El Presidente Kennedy, hace muchos años ya (lo menos 40 o 50), prometía a la ciudadanía que, por sus cojones y en menos de diez años, un americano iba a pisar la superficie lunar. Sin comerlo ni beberlo, los pérfidos soviéticos lanzaron su Sputnik 1 a las galaxias. La Guerra Fría se podía sentir en el ambiente, y los astronautas se convertían en los nuevos héroes de la chavalería, por encima de los jugadores de béisbol o la gente con superpoderes de los tebeos.

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Kolonel Keds and his exciting Bell Rocket Bell, era una colección de comics que perpetuaban en el colectivo juvenil, el hito del invento. Como todo producto de éxito, también contó con su actor de rigor, para que encarnara al personaje en los spots televisivos y asistiera a eventos varios, y sus clubes de fans con su correspondientes carnets (1965-1967)

Estamos en 1965, y los rocket-pack para la espalda de los astronautas en sus entrenamientos, eran la envidia platónica de la chiquillada. Por ahí, todo eran escafandras, cohetes, robots, maquinitas con lucecillas y papel alumínico. Aprovechando la moda, al productor Irwin Allen se le encendió la bombilla: una serie para la tele que vaya sobre el tema “viaje espacial”.

Y así enredaría todo lo posible hasta crear Lost in SpacePerdidos en el Espacio, aquí-. Empezamos fuerte: Lost in Space era la adaptación de un cómic llamado Space Family Robinson (1962-1982), que, a su vez, lo era de la novela de J.R. Wyss Los Robinson Suizos, inspirada en el clásico de Daniel Dafoe, Robinson Crusoe. El episodio piloto, el más caro en la historia de la televisión hasta el momento, producido por la propia cadena CBS, Red Skelton y la 20th Century Fox, sería emitido un miércoles 15 de septiembre. Lo mismo que el tebeo, la serie narraba las aventuras de una familia del futuro que viajaba en nave. Si no han visto nunca nada, se pueden imaginar una suerte de la segunda temporada de Los Mundos de Yupi (Antonio Torets, Ricardo Arias, Mario Moreno, 1988-1990), esa en la que viajaban al espacio y se perdían en un planeta, pero “medio en serio”. En realidad no se sabe muy bien qué movió tal mezcla de géneros, en plan postmodernista, pero la cosa viaja entre el drama y la comedia con mucha ligereza.

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Detalle de una portada de George Wilson para la colección de comics Space Family Robinson (1962), cuyos derechos fueron adquiridos por la CBS para la popular serie Lost in the Space (Irwin Allen. 1965-1968) © Gold Key Comics

El profesor John Robinson era el padre de familia, el hombre de la casa. En entregas pasadas ya hablamos de Buck Rogers y Flash Gordon porque, desde luego, el rollo rocket fue una bicoca para las cosas así como del espacio. Y, por supuesto, John Robinson era también un rocketman de los buenos. Entre cachivaches sónicos, biónicos, siderales y meganosecuantos, era de rigor ver al profesor con el Bell Rocket Bell a la espalda revoloteando por ahí. Era tan de rigor, que se exigía la mochila de papel del albal de marras para cada foto, cada publicidad o anuncio, cada muñeco o representación. La mochila que, en pleno futuro intergaláctico y cibernético, volaba por implosión, echando mucho humo y siendo conducida por un manillar. La mochila que todos creían que funcionaba de verdad. El actor que lo interpretaba, Guy Williams, había sido Will Cartwright en Bonanza (David Dortort, Fred Hamilton. 1959–1973) y Don Diego de la Vega “El Zorro” en El Signo del Zorro (The Sign of Zorro. Lewis R. Foster, Norman Foster, 1958) y la serie televisiva Zorro (Hollingsworth Morse, Charles Barton, Norman Foster, Lewis R. Foster. 1957-1961).

Por lo visto Irwin Allen quiso contar con la asesoría de gente de la NASA, y así fue durante una temporada; aunque, sinceramente, no sé para qué, porque las situaciones que se narraban en la serie se las traían. Todo era un compendio de bizarradas, como dice ahora la juventud, puras y duras. Se cuenta, en plan marujo-anedóctico, que Allen enseñó a Chris Craft -currela de la NASA- los diseños del vehículo espacial donde viajaría la familia. Craft flipó en colores y advirtió que dicho artefacto, de existir realmente, tendría problemas de aerodinámica importantes. Esa nave nunca podría volar. «Eso mismo se decía de sus cohetes hace cien años«, respondió Allen con sus dos huevos toreros.

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«…vamos todos con éeeeel, es la hora de imaginaaaaar… ¡Ya está aquí! ¡Ya llegó!» foto de rodaje de la serie de t.v. Perdidos en el Espacio (Lost in Space. Irwin Allen, 1965–1968) © 20th Century Fox Television, Columbia Broadcasting System (CBS), Irwin Allen Productions

El Júpiter 2, vehículo en que la family se perdía en el espacio, era capaz de resistir impactos de meteoritos en pleno vuelo sin reventar; los términos “científicos” que se utilizaban en los diálogos sonaban más a “meloestoyinventadosobrelamarcha” que las paridas de Reed Richards el de los 4F; jugaban al “póker galáctico”, padecían “enfermedades cósmicas” y cenaban “sopa espacial” -pero no de sobre, eh-; la peña salía a los planetas tan sólo protegidos por su traje de papel de envolver bocatas, sin escafandra ni nada… La NASA se piró del proyecto antes siquiera de que se empezase a rodar.

