A pesar del título, y de la luctuosa relación que viven los personajes de El Pisito (Marco Ferreri, 1961), sitos en la fotografía que corona este artículo, la tabarra de hoy no va sobre parafilias sexuales raras ni folleteo promiscuo. El «degenere» del encabezamiento pretende hacer broma con el que va a ser el primer tema a tratar en esta nueva serie sobre los usos y los empachos de cine: la cuestión de eso tan de listos dado en llamar los géneros cinematográficos. No difieren tanto de los géneros literarios de toda la vida; pero, gracias al birlibirloque de las ansias humanas por la clasificación, al acumule de cintas en las estanterías, a las ínfulas creativas en la crítica especializada, los reclamos publicitarios de las distribuidoras y a la organización doméstica para descartar la parrilla televisiva, el cachondeo que nos traemos es mayúsculo.

Las torturas de la inquisición (Hexen bis aufs Blut gequält. Michael Armstrong, Adrian Hoven. 1970)
¿Terror, porno softcore, drama histórico, epopeya bélica…? ¿A qué género pertenece este filme descrito como “El Horror de los horrores”?, ¿al género “horror”, quizá? © Daga Films distribuciones cinematográficas, Aquila Film Enterprises, Atlas International Film, HIFI Stereo 70 Kg

Se le presumen los mismos que a la literatura, porque es al cine de ficción al que nos referimos en estos ahíncos. Con lo cual no debería haber tantos palabros esgrimidos como género como los que se le atribuyen al cine. Géneros, dentro del formato de la ficción, hay los que hay. Luego cada póster, crítico y entera’o clasificará las pelis como quiera, que para eso es muy dueño y señor. Y, si no, no hay más que darse un garbeo por la Wikipedia, y buscar “géneros cinematográficos” –no les facilito el link, que me da vergüenza–, y comprobar la sarta de desvaríos que puede dejar escrito un gran profesional de las redes usando la palabra “género” –y otras muchas, como la tan pateada bizarro– como le da la gana y buscando algo sobre el origen de la cosa, para rellenar.

De esta manera, podemos ver cómo, en ocasiones, los plastas de turno se sirven de vocablos de difícil definición como, de trallazos sajones del tipo thriller o found-footage, o de calificativos poco rigurosos como de autor o «de juicios», cuando no directamente de frases enteras como «fábula costumbrista», «retrato adolescente» o «cine social gay», y se quedan como Dios de agusto. Eso cuando no le atribuyen como género su propia nacionalidad –»cine iraní»–, como les comentaba a propósito del filme de Tavernier de la semana pasada, o se inventan un género nuevo, que nunca viene mal. El fin puede variar: crear expectativa, dar a conocer, vender mejor, o quedar guay. Nunca se sabe.

Las torturas de la inquisición (Hexen bis aufs Blut gequält. Michael Armstrong, Adrian Hoven. 1970)
Pues, al final, su clasificación moral supone el mejor reclamo. «El Horror de los Horrores…» y «Clasificada S», ¿qué más quiere usted? Por cierto, se quedarán sin saber a qué género pertenece Las torturas de la inquisición (Hexen bis aufs Blut gequält. Michael Armstrong, Adrian Hoven. 1970), a no ser que se den a la arqueología cinéfaga, que cuando el río suena no siempre es agua lo que lleva © Daga Films distribuciones cinematográficas, Aquila Film Enterprises, Atlas International Film, HIFI Stereo 70 Kg

Para un servidor, la mejor clasificación la estableció la abuela de un buen amigo mío –cuyo nombre no voy a escribir, por si le parece mal–. Para esta expeditiva señora española sólo existían tres géneros –realmente dos, más un «subgénero», si nos podemos rigurosos–: las películas «de tiros», que indudablemente hacían referencia a los filmes de acción, tuvieran balacera o no; las «de chinos», como variable dentro de del cine “de tiros”, huelga explicar en qué consistía su peculiaridad; y las «de hablar«, a las que rápidamente reconocía para su pronta catalogación, apareciera Gene Hackman en la pantalla, poniendo cara de circunspección en el estrado de un juicio, o José Sacristán susurrando al oído de Fiorella Faltoyano. Así de práctica era la mujer.

