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Hoy, viernes 21 se estrena Amar. Un drama romántico tan “thrilleresco” como experimental sobre el despertar a la madurez mediante el martirio del l’amour fou. Amar es una más que interesante cinta de corte autoral, que supone el debut en el largometraje de Esteban Crespo, cortometrajista laureado internacionalmente –con más de 200 premios a sus espaldas, nominado al Oscar su corto Aquel no era yo–, y el descubrimiento de nuevos jóvenes rostros colmados de talento para nuestro olimpo actoral. Amar es un trabajo muy serio, un ensayo trabajado en cada aspecto y detalle con una paciencia titánica.

Amar (Esteban Crespo, 2017)
Póster de Amar (Esteban Crespo, 2017) © Avalon

“El punto de partida de Amar es el punto álgido del primer amor, un momento de idealización absoluta que luego solo puede degradarse”

Esteban Crespo

La palabra nuestra esta castellana de “adolescencia” tiene un origen difuso, ya que son muchas las posibles formas en latín que sugieren una etimología posible. Los que, como se dice ahora, pilotan del tema han dado en datar el verbo alere –”alimentar, criar, nutrir”– como hito seminal del asunto, del que viene la forma alescere –”crecer o extender, propagar”–, o adolescere –que tiene una definición mucho más compleja y variable–, ya que su acusativo es adolescentem –que es casi ya nuestra palabra– y su participio pasado es adultum –el que ya está crecido–. Hay hasta leyendas urbanas y teorías varias que apuntan al verbo adolere –algo así como “sufrir”–, y un homónimo de adolescere que significa algo así como “combustionar, encenderse, llamear, inflamarse” y que se solía usar en ámbitos de lo sagrado, refiriéndose a los sacrificios de los rituales paganos en honor a los dioses.

En cualquier caso, la adolescencia es ese período de la vida humana lleno de sufrimiento, rebeldía, adaptación al medio, incomprensión absoluta y pelillos ensortijados en sitios nuevos. Se supone que comienza en torno a los 12 o 13 años de edad, y que termina en torno a los 20 –bueno, a más de uno, hasta bien entrados los cincuenta no se les pasa–. Y en Amar, ella tiene 16 y él 18, y son guapísimos los dos, curiosos, despiertos, interesantes y sensibles; así que ya se pueden hacer una idea de todo lo que se aman. Esa misma pasión adrenalínica, desatada y silvestre, curiosa a más no poder, será la que provoque que Laura y Carlos –que así se llaman los mastuerzos– acaben separándose.

Por supuestísimo hemos mismo visto mil veces este planteamiento, pero… –sí, amigos, nos encontramos ante un ‘pero’, pero de los de agradecer– no el ejercicio, ni la película. De amores locos está el cine lleno, sin salirnos siquiera del catálogo de la llamada Nouvelle Vague francesa, pero es concretamente con los apaños, ínfulas y querencias del máster Jacques Rivette –autor, precisamente, de la imprescindible L’Amour fou (1969)–, y sus romances sitos entre la comedia y el suspense, con los que comulga esa cinta, por supuesto, en una visión –hábilmente– actualizada. Aunque, las cosas como son, ya se le puede hallar algo “pre-nouvelle” en el cine de René Clément y concretamente su cinta Juegos prohibidos (Jeux interdits. René Clément, 1952), clásico inmortal donde los haya. Ya desde su inquietante arranque, Amar propone al espectador un juego en el que bailamos desde la cabeza de los jóvenes hasta la “vida real” en un viaje de ida y vuelta magistralmente narrado.

