Pongamos que me da por escribir que el cine ha muerto. ¿Cómo se supone que deberían reaccionar? El pasmo y desprecio irían de la mano, en bandos unidos, en tropel, muy juntitos. Puedo imaginarlo y, para mi sorpresa, también escucharlo: con ese paulatino pitido que zumba en mis oídos, como si alguien limase sus uñas en una pizarra. Sin embargo, pongamos que, ahora, en un arrebato revolucionario, en el culmen de la originalidad, escribo: “el rock´n´roll ha muerto”. Entonces muy posiblemente muchos aprueben la afirmación con un leve movimiento de cabeza, por convencimiento o aburrimiento, tanto da, y, a la contra, unos cuantos se decidan por el desprecio, que cuesta menos trabajo. Porque el desprecio nunca entiende de facciones. Y bien merecido lo tendría si se me hubiese pasado por la cabeza escribir tal sacrilegio. Tarea ardua tendría por delante para recuperar la confianza tras ello. Ya lo rodó Godard.

315 Bowery, Nueva York. Antigua localización del emblemático local CBGB, por el que pasaron bandas como Ramones, Television, Black Sabbath, AC/DC o Patti Smith. Ahora una tienda de surf.
315 Bowery, Nueva York. Antigua localización del emblemático local CBGB, por el que pasaron bandas como Ramones, Television, Black Sabbath, AC/DC o Patti Smith. Ahora una tienda de surf.

El cine siempre lo ha tenido fácil a la hora de encontrar puntos álgidos a los que volver. Recuerdos a fuego, aunque estos sean imprecisos. Es lo que conlleva reunir tantos artes en uno solo, que te da la posibilidad de escoger. Incluso huele, y no hace falta para ello acondicionar las salas con una supuesta nueva dimensión que inunde de esporas el olfato. Huele a última fila y primer beso. A maíz inflado, espuma y tela roja. Sí; se huele aquel color. Y suena, como no, a música de cámara y rock´n´roll. En este último estilo reparo habitualmente, llevándome una canción, donde quiera que haya comenzado, hasta casa. Aún con la melodía intermitente en la cabeza intento apagarla, haciendo girar el botón de la radio con desesperada necedad, por si fuera diegética.

La creciente fama de la música popular en los sesenta hizo que el cine apostase fuerte por incluirla en sus montajes, como así ocurrió con la música rock, siendo capital en nuestros recuerdos cinéfilos. A la música popular se le añadieron imágenes en movimiento, sin tener ya que apelar al imaginario. Apostar por el rock es apostar a caballo ganador. Se entiende que la escena gana en impacto, adquiriendo una doble posibilidad de reminiscencia. Ahí está Surfin Bird en La Chaqueta Metálica o Stuck In The Middle With You en Reservoir Dogs. Secuencias memorables, imposibles de olvidar. Secuencias que, igualmente, muestran una contradicción entre música e imagen. La incoherencia de los sentidos. Con música todo parece acrecentarse.

El músico y actor americano Chris Isaak tiene el honor de haber sido reclamado por dos directores eternos para ambientar, casi protagonizar, mejor dicho, alguna de sus escenas, además de haber actuado para uno de ellos en Twin Peaks: fire walk with meDavid Lynch eligió Wicked game. Stanley Kubrick hizo lo propio con Baby Did a Bad, Bad Thing.

Si nos adentramos en la filmografía de un intérprete, podríamos recaer en la del astro Tom Cruise: el lucero del alba de Hollywood. Ignoro si exige el apoyo o número musical por contrato, como lanzarse a la carrera a la mínima ocasión o esbozar su amplia sonrisa, pero su filmografía está atestada de temas populares. Forma parte de su éxito. Es una larga lista, hilen ustedes mismos las canciones a sus escenas: Old time rock and roll, Lost that loving feeling, Werewolves of London, Addicted to love, Sympathy for the devil, Free Fallin, Wise Up, Shadow of the sun o Baby Did a Bad, Bad Thing.

Directores como Guy Ritchie o Danny Boyle, ambos ingleses, qué extraño, impregnan sus películas de música rock. De entre tantas, podríamos elegir Fucking in the bushes y Perfect day; y sus respectivas secuencias, por ejemplo, para que no nos tachen de falta de decisión. Pero no todo va a ser inclinar la balanza. Existe una estabilidad. Ahí está Metallica o The Mars Volta abriendo sus conciertos con Ennio Morricone.

Cuando llevas un listado de música rock fílmica en el coche se corre el riesgo de padecer ciertos efectos, como ser transportado a sus escenas. Tal es así, que en un viaje en coche, de en apariencia moderada distancia, uno puede estremecerse con el sonido del bajo de Hey Man, Nice Shot. En su duración, las miradas al retrovisor son constantes, por si el diablo te persigue. Después de avanzar, de recoger a tu novia y echarte a la carretera, sintiendo el aire alborotar tu pelo, como si llevases un descapotable, puedes buscar inútilmente una bruja volar a tu lado, muerta de risa, cuando suena Wicked Game. Al llegar a la ciudad, un perro cruza el paso de cebra, y, estando detenido en un semáforo, se puede imaginar que es un coyote, escuchando Shadow of the Sun. La noche lleva un largo tiempo caída, y, en un intento de volver a casa, con el alumbrado apagado, con Ghost Rider en los altavoces, te pierdes. Vuelves a la larga carretera, que no encuentra final, para terminar por clavar tu mirada en las líneas amarillas, con I’m Deranged de fondo. Y avanzas y avanzas, a todo volumen.

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