No, señoras y señores, esta entrega no pretende hacer un ensayo comparativo sobre la española y el mondo jetpack. He tomado el título del clásico de Mariano Ozores para ilustrar entrega porque viene muy a huevo con los tiempos en los que nos habíamos quedado en la anterior.

La Guerra Fría, se llamaba así porque no llegó nunca a “caldearse”. Rusos y norteamericanos se atisbaban desde lejos, generando conflicto en el ámbito político, comercial, social/artístico e incluso deportivo; eso sí, sin llegar nunca –o, al menos, oficialmente– a las manos. La Guerra Fría era, pues, una constante búsqueda fingida del abridor de la puerta del coche, mientras se farfullan amenazas. El final de la Segunda Guerra Mundial se conoce que trajo consigo mucho estrés y mucho agobio, y el bloque oriental-comunista no se llevaba muy bien con el occidental-capitalista. Ambas superpotencias querían implantar su modus vivendi al resto del planeta, y tuvieron al mundo entero acojonadito.

01.GENTE COHETE IV
Hombre del espacio norteamericano, luchando contra el ateísmo soviético © apolloarchive.com

Eran tiempos de frenesí internacional. El espionaje de tebeo, con sus dobles agentes y su lavado de cerebro estaba más en auge que nunca en un planeta paranoide, con la industria armamentística dale que te pego, y la partición de Alemania, que venía a simbolizar la bipolaridad del mundo del momento. Asistimos por tanto a uno de los períodos de mayor histeria inventoril. Las naves espaciales, los refugios atómicos, un primitivo Internet… todo se inventa bajo el generalizado pánico nuclear.

La idea de colocarse una mochila a la espalda que te propulsara por el aire, que hasta ahora sólo existía en las novelas pulp, los tebeos sci-fi y las mentes perturbadas, pasaba ahora a acariciarse en serio. Se perseguía llevar este rollo de los cohetes al ejército, a fin de que los soldados yankees pudieran estar al loro en el momento en el que lloviesen bombas de los rojos –y supondremos que viceversa–. Aunque la idea en sí ya la llevaba acariciando el ruso Aleksandr Fyodorovich Andreyev 1919 (llegó a inventar un prototipo que jamás llegaría siquiera a patentar), fuero los norteamericanos los primeros en sacarle tajada a la elucubración.

Ya en las puertas de los 40, un señor americano llamado Thomas Moore experimentaba con la patente sin registrar de Andreyev; llegando a mostrar en 1952 un prototipo que llegaba a mantenerse él solito suspendido en el aire durante un rato. Lo de bajar ya… en fin. Pero las ansias por volar ya se habían desatado, y habían comenzado a brotar inventos demenciales. Como el De Lackner DH-4 «Aerocycle», la bici voladora de 1958. Un armatoste con manillar y cuatro sacos de arena en su parte posterior para “aterrizar bien”, que posteriormente serían sustituidos por una suerte de skies como los de los helicópteros.

Esta máquina infernal, como cantaban las Vainica Doble, llegaba a alcanzar los 120 Km/h, y era bastante estable, pero se desestimó para el campo de batalla porque necesitaba terrenos muy planos sobre los que descender, y esperar un rato a que se parase la hélice para no ser despedazado al apearse. Una mierda, vamos. Otra de tantas en un desparrame de creatividad bélica que crecería conforme avanzaba la amenaza roja.

02.GENTE COHETE IV
«¡Eeeeeeeeeeeee… quilicuá! ¡Ahí lo lleva, mi Brigada!»

También en 1958, los canadienses llegaron a sacarse de la manga un platillo volante –recordemos que estamos también en pleno fervor ufológico– para una persona, llamado Avrocar (sic.), que el ejército gringo llegó a adquirir. El Avro Canada VZ-9AV, comúnmente llamado Avrocar fue una aeronave canadiense VTOL (de despegue vertical) desarrollada por Avro Canada como parte de un proyecto secreto estadounidense. Dos prototipos fueron construidos como vehículos de prueba «de concepto» para ser el caza más avanzado de la USAF y avión táctico de combate del ejército yankee.

Se proporcionaba levantamiento y empuje al cacharro con un solo «turborotor«. El empuje del rotor fue desviado hacia fuera del borde del avión en forma de disco, para proveer el esperado funcionamiento VTOL. En el aire, esto se habría parecido a un platillo volador de los de toda la vida. Pero en pruebas de vuelo, el Avrocar demostró no haber resuelto los problemas de empuje y estabilidad. El programa terminaría cancelándose en el año más “calentito” para esto de lo rocket, en 1961.

