Habíamos dejado la cosa en los cincuenta. En plena efervescencia cohetera, tanto en la ficción, como en los laboratorios –sobre todo, militares-. La década de los 50 nacía al mundo con una posguerra mundial, con una Guerra Fría de tomo y lomo, rodeada de sueños de lo que ahora es «retrofuturo», avances tecnológicos, mejoras para el confort y disparates para el mundo de la fantasía.

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Fotocromo coloreado del capítulo piloto de King of the Rocket Men (Fred C. Brannon, 1949) © Republic Pictures

En las televisiones norteamericanas, gracias al arte de la reutilización y el resobe de celuloide, The King of the Rocket Men seguía surcando los cielos gracias a los tubos de escape de su espalda –y luchando contra el mal–, en la segunda temporada del serial. Radar Men From the Moon (Fred C. Brannon , 1952) comienza con unas misteriosas explosiones atómicas que mandan a tomar por el culo varias instalaciones militares e industriales de los USA. Commando Cody, que así se llama ahora el King of the Rocketmen que toca, investiga los suceso. En este tipo de relatos, siempre se investiga mucho, lo rocket convivía con el fervor ufológico y el modelo de atractivo detectivesco. Las explosiones han sido causada por un material llamado lunarium (sic.) que, evidentemente, sólo se encuentra en La Luna. Se pueden imaginar cómo sigue la cosa: por supuesto, van a La Luna, donde ya hay toda una civilización montada, regida por el pérfido Retik. Resulta que sus habitantes quieren invadir La Tierra porque su atmósfera se está reviniendo. La cosa dio para doce capítulos.

Fred C. Brannon reaprovecha (y luego dicen de Jess Franco) parte del material nuevo de esta segunda tanda, para crear una tercera. Por supuesto, otra lisergia buena: La Patrulla Interplanetaria detecta un O.V.N.I que se acera a La Tierra. Uno de los agentes de dicha patrulla, Larry Martin, es ahora el prota. Coge su traje de Rocket-man y se pone, al igual que sus antecesores, a investigar duramente. Resulta que en la nave van tres cabrones de Marte llamados -en serio- Marex, Roth y Narab (interpretado por un diletante Leonard “Capitán Spock” Nimoy), amén de un mad doctor que los acompaña de nombre Harding (qué nombre más de Marte, éste último), y llevan consigo una bomba superpoderosa destructora de mundos. Hartos de frotarse los sabañones, los marcianos, que además son zombies, quieren ocupar la órbita terrestre porque en Marte hace un frío que pela. Pero lo mejor del serial es su título: Zombies of the Stratosphere, que no hace falta traducir para desconojarse.

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Pósters de los distintos seriales protagonizados por los distintos Kings of the Rocketmen. La Trilogía Sagrada de la televisión de recuelo © Republic Pictures

Astroboy fue la respuesta del mundo del manga al interés generalizado por la gente cohete. Y, por supuesto, el personaje no podía cargar con una mochila al uso, o sentarse en alguna suerte de rocket-chair o proyectil similiar. No, era mucho más nipón y sofisticado: además de trocar sus piernas en muñones coheteros, podía transformar sus ojos en linternas, disparar rayos láser por los dedos, alardear de fuerza sobrehumana y sacarse ametralladoras del culo – todo ocurre de verdad, no me invento nada-.

El manga pasó a ser anime en Astroboy (Tesuwan Atom. Osamu Tezuka, 1966-1968), producida y animada por su legítimo autor, Osamu Tezuka. La serie contaba con más de 190 episodios -los primeros en blanco y negro, y sólo alrededor de 100 de ellos exhibidos fuera de Japón-. Astroboy fue fabricado por el Doctor Boyton -Dr. Umataro Tenma, en el original-, una especie de Geppeto que había perdido a su hijo en un accidente de coche. Astro, que en principio se llamaba sólo así, Astro, fue creado a imagen y semejanza de Toby, el niño fallecido. La cosa es que, en un crucero, el decrépito Doctor Boyton desaparece y Astro es engañado para fichar por el Circo Robot (¿no les suena a cierto proyecto de Stanley Kubrick que acabó rodando Spielberg?). Allí conoce a Kathy, que, de cara al público, lo rebautiza con su nombre definitivo: Astroboy. Tiempo después, el chaval vuelve a Japón con un tal Doctor Elefan, quien le construye una hermana, Uran. Y el resto se lo pueden imaginar: peripecias, peligros, aventuras y fantasías mil. Por cierto, los capítulos que en occidente no se llegaron a emitir fueron por causas de aptitud moral. Los contenidos de estos episodios no se consideraron edificantes para los niños de ojos redondos, por lo que fuera. Temas como la vivisección, argumentos en los que había que extraer los ojos de una imagen de Cristo crucificado, o escenas en las que salía un señor con su habitación forrada de fotos de culos y tetas, fueron rotundamente rechazados en Europa y América por incitar a la chavalería a enredar todo el día. Contó con un remake en los 80, y varios proyectos de largometraje, pero nos lo vamos a ahorrar todo, que tampoco es plan.

