Esta entrega le toca entera al Pirri. Porque hemos hablado de él, pero así como muy de refilón, y este caballero es un personaje muy importante del movimiento mangui, y ha encarnado a algunos de los personajes más emblemáticos del cotarro.

Amén de que es un excelente actor, claramente sobresaliente entre el resto de quinquis-actores del panorama. Además era una persona muy querida por todos los profesionales que tocaban de trabajar con él (no sólo hizo cine, sino también fue presentador de televisión y de radio, comentarista, tertuliano…), y muy añorada tras su repentina defunción (esta gente se moría siempre dramáticamente).

José Luis Fernández Eguía, que se así se llamaba de verdad, nace en un territorio lo más parecido a Mad Max, pero en español, que era la zona de casas bajas del barrio de Pan Bendito (Madrid) de 1965. Un tío suyo, le encasquetaría el pseudónimo por el que sería conocido por el resto de su vida: Pirri. El apodo venía dado en honor al futbolista José Martínez Sánchez “Pirri”, porque desde pequeño le gustaba mucho el fútbol y jugaba siempre con una camiseta blanca y con el número 4 –el mismo que el futbolista luciría durante su estancia en el Real Madrid–.

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José Luis Fernández Eguia “Pirri”, en un fotograma de De tripas corazón (Julio Sánchez Valdés, 1985). © C.B. Films S.A., Julio Sanchez Valdes P.C., Opera Film Produzione

Según le contaron siempre, su padre biológico –al que jamás conoció- era estadounidense, por eso él siempre tuvo esos rasgos (rubio con los ojos azules) tan llamativos en su barrio desde pequeño, donde Pirri se crió con su madre real y su padre postizo, hasta que fue repudiado por ambos.

Su madre abandonó un día al señor que hacía las veces de padre, llevándose consigo a las hijas pequeñas de la pareja. El señor que hacía las veces de padre se largó con otra mujer, y nuestro querido José Luis, aún muy pequeño, quedó a cargo de los padres de éste. En uno de los pisos de la Obra Sindical del Hogar, en la zona de Canillejas perteneciente al barrio de San Blas, unos abuelos que realmente no eran sus abuelos, criaron al chiquillo lo mejor que les permitió su oficio de recogedores de cartón.

Trece añitos tenía la criatura cuando contactó con él el guionista habitual de las películas de Eloy de la Iglesia, Gonzalo Goicoechea, que andaba buscando por todos los barrios de Dios, figurantes jóvenes y suburbiales para Navajeros (Eloy de la Iglesia, 1980). Más o menos como ocurre en Kiss Kiss Bang Bang (Shane Black, 2005), Pirri se coló en el casting de la película mientras huía del dueño de un estanco del que acaba de sustraer en paquete de tabaco. Había más muchachos de su edad y sus pintas así que lo incluyeron en el grupillo y lo hicieron pasar a la sala de audiciones.

Allí, Pirri comenzó a cagarse en todo para que lo dejaran salir de nuevo… y se hizo lo luz: llamó tanto la atención que absolutamente todo el mundo se fijó en él. «Si te estás quedando conmigo… mira que te busco y te doy un curro, eh», fue la respuesta del joven quinqui cuando le explicaron que aquello era una para una película y que estaban interesados en él. El propio Goicoechea lo propuso para el papel de Jaro, el protagonista del filme; y aunque Eloy de la Iglesia terminó decantándose por José Luis Manzano (por razones de las que, siendo mal pensados, ya hemos hablado), le dió a Pirri el memorable personaje de El Nene. A pesar de lo que se ha contado en diversas ocasiones, ambos “joseluises” –Manzano y Pirri- no se conocían hasta ese momento, ni eran amigos de antes; aunque podemos suponer que, a base de coincidir y coincidir, terminarían siéndolo.