Supondremos que, por mor de estos rápidos reconocimientos, pero las abuelas celtíberas han nomenclado grandes géneros inexistentes en la realidad, tal y como el reconocidísimo «cine de pena», el no menos famoso «cine de miedo» y, a propósito del mencionado cine “de chinos”, películas «de indios», «de negros», «de romanos» –extensible a griegos, vikingos y, en ocasiones, hasta mongoles– y así todo un filón de «cine de género» basado en la observación racial y el sentimiento xenófobo. Por supuesto, a todos estos disparates se les puede sumar cualquier aspecto del filme en cuestión –por ejemplo, «cine de monjas«, si usted está viendo Sonrisas y Lágrimas, Sor Citroen o Sister Act, en lugar de referirse a estos títulos como musicales, que es lo que son–, pero también pueden trufarse con lo que a uno más se le apetezca –v.g.: “de vaqueros robots”–, aunque solo exista una única cinta que se ciña a la descripción. Disparates que, si los medimos con el repertorio de la sacrosantísima Wikipedia, no dejan lugar a demasiado relevo generacional de ese.

¿No les encanta todo esto? ¿No mola la posibilidad de que, por ejemplo, más allá del “cine de deportivo”, que ya es una cantamañanería catedralicia, exista el género «de boxeo«? O… ¡qué se yo! ¿»de animales que hablan«? ¿No les gusta la descripción sin spoiler? ¿El destripe aleatorio? ¿Las repeticiones en los apartados del menú de películas de los aviones, con un montón de géneros inventer para que parezca que haya más? ¿No da gloria ver al millenial confuso y aturullado de información usar términos como steampunk a calzoncillo ondeante? Se presenta ante la humanidad un innecesario cacao, que además surge de las ansias artísticas, del hambre creativa, del ego autoral… de la tirada de pisto. Porque, todo esto de los géneros no tiene además demasiada complicación.

Deseando amar (In the Mood for Love) (Fa yeung nin wa. Wong Kar-Wai, 2000)
Fotograma del drama romántico Deseando amar (In the Mood for Love) (Fa yeung nin wa. Wong Kar-Wai, 2000). Para los más pedantes, un “drama intimista”; para los más anodinos, “cine de culto”; y para la abuela de más de uno, una película “de chinos” © Block 2 Pictures, Paradis Films, Jet Tone Production

Pero al ser humano, y puede que más al español, le encanta enredar y explicar a los demás –tal y como estoy haciendo yo ahora, con toda la vanidad y arrogancia del mundo– cosas de las que los demás no saben. De esta manera, hemos llegado a incluir el término «Bollywood«, que no es otra cosa que un barrio de Calcuta llamado así a modo de broma porque alberga muchos de los platós donde se ruedan las producciones de la India –que, como todo el mundo sabe, son muchísimas–, como un género, no ya para designar sólo a todo el cine –ya les digo, copiosísimo y de lo más variado– de una nación enorme, sino a un baile. Que ya les digo yo también, que soy listísimo y español, que allí en Calcuta la danza folclórica de turno, ni se llama Boollywood ni Cristo que lo fundó, a ver si me a ir usted de Paco Martínez Soria cuando vaya de vacatas a Oriente. Mi madre ha ido a teatros de esos con nombre de producto perecedero a ver el baile de marras, con lo cual el falso género ya ha cundido en su cerebro como ley indeleble. Si le explico que en Bollywood también hacen pelis de artes marciales y de naves espaciales, le puede entrar hasta miedo.

Del frecuente –incluso en el ámbito de lo profesional– mal uso de la palabra “suspense” ya les hablé, aunque habría que decir mejor que “les hablan” Hitcock y Truffaut en su prístina conversación. Pero es que lo del suspense, es mejor que la siempre socorrida palabra thriller –que no es más que el vocablo anglosajón que más se ajusta al suspense francés–. Que vamos a ver, que no es que sean palabras prohibidas ni nada; que se pueden usar. Pero la primera es un recurso narrativo, y la segunda un reclamo publicitario, ninguna un género en absoluto.

