De tontos habría sido, si en pleno auge de la fantasciencia y el tebeo lleno de pirueta imposible y hazaña inimaginable, no hubiésemos tirado, como buenos europeos pensantes, de los superhombres inspirados en nuestras culturas clásicas (la griega y la romana, principalmente) para esto del exploit cinematográfico. Dentro de este psicotrónico tema tan serio que estamos trantando, el de los super»euro»es, los guerreros de la mitología clásica ocuparon un bastión importante, llegando a ser más prolíficos y exitosos que el resto. Los mazados mitológicos no sólo están cachas, que eso siempre es espectáculo circense –y más, antes, que ahora ya todo el mundo le mete a la mancuerna, se pase hambre o no– obligado en este subgénero; sino que, además, son clásicos y, por tanto, están libres de derechos.

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El estreno de la primera de Hércules con Steve Reeves, coproducción Italia-España, removió las taquillas del mundo entero, creando un nuevo concepto de la misma fórmula, basada en el peplum hollywoodiense. En la imagen: publicidad, a doble página, de Hércules (Le fatiche di Ercole. Pietro Francisci, 1957) © Embassy Pictures, Galatea Film, O.S.C.A.R.

Pasen a descubrir a estos amasijos de músculos. Conozcan a Hércules, a Sansón, a Maciste, Ursus, Ulises, a Rocha, a Cástor, a Pólux, al cuña’o de Amílcar e incluso al hijo de Espartaco… Conozcan a los cachas de los 60, los esclavos gladiadores, los colosos clásicos, los superhéroes vintage, los culturistas mitológicos.

Imagínense pues, con la máquina de churrería que ha sido siempre la industria del cine, para lo que dio la cosa: los europeos, y sólo en cine, tenemos ciclados en minifalda plisada desde la década de 1910 hasta nuestros días –que todavía vemos a algún que otro esperpento vociferando monólogo inverosímil para recreo del adolescente y el futbolista–. Evidentemente, esto va de Europa sus «euroínos/as», y no nos vamos a detener en los últimos blockbusters hollywoodienses, ni en la serie aquella de Hércules: Sus viajes legendarios (Hercules: The Legendary Journeys. Christian Williams, 1995-1999) producida por Sam Raimi y rodada en Nueva Zelanda; pero tampoco en otras producciones donde se tira de nombre helénico para dar rienda suelta a la magia y la maravilla, porque entonces nos dan aquí las uvas, que podemos llegar hasta a Hércules en Nueva York (Hercules in New York. Arthur Allan Seidelman, 1969) –aquella con Schwarzenegger haciendo del supergriego–, cosas de Disney, y barrabasabas fílmicas mil.

Vamos a centrarnos, porque nuestro movimiento realmente tocaría a su fin sustituido por el spaguetti-western, que se podía rodar en las misma “almerías” y le tocaba la moda. Así que, con la excepción de las pelis de Hércules protagonizadas por el Hulk de la tele, Lou Ferrigno: El desafío de Hércules (Hércules. Luigi Cozzi firmando como “Lewis Coates”, 1983) y su secuela La furia del coloso (Le avventure dell’incredibile Ercole. Lewis Coates, 1985), coproducida entre italianos, holandeses y la Cannon, nuestro fenómeno de celuloide esteroide termina en torno a 1965, fusionándose con el nacimiento de los vaqueros europeos –que eso ya es otro cantar, extensísimo en sí mismo–.

Y lo que es empezar, se puede decir que empieza en plena época del cine mudo, con la superproducción italiana, que ya hemos citado en alguna que otra ocasión, Cabiria (Cabiria, Visione Storica del Terzo Secolo A.C. Giovanni Pastrone, 1914).

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Dos fotogramas, con algunos de los espectaculares decorados de la superproducción Cabiria (Cabiria, Visione Storica del Terzo Secolo A.C. Giovanni Pastrone, 1914) © Itala Film

Cabiria es una epopeya de esas que duraban 126 minutos (cuando lo normal en la época era que los “largos” duraran en torno a 50 minutos), basada en un libro de Tito Livio y cargada de aventuras y acción. En el film se narraba el drama de Cabiria, secuestrada de niña durante la confusión provocada por la erupción del Etna, en el período de las Guerras Púnicas. La pobre será vendida en Cartago, para ser sacrificada en ritual. Pero, Fulvio Axilla, espía romano, y su esclavo-ayudante Maciste la rescatarán.

