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—¡Pero descárgate ya el Pokémon Go!

Llevaba meses atendiendo a la misma cantinela. Por todos lados, desde amigos a familiares, en casa y en el trabajo. De vacaciones sobre la mismísima arena de la playa. Todos me decían que me descargase el puñetero juego. Y yo he aguantado estoicamente y he sido reacio desde el principio. Ya saben, las drogas, cuanto más lejos, mejor.

Nunca había sido apasionado de la saga de bichos Pokémon. Cuando aquello explotó hace unos años a mí no me había pillado en edad de “merecer”. Sí que había jugado ocasionalmente en la antigua Game Boy –y creo que fue con uno de los primeros “emuladores” de consola que surgieron para PC– y no terminó de engancharme aquél asunto de ir atrapando extraños animales, metiéndolos en unas bolas mágicas y coleccionándolos para qué se yo qué fin. Pero al final, este verano, entre la playa y el calor, en un arrebato de hartazgo meridional, me descargué la aplicación Pokémon Go, al fin, cayendo en las redes de lo insano.

Poco después sabría que Pokémon Go alcanzaba seis millones de usuarios diarios –piensen de nuevo en la cifra si no les ha sorprendido–. El fenómeno sorprende, no solo por las cifras y por la exagerada cantidad de números y millones de dólares que maneja, también por cómo ha entrado en nuestra sociedad, como un disparo directo a un hueco que veíamos clave rellenar. El mercado aquí tiene mucho que decir. Pero antes de meternos en harina, vamos a explicar muy por encima en qué consiste Pokémon Go, aunque algo me dice que no hace mucha falta que se lo explique a estas alturas.

Pokemon Slaves. Pawel Kuczynski
El artista polaco Pawel Kuczynski ilustra perfectamente lo que hemos podido ver por las calles este verano. Pokemon Slaves.

Pokémon Go es un videojuego desarrollado por Niantic para Nintendo basado en una famosa serie de televisión y posterior saga de videjuegos. En ellas, unos muchachos trataban de atrapar a unos animales –por llamarlos de alguna manera– que pululaban por toda la geografía por la que se mueven sus protagonistas. Todo el afán de estos chicos era hacerse con todos y entrenarlos para poder enfrentarse a otros entrenadores y demostrar que eran los mejores entrenadores de pokémones. Como ven, el tono competitivo ya previene al que no haya tocado aún el juego. Aquí venimos a competir por ser el mejor entrenador de Pokémon, ojo. Pero su éxito no
reside en ese el sentido competitivo que se ha tratado de trasmitir al videojuego. O no sólo en ello. La verdadera pasión por él es que es un maldito vicio. Pero… ¿por qué?

Suponemos que los usuarios que en algún momento se han visto en edad de ver Pokémon son potenciales consumidores de videojuegos. El onanismo lúdico ha resultado ser extremadamente ventajoso cuando se le ha añadido su debida pizca de nostalgia. Lo vemos en las películas, en las series de televisión, en los libros y tebeos, y cómo no íbamos a verlo en los videojuegos. Para este tipo de productos, el supuesto target de usuario está en un varón treinta y cuarenta años. Pero… ¿Y los chicos que jamás llegaron a ver la serie en su momento porque no habían nacido? ¿Y alguien cómo como yo, que hace casi diez años que no toca una consola y que poco tiene que aportar en este sentido al asunto?

 mapa de pokémones © Python 2.7e
Algunas aplicaciones permiten ‘mapear’ las regiones en las que te encuentras y sus pokémones más cercanos. © Python 2.7e

Los videojuegos más populares de la red tienen su fundamentación en varias premisas que se repiten una y otra vez. Una de ellas, quizá la principal, es el beneficio real, visible, y lo más inmediato posible que ven en sus personajes –sus alter egos–reportado en recompensa de la cantidad de horas que le echan al videojuego. Subir nivel, ganar tesoros, combatir enemigos, construir armaduras o pociones o artilugios mágicos poderosos, volver a subir nivel, conseguir nuevos poderes, combatir más enemigos, subir nivel, investigar el mundo, buscar tesoros, y así un enorme círculo repleto de paradas intermedias cuya premisa siempre pasa por los puntos arriba descritos. Es la base capital de cualquier MMORPG. No se asuste al leer esas siglas, este artículo sigue siendo para usted, pero le explico que ellas describen el tipo de juego que hemos nombrado antes, el de un multijudador conectado que puede interactuar con otros jugadores sentados en los sofás de todo el mundo. Ya saben, subiendo niveles, matando malos, etc.