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Página del manga original donde se describen las virtudes de Astroboy, y lo polifacético de su personalidad cohete © Shōnen Kobunsha

Mientras, en la vida real la demencia parece no acabar nunca: aparecen helicópteros monoplaza; “ufo-belts” (el nombre me lo he inventado), ovnis pequeñitos para la espalda; coches con hélice, alas y timón (pero que volaban, eh); plataformas levitadoras propias de universos de Jack Kirby; cinturones-saltamontes, provistos de pequeños servo-motores que permitían al flipado saltar una barbaridad de metros… todo tipo de patentes inútiles para una vida fronteriza entre la ciencia-ficción y la realidad.

En 1955 da el demonio luz verde para uno de estos aparatos. El Hiller VZ-1, más conocido como «Pawnee», desarrollado desde 1953 por la empresa Hiller Aircraft para el ejército norteamerciano, bajo la supervisión de la llamada Office of Naval Research (ONR). Consistía en una plataforma con barandilla que despegaba verticalmente y llegaba a alcanzar los 10 metros de altura y los 26 Km/h. La idea era que se usara en una guerra futurible, como método de reconocimiento de zonas y para zapadores.

Las primeras pruebas llevadas a cabo fueron un completo éxito, pero el invento fue desestimado, porque no permitía una huida demasiado frenética que digamos, y exponía demasiado a su ocupante en caso de fuego enemigo. El proyecto militar del Hiller VZ-1 «Pawnee» fue cancelado, pero su tecnología se siguió investigando hasta nuestros días. En 1993, y más tarde, en 2008, volvieron a realizarse test con prototipos más modernos de estos engendros, esta vez pilotados por brazos robotizados.

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Instantánea a todo color, que certifica el éxito de las pruebas de vuelo del Hiller VZ-1 «Pawnee» en 1955 © Hiller Aviation Museum, San Carlos (California)

Apenas dos años más tarde, en una sala de reuniones del National Periodical Publications –el complejo empresarial editorial que hoy día conocemos como DC Comics–, se gesta el origen de otro famoso rocketman del mundo del noveno arte. El arqueólogo norteamericano trasladado al planeta Rann, Adam Strange que, armado con su pistola de rayos y su mochila propulsora, resucitaba el space opera a lo Buck Rogers y Flash Gordon.

Tras su paso por diversas publicaciones, pulp a más no poder, como Showcase (su debut, en julio 1958), Tales to the Unexpected o Mystery in Space (donde se mantuvo hasta 1965), el personaje fue pulido por su creador Julius Schwartz junto a Gardner Fox (creador de Flash y Hawkman), plagiando “un poquitín” los relatos de John Carter escritos por Edgar Rice Burroughs. Las fantasciencias de Adam Strange y compañera extraterrestre, la bella Alanna, tuvieron un calado tal, que el personaje se deja ver incluso en el universo DC de hoy en día.

“Supongo que John Carter estaba en mi subconsciente. Tenías que dar con alguna forma interesante de trasladar al personaje desde la Tierra al planeta Rann antes siquiera de comenzar a trabajar el argumento”.

Gardner Fox, 1984.

No se piensen que todo queda en el papel y la magia. En el arte de la guerra de este plano de la realidad, se seguirán elucubrando inventos infernales para hacer daño, todos monoplaza y aeronosecuantos, sin duda afectados por estas publicaciones de explotación. Los científicos militares de ambos bandos de la Guerra Fría eran personajes de (ciencia) ficción en la vida real, y a mucha honra. Y su catálogo de seres y estares, no tenía nada que envidiar al ostentado en las viñetas y la televisión. Ya les mostraré una buena ensalada en la entrega que viene, centrándonos más a gusto en lo que viene siendo el american way of life amenazado por el rojerío.

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Portada del número 90 de la revista Mystery in Space, publicación donde Adam Strange debutaría y desarrollaría gran parte de sus aventuras © DC Comics.

Vamos a terminar con otros personajes de papel que, al igual que Adam Strange, tuvieron una carrera de ficción, larga y de mentira. Ya hablamos en la anterior entrega de Rocket Man, y su mujer Jet Girl, un matrimonio de tebeo, gente cohete del superheroísmo. En la alocada década que nos ocupa, Cal Martin y Doris Dalton, por mor de un traspaso de propiedad, abandonan sus nombres para pasar a llamarse Tech y Patricia Carson, adquiriendo también un nombre de guerra como dúo, que supondría también el nombre de la nueva colección: Jet Zits.

En el 58, pasan a inscribirse en el Vault of Heroes, grupete de superhéroes de rigor. Ésta era una colección bastante extraña que jamás vio la luz en nuestra península y que en su país de origen, fue cancelado debido a las escasas ventas. Argumentando la inactividad de los protagonistas con una trama en la que permanecen –el grupo entero, no sólo los Carson– en una especie de sueño criogénico suspendido, o algo así –ya saben cómo es el mundo de los superhéroes de comic–. Serían «descongelados» años más tarde, así que ya volverán a saber de Jet Girl y Rocket Man.

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