Lo que un servidor más agradece de estas fórmulas, corrientes, subgéneros o movimientos, es que sirven de fertilizante para que le salgan copias, revisitaciones y versiones, para que se retitulen películas ya existentes, se hagan revivals, plagios, cine de autor influenciado, intentonas de subirse al carro del todo fallidas, proto-joyas, émulos seniles… o para que simplemente quede todo como material referencial al que acudir por los siglos de los siglos. De hecho, estas elucubraciones llegan a constituirse como “movimiento” gracias a la abundancia que provee la aparición de estos hijos espúreos. Vamos… lo que se dice explotación-explotación.

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Cartel promocional de La Corea (Pedro Olea, 1976) © José Frade Producciones Cinematográficas S.A.

Hablábamos en la segunda entrega sobre “lo proto” y lo no tan proto, pero reservaba para esta entrega –porque el referencialismo es menos latente- el cine de la Tercera Vía. La “Tercera Vía” fue una etiqueta inventada por la crítica en los años setenta para designar a cierto cine español, cuyos máximos exponentes son Antonio Drove y Roberto Bodegas, cuyas películas flotaban entre lo comercial y lo intelectual. Precisamente los temas que –lejos de la comedieta de toda la vida- interesaban al público, eran aquellos en los que más “material progre” había: la delincuencia y los dramones de la calle, la realidad de la crisis de la siempre recalcitrante Transición Española.

Englobada en este tag de Tercera Vía, se encuentra Libertad provisional (Roberto Bodegas, 1976), una crónica urbana desesperanzada sobre la reinserción social escrita por Juan Marsé, título imprescindible de la historia de nuestro cine. Protagonizada por esa Concha Velasco que a veces nos deja a todos con el culo torcido, y el habitual de thrilleres socio-dramonescos, el actor-cantautor Patxi Andión (que además compone la banda sonora, por supuesto que sí)

“Igual que tú, hago el pervivir y empiezo el pan por el pan de cada día, y como tú se me acaba la poesía con el pan de cada día. Con el pan de cada día, se acabó la poesía”

Rosa León interpretando una canción escrita por Patxi Andión para Libertad provisional (Roberto Bodegas, 1976)

Manolo (Andión) es un quinqui de pantalones acampana’os como cualquiera de estos que nos traemos entre manos. Un mangui del tres al cuarto en régimen de -como reza el título de filme- libertad provisional, que busca redimirse porque se conoce que el hombre no se siente bien. Lo mismo que Alicia (Concha Velasco), una vendedora de libros a domicilio que aprovecha las oportunidades de su trabajo para prostituirse un poco. Ambos se enamoran, evidenciando que sus aspiraciones de redención sólo suponen un paso para lo que verdaderamente buscan en la vida: pertenecer a la clase media.

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Póster de Libertad provisional (Roberto Bodegas, 1976) © Ágata Films S.A.

Y podría engrosar como proto-quinqui, dentro también de esa Tercera Vía, de no ser porque sus ansias comerciales pesan bastante más que sus querencias intelectuales, La Corea (Pedro Olea, 1976). Dramazo “S”, fotografiado por Fernando Arribas con Queta Claver, Ángel Pardo –¿recuerdan al camarero del tupé de Farmacia de Guardia?-, Cristina Galbó, Gonzalo Castro y Encarna Paso, donde el joven Toni (el personaje de Pardo) llega a Madrid para trabajar con Charo “La Corea”, gracias a un contacto de uno de su pueblo. La tal Charo es una mature de armas tomar que se dedica a hacer de madame de chavalines, para los soldados americanos de la base de Torrejón de Ardoz. Charo y Toni no tardan muchos fotogramas en enrollarse a base de bien, desatando los celos y espumarajos de Sebas, quien en tiempos fuera el gigoló de La Corea. En fin…

“Prostitución… Drogas… Bajos Fondos… Racismo…”, el reclamo de la trasera del VHS dejan claras las pretensiones. La cantidad de chicha y torridez de la cinta, hacen que sea considerada dentro del sexploitation patrio, sin duda. Aunque la presencia de un quinqui en su trama como personaje protagónico, pintado según los cánones de la propia realidad del momento, hacen que en muchos tratados, más y menos serios, La Corea sea incluida dentro del trajín.