Volviendo al 58, ha de salir a la palestra de nuevo la compañía Bell Aerospace (pueden repasar las entregas anteriores, si quieren). Estos caballeros andaban enredando entre comics de Buck Rogers y dinero para gastar en chifladuras, hasta dar con una suerte de mochila, igualita que las de la ficción, con tubo propulsores que eran capaces de sostenerle a uno en el aire. Pocos segundos te mantenía suspendido el aparato, pero –eso sí– podías descender con comodidad y sin quebrarte las piernas. Debido a estas características, fue presentado públicamente como Jump-Belt, no fuera a ser considerado en balde el concienzudo trabajo realizado. El mismo año, en Fort Benning, Georgia, otros dos tipos llamados Harry Burdett y Alexander Bohr saltaron con unos carpetovetónicos jetpacks a la espalda desde cierta altura, llegando a mantenerse en el aire alrededor de nueve segundos. En el 59 la fiebre cohete ocupaba portadas de revistas científicas y espacios televisivos de todos los pelajes, la cosa ya estaba caliente para que el gobierno norteamericano se terminara de flipar del todo…

Before free-flight tests, the Avrocar was flown with tethers, seen here in front and behind the aircraft, for safety reasons. (U.S. Air Force photo)
Tras varios tests de vuelo libre, el vuelo del Avrocar fue analizado con pruebas de vuelo con anclajes. Observen aquí a un controlador de vuelo, muy mosca, poniéndose a salvo del platillo volante canadiense © National Museum of the US Air Force

Y así, el 20 de abril –o un 8 de junio, que existen ambas versiones– de 1961, Harold Graham emerge de una nube de gases irrespirables levitando en el aire durante unos segundos, propulsado por una máquina extraña que llevaba fijada a la espalda. Wendell F. Moore y John K. Hulbert fueron los inventores del cacharro. Graham llegó a recorrer 34 metros en la que se considera la primera exhibición con público de un primer rocket-belt (textualmente, “cinturón-cohete” fue llamado el aparato). Repetiría la demostración, poco tiempo después, en el Pentágono, ante el mismísimo presidente Kennedy.

La Bell había jugado al póker y había ganado. El invento le reportó un contrato con el ejército, y en 1963 ya se había fabricado un prototipo del llamado Bell Rocket-belt, capaz de volar casi veinte minutos, aunque por lo visto provocaba un estruendo del demonio, causante de más de una sordera. En pocos años, nada menos que la NASA terminó contratando los servicios de la compañía y desarrollando el artefacto. Perfeccionaron la incómoda mochila y realizaron cambios para que los astronautas pudieran darse garbeos por el «negro inmenso» sin necesidad de estar anclados a la nave.

04.GENTE COHETE IV
Una página de revista con la noticia de la aparición del Jump-Belt (1958), un Bell Rocket-belt atronando al personal en la feria Worlds Fair Paleofuture (1964), y un modelo de fin de década, mucho más moderno. La ficción hecha realidad.

La fantasía se acababa de hacer real, el rocket-belt había aparecido en nuestro mundo, antes que en los tebeos, que aún seguían mostrando al héroe cohete como un personaje sito en otro planeta, en otro mundo, en el futuro… Pocos años más tarde, las páginas de los comics y las novelas de entretenimiento, las películas y los action-figures de los críos… el universo de ficción al completo comenzaría a irrigar personajes imposibles pero reconocibles. Gente cohete de lo más pintiparada, representando seductores superespías como James Bond, tiernas familias como los Robinson de Perdidos en el Espacio, guaperas de hollywood que se hacen superhéroes a lo Wonder Man, agentes secretos psicodélicos como el Nick Furia blanco… todos usuarios frecuentes de la mochila-cohete y sus variantes. Y ojo, que la vida real también comienza a darnos personajes del mondo rocket de lo más apasionante. Como el científico sideral, aventurero hombre de acción, Gene Shoemaker.

Eugene M. Shoemaker fue un astrogeólogo, descubridor de la coesita (especie de sílice formada bajo alta presión durante los impactos de meteoritos) de varios cometas a los que puso nombre y mente privilegiada en general. En un sitio muy raro donde pasaría la mayor parte de su vida, llamado Flagstaff, en Arizona, funda el U.S. Geological Survey (U.S.G.S). Allí dedica décadas a obsesionarse con el estudio de los asteroides que rodean la tierra y la latente amenaza que esto suponía. Fue, por decirlo de alguna manera, el pionero de la idea del “Apocalipsis desde el Espacio”. Este científico imaginauta trabajó para la NASA en proyectos espaciales con nombres tan de tebeo como Lunar Ranger o Surveyor y en el popularísimo programa Apollo, donde tutoraba a los astronautas haciéndoles volar con el rocket a la chepa, ya que era un experto en el manejo de estos engendros. Bueno, lo de este señor da para un artículo entero, porque predijo la llegada de un cometa, que impactaría en Saturno, nadie le hizo caso y luego… como en las pelis. En 1997, en el desierto de Tanami, al norte de Australia, Gene Shoemaker se pega una hostia con el coche y se mata. Dejó para el mundo toda una legión de hombres-cohete.

Y sí, se que he nombrado a muchos personajes del universo de mentira así, como muy de soslayo. No se piense que todo quedará en eso. Esas personalidades y su carrera cohetil serán desarrolladas en la siguiente entrega. Aguarden.

05.GENTE COHETE IV
Cada cosa, a su debido tiempo © 20th Century Fox Television, Columbia Broadcasting System (CBS), Irwin Allen Productions

 

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