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Este viernes de cine, acoge en su seno el estreno de uno de esos filmes que hacen muchísimo ruido. Y es que, desde que se estrenara el octubre del año pasado en los EEUU y lo diera todo que hablar en el pasado Festival de cine independiente de Sundance –Premio a la Mejor película y Premio del público, ¡lo más!–, El nacimiento de una nación (The Birth of a Nation. Nate Parker, 2016), debut en la dirección –de largometrajes, que ya tenía en su haber su par de cortos de reglamento– del actor Nate Parker, se ha erigido ella solita como una de los grandes filmes del momento, si no directamente en eso que los americanos gustan de llamar “la película del año”.

 El nacimiento de una nación (The Birth of a Nation. Nate Parker, 2016)
Póster de El nacimiento de una nación (The Birth of a Nation. Nate Parker, 2016) © Bron Studios, Creative Wealth Media Finance, Follow Through Productions

Resulta prácticamente imposible llevar a cabo una reseña de esta cinta sin citar, aunque sea de pasada, otros títulos de temática similar. Uno es la reciente 12 años de esclavitud (Twelve Years a Slave. Steve McQueen, 2013), aquel film con Oscar a la mejor película en la que el devenir de la vida marca, a entender de este que escribe, una trama lacia y sin tensión, a la que hacen falta insuflar varios galones de power y flow. El drama de ese relamido realizador que se hace llamar Steve McQueen –que igual se llama así de verdad, pero, ya le vale–, afín al que nos toca por el tema de los USA antiguos, la esclavitud y los algodonales, narraba también las peripecias de una persona que existió en la vida real y que pasó muchas penurias, amargas e injustas, pero carentes de todo atisbo de épica y/o acción –si la han visto, recordarán que todo se resuelve con un paseo a caballo de Brad Pitt–.

Así pues, no tienen que echarle mucha imaginación para determinar que servidor es más de El nacimiento de una nación (The Birth of a Nation. Nate Parker, 2016) que de los “12 años de rollete” de McQueen. Mucho más efectista y melodramática, que de entrada no tiene ni por qué ser algo malo, The Birth of a Nation también es –¡¿dónde va a parar?!– mucho más visceral, plástica, violenta, por supuesto inteligente y, lo mejor, inmisericorde e impudibúndica. La agradeciblemente quebrada –si no, igual no habría quien la aguantase– estructura narrativa de 12 años de esclavitud, debido a su insuficiencia, no gana, ni de broma, al sólido torrente de furia desatada de El nacimiento de una nación, que no pierde tiempo en parábolas reflexivas ni tostones por el estilo, especialmente mal llevaderos en este tipo de empresas hollywoodienses.

La otra película, y así paliamos cualquier clase de desubicación cinéfila, son los 190 minutazos del ala de esa obra maestra del cine mudo basada en la novela Thomas F. Dixon Jr.: El nacimiento de una nación (The Birth of a Nation. D.W. Griffith, 1915). El filme de Nate Parker toma, tal cual, el título de la de Griffith con un afán de provocación absoluto, en un juego de revanchismo intelectual, cuando, a pesar de ser homónima del todo, poco tiene que ver.

The Birth of a Nation, Nate Parker
El actor Nate Parker escribe, dirige y protagoniza el filme más aclamado del pasado Sundance © Bron Studios, Creative Wealth Media Finance, Follow Through Productions

El clasicorro que nos trajo lo que hoy llamamos cine, con argumento y montajes paralelos, movimientos de cámara, narrativa dramática por tamaño… y todas esas cosas, trascendía a la Historia del Cine desde su merecido podio, al tiempo que servía de compendio de la Historia de los EEUU –no olviden, que el filme de D.W. Griffith cuenta desde el tema de la guerra civil, hasta el asesinato de Lincoln o la creación del Ku-Klux-Klan– al tiempo que dejaba constancia de un documento atrozmente racista sin precedentes, con su Klan bien en alto y actores blancos con la cara pintada cual concejal camuflado de Baltasar en la Cabalgata de Reyes.

Nate Parker, frescura y juventud, toma el rótulo, tal cual, de la famosísima cinta, con el fin, así sin vergüenza ninguna, de subvertir el devenir de la cultura visual reescribiendo la propia historia. Esto ya es una punkarrada como una catedral, pero es que en esta línea su película no se queda en absoluto atrás. Jamás una pretensión tan alta fue defendida con tantísima fuerza, ¿qué quieren que les diga? El de The Birth of a Nation de Nate Parker, que es el The Birth of a Nation del afroamericano, es la tardía respuesta, no por repetida –películas de esclavitud en los algodonales hay para parar un tren– menos necesaria, a la Historia del Cine americano. E igual piensan ustedes que me la estoy flipando, pero créanme que en todo momento trato de imaginar la película en visionados futuribles, y su buen envejecimiento está garantizado. Luego podrá ser tosca y ruda –que aquí se puede discutir desde las dos “escuelas” de montaje y, a lo mejor, en vez de tosca lo que es magnífica–, pero al menos su nervio, su pulso y su eficacia me los van a tener que reconocer.