Contiene casi tanta guarrerida española como Los placeres ocultos, del mismo 1977 que los Perros Callejeros de De la loma y dirigida por… ¡Eloy de la Iglesia! Si es que es que este país es un pueblo y aquí todo se acaba juntando.

En Los placeres ocultos Simón Andreu hace de Eduardo, un importante ejecutivo que se enamora de Miguel (Tony Fuentes), un jovencísimo mangui de un mal barrio. Y la eternamente bella Charo López hace de Rosa, otro personaje con inquietudes pseudopedófilas, una mujer casada que engaña a su marido, n’a más que por vicio, con la muchachada del barrio. Un drama sobre los celos muy-muy turbio, que realmente sólo llega a tener que ver con el movimiento en tanto en cuanto da la casualidad de estar dirigido por De la Iglesia, uno de los autores cuya impronta visual más ha influenciado a sus coetáneos.

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Fotocromo de Los placeres ocultos (Eloy de la Iglesia, 1977) © Alborada P.C.

Exactamente lo mismo que le ocurre a Una gota de sangre para morir amando (Eloy de la Iglesia, 1973). Una producción de José Frade, con un guión firmado por el propio Eloy junto a ínclitos como José Luis Garci, con Christopher Mitchum, Sue Lyon y Jean Sorel. Una fumada que en su momento fue bautizada por la crítica como La Mandarina Mecánica, por sus descarados “homenajes” a la cinta de Kubrick, y con la que ya nos detendremos cuando hablemos de cosas más raras.

No abandonemos, eso sí, el tema de la explotación sexual y la morbosidad a lo basto, sin anestesia ni nada. Pero dejémonos de “protos” y vayamos al grano: al bastión del reaproveche. Al que se sirve de la certificación empírica del éxito de taquilla tras la probatura del experimento por parte de terceros. Y así tenían lugar experimentos pseudopornográficos como Las que empiezan a los 15 años (Ignacio F. Iquino, 1978), que explota el drama de la prostitución para contarnos una historia de peli de Tinto Brass, con jóvenes hartas de la censura familiar que se venden en secuencias interminables de un barato de espanto.

Eso, cuando no entroncaban directamente con el aluvión del momento de películas italianas basadas en violaciones, donde el recreo en dichas felonías era el atractivo principal de taquilla. Fórmula exitosa que se aprovechó bien en la explícita Los violadores del amanecer (Ignacio F. Iquino, 1978), que ya cuenta con indispensables como Bernard Seray y Linda Lay. Una especie de thriller de terror enfermísimo, donde una banda de violadores, formada por cuatro mangurrianes ¡y una embarazada! se dedica al secuestro, la agresión y la violación de jovencitas, mientras huye de las fuerzas del orden.

Pero, por supuesto la conexión de este fenómeno con Italia no se queda en el ojo para los negocios de Ignacio F. Iquino, porque ¡ay, los italianos!. Ya hablamos de ello, y supongo que volveré a hablar mil veces mal, porque los lombardos están en todas partes en esto del cinematógrafo; pero es que, cuando no se daban al remake apócrifo, se volcaban en el estudio pormenorizado de la traducción de títulos. De esta manera, si ya había un Alien 2 (Alien 2 sulla Terra. Ciro Ippolito, Biagio Proietti, 1980) antes de Aliens (El Regreso) (Aliens. James Cameron, 1986), en una secuela que venía de ninguna parte y que, en el fondo, nada tenía que ver con el filme de Cameron (más que nada por el tema de los derechos), ¿por qué no retitular para otros países, películas cuyo concepto era local y difícil de entender?

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El Ojo de Iquino para la taquilla © IFI Producción S.A.

De esta mecánica natural, brota en las estanterías de los videoclubes españoles una falsa tercera entrega de Perros Callejeros, protagonizada por Franco Nero y cuya carátula está coronada por el aparatoso título de Perros Callejeros III. Ciudadano se rebela (Il cittadino si ribella. Enzo G. Castellari. 1974). En realidad, se trata de un polizesco, en la línea de Harry el Sucio, dirigido por el ínclito Castellari, que no tiene absolutamente nada que ver con las aventuras del Torete y sus colegas. Se conoce que aquí se estrenó más tarde que la película de De la Loma, y la distribuidora no tuvo piedad. Ni la volvió a tener cuando tradujo Un uomo, una città (Romolo Guerrieri, 1974) como El Pico III. ¿El Pico III, rodada nueve años antes que El Pico I? Claro que sí, joder.

