En una colina de tierra seca, agrietada por la falta de agua y el excesivo sol de un julio asfixiante, un grupo de soldados refuerza con sacos terreros una polvorosa trinchera excavada en la zona más alta.

Un poco más abajo, otra gran zanja, cubierta de piedra y alambrada, rodea a un pueblo sumido en el caos, aún sin recuperarse del último ataque que ha dejado el campanario de la iglesia con las marcas de metralla y cientos de muertos.

Gerda Taro © International Center of Photography, 1937.

Los soldados corren de un lado para otro, casi sin saber qué hacer; los camilleros desplazan a los heridos hacia la improvisada enfermería y a los más graves los apilan en las camionetas militares que salen despavoridas hacia el hospital más cercano.

El polvo cargado de un calor denso y pegajoso invade las calles; casas derruidas, árboles quemados, casi no queda pueblo; la imagen es desoladora.

Un posible lugar de encuentro entre Gerda Taro y Robert Capa podría haber sido el Cafe Le Dôme de París, que solían frecuentar y donde seguro, habrían podido mantener una conversación más relajada, pero está claro que a veces los fantasmas tienen cuentas pendientes que resolver. Ellos al final se citan en la trinchera al oeste de la colina, justo detrás del pueblo, desde donde se puede ver el cementerio y los municipios más cercanos.

Retrato de Gerda Taro. © Walter Reuter / Fondo Guillermo Fernández Zúñiga, Valencia 1937.

El momento del encuentro es muy emocionante, Taro y Capa se abrazan muy fuerte, lloran, se besan, sienten una felicidad sincera y profunda, el amor es un sentimiento poderoso y trascendente, mucho más que la muerte. Pero la emotiva escena es interrumpida por el estruendo de una bomba cercana, a escasos kilómetros del pueblo.

Taro y Capa se agazapan en la trinchera, ambos visten con ropa militar y llevan sus Leica colgadas del cuello.

Endre– Gerta, ¿que hacemos aquí?

Gerta– Quería enseñarte la última batalla, el lugar donde morí. Sé que te lo preguntaste durante mucho tiempo… Quiero mostrarte que pasó en Brunete.

Endre– ¡Ah!, ¿Estamos en Brunete?

Gerta– Sí, y ahora los nacionales están arrasando el cementerio, ¿lo ves? Después entraran en el pueblo, tenemos poco tiempo.

La situación es de una violencia indescriptible. Los aviones de la legión Condor alemana disparan de forma continuada, mientras el fuego de la artillería y las bombas sincronizan un ataque sin tregua. La imagen es devastadora y el pánico recorre la trinchera. Capa asoma la cabeza, la situación le impresiona pero no tiene miedo y Taro continua hablando como si nada ocurriera a su alrededor.

Retrato de Robert Capa. Gerda Taro © International Center of Photography, 1937.

Gerta– La ofensiva de Brunete, que parecía que nos llevaría a una gran victoria, se convirtió en la batalla más cruenta; Endre, lo vi con mis propios ojos. Yo estaba con Ted desde el principio, él grababa con la Eyemo y yo hacía fotos, pero cuando la situación se volvió insostenible, tuvimos que huir del pueblo junto con una tropa de soldados republicanos. Fuimos por esa carretera, la que va a Villanueva de la Cañada. Estuvimos ocultos del ataque de los aviones hasta que pudimos subirnos al lateral de un coche lleno de heridos y poco tiempo después ocurrió el accidente.

Endre– Pero ya tenías un gran trabajo hecho, ¿por qué no te fuiste antes de Brunete? ¿Por qué arriesgaste tanto?

Gerta– Quería contar la verdad, con toda su dureza. La fotografía me permitía narrar la realidad de una guerra: desde la rutina más cotidiana de los soldados, el campo de batalla, sus heridas, la muerte; hasta la vida en el pueblo y de los que lo habitaban antes de huir, abandonando sus casas, sus vidas.

He retratado la lucha heroica de nuestros compatriotas pero también el horror y el miedo; Brunete se convirtió en algo más que unas fotos para Ce Soir. Retraté la guerra, no fue sólo una visión desde el corazón de la batalla, violenta y absurda, fue mi mejor trabajo.

Gerda Taro © International Center of Photography, 1937.

Endre– En una guerra hay que amar o detestar a alguien, hay que tomar partido y nuestra causa siempre fue la lucha antifascista y así lo hemos demostrado en todas las fotos que hicimos, porque era la manera que sabíamos de cambiar el mundo. Tu reportaje de la batalla de Brunete fue impresionante, de un gran valor histórico, fotográfico y personal; pero tu querías retratar la victoria y a veces las cosas no salen como nos las imaginamos.