El nacimiento de una nación (The Birth of a Nation. Nate Parker, 2016)
“Igualita-igualita” que 12 años de esclavitud (adviértase el entrecomillado) © Bron Studios, Creative Wealth Media Finance, Follow Through Productions

Al igual que pasaba con Los hombres libres de Jones (Free State of Jones. Gary Ross, 2016), nos encontramos ante un material apasionantemente épico y –desgraciadamente para la humanidad, afortunadamente para el drama– poco aireado en las ficciones. Nat Turner (no confundir con el autor del filme, Nate Parker, que a los castellanos nos puede sonar demasiado parecido) fue un esclavo negro de la vida real, cuyos actos de rebelión en el condado de Southampton, en Virginia, le inmortalizaron como uno de los mayores luchadores contra el sistema esclavista de los estados del Sur antes de la Guerra de Secesión.

Nathaniel “Nat” Turner (1800-1831) era conocido desde muy temprana edad por su sorprendente inteligencia. Aprendió a leer el sólo y sus hobbys solían tener que ver con los experimentos caseros y los explosivos. A parte de hombre de ciencias, su mente también navegaba por los terrenos de lo divino. Nat era profundamente religioso, tanto que lo llamaban El Profeta por una serie de vivencias, relacionadas con apariciones marianas y visiones varias, que darían para varios álbumes de Mortadelo, si no fuera porque en la vida real estas cosas no tienen ni puta gracia. Por supuesto, este esclavo iluminado no pudo más que interpretar como una señal del Mismísimo la cegadora luz de un eclipse que aconteció en Virginia cuando contaba con 31 años de edad. Esta señal sólo podía ser un mensaje que sirviera –¿por qué no?– para organizar una rebelión. El 13 de agosto se produjeron turbulencias atmosféricas, y el Sol se vio de color turquesa –¡toma ya!–. Y ahora sí, Turner lo interpretó como el signo final… Los rebeldes viajaron de casa en casa, liberando esclavos y matando a todos los blancos que encontraban. Y no les voy a contar qué fue de este caballero, porque si no les estaría contando también el final de El nacimiento de una nación y no mola.

Y no se crean que el cine, a pesar de la capitalidad histórica del viejo Nat, ha tirado mucho del personaje. Y evidentemente, no hay que darle demasiadas vueltas a la razón de esta ausencia, debido a lo hipersanguinoliento de sus hazañas, sin lugar a dudas –no sólo blancos machos en edad de merecer fueron pasados por el cuchillo y la balloneta, no sé si me entienden–.

El nacimiento de una nación (The Birth of a Nation. Nate Parker, 2016)
Armie Hammer, Roger Guenveur Smith, Mark Boone Jr. Los actores que interpretan a la “basura blanca” del filme © Bron Studios, Creative Wealth Media Finance, Follow Through Productions
Elliot Davis
El trabajo de Elliot Davis, a la sazón director de fotografía, bebe de los clásicos del western, dando lugar a una especie de fábula atroz © Bron Studios, Creative Wealth Media Finance, Follow Through Productions

No fue sería hasta 1992 que Ted Lange estrenase su Prophet Nat (Ted Lange, 1992), también dirigida y protagonizada por sí mismo. Ya en el siglo XXI vendría el pequeño arrechucho de filmes sobre El Profeta, como Flames of Freedom (William G. Wagner, 2001), con James Ingram de cabeza de cartel y directamente estrenado en DVD, exactamente igual que Up from Slavery (Kevin R. Hershberger, 2011) con Tyhm Kennedy. A parte, hay un documental con reconstrucciones de esas y algún que otro corto. Poco más. Es la primera vez que alguien consigue levantar un proyecto de estas características –caro, por muy independiente que sea– sobre el personaje y, juicios moralinos aparte, se han quedado bien a gusto. El nacimiento de una nación (2016) es un ambicioso proyecto de fortaleza arrolladora, una epopeya que imbrica las contradicciones de la historia con las convenciones de la narrativa popular, donde lo intenso prima por encima de lo complejo.

Ambientada en 1831, treinta años antes del estallido de la Guerra de Secesión, plantea el conflicto de Samuel Turner (Armie Hammer), el propietario de nuestro héroe y su esposa Cherry (Aja Naomi King), que in media res anda con algún que otro problema de liquidez, así que aceptará una oferta indecorosa en la que Nat jugará un papel clave. Después de un montón de barbaridades… a Nat se le hincharán las pelotas. Y hasta aquí puedo escribir. Imaginen la llorera, la violencia y la justificación de masacre que hay ahí servida.

Penelope Ann Miller
Penelope Ann Miller comenzará de “merienda cena”, y terminará en una “merienda de negros” © Bron Studios, Creative Wealth Media Finance, Follow Through Productions
Elliot Davis

Pero no sólo se queda en un drama épico de padre y muy señor mío. El filme también contiene un generoso catálogo de secuencias de arrolladora fuerza visual, entre la onírica y la mística, y una todopoderosa luz –tan pancho se ha tenido que quedar Elliot Davis– que abraza sin complejos la estética post-technicolor de los grandes clásicos de decorado levantado por carpintor, con sus refuerzos, contritas y remarques. El nacimiento de una nación supone la ocasión de calzarse un buen bombardeo cinematográfico, la cita para apretarse un buen drama sin ñoñadas contado por un acertadísimo reparto, y la ocasión de disfrutar, una vez más –son escasas las veces–, del talento y la belleza de ese actrizón desaprovechado que ha sido siempre Penelope Ann Miller.

Desde luego es el típico título que no deja indiferente. Su potente afán provocador, su eviscerante casquería y al mismo tiempo una apasionada humanidad, hacen imposible que a nadie “le de igual” este filme. No podría ser ni más oportuna, ni más rotunda.

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