¿Por qué esa es la clave de este tipo de juegos? Posiblemente porque recoge muchas de las cosas de las que nos gusta alardear, o nos gustaría. Y porque deseamos ver respuesta inmediata a nuestras acciones. Queremos que nuestros personajes cobren vida, avancen, no dejen de interactuar con el medio, y que lo que nosotros hacemos con ello se vea recompensado. Queremos ser más rápidos, más listos, mejores. Y fardar de ello, no lo olviden. Que hay un componente muy grande de “miniegolatría” en todo este asunto.

Aquí llega Pokémon Go con una premisa parecida pero para todos los públicos. No solo para aquellos que desean ver las bondades de realizar acciones y que tus personajes sobresalgan, suban de nivel y se conviertan en unos fabulosos entrenadores de pokémones. Aquí la puerta está abierta a todos el que quiera entrar, descargarse gratis la aplicación –la gratuidad cada vez más necesaria en el mundo 2.0 daría para otro artículo bien cargado–y comenzar a jugar en menos de un minuto.

Pokémon foto de ©Mario Sánchez
La belleza del instante fotográfico en el que tratas de atrapar un pokémon… ©Mario Sánchez

Hazte con todos” es un lema como el del anillo único de Tokien; un lema para controlarnos a todos. El síndrome del coleccionismo en el amante de las culturas populares –mal o bien llamado friki, y no se me ofendan–es capital en este punto. Los demás juegos MMORPG, o al menos la mayoría, no estipulan desde un principio un objetivo tan claro encuadrado en el coleccionismo como lo hace Pokémon Go. Además, este juego registra el primero de cada uno de tus pokémones en la llamada “pokédex“, una especie de diccionario de pokémones, con siluetas negras que suponen promesas de pokémones aún no encontrados.

Así, en cuanto un pokémon es cazado, si aún no lo has visto, se registra en tu pokédex. Claro, al principio, recién bajado el jueguito, todo es nuevo, todo se registra, los pokémones que vas cazando entran directos a tu bolsillo, todo es novedad, puntos de experiencias, subidas de nivel, y la colección de pokémones crece a toda velocidad. No hace falta decir que esto se pausa conforme vas encontrándote con que los pokémones son siempre los mismos y que, por supuesto, es complicado encontrar los que no tienes, y evolucionarlos, que es otro tema (y cuyas evoluciones suponen nuevos pokémones a meter en tu propio diccionario). Un lío, pero que al jugón le encanta. Venga a meter pokémones en la pokédex –¿hablábamos de diccionarios?–, coleccionismo en su más puro y virtual estilo. Eso engancha, amigos.

Y es que la base del coleccionismo es en la que se basa casi todo el tirón de este Pokémon Go. El materialismo más práctico, que anula motivaciones directamente para migrarlas al mundo material. Porque, al fin y al cabo, a nadie le importa por qué queremos “hacernos con todos“. Algunos dirán que para ser el mejor entrenador Pokémon. A mí eso no me interesa, porque ya sé que, no sólo no lo seré, sino que el juego en su versión más competitiva, como al 100% de los jugadores casuales de este juego, no es lo que les ha traído a él. Buen momento para hablar de esta modalidad de juego, pero sólo por encima. Resulta que a tus pokémones puedes inflarles de fuerza, hacerles más resistentes y meterles en gimnasios –lugares “emblemáticos” de la geografía local– y hacerles pelear para volverles más poderosos. Otra forma de subir nivel. Ya saben, lo de siembre; sube de nivel, gana a los malos, consigue tesoros, sube de nivel…

Pero es algo, como decía, que al jugador casual no le interesa. En el encuentro mantenido en el Espacio telefónica Algo pasa con Pikachu, una de las conclusiones de los ponentes era que el mayor potencial del juego residía en el peso que le imprimían los jugadores casuales y la diversidad de edades de sus usuarios, tal como hablábamos anteriormente.