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“A ver si te buscas una musiquilla guapa, ¿no, colega?” © Acuarius Films S.A., Fígaro Films, Producciones Fenix

Las carencias dialécticas, la accidentada vocalización y otros ademanes del quinquillerío y la vida en delincuencia de extrarradio es muy difícil de imitar. O al menos, de imitar por ningún actor para que quede medianamente creíble en una película. Por eso, carne de barrio como la que había pegada a los huesos de Pirri era difícil de encontrar. Tras mucho comentarse su aparición en Navajeros, Pirri no tarda en reincorporarse a otra película; y, esta vez, la oportunidad le llegaría de la mano del prestigiadísimo Manuel Gutiérrez Aragón.

En Maravillas (Manuel Gutiérrez Aragón, 1981) Pirri vuelve a interpretar a una versión de sí mismo, con un personaje que incluso se llama Pirri, quinqui precoz, en un papel recipendiario de alguno de los mejores diálogos de la película, como el que sostiene con Emilio Rodríguez –que interpreta a un confesor- en una secuencia de todo punto descacharrante. Esta escena, prácticamente improvisada, supone un ejemplo revelador del duende de Pirri: hacer suyas unas frases, estén escritas o no, y hacerlas irrepetibles e intransferibles.

El resto de cinta no tiene desperdicio ninguno, sirva este artículo para reivindicarla. Ganó el Fotogramas de Plata a la Mejor película española y Mejor intérprete de cine español (Fernando Fernán Gómez), y el 2º Premio en Festival Internacional de Cine de Chicago, además de dejar tras de sí una recua de excelentes críticas, iniciadas por la calurosa acogida en el Festival de Berlín del 81. Completan el reparto Enrique San Francisco –que ya coincidiera con nuestro héroe en su anterior filme– y una jovencísima Cristina Marcos. Y Fernando Fernán Gómez lleva a cabo uno de sus mejores trabajos (que no es decir cualquier cosa).

Rodaría dos películas más con Eloy de la Iglesia, La Mujer del Ministro (Eloy de la Iglesia, 1981), haciendo de vasco, y Colegas (Eloy de la Iglesia, 1982), haciendo otra vez de sí mismo junto a Manzano y Antonio Flores, y colaboraría cediendo su atiplada y nasal voz en la imprescindible de nuestro cine El Sur (Víctor Erice, 1983). Pero su record en psicotronía, su trabajo bizarre por antonomasia, llegaría con su participación en la rareza La Venganza (The Hit. Stephen Frears, 1984).

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Póster de Iván Zulueta para la película Maravillas (Manuel Gutiérrez Aragón, 1981) © Arándano S.A.

Muchos años antes de que el gran público le conociera por éxitos como La Reina (The Queen. Stephen Frears, 2006) o Mary Reilly (1996), antes incluso de dirigir obras de precisión cinematográfica tan certera y bien vertebrada como la derrochada en Héroe por accidente (Hero, 1992), o en las imprescindibles Los timadores (The Grifters, 1990) y Las Amistades Peligrosas (Dangerous Liaisons, 1988); antes, fíjense lo que les digo, de alumbrar prestigiadísimas obras como Alta Fidelidad (High Fidelity, 2000), Café irlandés (The Snapper, 1993) o La camioneta (The Van, 1996)… antes de nada de esto, el irlandés Stephen Frears dejaba atrás la televisión y debutaba en el cine con esta película rodada en nuestro país, que me voy por los cerros de Úbeda. En La Venganza, Terence Stamp interpreta al gangster Willie Parker, que en los primeros ochenta se convirtió en soplón de la policía, dando un duro golpe a la mafia británica y viviendo desde entonces escondido en alguna remota aldea de nuestra piel de toro.

La producción de la cinta es británica, pero tiene más de un 80 por ciento de su metraje rodado en España (Madrid, Almería y El Monasterio de Piedra). Parte del equipo era también español, y la banda sonora la firma el mismísimo Paco de Lucía, que llega a compartir guitarra con Eric Clapton en algunos de los temas (toma Geroma, pastillas de goma). Entre el reparto, el filme cuenta con Laura del Sol como protagonista femenina, y con presencias como la de Fernando Rey, que viene a ser el jefe de la policía española.