Desde ese “me encanta respirarte” hipnótico, imbuido por un ambiente de ensoñada obsolencencia, a golpe de una suerte de romanticismo mágico que recuerda al trabajo de Corine Day para Las vírgenes suicidas (The Virgin Suicides. Sofia Coppola, 1999) estallado hacia la era “viiiiísteme Eau Jeune” del 79… se parte, sin perder la compostura ni los rácores, hacia una mirada “desde fuera”, donde vemos jugar a la pareja como los cachorrillos que están dejando de ser. Todo en un juego ingenioso, inquietante y cargado de ritmo, donde la cámara flota en el éxtasis antes descrito para quebrar la atención y cambiar de mirada, pasando al hombro, a la mirada voyeur. La bellísima luz de Ángel Amorós –más allá de la impronta, con patente–, comulga imbricadamente con el nervio de Crespo, en una narrativa como pocas veces se ve en filmes, como diría mi abuela de hablar, o como dice mi padre “sin tiros”. Por cierto, y a modo de inciso, pueden flipar de lo lindo con otro gran trabajo del maestro Amorós –en otro tono– en El bar de Álex de la Iglesia, que continúa en cartelera y también es para quitarse el sombrero, abrir mucho los ojos, levantar la barbilla y abrir mucho la boca enseñando los dientes de arriba exclamando “¡Oooooooh!” como si se fuera un hijo reciente de la Revolución Industrial.

María Pedraza, Pol Monen
María Pedraza es Laura, y Pol Monen es Carlos en esta intrigante historia de pasión adolescente © Avalon

Su maravilloso arranque, ya nos prepara para el –y discúlpenme que repita tantísimo esta palabra– suspense venidero, con una peliaguda secuencia que intriga, con la maestría del saber “no enseñar”, y deviene en completa sorpresa, desacomplejadamente directa, desenfadadamente cómica, e impudibúndicamente clara sin ser explícita. No teman, que no voy a entrar en detalles para no spoilerearle nada a nadie.

Un suspense que continuará a lo largo del filme, potenciando ese “aroma” voyeurístico -que en el fondo es lo mismo que el suspense– con la jugada narrativa buena, la del “no enseñar”, en un pacto entre realización y el propio guion –escrito por el propio Crespo, como no podía ser de otra manera–. Carlos está empezando Derecho, mientras que a su novia Laura aún le queda algo de instituto. Se quieren a rabiar, se quieren hasta con creatividad, sin embargo, sus familias suponen una barrera para dar rienda suelta a su hiperbólico amor. Laura es hija de padres separados; su madre, Merche –interpretada por la ínclita Natalia Tena, a lo que todo el mundo tiene que conocer, aunque no sea nada más que por Juego de Tronos–, la tuvo muy joven, y no quiere que cometa sus mismos errores de juventud. Desde que se han mudado del pueblo a la ciudad –que no se menciona, pero es Valencia–, con el nuevo novio de Merche –Gustavo Salmerón, exultante–, la relación de Laura con su madre ha cambiado y se ha vuelto más adusta. Por su parte, Carlos es miembro de una familia numerosa, de corte burgués y ademán solemne –su padre es el mítico Antonio Valero–, que anda preocupada porque se deje de academias para entrar en Bellas Artes y de gambitear por ahí, y se centre en la carrera que ya ha empezado. Pero ellos… ¡nada!, ¡venga a amar! No me voy a detener en comparaciones actorales porque el trabajo de cast es prodigioso y todos están como los “petisús”: p’a comérselos.

“Quería reflejar ese primer amor que ha vivido casi todo el mundo y que es arrebatador, arrollador, en el que parece que toda decisión es a vida o muerte y que nos enseña amar y que casi siempre acaba mal y del que aprendemos. Pero también es la historia del paso a la madurez, del enfrentamiento con lo socialmente aceptado, con el entorno y con la familia”

Esteban Crespo

Si suele estar bien destacar el reparto juvenil, es por aquello del mérito de la diletancia, y porque suelen ser trabajos de riesgo donde, o se plantea la cosa desde la estática más atroz y apalancada, o se deja fluir para que parezca que se les capta sin que se enteren. El resultado de esta última tónica suele ser espectacular –como nos dejan ver ambrosías recientes como La clase (Entre les murs. Laurent Cantet, 2008) o El niño de la bicicleta (Le gamin au vélo. Hnos. Dardenne, 2011)– por aquello de verosimil, y esa es la tónica seguida, y conseguida, por Esteban Crespo en su filme. El barcelonés Pol Monen ya debutara con quince años en Elisa K (Jordi Cadena, Judith Colell, 2010), y desde entonces no ha dejado de trabajar, tanto en el cine como en la televisión, pero Amar nos deja para el futuro un buen plantel de muchachada que vaticino vaya a echar a todos los que hay ahora. Anonada el rostro helénico de la risueña Paz Muñoz, pero también los inquietantes rostro, mirada y voz, exprisionismo puro, de Greta Fernández (hija del impecable Eduard Fernández).

