Toda fotografía es un recuerdo, una especie de memoria selectiva que nos sirve para inmortalizar aquello que de alguna manera forma parte de nosotros y de nuestra vida. Por este motivo, toda imagen tiene parte de nostalgia, mayor o menor según la carga emocional del momento y del contenido de la instantánea, pero pertenece a nuestro pasado, a un momento que ya no va a regresar.

Esa sensación la hemos tenido con nuestras propias fotografías, por la carga emotiva de nuestro vínculo como autores. Pero también sucede con las imágenes de otros. Todos hemos sentido un pequeño escalofrío con alguna mirada, con algún detalle, con un determinado color o una evocadora luz, que de alguna manera traspasan la bidimensionalidad de la fotografía para conectar con sensaciones que forman parte de nuestro yo más interno.

Estos vínculos son abstractos, personales y difícilmente explicables, pero tienen que ver con todo lo que nos ha formado como personas y el camino de vida que hemos recorrido. Y aunque esta relación ‘sobrenatural’ con una fotografía dependa de las circunstancias del ‘ser observante’, hay autores con una mayor facilidad que otros para impactar en nuestro lado nostálgico; uno de ellos es sin duda el norteamericano Alec Soth.

El fotógrafo Alec Soth, nacido en Minneapolis (Estados Unidos) en 1969, está tocado con el don de la evocación, con una enorme capacidad para captar a personas y objetos más allá de su apariencia estética. De parar el tiempo, y congelar una historia, que trasciende, que remueve, que agita la parte emocional del espectador, conectando su propio pasado, vivido o no vivido, con lo que tiene delante de sus ojos.

'Charles, Vasa, Minnesota', Alec Soth, 2002
‘Charles, Vasa, Minnesota’, Alec Soth, 2002

Es heredero de Walker Evans, de Robert Frank, de Joel Sternfeld; de todos aquellos que han mirado de manera incómoda al presente de los Estados Unidos, con una mezcla de melancolía y de amargura. Pero también de lucidez para dar sentido visual a ese país poliédrico donde los perdedores del sueño americano acogen su derrota de manera silenciosa, sin molestar, aceptando que el tren de los triunfadores se alejó de ellos para siempre.

Es parte intrínseca del arte y la literatura norteamericana esa capacidad de autoflagelación, y lo hacen muchas veces de manera sutil y larvada. En el país de las banderas en la puerta de la casa no es fácil formar parte de esa minoría que mira con ojos críticos a una nación tan inabarcable, extrema y desequilibrada en tantos ámbitos. Aunque la lucidez de tantos y tantos artistas ha servido para esculpir también la historia y la realidad americana.

Su primer libro, Sleeping by the Mississippi (2004), al que pertenece la obra seleccionada, supuso una verdadera sacudida dentro del panorama fotográfico internacional. Fue uno de los primeros autores de la nueva generación documental que puso el formato libro como medio principal de elaboración de un proyecto fotográfico. Y lo hizo con una obra madura y sólida, que recorre de una manera íntima la orilla de ese río mítico que vertebra los Estados Unidos, y que forma parte de la épica norteamericana.

Después de Sleeping by the Mississippi, llegaron Niagara (2006), The Last Days of W. (2009), y Broken Manual (2012). Y, entre medias, su ingreso en la Agencia Magnum, numerosos trabajos editoriales para The New York Times Magazine, y una importante labor como editor, bloguero y conferenciante. Además de numerosos premios y becas. En resumen, una febril actividad en no muchos años de carrera fotográfica.

La obra de Soth es puro storytelling, pero él lo hizo cuando pocos hablaban de ello en el mundo de la fotografía contemporánea. Y por este motivo ha sido tan copiado, tanto en el fondo como en la forma. Si te pones a contemplar alguno de sus libros, lo tienes que observar con los ojos del que se prepara para recorrer una narración, un conjunto de imágenes que encuentran sentido por la conexión entre unas y otras.

Navegas por el libro como el que lee una historia, aunque faltando las letras, uno tiene que apelar a conectar su parte emocional y cerebral con las fotografías, a detenerse ante las imágenes, a reconocer los gestos, los detalles y la atmósfera que dan estructura y cuerpo a la obra. Y, en este sentido, la coherencia y la intención de la mirada de Soth ayudan a construir una sólida historia, siempre personal e íntima.

Charles, Vasa, Minnesota (2002) es uno de los retratos recogidos en Sleeping by the Mississippi. Y Cuando uno detiene su vista ante este peculiar personaje, no puede dejar de pensar en si estamos ante ficción o realidad. La apariencia, los aviones que sujeta, todo parece formar parte de algún sueño infantil de Soth. Pero no, como muchas veces ocurre en el trabajo de un fotógrafo, la curiosidad está detrás de esta imagen.

Como el autor ha explicado en alguna entrevista, una vez, conduciendo cerca de la localidad de Vasa, le llamó la atención una curiosa casa al lado de la carretera. Detuvo el coche, llamó a la puerta y una mujer le abrió y comenzó a hablar con ella. Le explicó que junto a su marido habían construido la casa. Y que su marido era un loco soñador. Al poco apareció ante Soth aquel curioso hombre, y le contó que hacía aviones de madera ayudado por su hija. Le subió al lugar donde hacía los aviones, y Soth no pudo más que pedirle fotografiarle sobre el tejado de la casa junto a sus creaciones.

Su nombre era Charles, como el de Charles Lindbergh, el legendario aviador norteamericano, que era uno de los héroes de la niñez de Soth, y cuya casa, a orillas del río Mississippi, también aparece fotografiada en el libro. Historias que se entrecruzan a lo largo del libro y que pertenecen al hilo conductor de la narrativa. Al final, todo forma parte de una manera de unir las imágenes, de aprender a conectar las piezas ante el reto de contar una historia a través de instantáneas.

A nivel estético, la imagen es fiel reflejo del estilo de Soth. El fotógrafo de Minneapolis trabaja con una cámara de gran formato de 8×10″, por lo que sus imágenes tienen estabilidad y precisión. Los colores suelen ser suaves, las luces uniformes y la frontalidad preside habitualmente sus retratos. Gusta de imágenes equilibradas, atmosféricas, que no rompan la linealidad de su estilo con un contraste excesivo.

Para los que lo hayan descubierto con esta imagen, sólo nos queda recomendar el conocer la obra de Alec Soth a través de sus libros; será una buena forma de adentrarse en el apasionante mundo de la narrativa fotográfica.

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