Resulta curioso y a la par reconfortante que, de entre los títulos de este Atlántida Film Fest, entre los que hay superproducciones, pelis de Herzog con Nicole Kidman y cintas con subvención y ayuda, uno de los largometrajes más recomendables –aparte de español– sea una de esas infraproducciones que ahora dan en llamar low-cost, que queda mejor que decir “ultrabarato”. En este país nuestro, donde nuestro propio material se odia con ganas, es normal este tipo de producciones –lamentablemente, cada vez más–, la mayor parte de ellas, material de detrimento que no merece la pena ni ser reproducido. Sin embargo, títulos como este Berserker (Pablo Hernando, 2015) vienen a constatar dos grandes verdades, virtudes en medio de todo este desasosiego “de saldo”: 1) que el cineasta que lo es, tenga dinero o no, va a brotar contra viento y marea y va a hacer cine como sea; 2) que existe low-cost que es cine de verdad, que cuenta una historia de ficción, con una representación defendida, y que sostiene una narrativa audiovisual, en ocasiones más fresco y verosímil que muchos high-cost.

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Póster de Berserker (Pablo Hernando, 2015), obra del polifacético artista Didac Alcaraz © Hernando Esquisábel

Vamos, que aunque en la Malasaña de la gafa sin cristal haya mucho vaso de gin-tonic sostenido por manos de humo, también hay manos de cineastas de verdad; currelas del rec con cosas que contar que, si no ruedan con más pasta, es porque no han encontrado a quien pueda gastársela en apostar por sus ideas —como hacen ellos—. También hay un bastión industrial del que nutrirse. Trabajo en abundancia, con el que poder ganar bien para luego pagarse uno sus filmes a lo Cassavetes y así, aunque low-cost, no se dependiera del favor ajeno, que siempre diezma —parte, se ha financiado con un Verkami d’esos, pero claro…, parte—. Pero, vamos que, como dicen unos grandes amigos míos gemelos y productores «la única peli mala es la que no se hace». Y cuando a uno le hierve una peli, la tiene que parir como sea.

Esta vez, Pablo Hernando, director acostumbrado a estos embrollos, autor de cortometrajes como Agustín del Futuro (2011) o Magia (2013) y de la interesantísima Cabás (Pablo Hernando, 2012) –otro low-cost d’esos, absolutamente imprescindible–, ha tirado por el género. Sin dejar su característico mirar, su intrigante in media res y sus tajantes elipsis y cercenantes acabados, Hernando ha llevado a cabo un noire puro y duro, pero englobado en su España de pantomima, su costumbrismo fruto de la saturación cañí y las complejísimas relaciones personales que padecen los personajes entre sí. El resultado da lugar a una extraña cinta; una comedia finísima cuyas condiciones que la enrarecen no impiden hacernos asistir a una trama detectivesca plena, con sus devenires propios del género, sus pesquisas, sus sospechas, las cábalas que el espectador se hace, y los consecuentes puntos de giro que pasman y asombran al más enteradillo. Es un poco Se ha escrito un crimen (Murder, She Wrote. Peter S. Fischer, Richard Levinson, William Link, 1984-1996), pero con un hombre joven, sin éxito ninguno como escritor, y su compañera de piso de alquiler, seres de la parte civilizada del Madrid de hoy en día.

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Ingrid García Jonsson y Julián Génisson son la Stephanie Zimbalist y el Pierce Brosnan de este peculiar Remington Steele © Hernando Esquisábel

Su estreno oficial tuvo lugar en el Festival de Cine Europeo de Sevilla, el pasado noviembre de 2015, donde fue recipendiaria –merecidísimamente– del Premio Las Nuevas Olas. En Barcelona se mostró en diciembre en el festival Cine Low Cost y después la cinta pasó por el encuentro Márgenes / Cine online al margen. Su pertenencia a la sección Generación dentro de este último Atlántida Film Fest supone una nueva oportunidad de disfrutar de este detectivesco tan sui generis.

El argumento es de esos que hay que contar a pellizcos, porque cualquier dato de más puede suponer un spoiler de lo más horroroso. Se puede decir que, sobre las numerosas historias que se narran en las distintas capas de la estructura dicotiledónea de Berserker, prevalece la de Hugo, que se puede considerar como trama principal por la que transitará el resto. Es por tanto Hugo Vartán, a la sazón escritor de los de ahora, de esos que, a pesar de haberse rendido hace tiempo a las querencias del cliente, vive muy mal, a base de fécula y poco más –la trama secundaria de las patatas no la voy a desarrollar más, pero que sepan que el guión es tan rico que da hasta para eso–, el protagonista de la película. El Marlowe “rarito”, tan superdotado como anormal, que Julián Génisson parece haber nacido para interpretar. Esto último no lo digo porque Génisson guarde parecido con este gilipollas de Hugo Vartán, en absoluto. Si no porque nos encontramos ante su mejor trabajo, teatro incluido. Que lo mumblecore del cine nada influye en el dramatis artis.