Gerta– Claro que quería retratar la victoria, luchábamos por la libertad y Brunete representaba la primera gran victoria que nos podía llevar a ganar la guerra. Por un momento fue así y de pronto todo se torció, no me podía ir.

Endre– Sí, pero no es sólo eso. Está claro que hay algo en nosotros que en cierta manera busca esas situaciones, nos atrae el peligro, esa adrenalina que te invade, recuérdalo Gerta, y a la vez lo vivimos con un miedo atroz; pero tú y yo éramos como una guerrilla en nuestra forma de trabajar. Si la fotografía no era lo bastante buena es que no estábamos lo suficientemente cerca. Hacíamos las fotos en el frente, donde estaba la historia, donde estaba la acción. Queríamos retratar el instante de la batalla, no sólo sus restos o sus consecuencias. Por eso te quedaste en Brunete.

Gerda Taro © International Center of Photography, 1937.

Gerta– Me quedé en Brunete porque la situación de la batalla cambió y también su realidad, ésta se hizo extremadamente dura, de una violencia delirante. Siempre he creído que la fotografía podía cambiar el mundo, que las imágenes del horror podían despertar las conciencias morales y políticas. Mi compromiso con la verdad y con la historia es la mejor adrenalina; pero la guerra es el peor invento de los hombres, el más atroz, indiscriminado e injusto; la historia de la crueldad se construye batalla tras batalla, genocidio tras genocidio. Endre, antes de morir supe que perderíamos la guerra y que eso cambiaría la historia de Europa.

Endre– Sí, la guerra es miserable, es algo que no puedes imaginar por mucho que te lo cuenten y eso solo lo sabemos quiénes lo hemos vivido.  Pero el acto de coger una cámara y plantarte en medio de un conflicto, va más allá de la ideología política o incluso de la lucha por la libertad y tampoco tiene que ver con la valentía, ni nada heroico. Es una manera de vivir, un oficio al que somos fieles hasta la muerte. El riesgo de conseguir la imagen exclusiva nos hace fuertes. Podríamos haber sido como Tina Modotti, que lo dejó todo por la lucha revolucionaria, pero tú y yo queríamos estar en el frente haciendo fotos.

Robert Capa © International Center of Photography, 1938.

Taro y Capa se miran fijamente, son fantasmas muy apasionados y la tensión entre ellos es evidente. La trinchera es estrecha y el calor aún se hace más abrasador, el olor de pólvora y podredumbre es intenso, pero ellos son fantasmas y no les afecta. De pronto aparece un grupo de soldados que transportan la munición para las ametralladoras, se están preparando para el ataque y Capa aprovecha el momento para sacar su Leica y realizar un par de fotos. Taro le mira muy seriamente, después saca su pitillera y se enciende un cigarro.

Endre– No sé para qué hago fotos, si en el más allá nadie revela.

Capa le lanza una mirada sonriente pero Taro sigue pensativa y no le hace mucho caso, después de apagar el cigarrillo comienza a hablar.

Gerta– Mi reportaje de Brunete estuvo más de 50 años oculto en una maleta, que, por cierto, recorrió el mismo trayecto que muchos exiliados españoles.

Retrato de Gerda Taro y Robert Capa. Fred Stein, 1935.
Retrato de Gerda Taro y Robert Capa. Fred Stein, 1935.

Endre– Ya… Lo sé. Cuando estalló la segunda guerra mundial y los alemanes se estaban acercando a París, yo sabía que irían a por los judíos y los comunistas y tenía miedo de acabar en un campo de concentración, así que le di a Csiki las cajas con todos nuestros negativos de la guerra civil española, incluidos los de Chim; sabía que él los protegería. Al final, me escapé a Nueva York y nunca supe donde acabaron las cajas, una parte de tu reportaje de Brunete se publicó en Ce Soir después de tu muerte pero el resto, quedaron ocultos.

Gerta– Es curioso Endre, siempre me esforcé en ser perfecta para sentirme invulnerable: hablaba cuatro idiomas, sabía mecanografía, aprendí rápido todo lo que me enseñaste de fotografía y me convertí en una reportera tan competitiva como tú; con la diferencia de que yo estaba en una guerra provocada por hombres, vestida de hombre y haciendo un oficio también de hombres y aun así sólo la muerte pudo pararme. Realicé más de mil de imágenes de la guerra civil, fotografías que forman parte de la triste historia de un país, pero que ha permitido a las generaciones posteriores conocer lo que sucedió. Y al final, lo peor de todo no fue perder la vida tan joven y tan pronto.

