Lo mejor de vivir una situación funesta, un momento marcado por la vergüenza o la humillación, viene después, cuando te ríes. Se quita hierro al asunto con paciencia y esmero, mediante una lima diminuta, pongámosle, que te han podido pasar a hurtadillas en el interior de un bocata. Puestos a fantasear, lo más cómodo es ser minucioso en detalles; qué parezca que lo viviste ayer, aunque hayan transcurrido treinta años. Como decir: era una negra y fría mañana de agosto en el centro de Sevilla. El ambiente, el ir y venir de la temperatura, es idóneo para transfigurar recuerdos, inclusive los no vividos, que se guardan colectivamente de manera singular. En esto, el acompañamiento de imágenes es clave. Me pregunto si el cine tiene algo que ver con ello.

Claudia Cardinale en "Hasta que llegó su hora" de Sergio Leone, 1968.
Claudia Cardinale en «Hasta que llegó su hora» de Sergio Leone, 1968.

No sé yo qué diantres hacemos con el sol, que siempre nos las ingeniamos para sortearlo” me dijo un caballero hace dos días. Y no le faltaba razón al buen hombre. España es ese país que, siendo el sol y el cielo despejado un compañero fraternal, vilipendia su poder, su manera de crear ambientes, hasta enfrentarse a él, de manera intima, de poder a poder, como en cierta época rezaban ciertos himnos, donde todo queda en completa oscuridad. Se echa la vista atrás al siglo donde el cine puso sus cimientos y, donde debería haber sol, sólo se encuentra fría negrura. Un español imagina la historia reciente de su país en blanco y negro, de gélida temperatura, tal y como se ha fotografiado, como le ha venido dada, oscura y tenebrosa, cuando se torraba en realidad a pleno sol. Aquel que no lo vivió, lo siente con más intensidad.

Fotograma de "La Caza" de Carlos Saura, 1966.
Fotograma de «La Caza» de Carlos Saura, 1966.

Salvo en contadas excepciones, las producciones cinematográficas españolas han tendido a ocultar el sol, a sortearlo. No era para menos, con la que caía fuera. Es un sencillo método de defensa: desprenderse de lo físico, para manifestar el interior. Poco importa el tiempo atmosférico si el espíritu está hundido. También es una manera de expresarse artísticamente. Un buen punto para romper la generalización, tan habitual al exceso, se encuentra en “La Caza” de Carlos Saura. El sol es un personaje más en esta historia que, ahogándolos en calor, hace perder la razón a los personajes. Es curioso como en una tierra tan sumamente soleada, uno se inclina a buscar ambientes y estilos contrapuestos.

Todo lo contrario ocurre con las producciones extranjeras rodadas en nuestro país. El Spaghetti Western o multitud de grandes producciones americanas llegaban a España en busca de lo mismo que las producciones nacionales se empeñaban en prescindir. Algo más reciente: la espléndida Sexy Beast rodada en la Costa del Sol. Presumiblemente, si hay un cine en Europa donde se debería usar la alta temperatura para influir en el argumento debería ser el español. No ha ocurrido de esta manera, sin embargo. No hay que escarbar demasiado para darse cuenta del poder del sol en largometrajes italianos o franceses: imágenes icónicas bajo los rayos de Claudia Cardinale o Sofia Loren, mientras el sudor recorre sus cuerpos; la filmografía de Alain Delon que, salvo en el polar de Melville, utiliza el sol para reafirmar su atracción, poniendo en liza un enemigo más. A Plein Soleil, Rocco y sus hermanos o La Piscina. Hasta los años setenta no se destapó el sol en nuestra filmografía y, al fin y al cabo, era porque había extranjeras.

Ray Winstone en "Sexy Beast" de Jonathan Glazer, 2000.
Ray Winstone en «Sexy Beast» de Jonathan Glazer, 2000.

De qué sirve haberlo vivido si, a la postre, en un brindis a la buena memoria, no se recuerda lo más mínimo. Con toda probabilidad, y lejos de equivocarme, son recuerdos totalmente banales, omisibles, pero importantes, decisivos, que nuestra memoria decide borrar, por el bien mismo de nuestra salud mental. Puede que, hartos de las fatalidades de determinados momentos —con ese sol abrasador como asistente casual—, sea más fácil olvidar, primero los detalles, después el suceso, hasta transformarlo, para cambiar nuestro animo. “En mi fuero interno luce el sol cuando vivo en la miseria, cuando solo está prohibido lo que tiene buen sabor” dejó escrito Robert Walser desde la clínica psiquiátrica de Waldau, Berna. Seguro que hacía un frío de espanto, pero qué importa. Ahora, en pleno verano, se echa de menos el sol.

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