La aportación de Pirri llega cuando en la película los mafiosos a los que Stamp delató descubren su paradero, y contratan a dos sicarios -encarnados por unos oxigenados John Hurt y Tim Roth– para que lo secuestren y se lo lleven a París. Así, en medio de un descampado ibérico, de esos donde aprieta la calima y percute la solana, al Stamp nos lo secuestra un pequeño comando de quinquis autóctonos, formado por un jovencísimo Enrique San Francisco, el inefable Will More (acreditado como Joaquín Alonso), un tal Camilo Vilanova y nuestro Pirri (en créditos: José Luis Fernández). No tiene plano corto, ni siquiera plano propio, de hecho, comete la irresponsabilidad de dar la nuca y el perfil a la cámara en todo momento, pero ahí está el tío, en una peli de Frears, secuestrando a Terence Stamp.

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El escuadrón de kidnappers de la pradera de La Venganza (The Hit. Stephen Frears, 1984), con Pirri esforzándose en no “favorecer a cámara” jamás © Zenith Entertainment, Central Productions Ltd.

Ese mismo año, vuelve a interpretar un personaje que se llama Pirri –escribían papeles directamente para él, y no se comían mucho el coco a la hora de ponerles nombre– en El Pico 2 (Eloy de la Iglesia, 1984). Donde protagonizaba una de las secuencias más memorables de todo el movimiento del que estamos hablando, y de la que ya me hice eco en la segunda entrega. Pirri es el compañero de prisión de Paco (José Luis Manzano), el protagonista de la saga, y es escalofriante observar el mal desarrollo físico que el caballo ha propiciado sobre el chaval.

«Desde pequeñito empecé a probarlo. Luego, sin darte cuenta, estás enganchado. Hasta que vi que eso no era plan. Estaba hecho polvo y me encontraba fatal. Y luego, mis abuelos… siempre amargados, siempre sufriendo por mí. (…) Es que la droga te guía todo. No eres persona. Quien esté en esto y diga que es persona, miente».

La historia se repetía una vez más: Pirri ganaba más dinero con el cine que cualquier otro chaval de su condición, sin embargo no era feliz. Estaba enganchado a la heroína desde los 16 años, y la pandilla de su barrio, sus “amigos” de toda la vida, suponían la peor de las compañías. La vida de sus abuelos se convirtió en un calvario, ya que Pirri llegó incluso a robarles sus escasas pertenencias para pillar, y sus amigos adquiridos en la profesión le advertían constantemente acerca de sus malos hábitos y trataban de apartarle de los amigotes perjudiciales. Gonzalo Goicoechea, que ya sospechaba de la adicción de Pirri desde el rodaje de La Mujer del Ministro, conoció a uno de ellos, un quinqui de “mirada asesina” (palabras textuales de Goicoechea) que además trabajó acribillando sus venas como doble de brazo para rodar los insertos en las secuencias de jeringuilla de El Pico. Así de duro es a veces el cine, amigos, poca broma.

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El adorable Tiny Pirri de Navajeros (Eloy de la Iglesia, 1980), convertido en tan sólo cuatro año en el completo “jinchazo” de El Pico 2 (Eloy de la Iglesia, 1984) © Acuarius Films S.A., Fígaro Films, Producciones Fenix, Ópalo Films S.A.

En 1985 es tan famoso que llega a firmar cuatro películas y a intervenir en el talk-show de Ángel Casas, programa de t.v. muy en boga que entrevista a lo más granado de la sociedad y las artes españolas, Ángel Casas Show (1984-1988), donde se metió al público en el bolsillo. Explotó su perfil de politoxicómano haciendo un pequeño papel en el limitadito drama-thriller, con Amparo Muñoz y Antonio Resines, La reina del mate (Fermín Cabal, 1985); y con un episódico en la rareza de Marisol –as Pepa Flores– Caso Cerrado (Juan Caño Arecha, 1985). Para Sé infiel y no mires con quién (Fernando Trueba, 1985) ya se había restaurado la piñata porque, por primera vez, su personaje no era el de un macarra. Todo lo contrario, en la alocada comedia wilderesca de Fernando Trueba, Pirri interpretaba a un recluta legionario, con su uniforme reglamentario, su deje indeleble en el hablar, su dentadura nueva y la cabeza rapada, con escenas de cama y todo, oiga.