El gran Lebowski (The Big Lebowski. Joel Coen, Ethan Coen, 1998)
Secuencia cargada de suspense de El gran Lebowski (The Big Lebowski. Joel Coen, Ethan Coen, 1998), en el momento en el que El Nota se pone de lo más noire para acabar descubriendo… ¡una polla dibujada! © Polygram Filmed Entertainment, Working Title Films

Pero es que al suspense se le ha metido bien. Del suspense se ha abusado más que de la miga de pan, ante la etiquetación posible. Recuerdo con claridad cierta ficha de cierto periódico, donde directamente venía como apartado. Género: Suspense, ¡ole ahí! De esta manera, para la crítica más habladora, Alfred Hitchcock es un maestro igual que Billy Wilder, pero no por las razones que piensan. Es un maestro del suspense, pero no como Wilder lo es del ritmo, sino mejor: Hitchcock es un maestro del suspense como Wilder lo es de la comedia. Así, en general, sin pelos en la lengua. ¡¿No ven que así queda más magistral?!

Pero es que, muchas veces, la crítica cinéfila feroz, la del señor que fuma en pipa, es la más atroz y senecta de todas. Sólo los críticos más voraces han sido capaces, ante la maraña de películas demasiado parecidas entre sí, fruto todas de una misma década –obviamente, como cualquier estrato del entertaiment–, de inventarse géneros tales como “de fantasía heroica”, “de reconstrucción histórica”, “político”, “social”, “ecologista”, “de catástrofes” o vaya usted a saber. A un crítico también español llegué a leerle la valiente frase “de este género, que es el de la pirotecnia”. Que no sé muy bien si quería hacer una metáfora con que en la cinta había demasiada explosión, o la trama narraba las desventuras de unos fabricantes de fuegos artificiales –¿quizá nos encontrábamos ante “una de chinos”?–, o me había equivocado de publicación y estaba leyendo una revista sobre la Las Fallas. Más cinefilia de abuela ibérica; que a una abuela se le perdona, porque es la familia de uno, porque pertenece a ese grupo a respetar, género también si se quiere, que es el «de los mayores”, y porque… ¡qué coño!, la mujer ve cine para matar el rato, no se dedica a esto. Su clasificación por géneros es perfectamente válida, puesto que a ella le vale para su selección por diezma. Ahora, lo del crítico que cobra por darse a la invención, eso ya…

Alfred Hitchcock
Esto es lo que Alfred Hitchcock, maestro del suspense, opinaba sobre el asunto © Raimondo Borea, 1963

Porque, no se crea v.d., todo esto de los géneros no ha cambiado demasiado desde los griegos. Y con «griegos» no me quiero referir a Yanis Varoufakis y sus colegas, sino a los griegos-griegos, los del «antes de Cristo». A Aristóteles, Esquilo, Plauto, Sófocles y la compaña.

De esta manera, y de un gran brochazo, se puede resumir la cuestión de lo del género muy fácil. Géneros hay, básicamente, tres. A saber: Comedia, Drama y Tragedia. La comedia no creo que sea necesario explicar en qué se diferencia del drama; y con respecto a la tragedia, sólo resumirles para no perder demasiado tiempo, en que difiere del drama en que tiene, al menos, una muerte en trágicas circunstancias. No sé si por la cuestión de los fiambres –que en el cine brotan como setas– o por qué, pero drama y tragedia, no sólo suelen confundirse, si no que son tratados como el mismo género o, inclusive, fusionados en uno. Vamos, que nadie le va a apedrear si usted sintetiza el rollo heleno y se queda tan pancho diciendo que géneros, hay dos: Drama y Comedia. Mi propia abuela, algo menos sui generis que los ejemplos antes citados, era también resolutiva al máximo, y seguía su propio decálogo: pelis «de reír«, «de llorar«, y «de cantar«, daba igual que fueran dibujos animados, un documental o un spot de la tele. Su selección era tan aleatoria como la de cualquiera. Sin embargo, no iba desencaminada…

