En la ignorancia de la infancia todo lo desconocido es susceptible de ser una soberana y enorme mierda. El paso del tiempo afina el gusto tan cuidadosamente como el herrero que adelgaza el acero amolándola hasta la extenuación, para llegar a convertirla en una fina y sutil arma.

La falta de experiencia e información avisa al incauto. Pasada la adolescencia, el desprecio infame hacia lo que no se atiende a explicar de forma racional o documentada —la época obsequia con la gracia de quién no tiene porqué dar explicaciones a los impulsos— queda mitigado, y el mundo oculto cae sobre los hombros para influir de manera cenital. Y ya saben qué ocurre cuando la luz se precipita desde arriba: el brillo y las sombras deambulan parejas.

Es el momento de elegir entre los contrastes, con hechos y argumentos; si uno no quiere mentirse despiadadamente a sí mismo. En la vejez, como el destino que marca el uróboros, se vuelve a defenestrar lo desconocido, sin pestañear, sin piedad, por el mismo detonante que al comienzo: la experiencia.

Federico Fellini y Marcello Mastroianni en el set de Ocho y Medio. Tazio Secchiaroli.
Federico Fellini y Marcello Mastroianni en el set de Ocho y Medio. Foto de Tazio Secchiaroli.

Existe la posibilidad de escapar al argumento único e inexperto con replicas e interrogantes, únicamente por darse el gusto de hacerlo. Encarar el río a contracorriente siempre ha sido la mejor manera de diferenciarse; y adquirir, a su vez, una conciencia y gustos propios, alejados con diferencia de los demás. De esa forma nacen también los gustos. Por arrogancia o por inquietud. Se comienza a dudar cuando todos eligen tomar la misma dirección. Es algo con lo que he lidiado gran parte de mi vida y que he puesto en práctica. Puede que mis gustos se cimenten sobre las aversiones de los demás.

El ensayo sobre música popular de Carl Wilson, “Música de mierda”, editado recientemente por Blackie Books, lleva como subtítulo: “Un ensayo romántico sobre el buen gusto, el clasismo y los prejuicios en el pop”. Todas y cada una de las reflexiones expuestas en su interior comienzan gracias al estudio de Celine Dion y su disco Let´s Talk About Love. Un disco y una cantante que el autor dice aborrecer. Aquello me cautivó. Desde el encuentro mismo con este concepto primigenio y más si cabe tras leer sus primeras páginas, se acrecentaba en mí el deseo de encontrar, sin mucho éxito, el autor y el largometraje con el que poder extrapolar el ensayo musical al ámbito cinematográfico, con el fin de encontrar el nacimiento mismo del gusto.

Francoise Truffaut imaginando el encuadre de un plano.
Francoise Truffaut imaginando el encuadre de un plano.

Escribía Francois Truffaut en las primeras páginas de El placer de la mirada que aunque saber quién es el autentico realizador de una película no es algo fundamental, éste siempre recaerá en el director. Es, por tanto, responsabilidad última del director que una obra sea buena o una mierda. Maravillosamente sorprendido por la incapacidad de encontrar un autor y una película que me hiciese rasgarme los ojos con la punta de los dedos, que me causase espanto, que me resultase insufrible, indagué en el porqué de dicho desinterés. Había dado por hecho que existiría, sin detenerme a pensar cual sería. Imagino que todo el mundo, en su justa medida, siente un pellizco de repulsión, por insignificante que pueda parecer, hacía determinada película. A mí me alcanza, no puedo negarlo, pero en otras artes distintas a la séptima. Me es más sencillo recordar una mala novela o esbozar un respingo cuando escucho una canción que me horroriza.

Las valiosas piezas que integran el Museo Municipal del Cine. Buenos Aires.
Las valiosas piezas que integran el Museo Municipal del Cine. Buenos Aires.

Cierto es que la sobreexplotación de un género cinematográfico adherido a su tiempo me reconcome por dentro —véase hoy el género de superhéroes—. Aquello ya he conseguido descifrarlo con anterioridad, determinando como causante al proceso de diferenciación. Con llaneza elijo ignorarlo, aunque de vez en cuando te golpee por pura estadística. Con el paso de los años, he decidido apartar aquello que no considero que pueda enriquecerme. Lo más fácil siempre es odiar. La dificultad reside en captar la belleza y saber apreciarla hasta rendirle un culto inagotable. Es complejo esquivar el odio, echarlo a un lado, cuando lo que decides excluir se encuentra por todas partes.

En tú móvil, en las marquesinas del autobús, en los anuncios televisivos, en las fachadas de la Gran Vía, en las charlas de cualquier vagón. Se encuentra entonces en lo que ignoro todo aquello que odio. Porqué he decidido ignorarlo. Y el cine, fuente inagotable de sueños y alegrías, nunca fue excluido. Es por ello que no encuentro qué odiar, porqué en realidad nunca tuve esa reacción irracional cuando pude hacerlo. De una mala película siempre se pueden sacar pasajes positivos. Sea cual sea su factura final.

El gusto está hecho de mil aversiones” dijo el poeta Paul Valéry, que recoge con acierto Carl Wilson en Música de mierda. ¿De qué se nutre nuestra personalidad? Somos lo que leemos, la música que escuchamos y el cine que vemos. Somos todo aquello que nos encandila, sin olvidar que también nos perfeccionamos a cincel con aquello que odiamos. El rechazo hacía una película o género, produce una diferencia plausible entre nosotros. Los gustos vienen dados, en infinidad de casos, por culpa de lo que hemos decidido rechazar, excluyendo las preferencias de la corriente, de lo sobradamente popular, para, en esencia, alzarnos estúpidamente superiores a los demás.

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