Pokémon Go en El Retiro ©Mario Sánchez
En silencio, una multitud sentada caza pokémones a la vez en El Retiro. ©Mario Sánchez

Vemos a los padres pasear con sus hijos buscando pokeparadas, bajando al perro o yendo a tirar la basura con el celular en la mano, a veces con vergüenza –ay, amigos, de eso hablaremos luego–y otras con indiferencia zombi. Pero sí, padres e hijos, padres que puede que ya fueran demasiado mayores para ver en su momento la serie Pokémon, y sus hijos, demasiado pequeños para haberla vivido en sus carnes. Son estos los usuarios mayoritarios, los que asumen que jamás tendrán todos los pokémones del mundo y que tampoco serán los mejores entrenadores de Pokémon Go, pero que en el fondo esperan seguir haciendo muescas en su pokédex, cubriendo sus siluetas negras desconocidas con bichos luminosos y tratando de ser lo más habilidosos posibles lanzándoles sus pokebolas.

Al principio me preguntaba de qué forma ganaba dinero Niantic –y Nintendo, madre creadora, poseedora del 30% de las acciones del juego–si la aplicación es gratuita. Aquí hay más de un estudio de mercado a subrayar. Por un lado, está la tienda a la que puedes acceder desde la aplicación. En ella puedes intercambiar dinero real por monedas virtuales con las que comprar enseres que te servirán en tu búsqueda por hacerte con todos. La principal y más inmediata ayuda en tu cometido está en la posibilidad de, por un euro, hacerte con 20 pokebolas. Pero según avanza el asunto –ya saben, sube de nivel, caza los bichos, sube de nivel…– se va dando uno cuenta de que es sencillo llegar a las pokebolas y que lo que puede ser más importante son las incubadoras o, dependiendo en niveles intermedios, los huevos de la suerte.

¿Les suena a chino? Recuerden que todo está basado en subir nivel y atrapar bichos, así que imagínense. Hay unos tipos de huevos por ahí que puedes incubar haciendo kilómetros reales. Cuanto más camines, más posibilidades hay de incubar un huevo con un pokémon difícil de encontrar. Me he visto danzando sin rumbo alguno ansiando el preciado momento en el que eclosiona un huevo al que tienes que “meterle” diez kilómetros. Y hay otros huevos, los huevos de la suerte, que te hacen duplicar los puntos de nivel conseguidos durante media hora. Tiempo real, del bueno, del auténtico, el que se pierde constantemente con estas cosas, vivido dentro del videojuego. Algo exquisitamente tramposo para enlazar ambos mundos.

En las pokeparadas está la diferencia. ©Niantic
La insoportable diferencia entre vivir en un lugar rural (izquierda) y una gran ciudad (derecha): mi pueblo y el centro de Madrid. En las pokeparadas está la diferencia. © Niantic

Y aquí saltamos a la realidad y a la interacción de Pokémon Go con ella. Algo que me parece especialmente “enganchante”. Caminar por un mapeo virtual, un mundo anexo, alter ego del nuestro, como si fuéramos el Demogorgon en una dimensión desconocida en la que tras esa esquina, en la que en mi mundo solo hay una tienda de ultramarinos, está un pokémon esperándome. O que al final de esta calle que es la que me lleva a la papelería hay una pokeparada. Las pokeparadas, por cierto, son aquellos puntos especiales repartidos por toda la geografía donde pueden conseguirse pokebolas (indispensables para cazar pokémones) y otras regalías. Sacadas, también por cierto, de un juego previo llamado Ingress, que por lo visto vendió sus “paradas” a Niantic para hacer las de Pokémon Go.

Así que ese mundo geográfico donde caminamos a diario es el mismo, calle por calle, que anida en nuestro celular como una alternativa dimensional virtual. Y a las siete de la tarde, la noche. Y durante el día, un sol radiante. Y cuando te encaras a un Pokémon, aparece un verdor alrededor como si lo hiciéramos en lo profundo de un bosque donde debiera haber asfalto y baldosines. Siempre el mismo. Cansino, sí, porque siempre es igual, pero funcional, y real, porque, al fin y al cabo, en nuestro celular, esa realidad está donde estamos nosotros, en el aquí y ahora, en ese mundo lleno de pokémones salvajes. Y sí, alguno dirá que parece a medio hacer. Y es que el juego parece que no está gráficamente rematado. Bueno, tampoco es que parezca que esté acabado en cualquier vertiente, mecánica o tecnológica. Y aun así…

