El tesoro (Comoara) se estrenó en 2015 y ganó el premio Un Certain Regard –otorgado a su reparto al completo– en la edición del Festival de Cannes de ese mismo año. A muchos no nos sonorá el nombre de su director y guionista, Corneliu Porumboiu, porque, desde que los circuitos culturales están como están está muy turbulento lo de la distribución de películas procedentes de determinados puntos de Europa. La plataforma de cine online Filmin, siempre alerta de servir el mejor cine y/o el más difícil de encontrar, la incluye entre su suculento catálogo del Atlántida Film Fest. Puede aprovechar para ver, hasta el próximo 27 de julio, este suerte de thriller de aventuras, al tiempo que denuncia social fabulizada, retrato de costumbres, policiaco francés pre-Nouvelle, y al mismo tiempo nada de todo esto.

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Tres pósteres, tres maneras de vender el filme © 42 Km Film, Les Films du Worso, Rouge International

Tras sus cortometrajes de reglamento, Porumboiu debutó en el largo de ficción con la ruda, directa y citriquísima comedia distópica 12:08 al este de Bucarest (A fost sau n-a fost?, 2006), que ya arrasó en festivales más allá de su Rumanía originaria, encandilando al público internacionalmente. A ésta le siguió Policía, adjetivo (Politist, adjectiv, 2009), un noire escalofriante tejido bajo las sombras de la post-dictadura de Ceaușescu, y de ritmo absolutamente alejado de cualquier atisbo de thriller, curiosidad absoluta, pura gloria cinéfila. Tardó unos añitos en volver a hacer cine, y lo hizo con el drama de metaficción, económico en planos donde los haya, Cuando cae la noche sobre Bucarest o Metabolismo (Când se lasa seara peste Bucuresti sau metabolism, 2013), a la que sigue el documental futbolístico Al doilea joc (El segundo juego) (Al doilea joc. Corneliu Porumboiu, 2014), su último trabajo hasta El tesoro que aquí se estrena –y gracias a este festival que si no…– ahora, en 2016.

El incisivo y subrepticio sentido del humor, absolutamente desacomplejado, el vocabulario de ritmo sosegado y tensión silente, el discurso lleno de niveles de lectura (se sea rumano o no), y la planificación y puesta en escena meditadísimas y repletas de semiología –eso sí, disfrazadas de sencillez, e incluso llaneza– de toda su filmografía, han convertido a este realizador rumano en un artista contemporáneo de culto, rock-star del cine de autor, por lo que El tesoro se esperaba entre las huestes cinéfilas como agua de mayo.

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Los actores Toma Cuzin y Adrian Purcarescu, premiados en Cannes por sus trabajos en El tesoro (Comoara. Corneliu Porumboiu, 2015), en un fotograma del filme © 42 Km Film, Les Films du Worso, Rouge International

La historia transcurre en la Bucarest de hoy. En un piso común de un barrio de trabajadores comunes, vive Costi (Toma Cuzin), un hombre común. Costi es un currante de una oficina de esas que se dedican a cualquier cosa, que gusta de charlar con la parienta y de leerle batallitas de Robin Hood al crío de seis años que tienen. La cosa parece que vaya a tirar por la “microproblemática” propia del retrato de costumbre, sustentada a base de tramas secundarias, pero no…

Un día, interrumpiendo la intensa lectura del saqueador de Nottingham, aparece en el vestíbulo Don Adrian (Adrian Purcarescu), el vecino del cuarto, un gerente retirado a la fuerza de la industria de la impresión y la encuadernación, parado de larga duración. Adrian llega a la película para contarle a Costi una de piratas, como quien dice, redefiniendo la trama de esta atípica comedia de aventuras. Resulta que Adrian necesita que Costi le preste dinero para alquilar un detector de metales.

Quiere el aparato para buscar un tesoro, que está convencido de que su bisabuelo escondió después de la Segunda Guerra Mundial en el jardín de una ruinosa casa de un pueblo a las afueras, que Adrian aún mantiene. El inocentón de Costi se sumará a la aventura y, entre los dos, se verán enfrascados en una empresa en apariencia imposible, que poco a poco irá acrecentando este indolente dislate. Hombres hechos y derechos, taimados por dictaduras, revoluciones y crisis, exactamente igual que los sedimentos de la tierra en la que buscan, antes un taller, antes un bar de strep-tease, antes una herrería del ferrocarril… un tesoro del pretérito cercano de Rumanía en una película de aventuras calmada, tragicómica y parca en diálogo, no por ello exenta de sus rigurosos puntos de giro y sus sucesos inesperados.

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La ilusoria mirada que aporta el personaje del hijo de Costi, fan de Robin Hood y acostumbrado al acoso escolar, es clave para entender el espíritu de aventura que moverá la trama de su padre © 42 Km Film, Les Films du Worso, Rouge International

Por debajo de toda la timidez y llaneza que los personajes esconden, existen tantas capas como el terreno en el que buscan con inquietud de cine de Jacques Becker. Capas que el espectador puede, pala en mano igual que Costi y Adrian, ir descubriendo paulatinamente a lo largo de apenas 90 fascinantes minutos. Hasta llegar al desconcertante final, tocado con el delicioso Opus Dei, la versión “wizard&warriors” que se han cascado los Laibach del requefrito Life is life de Opus.

El nervio de Corneliu Porumboiu es admirable, de rápida administración y más rápida adicción, y su pulso narrativo es ágil y brillante. Dosifica la intriga como si lo hiciera sin querer y sabe crear la urgencia necesaria en la comedia. Manipula al espectador que da gusto; como ya les digo, con esa soltura de quien parece no aplicar esfuerzo a la planificación. Al igual que en sus cintas de ficción predecesoras, El tesoro (Comoara) es parca, sutil, minimalista; pero su todo ello es un método para concentrar y reconducir. No les voy a decir que como el maestro Haneke, que se adelanta al público jugando con su propia cultura visual, pero casi eh.

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El detector de metales, artefacto en auge en toda nación de ambientes postapocalípticos propios de toda reconversión industrial, dará lugar a las secuencias más hilarantes del film © 42 Km Film, Les Films du Worso, Rouge International

Sin lugar a dudas –porque no es que lo diga ya, es que son muchos– El tesoro parte como uno de los must see –como dicen los chalados de ahora– del Atlántida Film Fest, y está entre las cinco o seis favoritas de todas. El cine rumano, que hasta nos sonaba como muy remoto, está en auge.

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