Les daba la tabarra en la anterior entrega con los ecos generados por el cine-quinqui. Aquellos filmes, herederos fornecinos de la fórmula que, si bien no se adherían directamente al movimiento, lucían impregnaciones del mondo mangui: mostraban jóvenes taciturnos amantes de motor y el vicio, ejemplificaban malas conductas con explicitud y alevosía, se hacían, en definitiva, eco de lo que ocurría en sociedad, dando la casualidad de que la sociedad estaba rica en quinquis y la cosa se amortizaba bien. Troca a su fin nuestro dossier quinquillero, rico en oros y aretes, con esta última séptima entrega.

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Alternativas de ocio a la delincuencia © EMI Odeón.

Habíamos citado muchas películas en el capítulo anterior. Filmes que suponían proto-quinquis alternativos, cintas coetáneas a los héroes originales de De La Loma y De La Iglesia, rescoldos homenajeantes a toro pasado… Eso sí, siempre largometrajes en 35 mm, estrenados en salas o no, pero largometrajes.

Quería dejar para esta entrega, amén de títulos modernos que no cupieron en su momento, series de televisión (dos) que también recogía la problemática de la delincuencia juvenil marginal, aunque sólo fuera a modo anecdótico o fugaz. En el caso de Turno de oficio (Antonio Mercero, 1986-1987), más que anecdótico, era “episódico”. En cada uno de sus 17 capítulos, el tercer movimiento del Concierto para trompeta en Fa menor de Georg Philipp Telemann nos introducía en los juzgados de Plaza de Castilla, para que todos los españoles participáramos de las aventuras del plantel de abogados protagonista, con todo en el confort de los 80, oiga.

Esta pandilla de jurisconsultos y jurisperitos estaba conformada por gentes de bien, de distintas edades y condiciones. Estaban Juan Luis Galiardo, Carme Elías (as Carmen Elías), un cuasidiletante Juan Echanove, la ínclita Irene Gutiérrez Caba y la excepcional Adriana Ozores. Ejercían en una España costumbrista, del Madrid ochenter, en el denominado “Turno de Oficio” que daba título a la obra, un servicio de representación jurídica gratuita para personas sin recursos. Escenario más que propicio para que, capítulo viene capítulo va, se asomaran por ahí canteranos como Antonio Flores, haciendo las delicias manguis con su personaje apodado “El Negro”, y demás zarabanda de actores haciendo de quinqui –Emilio Laín como “El Pipas”, José Lara como “El Poleo”…-. Antonio Mercero se chupó la dirección de todos y cada uno de los capítulos de este serial creado por él mismo, Manolo Matji y Horacio Valcárcel.

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A la izquierda, el reparto protagonista de la serie televisiva Turno de Oficio (Antonio Mercero, 1986-1987); a la derecha, Mercero y Manuel Rojas muy atentos al rodaje de una secuencia © Alma Ata International Pictures S.L., Televisión Española (TVE)

Ya en 1996, Matji y Juan Echanove, auspiciados por la productora de Galiardo, deciden probar a hacer resurgir el proyecto con Turno de oficio: Diez años después (Manolo Matji, Juan Echanove, 1996–1997). Pero los tiempos habían cambiado y “lo quinqui” empezaba a casi no existir ya ni en la vida real. Quede la mención de esta suerte de secuela por afán de completismo, aunque uno de sus episodios –titulado El Asesino Adolescente– contara con la presencia de la “Perra Callejera” Susana Sentís, de la que igual se acuerdan si se han leído todo el tocho de fascículos.

Donde lo quinqui ya no era para nada “episódico” era en el gran serial de acción, policíaco y gitano-noir, que es la más que reivindicable Brigada Central (Pedro Masó, 1989-1992), creada por Juan Madrid y protagonizada por Imanol Arias, que casi dice que no al papel por hacer teatro en Argentina -¡Venga, hombre!-.