 Amar (Esteban Crespo, 2017)
Este frame que ven aquí pertenece a un escenón, con un valor en “dramatis artis” incalculable, de nuestra desaprovechada Natalia Tena, que interpreta a Merche, la madre de Laura (María Pedraza) © Avalon

Pero la que ha supuesto el sorpresón mediático ha sido María Pedraza, bailarina de clásica, modelo e It Girl. A sus diecinueve primaveras, toda una influencer de’sas –más de 32.000 seguidores en Instagram–, que se ha desenvuelto en su debut como intérprete con notaza. Amigos… cosas de ahora, conceptos que se nos escapan a los hijos de la España de columpios herrumbrosos. Tema éste que, parece que no, pero suele dejar en evidencia a aquellos autores que, fuera de la generación a retratar, no dan en el clavo. Aquí, sin embargo, Esteban Crespo opta por el lenguaje exclusivista atribuido a la sensibilidad de sus personajes desde el minuto uno para, después de un proceso de distanciamiento, simplemente observar lo generacional sin prejuicio ni miramientos, acertando como no servidor no ha visto desde la periurbanística Barrio (Fernando León de Aranoa, 1998), aunque soy muy exagerado así que mejor o me hagan mucho caso, que lo mismo se me ha escapado alguna por el camino o simplemente no la recuerdo.

“El guion ha cambiado mucho desde la primera escritura, porque la tecnología y la manera de relacionarnos ha cambiado también”.

La película es una adaptación del corto homónimo de 2005 de Esteban Crespo, que en su momento protagonizaran Aída Folch y Alberto Ferreiro. Y precisamente, fue la necesidad de actualizar un guion parido hacía quince años, la que le llevó a Crespo documentarse sobre el comportamiento de los jóvenes actuales y descubrir a María Pedraza. Y, añadidos artísticos aparte, tan sólo ese proceso ha quedado de lo más respetuoso. Esa manera de describir, sin apenas diálogo explicativo, el mundo de contradicciones propio de la juventud, predispone al espectador –a poco desprejuiciado que sea– a contemplar el proceso, con sus absurdeces y sinsentidos y desde esos archipiélagos de coches aparcados que a algunos ya nos parecen como del Apocalipsis mismo –y eso que uno es coetáneo al botellón de maletero, pero ya me parecía apocalíptico en su momento–, desde el punto de vista de los muchachos, en su irreflexiva pugna constante por estar juntos, asiéndose incluso a la poética romántica de la relojería, aunque la misma realidad les vaya separando.

Amar (Esteban Crespo, 2017)
La nueva juventud: la juventud “autobuser” © Avalon

No nos vayamos a engañar, en su ausencia de concesiones Amar puede dividir opiniones, puede dividir incluso al propio individuo en su propia escala de pareceres. Desde luego, no es una de esas historias que te puede “dar igual”, “dejar frío”, o como prefiera denominarlo. Exactamente tan kamikaze como la propia adolescencia tardía, donde uno es capaz de renunciar a todo, de hacer el bruto, de joderse la vida. Y, puntuales torceduras de boca –sin duda, propias del relevo generacional mal superado– aparte, éste es un filme que le puede “emapanar” a uno de ese espíritu juvenil hasta ponerle los dientes largos. Porque, a la hora de imbuirse en un buen viaje audiovisual, contado con mucho nervio, buen pulso, vertiginoso ritmo, con una penetrante música –obra de Adolfo Núñez–… da igual “lo generacional”.

Métanle al trailer a continuación, y déjese acariciar por la textura de la nueva producción de esa catedralicia versión del Get Free de Major Lazer, remixada con la voz de Amber Coffman. Ya verá como, cuando llegue el momento, y el tema suene en el filme, sentirá esa sensación adolescente, esa excitación nocturna y primitiva… ese miedo lapidario a la vida.

Pues eso. No me deje usted de amar y acúdame al cine, que hay que ponerse al día y estar con la chavalería, que luego nos volvemos roñosos y soliviantables –servidor ya, hasta mira mal a los demás por la calle cuando vociferan cosas que no entiende–. Amar, se estrena hoy mismo.

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