El cartero de las noches blancas

El cartero de las noches blancas, Andrei KonchalovskyCineChrome – La cartelera española acoge desde este viernes en sus salas, el estreno de El cartero de las noches blancas, un sólido docudrama contemplativo, producido, coescrito y dirigido por el veterano cineasta ruso Andrei Konchalovsky, con el que ganó el León de Plata al Mejor Director, en el pasado Festival de Venecia.

Con una extensa, y no menos ecléctica carrera a sus espaldas –pocos cineastas pueden presumir de haber trabajado con nombres tan dispares como Andrei Tarkovski, Silvester Stallone o Julie Andrews– Andrei Konchalovsky, hermano mayor del también cineasta y actor Nikita Mikhalkov “intenta estudiar la vida sin ninguna prisa” en El cartero de las noches blanca, con un curioso equilibrio entre ficción y realidad, que la hace de difícil clasificación.

Manteniendo un ritmo pausado, el veterano director, con una mirada hiperrealista, que adereza con toques surrealistas, busca descifrar el carácter ruso profundo y esa belleza que se oculta en la rutina de la gente que todavía vive alrededor del lago Kenozero, una zona del Norte de Rusia, incomunicada de la Rusia continental por un inmenso lago natural, tan hermoso como desolador, que marca el ritmo de vida de sus habitantes, manteniéndolos anclados en otro tiempo.

/El cartero de las noches blancas, Andrei Konchalovsky
Coguionista de Andrei Rublev (1966), de Tarkovski, Konchalovsky alcanzó el reconocimiento en su país con Tío Vania (1971), y tuvo cierto éxito durante los ochenta en Estados Unidos con películas de acción como El tren del infierno (1985) y Tango y Cash (1989).

El film, protagonizado en su gran mayoría por gente de la zona que se interpretan a sí mismos, y con un marcado estilo documental, se acerca al modo de vida de los habitantes del lugar, siguiendo el día a día de Liokha, el carismático cartero de la zona, y la única comunicación con el mundo exterior que tiene la gente del lago.

Liokha apenas reparte ya cartas, pero sigue entregando las pensiones de jubilación, conoce a todo el mundo, habla con sus vecinos, flirtea con sus vecinas, hace recados y rechaza invitaciones para beber vodka. Al contrario que el resto de la gente de la zona, que empapa sus días en alcohol y telebasura, Liokha dejó el vodka tras caerse de su lancha después de una borrachera y sobrevivir de milagro, siendo la televisión su única compañera para combatir la soledad.

/El cartero de las noches blancas, Andrei Konchalovsky
Konchalovsky muestra a través de los ojos de Liokha la existencia de los vecinos, cómo viven y se comportan en sus casas desperdigadas, está al corriente de sus rencillas, y también se preocupa irremediablemente por ellos.

A lo largo del verano Liokha intentará seducir a Irina, la nueva inspectora de pesca, que prohíbe a los habitantes del pueblo pescar con red, aunque si se lo permite a los militares de una base espacial cercana. Antigua compañera de colegio del cartero, Irina, que para nada corresponde a Liokha en sus avances, desea mudarse rápidamente a la capital, y abandonar cuanto antes la desolada zona.

Aunque Irina no le tiene en ninguna consideración, su hijo, Timor, sí que se encariña con Liokha y ambos establecen una entrañable relación, que se rompe cuando Irina se marcha a la ciudad. Descorazonado, Liokha recibe un nuevo golpe cuando le roban el motor de su lancha, indispensable para poder seguir trabajando. Totalmente perdido, y hastiado, Liokha deberá encontrarse a sí mismo, mostrando muchas de las contradicciones que salpican la condición humana en general y a los habitantes de un pueblo en particular, que no parece tener sitio en la Rusia post comunista moderna.

/el cartero de las noches blancas, Andrei Konchalovsky

Desde luego es para alabar la interpretación de Aleksey Tryapitsyn, el cartero es magnético, entrañable e ingenioso, las conversaciones con sus convecinos y con el hijo de Irina están llenos de una sutil carga existencial.  

Mezclando el documental con una leve ficción, Konchalovsky aporta elementos surrealistas, tales como el gato, el cohete y el himno soviético, muy bien integrados en la historia de una película, donde por otra parte se da una clara preferencia a lo visual, creando bellísimas estampas, gracias a la cuidada fotografía de Aleksandr Simonov, pero olvidándose en ciertos momentos, del desarrollo de una trama que deja sin una resolución aparente.

Y es que, aunque no se le puede negar su capacidad de conmover con el devenir de Liokha, hilo conductor del filme, al resto de los personajes, sin caer en la caricaturización, les falta un grado de profundidad, para convertirse en algo más que simples objetos de estudio.

/El cartero de las noches blancas, Andrei Konchalovsky
Con sonidos de la naturaleza que se transforman en música, Konchalovsky explica que “Este film es mi intento por descubrir las nuevas posibilidades que ofrecen las imágenes en movimiento unidas por el sonido”.

Sin duda desesperanzadora, aguda, aunque algo monótona, con su nostálgica apología ecológica, El cartero de las noches blancas, aunque deja de lado cualquier tipo de denuncia social, no enmascara el conformismo, la soledad y el hastío de unas personas, que viven bajo el ritmo de un entorno natural, tan impresionante como desolador.

 

       

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