Porque luego los palabros sagrados que conocemos todos –aventuras, musical, terror, ciencia-ficción…– esos juegan exactamente de la misma manera que en la llamada literatura de género. Términos que surgieron de las novelas populares a lo largo del siglo XIX, pero que aglutinaban, sí o sí, alguno de los tres clásicos de toda la vida, al tiempo que trascendían de su simpleza para introducir nuevos contenidos. Es, por tanto, cine «de género», aquel cine de ficción que, bien por ademanes estilísticos –como el llamado cine negro–, bien por el mero contenido –histórico, bélico, western, social…–, bien por el tipo de ejercicio utilizado para remover la adrenalina –terror, acción, musical…– o por, como hemos visto, clasificación moral –porno–, viene a añadir una distinción a su etiqueta básica –drama o comedia–. Eso sí, todo ese llamado “de género” viene también, sí o sí, sujeto a uno de los géneros de los griegos. Vamos, que todo western, película de acción, obra musical, trama noire o aventura espacial es, también, una comedia, un drama, o una mezcla de ambas.

Aquí llega Condemor y Brácula, Condemor II
Según algunas definiciones, el póster de la izquierda pertenecería a un western; y el de la derecha, al «horror». ¿Comprenden ya lo que es el “cine de género”? © Producciones A.S.H. Films S.A.

¿Por qué se habla de géneros cinematográficos entonces, si nos referimos a la parte de ficción? Pues por eso: porque viene todo heredado de la crítica literaria. Es tan solo el western –y quizá el musical– el único género cinematográfico puro, el único creado por y para el cine. Aun así, las tramas secundarias de sus personajes estarán irremediablemente sujetas a uno de los géneros «puros» de la cultura clásica.

Por ejemplo, el noire –porque es un noire indiscutible– El sueño eterno (The Big Sleep. Howard Hawks, 1946) es, además de género negro, una comedia como la copa de un pino. Y lo es, desde la novela de Raymond Chandler, no se vayan a pensar. Y el hecho de su condición de relato detectivesco pese por encima de todo lo demás hasta ser considerado uno de los clásicos inmortales «del género», no impide que siga siendo una comedia. No es necesario que su estructura pase a convertirse en El Gran Lebowski (The Big Lebowski. Joel Coen, Ethan Coen, 1998), como de hecho ocurrió, para que quede constancia de su pertenencia al género cómico. A alguno, esto se le puede hacer más duro según nos adentramos en cine de género más ligado –curiosamente– a clasificaciones morales superiores, como pasa con las películas de terror, o como las llamaban antes –y perdonen que me repita, es que me encanta el término– «de horror». Pero también es así: hay cine de terror que nace desde la solemnidad del drama, y cine de terror que es puro cachondeo sin dejar de aflojar el vientre al público sensible.

Arma letal (Lethal Weapon. Richard Donner, 1987), Arma letal 4 (Lethal Weapon 4. Richard Donner, 1998)
Arriba: las manos de Riggs a punto de cometer suicidio en un fotograma de Arma letal (Lethal Weapon. Richard Donner, 1987); abajo: los muchachos, montando una pantomima sainetesca en una secuencia de Arma letal 4 (Lethal Weapon 4. Richard Donner, 1998). La saga que comenzó como un drama, repleto de gags, y terminó dándose la vuelta, acabando como el cachondeo padre con algún guiño dramático. Eso sí, todas son “de acción” © Warner Bros. Pictures, Silver Pictures

Y en este discurso, las cosas como son, siempre sale perdiendo la comedia. Y esto es de todo punto injusto, ya que el mérito necesario para darse al humorismo es, desde luego, superior. No sé por qué extraña razón, pero las lágrimas gozan de mejor reputación que las carcajadas; aunque servidor piensa que todo es una conspiración de los colectivos amantes de la solemnidad. Ese reducto protocolario que no sirve absolutamente para nada, dota de cierta exclusividad a aquello con lo que uno ha vibrado. Es decir, desde «lo serio», lo que a cada uno le gusta se legitima mejor.

