Volar. Así, a secas, sin pan ni nada. Volar es lo que el ser humano, que corre, salta y nada (como los monos), ha deseado desde siempre. Un servidor sufre de vértigo y eso de volar nunca le ha llamado la atención, pero hay gente a la que sí. Volar para llegar antes a los sitios, para otear desde arriba, para escupir impunemente… volar para ser libre, como dice siempre la canción que sea, como el Ramón San Pedro de Amenábar.

O simplemente volar para amortizar esa práctica que está ahora muy en boga que es lo “desconectar”. Volar a lo chill-out, marcándose uno un kit-kat, para lo que hasta hace nada venía siendo “que te de un poco el aire”. Volar, amigos… volar… –vuelvan a leer esto último, imaginando la voz de Javier Gurrutxaga, ya verán como comienzan el artículo de hoy completamente ambientados–.

“I’m not the man they think I am at home / Oh, no, no, no, I’m a rocket-man / Rocket-man burning out his fuse up here alone”

Fragmento de Rocket-Man de Elton John, letra de Bernie Taupin. 1972.

01. GENTE COHETE 1
Postales de la futurible colección En L’An 2000, ilustradas por Jean-Marc Côté en 1900. Podemos ver cómo los franceses de la época imaginaban bomberos y policías voladores © Futuredays: A Nineteenth Century Vision of the Year 2000 (1986, Nueva York, Henry Holt and Company)

Ya en el 3.500 antes de nuestra era se acuñaron monedas del rey babilonio Etena, donde salía surcando los cielos montado en la cerviz de un águila. Tiempo después, el erudito Suetonio narraría cómo, en tiempos de Nerón, un gilipollas con enormes alas emplumadas moría estampado contra el suelo al ser obligado a volar por menesteres científicos. Desde Leonardo Da Vinci a los hermanos Wright, pasando por Diego Marín Aguilera, Sir George Cayley, o los Montgolfier… en todas las épocas habidas y por haber, el hombre –entiéndase, el ser humano–, en su afán por acapararlo absolutamente todo, ha intentado, sometido ya el terreno acuífero, conquistar los cielos. Y a partir de esta premisa, se puede usted llevar las manos a la cabeza echando cuenta de la cantidad de cachivaches mecánicos, terrores tecnológicos y todo tipo de engendros variados que la humanidad ha dado en parir para tal fin: ala-deltas, hidroaviones, autogiros, zeppelines, pogoplanos, madreñógiros… cualquier invento que permita a la humanidad volar como los pájaros.

Pero en el fascículo electrónico de hoy la vaina no va de volar así, sin más. Va del afán de volar suelto, sin vehículo, de volar a la fresca, así, con lo puesto, el móvil y ya. Va de eyectarse para salir disparado. Está usted leyendo la primera entrega de unas cuantas, donde trataremos el tema del transporte aéreo por cohete portátil. Del loco invento de la mochila voladora, esa que sale en tebeos, películas para después de comer y casi cualquier medio de expresión plástica y cuento macabeo en general. De lo que viene siendo un jet-pack y un rocket-belt de toda la vida. Un mundillo donde no sólo hay personajes de ficción, sino también rocket-men y rocket-women de verdad de la buena, de carne y hueso. Hombres y mujeres adultos, algunos con familia ya, que dedicaban su intelecto y su integridad física al ejercicio de la ascensión por propulsión.

A estas alturas de la vida, estos aparatos ya existen. Pueden buscar las palabras de oro en los youtubes de turno y verán a ciudadanos volando con su macuto. Pero claro, ahora se usan cosas como los tanques de nitrógeno, o las turbinas, son tiempos de dron. En cambio el tema de nuestro título Gente Cohete, es otro. Un cohete es un cohete, y durante los albores del siglo pasado, era lo único imaginable para hacer volar al hombre más allá de las hélices de toda la vida de Dios. Descartemos pues las motos voladoras o las “parapencias” variadas. Lo nuestro es lo Rocket.

Las mochilas con propulsores para volar existen oficialmente desde 1961. Existen de verdad porque, quien más, quien menos, vería una en las Olimpiadas de Los Ángeles, o hace poco en El Hormiguero, vacilando a Pablo Motoso. Con algunas de estas mochilas incluso se puede volar-volar; poco, pero se puede. El motor de estos armatostes era, además, limpio y agradecido. Tiraban con agua oxigenada enriquecida al 90 % (la de las farmacias es como veinte veces más diluida), que se descompone provocando estallidos furibundos al entrar en contacto con un catalizador de haluros de plata. De esta reacción, los tubos de escape del aparato despiden un chorro de gas a más de 600ºC, capaz de levantar unos 150 kilos de peso (lo que viene a pesar el caballero y la propia mochila). No se puede llega a levitar siquiera un minuto, pero volar, se vuela.