El personaje de Arias era el del Inspector Jefe Manuel Flores, un policía de etnia gitana que se ha criado entre chabolas y droga. Le acompaña el grupete de turno: el poli rudo y violento, el agente Marchena -otra vez Patxi Andión-; Lucas el finolis, que interpreta un engominadísimo José Coronado; y Pacheco, el madero dipsómano (Arturo Querejeta). Comandados por el Comisario Poveda, un señor muy de centro, serio y formal, hecho carne por el policía ficticio habitual José Manuel Cervino –que ya salía en la primera de El Pico, y en alguna que otra más de este rollo que nos traemos-. Todos son los integrantes de un grupo especial de la Brigada Central, adscrita a la Dirección General de la Seguridad del Estado, gente de élite tan lúcida que, a veces, no parece ni española, encargada de cosas chungas de verdad, como el narcotráfico a nivel mafia, la delincuencia de bandas a nivel internacional, o el terrorismo a nivel bombas. Ambientes que sirven para justificar grandes personalidades en la corriente de lo que nos ocupa, incluyendo la aparición de artistas de lo caló como la “Colega” Rosario Flores, con un personaje habitual en la primera temporada, o las hermanas Salazar –Encarna y Toñi- as herselves, o Nancho Novo haciendo de yonki de reglamento. Y no voy a seguir enumerando artistas, porque con el reparto de esta serie no se escatimó en absoluto.

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La madera de élite, connivenciando duramente, en un fotograma de Desde el pasado (Pedro Masó, 1990), un capítulo de la serie Brigada Central © Pedro Masó Producciones Cinematográficas, Televisión Española (TVE)

Como no se escatimaba un pelo tampoco con las dosis de sordidez y crudeza. Había chutes en primer plano, violencia de género con llanto de bebé de fondo, acoso laboral feo, abandono infantil y alcoholismo no tratado, menores fumando, castraciones de travestis a balazos, mugre. Muchos de los casos narrados en los capítulos, estaban escritos a partir de sucesos reales del momento y la censura no tardó en llegar –sí, sí, en plenos 80–. Un inspector de policía debía estar en el set de rodaje, con derecho de veto sobre lo que le saliese de los cojones. Supongo que habría con él alguna simpática auxiliar de producción, con el fin de grangearse su amistad para poderle colar todas las “jartadas” posibles.

Tuvo también secuela, que en realidad era una segunda temporada, titulada Brigada central II: La guerra blanca, donde el Inspector Jefe Flores pasaba a ser Comisario y la cosa de la lucha contra el narcotráfico pasaba a mayores, igual que el presupuesto para la producción. Esta segunda tanda de doce capítulos, incluía localizaciones en Colombia, Venezuela, Francia, Bélgica, Alemania y hasta la Isla de la Martinica, donde el grupo europeo antidroga CETIS llevaba a cabo sus operaciones y sus movidas.

Y volviendo al mundo del largometraje, aunque cambiando de ínfulas de todo punto, pero siguiendo, eso sí, una línea cronológica rigurosa, nos encontramos con la archiconocida Makinavaja, el último choriso (Carlos Suárez, 1992), una de las pertenecientes al grupo de “referenciales por parodia”. La impronta quinqui, se deja entrever ya en el texto original del excelso Ivá: la de los quinquis del llamado Barrio Chino de Barcelona, ya en estado crepuscular a aquellas alturas de la vida ibérica; en un cántico nostálgico al mangui barcelonés, hijo de inmigrantes, que habla con la «s» y manga carteras a los turistas. Un quinqui demodé que desaparecía de una España moderna, de la que sin embargo no desaparecían los policías con la mano larga.

“Semos peligrosos, y nos llaman maleantes. Por respirar sin permiso, por tirar siempre p’alante”.

Suburbano, B.S.O. de Makinavaja, el último choriso.