Lo de las pokeparadas es la única vez en la que, quizá, el jugador de Pokémon Go levanta la cabeza de su teléfono. Porque así, vergüenza mediante, me he encontrado con lugares que no conocía, en los que no había reparado a pesar de haber pasado por delante suyo decenas de veces. El centro de las ciudades está repleto de enclaves ocultos que han salido a la luz y al que se le ha puesto de nuevo nombre gracias a las pokeparadas.

Así, un poke-acontecimiento se abre ante nosotros cuando, una larga calle de una gran ciudad está repleta de poke-paradas solo para ti. Una tras otra. No das a basto. Rápido, aparecen nuevos pokémones, más deprisa, subimos de nivel, otra pokeparada, otro pokémon… ¡Ay! ¡La felicidad del jugador casual!

Policía y Pokémon Go
Incluso la Policía hizo uso de los pokémones para explicar, en términos de seguridad vial, el peligro que supone ir caminando sin levantar la cabeza del teléfono. Policia.es

Pero claro, todo tiene un nombre y a todo se le da nombre por algo. Y el juego es foco de vergüenzas ajenas. A más de uno he visto en el metro tratando de ocultar al resto de los pasajeros que estaba tratando de cazar un Charmander que ha aparecido en el vagón. Yo mismo (sic) me he visto en la tesitura de verme comprometido a ocultar –¡vivan las fundas de teléfonos opacas!– mi móvil con mi jueguito en la pantalla. No sabría explicarles por qué, tan solo puedo decir que una perezosa culpabilidad asoma sin contemplaciones en todo este asunto. Y no soy el único, se lo prometo. Aquél que se sienta a su izquierda en la sala de espera del médico, o su vecino, el doctor o banquero, ese que sonríe en el ascensor a todo vecino con el que se cruza. Ninguno está libre de enviciarse con algo que considere vergonzoso. Acuérdese.

Hay que escuchar a la sociedad y su explosión con este antes y después que supone Pokémon Go. Así que nos fuimos a la calle a verlo con nuestros propios ojos, mientras lo vivíamos en nuestras carnes. Nos pillamos una de esas cargas móviles para teléfonos previendo que nuestras baterías se extinguirían a ritmo de pokebolas y nos acercamos al parque de El Retiro madrileño. Un lugar de peregrinación madrileña para los que quieran unirse a esta pequeña gran secta que lidera Pikachu.

Hasta Hommer jugaba a Pokémon Go:

El “Cebo” es uno de esos objetos que llevan los entrenadores Pokémon y que les facilita su vida de cazador. Se instalan en las pokeparadas durante media hora y en ese tiempo los pokémones pueden aparecer cerca del Cebo. El algoritmo propio de la programación de Pokémon Go, que calcula las posibilidades de que uno u otro pokémon aparezca en uno u otro sitio, tiene sus propias carencias y sus aceleradores. En este caso, el “cebo” potencia su eficacia cuanta más cantidad de gente a la vez esté jugando al juego cerca de la pokeparada donde está instalado el cebo. Por eso, entre otros lugares, han aparecido en comprometidos espacios famosos por no hacer ni maldita gracia que aparezca un pokémon allí, como puede ser Auschwitz. En El Retiro la gente se sienta cerca del lago, junto a varias pokeparadas asombrosamente juntas y colocan cebos una y otra vez. Es la fiesta de la subida de nivel. Un ritual pantagruélico de puntos de experiencia, de pokémones cazados, de pokebolas obtenidas y de colorines y bichos. Un no parar agotador que termina con tu cerebro frito, pero con la felicidad de haber hecho un gran trabajo, de haber metido a tu personaje en un edén del que pocas veces podrás volver a disfrutar. Un subidón.