Y abandonemos de una vez estas cosas de poca finura y urbanidad, para hablar de los rescoldos de lo quinqui bien aprovechado. Como esos personajes abisales, hermanos entre sí, Toni y Miguel. Los hijos quinquis de Carmen Maura en la prodigiosa ¿Qué he hecho yo para merecer esto!! (Pedro Almodóvar, 1984).

Juan Martínez, que sólo volvería a trabajar en el cine haciendo de El Nene en De Tripas Corazón (Julio Sánchez Valdés, 1985), era Toni, el hijo que el personaje de la Maura decidía quedarse. Al otro chiquillo, que encarnaba el niño Miguel Ángel Herranz, lo dejaba en manos de un dentista pederasta enloquecido, terroríficamente interpretado por Javier Gurruchaga, para así tener una boca menos que ortodonciar. Los dos, eran dos chavales de barrio, chapurreando castellano con su deje habitual, con sus greñas y sus andares de pierna penduleante.

“- Hola mamá. – dice Miguel-

– ¿Pero tú crees que son horas? – Responde Gloria, su madre-

– He estado haciendo los deberes con Raúl.

– Has estado acostándote con su padre, como todos los días.

– ¿Y a ti qué te importa? Soy dueño de mi cuerpo. ¿Qué hay de cena?

– Nada. ¿Qué quieres que haya a éstas horas y a fin de mes? Si eres dueño de tu cuerpo, aprende primero a alimentarle por ti mismo.”

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Gloria (Carmen Maura) y Toni (Juan Martínez) en una foto-fija de ¿Qué he hecho yo para merecer esto!! (Pedro Almodóvar, 1984) © Tesauro

¿Qué he hecho yo para merecer esto!! es un tratado feminista, al mismo tiempo que la primera vez que Almodóvar pone empeño en establecer una impronta meramente cinematográfica, un, como escribió José Luis Guarner, “ensayo deliberado de someterse voluntariamente a la disciplina y a las convenciones de una narración cinematográfica clásica”. La obra con la que nuestro prodigio manchego transgredió la dejadez y suciedad propia del pop underground, para consagrarse como cineasta de sólida resolución narrativa. No peco si me atrevo a sugerir, porque no sería el único que lo hace, que ¿Qué he hecho yo para merecer esto!! es la mejor película de Pedro Almodóvar.

Y vamos cerrando, que estoy empieza a coger categoría de tocho. Que aunque ¡Puta miseria! (Puta Misèria! Ventura Pons, 1989) se sitúe más en torno a los filmes de los 90 en adelante, por aquello de hacer referencia al cine-quinqui como elemento ya pasado. Esta cinta supone el tercer largometraje del prolífico catalán Ventura Pons y una de las más exquisitas interpretaciones de ese portento desaprovechado en el resto de península que es Amparo Moreno.

Una descarnada y cáustica historia sobre la miseria humana, adaptación de la novela homónima escrita por Rafael Arnal y Trinitat Satorre. Una historia de personajes pobres a los que no se les ocurre otra idea mejor que secuestrar al rico del pueblo para salir de su desesperada situación, dando lugar a una historia de trampas y charadas; con un pueblo de Valencia como escenario de una suerte de thriller a lo Sam Raimi o Hermanos Coen, que oscila intermitentemente entre la comedia negra y el drama social, llegando a la pura tragedia.

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Fotografía de rodaje de ¡Puta miseria! (Puta Misèria! Ventura Pons, 1989) © A. Llorens Olivé Producciones Cinematográficas S.A., Els Films de la Rambla S.A., Mare Nostrum Produccions S.A.

Tirando del cliché de macarra prototípico, dejado por el cine del que estamos hablando, para pintar quinquis valencianos como El Felo (interpretado por Paco Morell) y El Mellat (Ángel Burgos), protagonistas de la cinta junto a Coloma –el personaje de Amparo Moreno- y Ximo (Antonio Ferrandis).

Bueno. Pues ya, si eso… Continuará.

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