a vender sus fotos a la agencia Magnum, pero eran tanto o más grandes que sus fotógrafos. Militares con cámaras, fotógrafos de pueblo, aficionados con un ojo artístico increíble… todo eso está por descubrir y se descubrirá. Estamos en esa era de la arqueología fotográfica en la que el hallazgo de imágenes latentes vale su peso en oro.

Por desgracia, la fotografía digital hará imposible que en nuestra generación eso suceda. Cualquier buena imagen de un buen aficionado o profesional queda instantáneamente sepultada bajo millones de toneladas de imágenes basura producidas cada milésima de segundo; eso las convierte a todas en latentes, imágenes ocultas, escondidas –pensad en todas vuestras fotos digitales familiares, en las del teléfono móvil… todas están ahí sin materializarse, y rara vez se “disfrutan”–.

Y así, entre tanta fotografía, podemos preguntarnos: ¿Cómo será la arqueología fotográfica del futuro?

Un rollo de película que permaneció en una cámara entre 2010 y 2012… lo revelé en 2013, a veces las cámaras cargadas dan sorpresas © Paco Rocha
Un rollo de película que permaneció en una cámara entre 2010 y 2012… lo revelé en 2013, a veces las cámaras cargadas dan sorpresas © Paco Rocha

Demasiadas preguntas y pocas respuestas, solo la experiencia y el tiempo nos contesta a cada una, y a mi, hace unos años, me llegó mi propia respuesta al respecto de ese concepto de imagen latente.

En 1996 yo era un joven imberbe –todavía lo soy–, con 18 años llevaba varios años con una cámara a cuestas y vendiendo fotografías a diarios locales y deportivos… siempre que yo llegase antes que sus propios fotógrafos, claro.

Si algo marcó mi adolescencia fue el hecho de tener una cámara colgada, cobrar por las fotos que realizaba, ayudar con los gastos de casa, comprar más y más película y muy poco revelador –ésta última parte va unida al pensamiento de “ya lo revelaré más adelante” y a mi empatía con el señor de los 1.200 rollos–.

Un rollo de negativo de 36 exposiciones podías cortarlo 3 veces y hacer tres reportajes de 8 o 9 fotos cada uno –siempre perdías dos o tres fotogramas en los cortes–, así que asegurabas el disparo; lo asegurabas tanto que muchas veces lo perdías y te frustrabas.

La diapositiva era otra historia. Por 1.000 pesetas tenía rollo y revelado incluido, y cuando en la tienda se agotaba el ScotchChrome –malo como él solo; a ver si en Ferrania toman nota– tenían el detalle de dejarme al mismo precio Agfa e incluso alguna Fuji Sensia. Aquellas agencias que a día de hoy puedo calificar de “buitres”, se apropiaban de las diapositivas y las duplicaban para venderlas al 10 minutos, el Hola o la Pronto… y a los fotógrafos nos daban las migajas… con suerte. Eso era en el año 97 y tengo suerte de conservar algunas diapositivas de “descartes” de aquella época.

Descartes de uno de mis reportajes en diapositiva para “agencias” Paco Rabal durante el rodaje de “la novia de medianoche”
Descartes de uno de mis reportajes en diapositiva para “agencias” Paco Rabal durante el rodaje de “la novia de medianoche”. © Paco Rocha

Y así, entre tanta fotografía, podemos preguntarnos ¿Cómo será la arqueología fotográfica del futuro?

En aquella época tenía para mis usos personales una lata de 30 metros de Agfapan APX 400, e iba cortando y haciéndome mis rollos –me leo a mí mismo y me veo “liando” carretes como si fueran canutos–.

Tira de Agfapan 400 película que me proporcionó unos cuantos años de alegrías, desde 1993 hasta 1996 aproximadamente © Paco Rocha
Tira de Agfapan 400 película que me proporcionó unos cuantos años de alegrías, desde 1993 hasta 1996 aproximadamente © Paco Rocha

En ese año mi conocimiento sobre los autores y la historia de la fotografía eran casi nulos, vamos, como ahora pero un poco menos. Me iba con mi Pentax p30t a todas partes, incluso a visitar a mi madre en el hospital.

Uno de sus últimos días de vida la visité con la cámara. En la parte exterior, en la plataforma de helicópteros del hospital, estaban limpiando el aparato y les pedí que me dejasen hacer unas fotos. Luego subí a la habitación a ver a mi madre, y algo, no puedo explicar qué, hizo que cogiese la cámara y disparase tres fotografías. Ella en la cama bañada por la trama de la luz atravesando los agujeros de la persiana y dos detalles de su mano con la vía de la medicación clavada en la vena y los dos anillos en su dedo. Esos dos anillos retrataban lo que significó para mi; fue padre y madre al tiempo. Disparé esas fotografías y me senté allí a pasar la tarde y la noche.