Andrés Pajares dio carne al monigote de los comics, e inmortalizó al personaje en un éxito de taquilla rotundo. Tanto, que dio lugar a una secuela, titulada ¡Semos peligrosos! (uséase Makinavaja 2) , en laude al hit de Suburbano que servía de theme principal de la saga. Misma canción que se usara en la serie de T.V. que apareció después, Makinavaja (Carlos Suárez, José Luis Cuerda, 1995-1997). Donde el testigo del personaje pasaba a manos del catedralicio Pepe Rubianes, Popeye dejaba de ser Jesús Bonilla para ser interpretado por Ricard Borràs, La Maru ya no era Mary Santpere si no la otra ínclita, Florinda Chico; y se mantenían, estos sí, Pedro Reyes (cuánto crack ha desaparecido en los últimos años), Mario Pardo y Llàtzer Escarceller, como “El Pirata”, “El Moromierda” y El abuelo Matías, respectivamente.

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Sendos pósteres de las películas de Makinavaja, con ecos a la obra de Ivá © Tesauro S.A., Dos Ocho Cine S.L., Tamaya Films

Los años fueron pasando, y el fenómeno quinqui cada vez quedaba más en el olvido. Quitando estentóreos esfuerzos por insuflarle vida al asunto, como la ya citada anteriormente Tres días de libertad (1996), de la mano del “papá” de la cosa, José Antonio de la Loma, o filmes con levísimos guiños como Éxtasis (Mariano Barroso, 1996), no se rodaba nada más que tuviera que ver con lo quinqui. desestimándose esa faceta de la picaresca nuestra, del mundo audiovisual por entero.

Y no se volvió a saber nada hasta bien entrados los años 2000, cuando tomaron las riendas de la nueva industria las nuevas generaciones, que se habían acercado al movimiento, bien en su niñez bien en su primera juventud, desprejuiciados y sin guía ni manual. O bien ansiosos del hiperrealismo de barrial, como Achero Mañas, con su cortometraje Cazadores (1997). Así, en el mismo año 2000, Juan Vicente Córdoba estrenaba su bellísima Aunque tú no lo sepas, que imbricaba una historia de amor entre dos décadas, entre Silvia Munt y Gary Piquer, con una trama de pandillas de raíl, verbenas de descampa’o y musicón de El Luis. tras un premonitorio cortometraje, emebebido por completo del asunto, titulado Entrevías (Juan Vicente Córdoba, 1995).

En 2005, el hoy día goyíficado Alberto Rodríguez, estrenaba la fábula neo-quinqui 7 vírgenes, con Juan José Ballesta y Jesús Carroza. Un drama social con tintes de auteur y algo de humor, que mezclaba referencias sin sublimar en medio de una aventura adolescente contemporánea. Y, si nos ponemos chulos, podemos incluir también otro título del director de La Isla Mínima, Grupo 7 (Alberto Rodríguez, 2012) en este ranking loco de “pelis con ecos de cine-quinqui”.

Porque ya, si nos ponemos rigurosos, lo que resulta un homenaje en toda regla es Volando voy (Miguel Albaladejo, 2006), el biopic de “El Pera”. Un filme, rigurosamente ambientado, que transcurre en varias décadas y narra sin miramientos ni medias tintas la vida del quinqui común, de este que estamos hablando, el de las melenas y los pantalones acampanados.

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Póster de 7 Vírgenes (Alberto Rodríguez, 2005) © Tesela Producciones Cinematográficas, La Zanfoña Producciones

No sublima la épica ni la espectacularidad –para chuparse los dedos la persecución del inicio, por las estrechas calles de Toledo–, pero tampoco la utiliza para justificar la ausencia de ética, como se solía hacer dentro de la fórmula en las cintas de origen –una secuencia de la película, nos cuenta cómo una banda de menores, tiene secuestra a una niña gitana en una casa en ruinas, a la que violan sistemáticamente–.

“El Pera” de la vida real era Juan Carlos Delgado Caballero, quinqui retirado y reinsertado en sociedad, superviviente del tsunami –igual porque no se dedicó al cine-, que supone un ejemplo para el mangante común de la vida, y para todos nosotros. Gitano pobre, empezó a delinquir a los siete, pasando del hurto en el Simago a la sustracción de vehículos, para prosperar hasta el robo con allanamiento. Con once años, la criatura ya lideraba una horda de menores que atracaban joyerías y bancos, a punta de navaja y escopeta de cartuchos recortada. Tras escaparse de todos los reformatorios factibles, Juan Carlitos “El Pera” recaló en la Ciudad Escuela de los Muchachos (la CEMU), donde dio un giro a su ajetreada vida, reciclando sus conocimientos en conducción temeraria en otros usos. Así, llegó a ganar el campeonato de España de la Copa Renault y a terminar trabajando de nuevo con la policía, esta vez de su lado, como asesor y formador.