Lo que verdadera y únicamente nos importa es, en concreto, este último personaje de reparto: Maciste. El hacendoso fortachón tuvo tan buena acogida por parte del público, que tardó menos de un año en protagonizar su propia película –lo que hoy llamarían un spin-off– Maciste (Luigi Romano Borgnetto, Vincenzo Denizot, 1915). En poco más de una década, ya había casi quince títulos con la palabra Maciste en la cabecera de su póster: magia.

Al catedralicio armario de cuatro puertas que lo interpretaba lo sacaron directamente de los muelles del puerto de Génova. Bartolomeo Pagano (1878-1947), que así se llamaba la carismática mole, trabajaba como estibador, cargando y descargando sacos y cajas de madera. Vamos, que venía ya ciclado y bien ciclado (como dice ahora la juventud). Tenía la perfecta materia prima para hacer de Maciste hasta sentado, y buena cuenta de este talento en bruto dio su extensa filmografía, con más de veinte títulos, en los que prácticamente siempre interpreta a Maciste. El primer muscleman del cine europeo de superhombres acababa de abrir la caja de Pandora.

“(…) la apasionada ingenuidad de su tenaz combate contra el Mal, el pasmoso desprecio del peligro, infatigable al desaliento y a las adversidades…”

Antonio José Navarro, sobre Maciste.

Y así, Maciste esto, Maciste lo otro… se pueden imaginar. Hasta El Hades viajaría Maciste en Maciste en el infierno (Maciste all’inferno. Guido Brignone, 1925) y en un par de títulos, ni siquiera habitaría su propia época. Abandonaría las Guerras Púnicas para protagonizar auténticas ucronías en las que hacía de escalador a pecho descubierto, de policía o de bombero, siguiendo los cánones del slapstick imperante, y enfrentándose a las vilezas coetáneas a sus filmes. De esta manera, uno podía encontrarse con la genialérrima e imprescindible Maciste alpino contra los austriacos (Maciste alpino. Giovanni Pastrone, 1917), o fliparla bien con Maciste policía (Maciste poliziotto. Roberto Roberti, 1918).

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En plena época de cine mudo, los europeos ya teníamos superhombres con superfuerza en nuestro cine, con sus f/x y sus stunts colgando y su todo, como muestra esta fotografía promocional de Maciste alpino contra los austriacos (Maciste alpino. Giovanni Pastrone, 1917) © Museo Nazionale del Cinema, Torino
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De izq. a dcha.: Bartolomeo Pagano, Fido Schirru y Valentina Frascaroli en un fotograma de Maciste alpino contra los austriacos (Maciste alpino. Giovanni Pastrone, 1917) © Museo Nazionale del Cinema, Torino

La última cinta en la que Bartolomeo Pagano interpretó al gran “Macis” fue en Gli ultimi zar (Baldassarre Negroni, 1928). Ese año, Maciste desapareció de las carteleras, pero ni mucho menos para siempre. En 1950 tendría lugar un acontecimiento cinematográfico sin precedentes: el estreno mundial de la superproducción hollywoodiense Sansón y Dalila (Samson and Delilah. Cecil B. DeMille, 1940), hit con Victor Mature y Hedy Lamarr, que sigue dando pasta hasta día de hoy. El subgénero del peplum acababa de volver a ponerse de moda, con mayor fuerza que nunca.

Los títulos se sucedían, y los italianos no podían quedarse tocándose la huevada, sin desempolvar a alguno de sus forzudos para mixturizarlo con el trending de Sansón. Así que en 1957, el director, guionista y montador Pietro Francisci, que ya venía de meterle a italo-versiones de dramas pasionales de cuadriga y aposento como La reina de Saba (La regina di Saba, 1952) o Atila: Hombre o demonio (Attila, 1954), se marcó el título angular de todo esto, el auténtico hito del péplum europeo, éxito de taquilla y crítica, que sería plagiado y replagiado en el futuro más próximo: Hércules (Le fatiche di Ercole. Pietro Francisci, 1958).