Retrato de Gerda Taro y un soldado. Robert Capa © International Center of Photography, 1936.

Taro respira profundamente, tiene una gran indignación que necesita expresar, es casi un acto de justicia histórica. Tras unos segundos continúa hablando.

Gerta– Endre, he sufrido dos muertes, la primera atropellada por un tanque a tan sólo dos kilómetros de aquí y la segunda, la más dolorosa, el olvido histórico, ser una anécdota sin importancia en la historia de la fotografía, la pareja del gran fotógrafo. Mis fotos, gran parte de todo lo que hice, se lo quedó «Robert Capa». ¿Por qué no defendiste la identidad de mis fotografías? ¿Por qué, Endre?

Capa clava la mirada en el suelo y su silencio se vuelve más ruidoso que toda la lluvia de bombas y metralla que les rodea. Pero Taro, impaciente y nerviosa, le pega un tirón en el brazo. Capa la mira muy serio y comienza a hablar.

Endre– Tú creaste a Robert Capa, eso lo sabe todo el mundo; éramos un gran equipo, éramos invencibles. Tu táctica para ocultar mi origen judío funcionó, yo era la cara visible de la marca «Robert Capa», que firmaba reportajes tanto tuyos como míos y lo conseguimos, construimos al mejor reportero, el que cambió la visión de la guerra, implicado y valiente. Después empezaste a firmar bajo Gerda Taro, querías ser independiente y yo me asumí definitivamente como Robert Capa. Seguíamos siendo un equipo, «Photos Capa-Taro», pero ya cada uno tenía su propia identidad, ¿recuerdas?

Gerta– Sí, quería ser independiente, no ser invisible detrás de un personaje que no me representaba. Yo era la que estaba detrás, en el anonimato.

Endre– Gerta, cuando me enteré de que habías muerto, todo cambió, no me lo podía creer, no supe… simplemente lo dejé estar, fui cómplice de tu invisibilidad. La realidad es que toda historia, narrada por hombres, siempre ignora a las mujeres poderosas como tú y eso no lo supe evitar. Yo simplemente seguí haciendo lo único que sabía hacer bien, he vivido desde entonces sin patria, ni dirección fija, de guerra en guerra; al final de mi vida me sentía un buitre, la fotografía ya no tenía sentido. Pisé una mina, como podría haber sido cualquier otra cosa, nunca me recuperé de tu muerte, tienes que entenderme, Gerta.

Robert Capa © International Center of Photography, 1944.

Capa llora desconsoladamente, entre los sonidos de las bombas cada vez más cercano y las ametralladoras que disparan incansables. La trinchera parece encogerse aún más, los soldados desesperados saben que el enemigo está cada vez más cerca y la tensión crece por momentos.

Taro abraza a Capa y le seca las lágrimas mientras lo besa de forma tierna. Los fantasmas no son rencorosos pero necesitan respuestas para dejar de vagar eternamente por el mismo lugar donde perdieron su vida. Taro sonríe y saca una pequeña petaca del bolsillo interno de su chaqueta. Capa también sonríe y ambos beben.

Gerda Taro © International Center of Photography, 1936.

Gerta– Por cierto, hay otra cosa que me tienes que contar. ¿Qué pasó con la foto del miliciano muerto?

Endre– Ufff, necesito otro trago para responderte… Esa maldita foto. La fotografía del miliciano muerto la publicaron en la revista Life, ¿lo recuerdas?

Gerta– Sí, bueno primero la publicó Vu y un año más tarde Life. Yo todavía estaba viva.

Endre– Nuestra foto se convirtió en un icono de la guerra civil, pero la imagen es tan buena que se empezó a cuestionar su veracidad, como si hubiera sido preparada y el soldado fingiera su muerte. Es absurdo, no hacía falta recurrir a trucos para hacer fotos en la guerra civil, no teníamos que hacer posar a nadie ante la cámara, las fotos estaban ahí, esperando a que las hiciéramos. La verdad es la mejor fotografía, la mejor propaganda.

Gerta– Esa foto fue una trágica coincidencia, esos milicianos caían como moscas, fue terrible.

Endre– Lo recuerdo. Estábamos en la trinchera, cerca de Espejo y esos milicianos luchaban de forma muy entusiasta por la libertad, pero eran un poco ingenuos.

Gerta– Empezaron a disparar a la ametralladora franquista de la colina de enfrente y de pronto salieron de la trinchera… Como si pudieran asaltarla fácilmente.

Endre– Recuerdo el sonido de la ametralladora y como salían corriendo. Esa foto está sacada con la Reflex Korelle…

Gerta– Sí, lo recuerdo perfectamente, puse la cámara sobre mi cabeza, ni siquiera miré y disparé cuando salieron de la trinchera.