El carrete que llevaba era una “cola” de película y como tuve que hacer un trabajo esos días, la quité y la marqué con las fotos que había hecho –”11 fotos”– para que, si volvía a cargar el rollo, no montara fotogramas. Al sacarlo de la cámara se fue al fondo de la bolsa, en una limpieza de bolsa se fue a un cajón, de un mueble pasó a otros muebles durante años, tantos que me olvidé de qué había en aquel chasis que marcaba once fotos.

En 2011 durante una de mis limpiezas de laboratorio apareció el chasis y revelé su contenido. Usé la prueba de la gota para determinar el tiempo de revelado ya que no me acordaba de nada, absolutamente de nada, no había fecha, sólo una cola con 11 fotografías. Las revelé y lloré.

La luz capturada en 1996 estuvo 15 años 'latiendo' en los haluros de plata esperando ser revelada, un concepto quizá demasiado romántico © Paco Rocha
La luz capturada en 1996 estuvo 15 años ‘latiendo’ en los haluros de plata esperando ser revelada, un concepto quizá demasiado romántico © Paco Rocha

Este año hace veinte años que falleció mi madre, fue la primera clienta que tuve, ya que sus amigas me pagaron 200 pesetas por una foto que les hice a las tres. Ella fue la primera a la que convencí de que iba a ser fotógrafo porque recuperé el dinero que gasté en mi primera cámara en menos de tres meses.

Hice aquellas fotografías sin conocer a Annie Leibowitz y sus fotos de Susan Sontag, o la fotografía de “despedida” de Yoko Araki que su marido Nobuyoshy realizó en su funeral, mucho más admirables las fotografías de mediados de siglo pasado que hacía Ramón Caamaño Bentín en Muxía, que retrataba los muertos en su velatorio, entre otras cosas para enviar a la emigración la noticia y avisar del reparto de la herencia.

Para que yo hiciese esas fotografías no me hacía falta conocer a ningún fotógrafo famoso ni pretender “artistada” de ningún tipo, ni permitir que unos comisarios o curators se tomasen la licencia de hablar de espíritus voyeuristas ni conceptos abstractos. Sabía que mi madre se iba y no quería permitirlo. Tampoco podía evitarlo, y por ello hice esas fotografías, sin más. Por ese mismo motivo 20 años después veo el negativo y no tengo fuerzas para positivarlo, menos aún para mostraros las imágenes.

Una cola de película con 4 fotogramas expuestos de… VALCA, una película fabricada en España ya desaparecida, seguro que alguna sorpresa espera ahí… latente © Paco Rocha
Una cola de película con 4 fotogramas expuestos de… VALCA, una película fabricada en España ya desaparecida, seguro que alguna sorpresa espera ahí… latente © Paco Rocha

Para mi ese es el concepto real de imagen latente. Las imágenes que tengo en mi cerebro y a las que recurro constantemente están ahí latentes. Las fotografías guardadas y no reveladas, las reveladas y archivadas, las digitales en sus discos duros, incluso las colgadas en las paredes de casa son imágenes latentes que solo tienen sentido y resucitan cuando se las mira.

11 Comentarios

  1. Grande Paco, yo también llevé la cámara al hospital cuando mi madre estaba a punto de morir, la miré y no me atreví, quería que las fotos que me quedasen de ella fueran de vida y de alegría, como era ella. Tengo sentimientos encontrados ahora, no sé si hice bien, miro las fotos que tengo de ella y aunque son bastantes se me hacen pocas. Con los carretes me pasa lo contrario, tengo cientos, todos revelados, trabajé en dos laboratorios fotográficos 15 años y revelaba todo, lo que dejé de hacer fué positivarlos, ya no tenía sitio para tanta foto, lo revelaba y lo metía en el bote de plástico enrollado, tengo un cajón lleno y hace poco mirando me encontraba cosas de las que ni me acordaba
    Un día tenemos que hablar nos conocimos en un curso que diste hace poco y no sabía que te gustase el medio formato, tengo una Tachihara Hope y ando detrás de una Speed Graphic y empiezo a trastear con el Colodión en unos días!!!. Todo muy autodidacta. Además somos casi vecinos.