Y sí, tomar distancia con el juego duele un poco –un poquito al menos, vaya–. Al fin y al cabo, ese festín de caza es una analogía de unos bichos a los que privamos de libertad confinándoles a vivir en pequeñas bolas, supeditados a nuestro ego por querer entrenarles para pelearse con sus congéneres, tratando de ciclarlos e hincharlos para vencer a otros de su especie tratados con el mismo desamparo. El componente narrativo de la historia de Pokémon trata de camuflarlo dividiendo a los jugadores en equipos que “justifican” esa caza. Pero no hay narrativa posible a la hora de jugarlo, lo que hace que sea todo más monótono, despegado y cruel aún. Pero vamos, todo muy bien, conciencia, gracias.

Preguntamos al camarero de un bar dentro del parque de El Retiro qué opina del fenómeno. “Los del bar de ahí abajo sí que lo notan; ellos tienen una pokeparada al lado“. Los bares con pokeparadas cercanas han crecido su afluencia irremediablemente si tienen una pokeparada cercana. Algunos hacen promociones del tipo “Con la segunda ronda ponemos nosotros el ‘cebo’ en la pokeparada” o directamente anunciando que esa pokeparada la tienen junto a la mesa de la terraza. Busquen en la web sobre las posibilidades y las capacidades de negocio a explotar que tiene Pokémon Go. Más de un gurú del marketing se atrevía a pronosticar un cambio importante en este sentido gracias al juego. Y lo cierto es que este verano nos hemos hartado a ver representaciones semejantes por toda la geografía mundial. Desde bocadillos y tartas con formas pokebolas hasta pokémones famosos en escaparates de tiendas y grandes almacenes. Volvía la fiebre, no había duda. Aquí jugaba a Pokémon hasta el abuelo. ¿Y qué ha pasado entonces?

Dibujo de Kike Narcea
Dibujo de Kike Narcea

Se sigue jugando, pero infinitamente menos. Las descargas de la app han disminuido millonariamente y no es tan sencillo cruzarse por la calle con gente jugando. La fórmula del éxito no es eterna, aunque sí contundente y da coletazos sin prudencia. Pero la realidad es que no se juega tanto, que no hay tanta difusión en medios para seguir pensando en que el juego vive y se vale por sí solo. Las razones tengo que aplicarlas a mí mismo.

Yo hoy en día juego menos. Quizá la fiebre ha terminado, puede que simplemente las distancias a cubrir de puntos de experiencia en niveles altos sean demasiado para un jugador casual como yo. Entre el nivel 22 y el 23 hay muchísima más experiencia que ganar que casi los 22 niveles anteriores. Cuando no ves recompensa inmediata al juego, poco beneficio concreto te llevas de estar un rato dándole a la bolita, sobre todo si ya tienes los pokémones que puedes tener viviendo donde vives, moviéndote por donde te mueves y abriendo los huevos que puedes abrir. Porque para hacerte con todos tienes que viajar por los cinco continentes. Y eso, de momento, conmigo no va. La monotonía mata a la criatura, que está dispuesta a llevarse por delante a sus millones de jugadores cuando saquen la “segunda parte” anunciada para 2017.

Además, yo quiero intercambiar mis pokémones, y aún no puedo hacerlo. No es un juego social, lo sé, pero hoy en día ¿qué juego no es social si tiene conexión a Internet? Y poco a poco, el invento resulta monótono, no hay actualizaciones que cambien las mecánicas del juego y extiendan con frescura su vida útil más allá del modo competitivo –por el que no tengo ninguna intención de pasar–.

Así que me veo confinado a mi legado como ex jugador de Pokémon Go, a ver el logo de Niantic cuando ejecutas la aplicación y pensar en las horas perdidas en el jueguito de las narices. El recuerdo de mi primer Pikachu cazado o de cuando subí dos niveles en un día atenaza con nostalgia mi garganta. Qué tiempos. Como el verano en el que se ha jugado, Pokémon Go se nos va. No como juego masivo, pero en cierto modo, sí. Como experiencia lúdica, como vicio prohibido, como ensoñación para niños y adultos de todas las edades.

Hay que ver cómo nos gusta perder el tiempo a quienes no disponemos apenas de él.

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Luis Ángel París
Técnico superior en dirección y gestión de empresas, con estudios parciales en Historia. Relacionado con el mundo del libro, su distribución y el mundo editorial desde hace diez años. Guionista ocasional. Ha escrito dos novelas, El vuelo de la polilla y No hay dios pequeño y un puñado de relatos para recopilaciones de cuentos.

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