Sin buscarlo, Pirri se asentaba como actor “de verdad” con títulos como estos, que se alejaban del todo del elemento exploitation del llamado cine quinqui. Y salía siempre airoso de la experiencia, dotando a sus personajes de una verdad como la puede conseguir alguien sin formación de actor, exclusivamente en el cine. Una mezcla de talento en bruto, entrega, y buena voluntad, si quieren.

Los arreglos odontológicos ayudaron a que nos creyéramos al Chirlo, el único galán de cine interpretado por Pirri, el seductor de extrarradio de De tripas corazón (Julio Sánchez Valdés, 1985), la última de sus películas estrenada ese año, antes de tomarse cierto sabatismo para delinquir un poquito. En De tripas corazón Pirri ya no era secundario, tenía que hacer un trabajo de contención para un personaje muy alejado de sus macarrillas habituales, interpretando algo así como lo que él mismo nunca llegó a ser: un quinqui rehabilitado.

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Cine Resines, cine coetáneo al Cine Quinqui. © El Catalejo, Fígaro Films, Ópalo Films, Iberoamericana Films Producción.

En el filme debía hacer cosas de actor muy serio, como seducir a un personaje que se supone que es una modelo (interpretado por Patricia Adriani), o establecer un triángulo amoroso y medirse protagonisticamente con alguien de la talla de Juan Diego (nada menos). Todo un reto del que Pirri volvió a salir airoso y sin despeinar, dejando de paso una de sus perlas más inmortales:

“Las almóndigas… serán de confianza, ¿no?”

El Chirlo a un camarero en De tripas corazón (Julio Sánchez Valdés, 1985)

Tras este “noparar” de cine y fantasía, José Luis Fernández “Pirri” desaparece para hacer la mili y luego vuelve a desaparecer para haraganear, que, al pobre, se le daba muy bien. Al tiempo que su fama sube, estreno tras estreno, sus ansias de caballo también. Y, aunque quiere cambiar y enderezarse, porque ha conocido a gente distinta y divertida, vuelve a frecuentar viejas compañías, y comienza a coleccionar detenciones (hasta cinco en dos años), mientras sigue robando a su abuela y gambiteando hasta las mil, contestando mal a los guardias y llevándose más de una buena hostia de las de entonces (tengamos en cuenta que en 1985 todavía podían retenerle a uno sin explicaciones ni nada). La última de estas detenciones tuvo lugar el 5 de julio de 1987, cuando en un confuso suceso un amigo suyo y él, intentaron atracar –presuntamente– a dos jóvenes en el metro. Un pasajero avisó a los guardas jurado y, cuando se presentaron, el “amigo” de Pirri había volado.

Una vez que las víctimas recuperaron sus 1.400 pesetas y un sello de alianza, Pirri debió de ponerse farruco con los guardas jurado, porque acabó en el suelo del vagón, entre una lluvia de patadas. En los calabozos de la comisaría de Tetuán, entristecido por el mono y decepcionado con su propia persona, intentó cortarse las venas con el cristal de unas gafas. Gracias a la providencia, no tuvo ningún éxito. Eso sí, ingresó en Carabanchel, y estuvo allí un tiempito bueno (sobre esto, hay información imprecisa para todos los gustos). Por aquel entonces, hacía una sección en el programa Toladiario, de Fernando García Tola, y, según las palabras del periodista: «es la única vez que faltó al programa».

