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Este viernes, el prolífico y referencialmente superabsorbente François Ozon estrena nuevo filme: Frantz. Una tragedia camuflada de fábula y cargada de romanticismo, rodada en primoroso blanco y negro, y llena de, más que virtudes, virtuosismo. Un material muy íntimo, muy complejo y sesudo, pelado para el público por mor de una mayor accesibilidad. Y además, es de esos filmes para contemplar, para mirar igual que uno mira una fotografía, un cuadro, un cromo o una viñeta. Eso sí, el montaje –¡y qué montaje!– va marcando cuándo dejar de mirar, no como en los museos.

Frantz (François Ozon , 2016)
Póster original francés de Frantz (François Ozon, 2016) © Mandarin Films, X-Filme Creative Pool, FOZ

Y es que Frantz (François Ozon, 2016) posiblemente sea el mejor título de la, aunque irregular, nada desdeñable filmografía de su autor. Y ojo que nuestro vecino galo fue abriendo bocas desde que era cortometrajista –sus cortos, muy numerosos, han sido editados en compilaciones de las de lujo–, y tuvo un debut de esos de “joven promesa” con la, no por näif menos reivindicable, Amantes criminales (Les amants criminels. François Ozon, 1999). Otros, puede que le recuerden por la maravillosa Gotas de agua sobre piedras calientes (Gouttes d’eau sur pierres brûlantes, 2000) o, más recientemente, por rotundos éxitos tales como el musical con cast estelar coral 8 mujeres (8 femmes, 2002), el drama de misterio Swimming Pool (2003) o la adaptación de la obra teatral de Juan Mayorga a una Francia cinematográfica que llevó a cabo en En la casa (Dans la maison. 2012).

Esta vez, Ozon se ha lucido más que nunca en un trabajo cuyo esfuerzo se atisba en cada encuadre. No sé si tanto como “la mejor”, pero sin duda Frantz es uno de los mejores productos de toda una filmografía que pinta eterna. Se percibe, de manera fresca y normalizada, lo que la revista francesa Positif vino a definir como “el fruto de la madurez de un cineasta”.

Pierre Niney, Paula Beer
Pierre Niney y Paula Beer interpretan a Adrien y Anna, el dúo protagonista © Mandarin Films, X-Filme Creative Pool, FOZ

Más de 600.000 espectadores en Francia –allí se estrenó en septiembre– y premio a la Mejor nueva actriz para su protagonista Paula Beer en el pasado Festival de Venecia. Un Ozon acertadísimo, inspirado e impudibúndico, ha parido un filme bellísimamente atroz, una historia de amor apasionado en el período de entreguerras, cargada de suspense, y con la mentira como premisa principal.

Protagonizan Pierre Niney, al que igual han podido ver como diseñador en el prescindible biopic Yves Saint Laurent (Jalil Lespert, 2014) y la mencionada Paula Beer, a la que ya consideran en Francia la nueva Romy Schneider. Opera, en elegante blanco y negro, el ecléctico director de fotografía Pascal Marti, y el guión viene firmado por el propio Ozon, en colaboración con el escritor Philippe Piazzo. Y con respecto a esto último, ojo, que no figura, pero esta película es una adaptación libérrima del clásico de Lubitsch Remordimiento (Broken Lullaby. Ernst Lubitsch, 1932). ¿Se me sitúan ustedes? Pues sitúenseme del todo pensando que la cinta está rodada en Alemania –en los dos idiomas, francés y alemán– y ambientada tras la Primera Guerra Mundial.

Lo mismo que la de Lubitsch, la de Ozon plantean la misma pregunta; ¿Hasta cuándo puede durar una mentira? La mentira es una parte esencial en la historia de Anna (Paula Beer) y Adrien (Pierre Niney), unidos como consecuencia del recientemente fallecido Frantz que da título a la cinta. Una trama en la que los secretos del pasado tejen una estructura plagada de incógnitas y misterios que conducen a situaciones completamente inesperadas; en Frantz nada es lo que parece.

Pascal Marti
La estética del filme destaca por un preciosista blanco y negro y una cuidada composición, así como por un montaje espectacular © Mandarin Films, X-Filme Creative Pool, FOZ
Frantz, François Ozon
François Ozon (director) y Pascal Marti (director de fotografía) se alejan de todo punto de la propuesta fotográfica de su anterior trabajo juntos, Una nueva amiga (Une nouvelle amie. 2014), para trabajar los límites de la exposición en un rotundo blanco y negro © Mandarin Films, X-Filme Creative Pool, FOZ

En Frantz hay una secuencia… Una secuencia en concreto que, por supuesto no les voy a describir, que parece ser la razón seminal de la obra entera. Una idea que, por fuerza y capacidad de impacto, sugiere que fue la única razón para hacer el filme. Para el resto, basta con el armazón sustentante trazado años atrás por Maurice Rostand, Samson Raphaelson y Ernest Vajda en la citada Remordimiento, adaptando a su vez una novela de Reginald Berkeley –a ver si todavía queda alguno pensando que no todo está inventa’o–.

Pero lo que viene siendo la premisa dramática concreta, la sinopsis de toda la vida, esa sí se la puedo contar sin miedo al spoiler: imagen el período descrito, a finales de la década de 1910, en entorno tan marcado por la derrota como es cualquier pequeño pueblito de provincias alemán. Allí, la joven y bella Anna acude cada día al cementerio para lamentar la pérdida de su prometido Frantz, que murió en una batalla en Francia, y cambiar las flores de su tumba. Cierto día se encuentra en el camposanto con Adrien, un misterioso joven francés, que también ha ido a depositar flores en la tumba de Frantz. La mera presencia de este muchacho bigotudo en un país que acaba de perder la guerra encenderá pasiones encontradas, suscitando imprevisibles reacciones en los habitantes de la villa.

“Magistral Ozon”, y cosas así de toreras le han llovido a nuestro vecino director por parte de la crítica. Y es que Frantz es uno de esos filmes con insobornable constancia –como todos los de Ozon, los mejores y los peores– y lapidaria impronta, que pasman, asombran y mantienen con la boca abierta. Una tragedia dura y cruda, en la más pura línea nórdica, contada sin pudor ni temor, tan épica como íntima, contada con el más medido de los tempos y recreada deslumbrantemente, minada de detalles e imaginación. Cine de ese que se desenvuelve a base filigranas visuales a escondidas con una narrativa nítida e impecable, soberbiamente montada…

Frantz (François Ozon, 2016)
“¡¿Pero este señor con bigote quién es?!, ¿qué quiere?” © Mandarin Films, X-Filme Creative Pool, FOZ

Cualquier examinador con ojo de cinefilia poco trabajada, más de literatura que de cinematografía, podría decir que éste es uno de los trabajos más anodinos y convencionales de François Ozon. Pero, sin duda, habrá pasado por alto toda segunda lectura posible, toda capa de finísimo humor y aguda ironía, toda referencia asumida y macerada que hace que Frantz transcienda a la fórmula del melodrama común, en un compendio de “pinturas” que imagina una época pretérita desde la plena consciencia del cine que se hace ahora.


Frantz es una película de obligada catadura para quien ronda en torno a esto del cine, ya sea en calidad de alevín, amateur, esteta o cinéfilo empedernido. Al menos, se ha de revisar. Pero también es quizá la mejor oportunidad, la más envidiable, para descubrir el peculiar mundo de François Ozon. Y, si ya lo tiene usted más que descubierto, entonces es una cita ineludible.

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