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El actor Julián Génisson interpreta a Hugo Vartán, un escritor desencantado y apático, que de pronto da con esa idea que «le pone en movimiento» © Hernando Esquisábel

El taciturno, práctico, resolutivo y falto de empatía Hugo Vartán llega hasta esa historia, que ocurrió de verdad, a través de habladurías entre amigos y conocidos, en su piso compartido de Madrid, de la misma manera que podría enterarse la Sra. Fletcher, su vecina del quinto, o Antonio Gala durante la Feria del Libro, como contaba Joaquín Reyes. El caso es que no puede quitarse el suceso de la cabeza, por lo que, de la noche a la mañana, sin dinero, ni pistola, ni coche, decide convertirse en un autor noire total, escritor y detective, con el fin de escribir un buen tocho con el que obtener ventas mejores. Hugo sólo tiene algunos nombres y una extraña fotografía, y sólo cuenta con la ayuda de Mireia (tan impecable como de costumbre, Ingrid García Jonsson), su compañera de piso. A partir de aquí, se sucederán los misterios, las desapariciones, los triángulos amorosos, los cafés con cigarrillos, las muertes en cadena, las ironías finas, las entrevistas, la “porra” de sospechosos…

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Imagen promocional del filme, con la inquietante fotografía que sirve de punto de partida para la investigación de Hugo Vartán © Hernando Esquisábel

Pero también el cachondeo, las crisis treintañeras, los problemas de comunicación siglo XXI… y esa manera que tiene, tan suya, Pablo Hernando, de tratar las relaciones entre personas en su cine, que viene a ser, como son en la vida real: llenas de puertas, pasillos y escaleras de un laberinto espiral, en un pulso febril por derrocar al otro mediante el ingenio. Es una peli de crímenes, dentro de un costumbrismo español estilizado, pero recreado con la pura realidad.

“La luz de la película quería que fuera invernal, luminosa porque en Madrid nunca está nublado, siempre hace sol. Pero es una luz muy opaca porque nunca se acerca al límite del blanco.”

Pablo Hernando, entrevista en Las Horas Perdidas.

La crudeza de la luz, aprovechada de nuestro sol —no como otros— como se hace en este tipo de producciones –en las que se hace que, en otras, parece que obvien la parte de “imagen” del cine, que es TODA–, sitúa a este filme en la tónica de otras obras contemporáneas, pichichis del mumblecore español, como la magnánima Diamond Flash (Carlos Vermut, 20) o la ternísima El día del padre (Alberto Carpintero, 2013); si bien sus ademanes estilísticos, de tono y narrativa, nada tienen que ver. Hernando construye el relato, como en todo buen thriller, dosificando la información y generando suspense, para después detenerse. Detenerse mediante una de sus paradas/patadasenlaboca, y después proseguir, dirigiendo a sus personajes por otro sitio, donde sus frustraciones ya han alcanzando un mayor nivel de tolerancia, al mismo tiempo que el espectador, además.

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Arriba: Julián Génisson en un fotograma del filme, con la actriz Rocío León. Abajo: Génisson y Lorena Iglesias -quien posiblemente lleva a cabo el mejor trabajo actoral de la cinta- en otra secuencia de Berserker (Pablo Hernando, 2015) © Hernando Esquisábel

El estilo es límpido y diáfano, sólo mejorable con una mayor dedicación a determinados detalles; es decir, con algo más de dinero que le hubiera permitido paliar descuidos y fomentar tres o cuatro excesos. No obstante, lo métodico y Hitchcochiano del asunto, lo “de librillo” queda soslayado, aplastado por el imperturbable cinismo de los personajes protagonistas en una suerte de ejercicio casi de meta-ficción –que, por otro lado, flota a lo largo del filme entero–, y sólo se echa mano de la fórmula del género cuando se hace imprescindible. Es un thriller donde prima más la composición, apoyando al estado anímico de los personajes, metaforeando con su condición en el “diorama” que habitan ese momento, que el ritmo y la direccionalidad. Más Lynch que Hitchcock, más Fincher que Fincher. Eso es lo que hace de Berserker una pieza tan curiosa.

La música del norteamericano Aaron Rux vuelve a ser, como en pasados trabajos con y “sin” Hernando, una obra maestra en sí misma, exquisita y desapercibida, sin duda uno de los mayores atractivos de la cinta. Como el soberbio trabajo de la siempre reivindicable Lorena Iglesias, a la que hemos podido ver en títulos como Gente en sitios (Juan Cavestany, 2013) o Magical Girl (Carlos Vermut, 2014), que interpreta uno de los distintos personajes “interrogados” en el filme.

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«¿Cómo…? ¿Pero cómo que «patatas», si traje un saco la semana pasada?, ¡Macho…! No voy a traer más patatas, porque si hay… ¡te las comes!» © Hernando Esquisábel

Sorprendente, singular, o como usted la quiera llamar. Pablo Hernando ha llevado a cabo, con poco más que sus huevos toreros y el amor de un montón de compañeros, una película de aparente sencillez y más capas de lectura que un universo de Warren Ellis. Ficción de género, que desgrana el proceder de una investigación de la misma manera que se procede en la escritura de una novela. Volveré la semana que viene con más recomendaciones del festival. De momento, pueden ir metiéndole a Berserker aquí.

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