Como cosa del destino, al poco de esta última detención conoce a Charo, una joven peluquera de Fuencarral, y Pirri encuentra en ella el detonante definitivo para hacer acopio de fuerza de voluntad y cambiar. Comienza de cero en 1987, con el deseo de tener trabajo y comprarse una moto para, textualmente, «quitarse de la calle y moverse con su pibita». Consigue un breve papelillo, una suerte de cameo dando voces, asomado a una terraza, en la mítica La estanquera de Vallecas, de su amigo Eloy de la Iglesia, y otra vuelta a la comedia con la marcianada Policía (Álvaro Sáenz de Heredia, 1987),con Emilio Aragón y Ana Obregón. Incluso un spot publicitario contra la droga. Aquel 1987, no volvió a meterse en jaranas. Por aquella época Tola y su equipo advirtieron que el chaval llevaba las zapatillas destrozadas, y presentaba rozaduras en los pies. Pirri hacía todos los días andando el recorrido desde su casa en San Blas a las oficinas de la Cadena Ser, en la Gran Vía, para «hacer tiempo y no pensar en otras cosas».

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Rocío y El Chirlo (Patricia Adriani y José Luis Fdez. “Pirri”) en dos fotogramas de De tripas corazón (Julio Sánchez Valdés, 1985) © C.B. Films S.A., Julio Sanchez Valdes P.C., Opera Film Produzione

Estaba empezando de nuevo, reinsertándose en la sociedad y cogiendo algo de peso. A fines de ese mismo año, García Tola, que ya sentía un cariño especial por él, lo fichó para grabar un nuevo programa para TVE, Querido Pirulí. En el magazine, Pirri aparecía as himself, con un espacio propio en el que se encargaba de la crítica cinematográfica de la cartelera. Algo así como lo que hacía la adorable Cándida en Gomaespuma, pero en versión quillo. Unas navidades, en uno de esos revivals que edita Televisión Española, pude asistir a una apasionada crítica, realizada por un Pirri que se emocionaba según contaba la trama, sobre la imprescindible Robocop (Paul Verhoeven, 1987). Casi se me saltan las lágrimas.

Rodaría una última película, El juego más divertido (Emilio Martínez Lázaro, 1988), antes de ser encontrado cadáver en la carretera de Vicálvaro a San Blas, el 10 de mayo, cuando contaba con tan sólo 23 años de edad. Los detalles, resultan de todo punto teatrales: con una aguja de jeringuilla colgando del brazo, una papelina vacía en la mano derecha y dos más junto a él. Según la policía, falleció por sobredosis de heroína; sin embargo, muchos de sus allegados reclamaron una investigación por lo sospechoso de las circunstancias (Eloy de la Iglesia incluso lo exigió en los medios), nadie se creía que hubiera muerto de sobredosis, y menos tras dar continuas muestras de enderezamiento y salubridad en el último año. Pero la investigación se cerró sin concluir.

La versión de la policía fue que Pirri murió la noche del 9 de mayo en un lugar indeterminado y, muerto o a medio morir, trasladaron su cuerpo al descampado donde lo encontraron. La autopsia revelaría más tarde que no murió de sobredosis, si no por una dosis adulterada que le produjo un fallo respiratorio. El juicio de la detención de julio del año anterior estaba a punto de salir, y la fiscalía pedía para él dos años de cárcel. Se libró una vez más, eso sí.

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José Luis Fernández Eguía “Pirri” en 1987 (autor desconocido)

José Luis Fernádez «El Pirri» dejó un (escaso) puñado de películas. Alguna buena, otra interesante, la mayoría malísimas. Pero su presencia, que eso es en definitiva lo que hace a una estrella de cine, brillará para siempre en los fotogramas de todo ese extraño cine que hizo.

3 Comentarios

  1. Recuerdo cuando el Pirri hacia critica de cine en «Querido Pirulí» cuando fijo que la película
    «El Rector » le había encantado y que con » El ultimo emperador » se quedó dormido.
    Genio y figura

  2. Al Pirri lo conocí hace montones de décadas cuando jugaba al fútbol en los descampados de su barriada con una camiseta
    del Real Madrid con el numero 4 en la espalda como el internacional ceutí Pirri,marido de la ex actriz Sonia Bruno.
    El fue de los chicos que hizo cine Quinqui el que hizo cine de manera mas regular y pasó de ser un raterillo que
    acompañaba al Jaro y el Pepsicolo ha llevarse a la cama a tías buenorras como Carmen Maura y Patricia Adriani.

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