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Divulgación científica, si no existe algo ¡se pinta! © 1969. What’s New

Pero situémonos a las puertas del siglo XX y sus primeros años. Lumbreras de tiempos de Maricastaña como Konstantin Tsiolkovsky, habían gastado sus neuronas en anotar fórmulas en pizarras, dejarse los codos en la mesa y la vista en la vela, meter destornilladores en máquinas y enrollar alambres en aparatos, hasta inventar un artefacto llamado cohete, que volaba mediante propulsión explosiva. En 1919, otro ruso llamado Aleksandr Fyodorovich Andreyev, discípulo de otro ruso más, , llegó incluso a diseñar el primer y auténtico jet-pack. El invento fue patentado, pero jamás llegó a fabricarse –esas cosas, en esas épocas, asustan mucho–. El cohete de Robert Hutchins Goddard, de 1926, no era mochilero, pero ya se disparaba con combustible líquido. Vamos que, al tiempo que las ficciones, los sabios del momento ya estaban armando de las suyas.

Y digo de “las ficciones” porque, como casi todos los grandes inventos (y no es que éste lo sea), comienzan por al fabulación, la hipótesis del universo inventado, de lo ficticio. Háganse cargo de que las publicaciones de carácter grotesco, sensacionalista, monstruoso o lo que los franceses llaman bizarre, tuviese un contenido verídico o no, cubrían todo el espectro de ocio en lo que a lectura de evasión se refiere. Revistas y comic-books cuyas portadas mostraban títulos que contenían la palabra pulp, amazing, creepy, astonishing, fantastic, weird… o, si lo desean, en estos tiempos de inexactitud que vivimos, invéntense la palabra que quieran, siempre que suene a “raro”. Las primeras décadas del siglo pasado eran tiempos de fervor tecnológico, un precalentamiento para las locuras –y ahora me quiero ceñir sólo a las de naturaleza fantasciencífica– que trajo consigo la Segunda Guerra Mundial y, posteriormente, los sueños cosmonáuticos de la Guerra Fría.

En una fecha tan temprana como 1928, tiene lugar el debut de Buck Rogers en la mítica revista Amazing Stories. Hay que situarse en el momento, después de asistir a todo el derroche de chamarilería militar nueva de la Primera Guerra Mundial, en los absolutos albores de la ciencia-ficción moderna, con H.G. Welles aún vendiendo cosa fina, y el art-decó pululando por ahí. Buck Rogers es, sin duda, el primer personaje de ficción famoso en colgarse un cohete a la espalda para volar –en esta ocasión, por el espacio-. De hecho, se podría decir que, junto con el Tarzán de Burroughs (bueno, de Harold Foster, que estamos hablando de comics), es pionero en esto de los tebeos no humorísticos y, desde luego, el primer personaje de sci-fi del mundo de las viñetas.

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Robert Hutchins Goddard, muy contento con su prototipo de Liquid-fuel Rocket, en 1926. © Smithsonian Institutional Archives

Rogers y su compañera Wilma Deering se movían por tierras exóticas, por ciudades de construcciones pantagruélicas, vistiendo pijamas fosforescentes y enfrentándose a bichos de apariencia demoníaca, a criaturas góticas, dinosaurios imposibles, mujeres zoomórficas, mutantes deformes, “roboces” de polialeación, monstruos peludos… Entre tanto marcianito, por supuesto, abundaba la maquinita de ruiditos, el trebejo con floritura, el cachivache de lucecitas y demás bártulos de mentira; cómo no, el rocket de turno jugaba aquí un rol importante, de todo tipo de formas y colores. Hasta tenía una ¡rocket pistol!… Todo muy serio, como ven.

En poco tiempo, el tebeo adoptó su título definitivo Buck Rogers in the XXV Century (Buck Rogers en el siglo 25), abandonando Amazing Stories para obtener colección propia, que duraría hasta 1967. El serial radiofónico llegaría en 1932 (y hasta 1947), para la CBS, con sus actores declamando, aporreando cacerolas, agitando paneles de contrachapado y soplando por tubos. En 1934, aparecería la primera película del personaje: un cortometraje también titulado Buck Rogers in the 25th Century (Dr. Harlan Tarbell, 1934), con John Dille Jr. Interpretando al aventurero. Cinco años después, en 1939, aparece la serie para televisión, con el título de Buck Rogers a secas. Buster Crabbe hizo de Rogers en esta ocasión. Kem Dibbs haría de Buck en un segundo serial televisivo, en 1950, para que, en 1966, Crabbe regresara a las pequeñas pantallas en Destination Saturn, una tercera saga catódica creada a partir de un remontaje de la primera del 39.

Este truco chapucero volvió a ser amortizado en 1977, con un largometraje de 90 minutos obtenido tras un remontaje del remontaje –apurando, que se dice–. Del mismo año de su estreno (1979) es también la mayor maravilla de todas: un largometraje creado mediante un nuevo cutre-montaje –¡con dos coj…!–. Al no ser emitido jamás, se decidió aprovechar el capítulo piloto (de unos 80 minutos de duración), para estrenarlo como largometraje en cines. El capítulo fue ampliado con fragmentos de la serie Galáctica, estrella de combate (Battlestar Galactica. Glen A. Larson 1978-1979). Pretecnología fílmica, cirugía fina. El inexplicable éxito de este filme remendón dio lugar a la producción de otra nueva serie, que fue emitida un par de años después, en cuyo título Buck Rogers volvía a estar “in the 25th Century”. Ésta ya era la serie que vimos los españolitos, en la que salía Gil Gerard hablando con un robot que parecía un Golem enano. Terminó de emitirse en 1981 –aquí, unos años después–. Pero me voy a dejar ya de tanto Buck Rogers, que me estoy yendo mucho de fecha.