Francisci fue pionero en ese gesto de completar el reparto europeo con actores norteamericanos y sajones, para darle fuste al póster. De esta manera, el Míster Universo 1950 Steve Reeves (1926-2000) se convertía en el Hércules de celuloide más inmortal –por cierto, primera aproximación al personaje en cine–. Se había dejado ver ya en Los caballeros las prefieren rubias (Gentlemen Prefer Blondes. Howard Hawks, 1953), pero fue el productor italiano Federico Teti quien le pilló por banda y le hizo firmar un contrato para interpretar al semidiós de Tebas. Junto a Steve Reeves, debutaba otra futura sex-symbol, la actriz yugoslava Sylva Koscina.

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Los prodigios de la naturaleza Steve Reeves y Sylva Koscina, en una fotografía promocional de Hércules (Le fatiche di Ercole. Pietro Francisci, 1957) © Embassy Pictures, Galatea Film, O.S.C.A.R.

“El peplum constituyó un gozoso tributo al esplendor de la carne mientras se prestó lucimiento del atleta Steve Reeves. En el divertido cortejo de gimnastas despistados, él constituyó una maravillosa excepción (…) Por pura lógica, quedaba siempre vencedor en el concurso “Le plus bel Apollon du cinema”, que organizaba la revista Cinémonde por votación popular y como pretexto para presentar las formas más permisivas del desnudo masculino sin escandalizar a los moralistas de la época (de 1958 en adelante). Ciegos como eran, pues Steve se convirtió en divinidad tutelar de los onanistas nomoeróticos de medio mundo”

Terenci Moix

Tras la cámara, dirigiendo la fotografía y encuadrando los músculos, venas y tendones de Reeves, nada menos que el ínclito maestro del giallo Mario Bava, que ya le metería al subgénero poco más tarde, como director del disparate Hércules en el centro de la Tierra (Ercole al centro della Terra. Mario Bava, Franco Prosperi, 1961), con el forzudo Reg Park en el papel del guerrero mitológico, y Christopher Lee de villano. Repetirían todos, director, productor, operador y pareja protagonista, en la esperada secuela –que se hizo muy poco de rogar– Hércules y la reina de Lidia (Ercole e la regina di Lidia. Pietro Francisci, 1959), Hercules Unchained en Estados Unidos y Gran Bretaña, otro exitazo.

Y si Hércules lo había petado, era hora ya de desenterrar a Maciste. Volvería con fuerza, esta vez inerpretado por Mark Forest en Maciste, el gigante del valle de los reyes (Maciste nella valle dei Re. Carlo Campogalliani, 1960). Se estrenará como Son of Samson en los USA –allí eso de “Maciste” se conoce que no…–, y como Maciste a secas en Méjico. Tan sólo un año más tarde, ya hay otro Maciste, con otro actor nuevo, Gordon Mitchell, magistralmente titulado Maciste, el coloso (Maciste nella terra dei ciclopi. Antonio Leonviola, 1961) y que vuelve a arrasar, muy merecidamente, las taquillas del mundo. Ésta vez, en los USA a Maciste lo llaman Atlas, y el filme es traducido como Atlas Against the Cyclops –el lío comienza a ser palpable–. Acababa de comenzar la musclemania greco-romana.

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Todo tipo de «Macistes», interpretados por actores diferentes: contra los monstruos, contra el vampiro, ¡contra El Zorro! y ¡Los hermanos Maciste! Sacie su sez de superhéroes pecho-paloma con un inagotable catálogo © Euro International Film (EIA), Caserbib, Ambrosiana Cinematografica, IFESA

Dependiendo del país, como hemos visto, a Maciste lo mismo lo rebautizaban como Atlas, que como Sansón, o directamente como Hércules –que lo mismo tenía más caché–, los actores iban y venían y la época en la que transcurrían las aventuras del coloso en cuestión también. Lo mismo podía uno ver a Maciste en el antiguo Egipto, que luchando contra piratas, o en pleno siglo XIX. Todo esto era aplicable también a Hércules, por supuesto. Su nombre también era vilipendiado y tergiversado según convenía, y sus aventuras tocaban de lleno la lisergia y el devaneo, llegando a enfrentarse a “roboces”, extraterrestres, mongoles de cuando Genghis Khan, hombres de piedra y cuanta criatura del mal se le pusiera por delante. Los derechos de los personajes caducaron antes de Cristo y cualquier cosa era válida. Lo mismo que con los monstruos de la Universal, se alineaban equipos, se montaban buenos versus y se hacía todo tipo de combinación, para apañar un buen póster. Los actores bastaba con que tuvieran nombre sajón (aunque fuera de mentira) y que estuvieran muy, muy fuertes, y los presupuestos podían variar, incluso durante el rodaje. Hubo actores que interpretaron a distintos forzudos, como el italiano Alan Steel (Sergio Ciani) que hizo, tanto de Hércules como de Maciste. No había más que confort y beneficios.