  2. Hola Paco, no nos conocemos pero te diré que es el artículo que más hondo me ha llegado (permíteme el atrevimiento porque sigo a D. Valentín desde hace muchos años) de esta nuestra revista.
    También yo tengo imágenes latentes que no revelo, entre otras cosas porque el mismo material, ampliadora, cubetas y demás, es en si latente. A veces a contraluz, veo los negativos y saltan los recuerdos con toda la potencia de los muelles comprimidos durante años, unas veces lentos y otras resultan dolorosos.
    Creo que todo el pasado es latente. Puede que capturáramos una pequeña porción en haluros de plata, en algún soporte electrónico y sobre todo, en nuestro recuerdo. Ese recuerdo que aflora de manera tan especial cuando visualizamos nuestro archivo químico. Porque la magia de las sales de plata es eso, magia, e incluso las formulaciones químicas nos parecen ya preparados de alquimia.
    Quizás la próxima vez que suba a la buhardilla vea a mi vieja Durst AC-707 AUTOCOLOR con otros ojos y tendremos que llegar a un acuerdo, porque siempre es el corazón el que guarda nuestras mejores imágenes latentes.
    Un abrazo.

    • Andrés… muchas gracias por tus palabras, llega a un acuerdo con tu Durst que en la buhardilla seguro que se siente sola y te agradece una limpieza y un encendido. Muchas personas que malvendieron sus equipos se arrepienten a día de hoy por no poder disfrutar de “otro tipo de fotografía” de vez en cuando. Lo dicho, gracias por tus palabras.

  3. Magnífico artículo. Todos los que hemos vivido la fotografía desde hace años tenemos historias de ese tipo latentes en nuestros negativos. Sobrecogedor también lo que dices de la fotografía digital: “Cualquier buena imagen de un buen aficionado o profesional queda instantáneamente sepultada bajo millones de toneladas de imágenes basura producidas cada milésima de segundo”. Joder, Paco, me ha puesto los pelos de punta, porque aunque ya lo sabía, tú has sabido concretar la crudeza de ese hecho en una sola frase. Un abrazo, amigo, hoy me he sentido menos solo.

  4. Paco, hace mucho que no hablamos en la red, desde los tiempos del blog de Valentín junto a Hugosolo, Javier Izquierdo y otros asiduos… Sólo decirte que comparto muchas de las ideas y sensaciones “latentes” en tu artículo. Un abrazo.

  5. Igual de “tocado” que los demás, y compartiendo los mismos sentimientos, daré un pequeño cambio de tercio para preguntar/consultar:
    ¿se sabe cuánto tiempo nos permite la química, o la física, antes de que las imágenes latentes en los haluros de plata se vuelvan irrecuperables?
    ¿habrá estudios al respecto, o son todo experiencias/experimentos personales? (Me imagino que dependerá mucho de las condiciones de almacenamiento, pero tengo curiosidad).
    Gracias por el artículo,
    un saludo

    • Hola Juan Antonio, gracias por tu comentario…. la formación y la permanencia de la imagen latente daría para mucho texto desde el punto de vista más científico (de ahí que no lo haya abordado por ese lado) y existen multitud de referencias de cómo funciona químicamente el proceso.
      Respecto a la acción del tiempo sobre la película expuesta, la realidad es que hay tantas variables que pueden afectar (la gran mayoría relacionadas con las condiciones de almacenamiento) que podemos encontrarnos placas secas con más de un siglo que no hayan sido reveladas y poder recuperar imagen… y por el contrario podemos encontrarnos un rollo de película de hace dos o tres años totalmente deteriorado por la humedad. En cuanto a los estudios al respecto…. bueno, supongo que es cuestión de tiempo.

  6. Hola Paco, no nos conocemos y eso me da más libertad para decirte que tu artículo me encantado y me ha conmovido por la sinceridad con la que te muestras tú, tu experiencia, tus avatares. Tu artículo tiene cara humana y eso siempre lo echo de menos. Entre frases autobiográficas hay una enorme reflexión sobre para qué hacemos fotografías. También, si no las vemos nosotros mismos, o lo hacemos por encima, quiénes pretendemos que las vean. Hay fotografía si hay algún evento. Si no lo hay, pocos salen a construirlo. Como si dependiéramos de un acontecer ajeno y no fuéramos capaces de construirlo, ya que lo que tenemos son réplicas y más réplicas de sus múltiples caras. En efecto, todo es latente todo en este momento, en pleno triunfo de lo visual y una vez relegados los demás lenguajes existentes hasta la fecha. Gracias por haberme alegrado esta noche vieja. Feliz año nuevo.

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