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Portadas muy amazing con Buck Rogers volando, mochila a la espalda, hasta por el espacio exterior © WRNY, ANC

Estamos en 1934 cuando Alex Raymond crea al otro gran personaje en esto del vuelo-cohete psicoespacialpar: Flash Gordon. Que éste sí que sí, aunque no sea nada más que por la peli de QueenFlash Gordon (Mike Hodges, 1980)–, lo tienen que conocer. Lo que no sospechaba Raymond era que, en poco tiempo, su tebeo superaría con creces en cuanto a fama, perdurabilidad y ventas, a su competidor Buck Rogers. La historia de esta ópera espacial narra las aventuras de Flash, un mozalbete norteamericano jugador de polo –el deporte a practicar variará en cada una de sus posteriores adaptaciones– que, por avatares de la vida, termina subido en un cohete, yendo a aterrizar al planeta Mongo (no me hagan chistes fáciles). Allí lucharán contra el Despiadado Ming, un Fu-Manchú espacial, que tiene al planeta entero a sus pies.

La fama del rubio era tal, que a finales de los años 30 ya contaba con tres series de t.v.: Flash Gordon (Flash Gordon: Space Soldiers. Frederick Stephani, Ray Taylor, 1936), Flash Gordon II (Flash Gordon: Rocketship. Ford Beebe, Robert F. Hill, 1936), Marte ataca La Tierra (Flash Gordon’s Trip to Mars. Ford Beebe, Robert F. Hill, 1938). Cada una con su reparto y su todo. Eso sí, tirando de reutilice de archive footage a base de bien y otra vez con Buster Crabbe protagonizando. Por supuesto, hay que señalar que los gadgets de naturaleza rocket de Flash son, en todas estás historias, de lo más psicotrónico y mamarrachero que hay. Desde motos voladoras, a aeropatines en plan Regreso al Futuro, o incluso simplemente cohetes a los que agarrarse al abrazo, con las manos desnudas, sin belt, ni chair, ni pack, ni Cristo que lo fundó.

De este caballero hay adaptaciones a punta de pala. Amén del largometraje anteriormente citado, que supuso un hostiazo de taquilla en toda regla para el magnate Dino de Laurentiis, hubo otra serie de t.v. en 1940, series de dibujos animados, parodias porno, secuelas de parodias porno… en fin, ¡¿estamos a rockets o estamos a setas?!

De vuelta a este plano de la realidad: en abril de 1930, se funda La Sociedad Estadounidense de Cohetes (American Rocket Society, ARS), llamada entonces American Interplanetary Society. Un reductos para amantes de lo fantástico, creado por escritores de ciencia ficción de la época, como George Edward Pendray, David Lasser o Laurence Manning, entre muchos otros. En dicho club, se llevaban a cabo experimentos con cohetes en Nueva York y Nueva Jersey. La sociedad tenía su propia revista y realizó un trabajo pionero al probar las necesidades de diseño de cohetes propulsados por combustible líquido mediante una serie de lanzamientos exitosos.

Como exitosos eran los lanzamientos del excéntrico multimillonario Jack Parsons y sus acólitos, realizados prácticamente al margen de cualquier sociedad. La vida de este Jack Parsons fue única, tanto que, aunque nunca lo haya comentado, inspiró a Stan Lee para crear las biografías de muchos de sus personajes Marvel. Acusado de charlatán, cantamañanas, depravado sexual, demente, brujo y satanista, Parsons hubo de desarrollar su talento como buenamente pudo. Aunque no les voy a desarrollar nada más porque lo cierto es que, la vida de este portento bien merece un artículo –o una serie– para él solo.

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Jack Parsons (tumbado a la derecha, con camisa blanca) y sus colegas, preparados para el segundo test de un cohete de su creación. Pasadena (California), noviembre de 1936.

La American Interplanetary Society se llenaría de socios rápidamente en los años 50, a medida que aumentaba el interés por los temas espaciales. Hacia finales de 1959, el número de miembros superaba los 21.000. A principios de 1963, la ARS se terminó fusionando con el Instituto Americano de Aeronáutica y Astronáutica (American Institute of Aeronautics and Astronautics, AIAA). Pero, vamos, que quedan entregas p’adelante y saltar, así, a los años 50 es dar mucho salto. Casi como si se llevara un rocket-belt d’esos puesto.

Hasta la semana que viene, que hablaremos de comunistas, nazis, y cosas que molan. Además de más personajes de tebeo y cuento chino. Hasta la próxima.

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