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Tan inagotable como el muestrario de Hércules, también con sus locuras y sus cosas ye-yé © AIP, Governor FIlms

¿Que tenías a Maciste en la corte del gran Khan (Maciste alla corte del Gran Khan. Riccardo Freda, 1961)?, pues para los americanos era Sansón y los siete milagros del mundo y a tirar. Todo era aprovechable, incluso nombres nuevos, con tal de que sonaran a greco-latino: “¿Ulises no salía con Hércules en la escena del arco?”, “Hostia, esta de Espartaco ha funcionado. Y si…”, “Oye, ¿a ti eso de Goliath, no te suena como a forzudo?”… las “buenas” ideas llovían copiosamente, no metieron a Barrabás en este ranking, de milagro.

El cachondeo padre podía llegar en cualquier momento, y montarse el lío internacional. Como pasó con la superproducción Sansone (Gianfranco Parolini, 1961), que recuperaba de nuevo el mito que inmortalizara Victor Mature. En Francia se conoce que les molaba no perder el toque exploit, y la retitularon como Samson contre Hercule –aunque, a priori, el de Tebas no apareciera en el fime–. Y en España, se conoce que nos embarullaba eso de que Sansón dejara de ser Victor Mature; y, como la historia que se contaba era igual, pues mira… Rocha, el hijo de Sansón y no perdemos ni a la dama, ni al caballero. El cine hay que cuidarlo, que da de comer a mucha gente.

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Les juro por Zeus que estos tres pósters pertenecen a la misma película, Rocha, el hijo de Sansón (Sansone. Gianfranco Parolini,1961) © Cinematografica Associati (CI.AS.)

Rocha es completamente “inventer”, como dicen los chanantes; en cambio, Ursus sale de Quo Vadis? (Mervyn LeRoy, 1951), en un reaproveche que bien puede recordar al de Bartolomeo Pagano en Cabiria. Ursus era un criado con hipertrofia muscular que ya andaba dando vueltas por ahí en la novela original, salvando a la cristiana Ligia de un animal bravido.

La primera película dedicada en especial al personaje tenía título homónimo con el nombre, Ursus (Pio Vanzi, 1922), y en ella el héroe estaba encarnado por Bruto Castellani. Pero aquí, la que nos interesa más, es otra Ursus (Ursus. Carlo Campogalliani, 1961), la de los 60, la producción hispano-italiana de reglamento, rodada enteramente en nuestra piel de toro por el emblemático del género Carlo Campogalliani, , y surgiendo en pleno auge de cachas míticos como intento de respuesta al Hércules de Reeves.

En ella, Ursus es el fisioculturista y actor Ed Fury, y nuestra María Luisa Merlo (firmando como Mary Merlon) tiene el destacado rol de protagonista femenina. Interpreta a Doreide, personaje inspirado claramente en la esclava ciega Nydia de la novela Los últimos días de Pompeya de Edward Bulwer Lytton. El éxito de la cinta fue tal, que el mismo año ya contaba con secuela apócrifa, con Samson Burke interpretando al romano: La venganza de Ursus (La vendetta di Ursus. Luigi Capuano, 1961).

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Fotocromo de Ursus en la tierra de fuego (Ursus nella terra di fuoco. Giorgio Simonelli, 1963) © Cine-Italia Film, Splendor Film

Y aunque el personaje sólo toma de su predecesor literario el nombre y poco más., Ursus protagonizaría o aparecería en hasta nueve filmes, dándole vida hasta cinco o seis actores diferentes (Joe Robinson, Dan Vadis, Yann Larvor, y hasta los resobados “herculeses” Alan Steel y Reg Park). De todas estas sagas, francamente, la más destacable viene a ser la “oficial”, protagonizada por Fury, entre cuyos títulos se ha de salvar especialmente Ursus en la tierra de fuego (Ursus nella terra di fuoco. Giorgio Simonelli, 1963), donde nuestro héroe se enfrenta al general Amílcar y la lía muy gorda originando una revuelta popular.

En fin, que todo esto de los superhéroes yankees está muy bien. Pero nosotros tuvimos señores –con más pectoral que espalda– llenos de superpoder, muchísimo antes.

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