La manera de ver cine ha cambiado, la manera de hacer cine ha cambiado, la manera de teorizar sobre cine ha cambiado, hasta la manera de beber, de fumar, de follar en el cine ha cambiado. Todos los cambios han llevado al espectador a acumular una cultura cinematográfica firme, sin mareos ni indisposiciones, pues es accesible, tan peligrosa como siempre, tan adictiva como nunca, aunque muchos se resistan ante lo inevitable: su naturaleza cinéfila. Jamás hasta entonces se había consumido tanto, ya sea en sala, en el salón o en la intimidad del dormitorio. La cinefilia es universal.

El cine se toma por lo civil o lo criminal, cómo viene dado, sin importar, en muchas ocasiones, el bagaje del autor, los premios recibidos o las criticas vertidas, cuando lo verdaderamente importante es su puesta en práctica. Los silencios, reparadores o incomodos, rara vez escapan al qué decir, pues el cine es el punto de partida de cualquier conversación. Su afición, su germen, encuentra, hoy día, pocos obstáculos para una rápida expansión, para un impacto directo sin aviso previo, como quién resbala en plena calle y finge que allí no ha pasado nada. ¿Qué cantidad de películas hace falta visionar para convertirse en cinéfilo? Si de abundancia se tratase, incontables espectadores serían proclamados con un toque de espada sobre los hombros. ¿Cuántas personas son cinéfilas y han decidido inconscientemente apartar el filo con un ademan de desprecio?

Orson Welles fumando un puro, 1964. Foto de Nicolas Tikhomiroff.
Orson Welles fumando un puro, 1964. Foto de Nicolas Tikhomiroff.

Con toda probabilidad habrán experimentado el momento, de modo excepcional, dos o tres veces por semana a lo sumo, para no machacar, donde, con el ambiente que sólo el cine y el sexo contemplan: luces apagadas, cuerpos bajo la manta, se acuerda entre los reunidos la película a proyectar y asalta la indecisión: “¿Qué película ponemos?”. Los más aventajados harán mención a un director, un guionista o algún intérprete, obteniendo en su figura la certeza de no equivocarse. Otros, citarán géneros fílmicos de actualidad. Pongamos cómo ejemplo una película para no pensar, una de sangre o una de monstruos. (Sic). (Sic). (Sic). Ambos bandos, recelosos, sospechan de los gustos de unos y otros, sin advertir que, en realidad, son dos consumidores ávidos de cine, dos clases de cinéfilos sólo en forma diferenciados, con amplias posibilidades de puntos de encuentro.

Cabe entonces, llegado este momento, ser capaces de diferenciar entre el cinéfilo que toma el arte como afición y el cinéfilo por vocación teórica, analítica o artística. Esta determinación se ha respetado hasta nuestros días: el espectador que queda impresionado con la llegada del tren a la estación de La Ciotat y el espectador que quiere ver ese mismo tren descarrilar. Me pregunto cuanta culpa tendrá la crítica cinematográfica tradicional en el suceso, y el repertorio de temores del aficionado a abarcar un espectro más amplio de su cultura cinematográfica. La crítica o cinefilia tradicional ha sabido marcar sus diferencias con el espectador aficionado, despreciándolo consciente o inconscientemente, según los casos, hasta hacerlo sentir en inferioridad, arrinconado, como si el disfrute artístico se sustentase sobre ello: aunque hablemos de cine, que en ambos casos es innovación. Busquen alguna lista elaborada por la crítica sobre las mejores películas del año. Busquen ahora las más exitosas en taquilla. Extraño es el caso en el que algún largometraje repite.

François Truffaut en el rodaje de L'amour à Vingt ans / Antoine et Colette
François Truffaut en el rodaje de L’amour à Vingt ans / Antoine et Colette

El cinéfilo tradicional no disfruta en el cine, demasiado trabajo conlleva analizar cada plano; o eso dan por hecho aquellos que no creen serlo. “Yo es que no me fijo en esas cosas” suelen esgrimir para huir de su condición de cinéfilo, que debe oler a pantano estancado. Se desmarcan amparándose en la excusa técnica y teórica, tan en boca del cinéfilo tradicional, que a pulso los ha arrastrado hasta ese cauce. Sin embargo, dudo que esto siga de la misma manera. Creo firmemente en ello. Y es la nueva crítica cinematográfica quién ha trastocado la tendencia, llevando sus palabras al lenguaje que todo el mundo entiende: un idioma emocional.

Si buscásemos un punto transcendente donde comenzar a contar, existiría una crítica cinematográfica antes y después de André Bazin. El francés, como Truffaut puso de manifiesto, comenzó a acometer críticas en relieve, después de que en 1943, cuando empezaba a escribir en L´Echo des étudiants, se diese cuenta de que en las grandes publicaciones sólo era analizado el argumento de una película. Bazin amplió su rango de acción para teorizar y analizar el largometraje poniendo en valor todas las áreas técnicas que conforman un equipo de trabajo cinematográfico. Su forma de entender el cine llega hasta nuestros tiempos, donde la crítica especializada tradicional, con una influencia prácticamente inexistente en el espectador, parece dirigir sus palabras a los integrantes de una película, con el director a la cabeza, para orientarlos, para hacerlos mejorar.

André Bazin con un gato entre los brazos.
André Bazin con un gato entre los brazos.

La nueva crítica cinematográfica nació a raíz de los blogs y espacios de colaboración en la red. Entiendo esta nueva crítica cinematográfica como en sombra interior, despojada de toda herramienta analítico-teórica anterior, con la intención de sostener sus exposiciones y argumentos mediante  las emociones; orientada hacía la divulgación y no al análisis, hacía el misterio sentimental y no la lógica. Requiere obedecer a los instintos, a las entrañas, a los sentidos, con toda la irracionalidad que sea posible. Siendo un apasionado de la obra a reseñar, pues no tendría sentido de otro modo. Ese idioma común que no puedan ignorar, entendiendo por su experiencia cada palabra, donde atraer al público hacía el cine de autor: desde Diamond Flash de Carlos Vermut hasta El Caballero Oscuro de Christopher Nolan.

Es responsabilidad de la nueva crítica cinematográfica dirigirse al cinéfilo aficionado, más que a los autores firmantes de una película; en su rango de posibilidades, de a poco. Seducir mediante una visión distinta, alejada de los extractos que conforman un tráiler, para crear un mapa de emociones que desbloquee sus límites de placer, a modo de avance. El tren de los Lumière podrá o no descarrilar, pero el autor siempre debe estar presente en la obra, para bien o para mal, siendo el cine a divulgar. El cine que debe salvarse, el único cine que puede perdurar. Hay que hacerse entender.

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