Muerte de un miliciano de Gerda Taro. Robert Capa © International Center of Photography, 1936.

Endre– Durante años me preguntaban con desdén por la supuesta falsa muerte del pobre miliciano y la duda me ofendía profundamente, siempre fuimos muy fieles con la realidad que retratábamos, incluso perdiendo la guerra.

Gerta– La historia ha demostrado que la fotografía está más cerca de la ficción que de la verdad, que es más propagandística que informativa, pero esos límites, quien primero los decide es la persona que hace la foto. Creo que es la honestidad del punto de vista lo que permite diferenciar cuando una imagen refleja la realidad que está sucediendo o es una simple manipulación interesada.
Sí, nosotros hicimos muchas fotografías que sirvieron de propaganda comunista, teníamos un posicionamiento ideológico y un compromiso político; pero siempre fuimos fieles al relato, narramos la guerra desde sus entrañas y allí la propaganda no tenía cabida alguna.

Endre– Al final, la dichosa foto, está creando más preguntas que respuestas y será así eternamente.

Gerta– Lo curioso es que, si la imagen no fuera tan precisa, quizás nadie la hubiera puesto en duda. Lo que es más interesante de esta fotografía, es como nos hace inevitablemente conscientes de estar captando el momento justo de la muerte, una casualidad terrible, pero fotográficamente impecable y esa virtuosidad es la que la convierte en sospechosa.

En ese mismo instante, el estruendo de una bomba muy cercana inunda la trinchera de tierra seca y de humo, los soldados comienzan a correr por la colina buscando otro refugio, el caos se hace patente y los quejidos de los malheridos resuenan por todos lados. Los sonidos de una guerra es algo que no se olvida nunca, no hay imagen más dura que los gritos aterradores del dolor y el miedo. Taro y Capa ayudan a desenterrar a algunos soldados, recomponen una parte de la trinchera y miran curiosos, por encima del muro de sacos, los movimientos de las tropas nacionales que comienzan a subir.

Gerda Taro © International Center of Photography, 1937.

Gerta– Mira Endre, las tropas republicanas salen en retirada, ya no pueden proteger Brunete. Recuerdo cómo nos obligaron a salir, Ted me empujaba, y, cuando llegamos a la carretera, todos huíamos mientras los aviones nos disparaban. Es cuando hice mis últimas fotos, luego me quedé sin película y al poco sin vida.

Endre– Gerta, ya están aquí, así se perdió la batalla de Brunete. ¿Y ahora qué?

Gerta– Ahora nos toca retirada, pero tengo una última duda. ¿De verdad estuviste con Ingrid Bergman?

Endre– Sí, pero tú siempre serás mi Greta Garbo.

Gerta– Ya, con ese aspecto de dandy y esa sonrisa constante, podrías haber sido actor más que fotógrafo.

Endre– Cariño, no hay peor guerra que la que viví en Hollywood.

Entre risas, Taro y Capa se abrazan con gran intensidad, los fantasmas también pueden amarse eternamente.

Endre– Gerta, cásate conmigo

Gerta– No, Endre, quiero ser una mujer libre e independiente, como lo era cuando estaba viva. Pero seguro que el más allá nos depara algún conflicto que podamos retratar.

Endre– Será un placer

4 Comentarios

  1. Magnífico Dèbora, nunca sabremos exactamente cómo fue, pero los personajes están ahí y me gustaría que fueran como tú los “recuerdas”.

    Un abrazo
    Kim

  2. Emocionante y magnifico relato Débora. Enhorabuena.
    Una anotación para intentar aclarar confusiones y hacer honor a su autor, en el pie de foto que pone “Retrato de Gerda Taro. Autor desconocido, 1936” donde aparece ella con su cámara, tendría que poner Foto: Walter Reuter / Fondo Guillermo Fernández Zúñiga, Valencia 1937. Es una fotografía reencuadrada (aparece junto al fotógrafo valenciano Luis Vidal Corella) tomada por el fotógrafo germano mexicano Walter Reuter en el II Congreso internacional de escritores para la defensa de la cultura en los primero días de julio de 1937.
    Un saludo y gracias por todo vuestro trabajo.

    • Muchas gracias Alfredo por tu anotación, desconocía su autoría y me ha resultado un descubrimiento muy interesante. Ya hemos cambiado el pie de foto, haciendo justicia a la autoría del retrato de Gerda Taro y su contexto histórico, muy poquito antes de morir.

      Un saludo y muy agradecida por tus palabras.

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