“Los defensores de la solemnidad odian el sentido del humor. Lo odian, porque saben que en cualquier momento su solemnidad puede ser perforada sin piedad y, de manera absolutamente legítima, quedar demostrada su inutilidad”

John Cleese

Cuando las cualidades que hacen diferir al drama de la comedia no son, más allá de claras, obvias de todo punto, es cuando se planta la diatriba y nos damos a la discusión riñendo. Tiene que ver con lo que les contaba más arriba. Más de una vez me he visto impelido a explicar por qué El sueño eterno es tan comedia como El Gran Lebowski, aunque sea un «clásico básico», solemne y de toser con el puño cerrado. Y es que ahí juega la intención del autor. La evidencia de sus ganas de hacernos reír o su empeño en que lloremos, como decía mi abuela. Por eso dicen que la comedia es «el más inteligente de todos los lenguajes», porque deja en evidencia al impermeable que, defendiendo su solemnidad, acaba en osadía.

Con lo cual, ya saben. No se me compliquen la vida. Primero piensen que toda historia de cine es, o un drama, o una comedia. Y sean perspicaces y generosos, piensen que quienes hacen cine tienen el culo pelado de perpetrar patrañas y que no todo tiene por qué pretender sentar cátedra. No me hagan como aquellos que salían disgustadísimos de ver esa genialidad que es La piel que habito (Pedro Almodóvar, 2011), con cara de susto y afirmando no saber si reírse o no con Roberto Álamo vestido de Hobbes el de Calvin & Hobbes. A continuación, ya pueden, si es que el filme en cuestión lo permite, añadirle el género «cinematográfico» –adviértase el entrecomillado– que prefieran –western, “negro” o policíaco, musical…– con el de delante cuando proceda –»de acción», «de ciencia-ficción»…–, y añádale el adjetivo que mejor le venga –romántico, fantástico, bélico…–, pudiendo ser una mera etiqueta, más así como de Bellas Artes si así lo desea –neorrealista, expresionista, surrealista…–.

A Serbian Film (Srpski film. Srdjan Spasojevic, 2010)
La controvertidísima A Serbian Film (Srpski film. Srdjan Spasojevic, 2010), por ejemplo, “no admite broma”. Pero créanme… en el fondo, es una comedia, finísima y muy restringida, pero una comedia. Sería una comedia de terror; pero si quieren darle la vuelta a la burra, la pueden llamar “gore erótico” o “thriller de autor”, pero ya sería ponerse solemne © Contra Film, Jinga Films
Mamá es boba (Santiago Lorenzo, 1997)
Fotograma de Mamá es boba (Santiago Lorenzo, 1997), donde se lleva a cabo un juego con la comedia, filtrada a través de un doloroso feísmo poético, de tal manera que, después de estar riéndose durante la mayor parte del metraje, uno acaba tragando saliva, y casi hasta sintiéndose mal por haberse reído © El Lápiz de la factoría, Trastorno Films, Velvet Productions

De esta manera, si los filmes de la saga de Arma letal –por no desparramar con los ejemplos– son buddy movies –del pitinglis: «películas de tronquis»– de acción, sepa usted que esto es tan solo una etiqueta explicativa, no me vaya a poner en su blog Género: buddy movie porque, según esa descripción, el término «buddy movie» también podría englobar a Los Bingueros (Mariano Ozores, 1979). La 1Arma letal (Lethal Weapon. Richard Donner, 1987), es un drama de acción, y luego diga si quiere «repleto de dosis de humor» o el chascarrillo que desee. Mientras que Arma letal 4 (Lethal Weapon 4. Richard Donner, 1998) es una comedia… de acción. Fácil, ¿no?

O sí, oigan… vuelvan a las fórmulas rurales caseras, que mejor quedar como un viejuno, y definir bien lo que se está viendo; que aburrir a la gente normal con palabrejos en inglés usados al tun-tún, y malas traducciones al castellano. No me degeneren. Al menos, hasta la siguiente entrega sobre usos, consumos y cinefagia.

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