Todavía anda por ahí, por la CEMU, mientras prueba coches, curra como stunt en películas (ahora sí, que de joven uno se corrompe), es crítico automovilístico e imparte clases de conducción evasiva a la Guardia Civil. El filme sobre su vida hizo mucho ruido en su momento, pero es verdad que no se ha vuelto a agitar nada por la tele ni por ahí. Tengo una anécdota personal con Miguel Albaladejo -un tío muy majo, por cierto-, a propósito del estreno de Volando Voy, pero se la voy a ahorrar a ustedes, porque no me quedan cortos precisamente, los artículos estos.

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Los integrantes de la banda de «El Pera», según la visión de Volando Voy (Miguel Albaladejo, 2006), perfectamente atreza’os para la ocasión © Bailando en la Luna, Canal+ España, Estudios Picasso

Voy a pasar directamente a Ártico (ärtico. Gabriel Velázquez, 2014), que aunque no supone, sí supone una revisitación a la fórmula, con puesta al día incluida. Algo así, como una versión Ultimate del Deprisa, Deprisa de Saura, bellísimo y extraño, que si bien se distancia de nuestro movimiento en cuanto a estética y ademanes (cosa que hace imperativa la temporalidad), entronca directamente con él, por otro vía: la de la autenticidad proporcionada por personas reales de barrios donde vive la gente normal –la que abunda–. Ártico, quinta película de su desconocido director, Gabriel Velázquez, nos narra los avatares y penurias de Simón y Jota, dos quinquis de hoy en una cinta que mezcla ficción autoral con narrativa de documental, con una soberbia fotografía obra de David Azcano.

ärtico es el “se pudo” del “quiero y no puedo” de aquel capricho de burgués intelectual que es La pistola de mi hermano (Ray Loriga, 1997) y el verdadero reverso tenebroso de Hermosa Juventud (Jaime Rosales, 2014). Muy recomendable, qué quieren que les diga.

Y poco más, oigan. Tras el proyecto aquel que no fue de Paco Plaza, con quinquis contra vampiros en los 80 (¿o eran hombres lobo?), que no habido arrestos de producir, poco más se atisba. Citar, si acaso, Criando Ratas (Carlos Salado, ¿2015?), filme que ni siquiera he podido llegar a ver, por no hallar rastro de él desde que fuera anunciado su rodaje. Un proyecto que pretendía ser otra puesta al día del asunto, situando la enjundia esta vez en los barrios bajos de Alicante; sitios cuyo nombre ya suena abisal como Mil Viviendas, Colonia Requena o Vírgen del Remedio, y que narra las aventuras de “El Cristo”, su perro callejero protagónico.

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Un plano, muy entre algo choni y las composiciones de Yasujirō Ozu, en un momento de Ártico (ärtico, 2014) © Piramide Films

En mis búsquedas de señor mayor por los lares de la interné, he visto que su desaparición remueve la paciencia incluso dentro del mismísimo Forocoches. Éste que escribe, como no la ha visto, no puede opinar –bueno sí, pero sin criterio, en plan subnor–. Mientras aparece otra pieza, que justifique otro facsímil virtual, quédense con el recuerdo (y que le quiera echar más valor, que adquiera los deuvedeses, que están casi todas) de todo este cine, extraño y disparatado, ora de llorar ora de reír, las más veces de acción, rico en incorrecciones y peca’os, de estética propia e imitación constante. Si Isaac Hayes inspiró a Los Chorbos, ¿por qué no iba a inspirar Gordon Parks a José Antonio de la Loma?

“Hiciste la maleta (…) y sin decirme adiós, ¡ay, qué dolor!”

Ay, qué dolor!, del álbum Vive Gitano de Los Chunguitos (1978).

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