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Tanto los muñecos estos carísimos que sacan ahora, basados en cosas de la tele de antes, como las caritaturas de las publicaciones de humor, se hacen eco de la importancia del Rocket-Belt en el modus vivendi de esta familia © 20th Century Fox Television, Columbia Broadcasting System (CBS), Irwin Allen Productions

Francamente, la serie sólo puede disfrutarse si se toma totalmente a cachondeo, como le pasa casi a la mitad de la producción audiovisual mundial. A toro pasado, y obviando la ingenuidad del público de la época, resulta más que ejemplarizante revisar las temporadas de Perdidos en el espacio. El diseño de producción, en general, es sobrecogedor –jamás se volverá a hacer nada así en televisión– y la estética propia del momento, envuelve a la obra en un aire de fábula y fantasía magistralmente elaborado. Eso sí, la experiencia es más bien estética, no es para amantes del neorrealismo ni el documental, y tampoco es muy práctico fijarse en el dramatis artis; si acaso, como curiosidad, ya que se mezclan las técnicas Strasbergianas con el hacer de los actores pre-Actors Studio, y el britanismo engolado de Jonathan Harris, cuyo personaje acompaña a la familia no se sabía nunca muy bien para qué (pasto de mil chistes sobre pedofilia en numerosas obras postreras).

El argumento era también descombacante: en el lejano futuro de 1997 (¿se acuerdan de lo futurista que era todo cuando Ace of Base?), una familia, compuesta por el profesor, su mujer Maureen (June Lockhart), sus tres hijos, el comandante Donald West (piloto de la nave, interpretado por Mark Goddard) y el Doctor Zachary Smith (el británico pederasta), emprendía un viaje por el espacio a bordo de la Júpiter 2, todos en animación suspendida, en “tubos de criosueño” (sic.). El destino: un planeta supuestamente habitable, a unos 4,5 años luz de La Tierra. También les acompañaba un robot supercutre con la voz de Dick Tufeld, un engendro directamente fusilado de Robbie de Planeta Prohibido (Forbidden Planet. Fred McLeod Wilcox, 1956), de la misma manera que Los Mundos de Yupi plagiaron al de ésta.

Y sólo era el principio: en un capítulo, la familia viajaba a La Tierra de 1947, y unas hordas de garrulos del Michigan de entonces trataban de correrlos a pedradas… y, no se crean, todo degeneró aún más a partir de la segunda temporada. Hartos de luchar simplemente por su supervivencia, la familia Robinson se enfrentó a dragones, cruzados medievales, piratas, vikingos, pistoleros del Far West… incluso llegó a ocurrir que había capítulos en los que no salía ni el profesor Robinson ni su señora, dejando a los niños al cuidado del Dr. Smith quien, según pasaban los capítulos, era cada vez más gilipollas –tanto público como crítica terminó por odiarle–.

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En los primeros noventa, los españoles tuvimos nuestro propio Lost in Space © Televisión Española (TVE)

Además tuvo su censura castrense y todo, y el matrimonio de ficción nunca se tocaba demasiado. Una cláusula impuesta por la cadena exigía que las escenas en las que aparecieran dando muestras de afecto fueran eliminadas. Mogambo espacial, señoras y señores. Simplemente se miraban cachondos y se daban algún que otro abrazo. Vamos, que todo era una delicia para la atrofia.

En 1998, Stephen Hopkins, uno de los productores ejecutivos de 24 (Robert Cochran, Joel Surnow. 2001-2010), llevó toda esta mala fumada a la pantalla grande. Muchos recordarán la película, era aquella para la que los Apollo 4-40 reversionaron el inmortal tema de John Williams de la serie original. En Perdidos en El Espacio (Lost in Space. Stephen Hopkins, 1998) todo el posible encanto vintage que pudiera tener la versión televisiva, se perdía en detrimento de un producto infumable donde se trataba de dar rigor tecnológico y sostenibilidad dramática a todo este disparate. Salían Gary Oldman, cuando estaba “a verlas venir” y Matt Le Blanc, el que hacía de actor discapacitado en Friends, pero lo que es rocket-belt, ni p’a Dios.

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El actor Guy Williams, con su Bell Rocket-Belt de attrezzo, en una foto promocional de Perdidos en el Espacio (Lost in Space. Irwin Allen, 1965–1968) © 20th Century Fox Television, Columbia Broadcasting System (CBS), Irwin Allen Productions

En el mundo del llamado, con afanes intelectualizantes, Noveno Arte no me voy a detener demasiado, más que nada por espacio, para que no gasten la ruedecilla del ratón, porque la mies es mucha. Ya no solo se perpetuaban las aventuras del rocketman y la rocketwoman que fuera, si no que de vez en cuando se desempolvaba a Rocket Boy o surgían acá y acullá personas cohete casi de manera improvisada.

Sólo entre las páginas DC y Marvel, había gente-jet por un tubo, bien en forma de usuarios de gagdets adicionales, como el desopilante millonario Simon Williams, más conocido como Wonder Man, o bien –y sobre todo– personificados en forma de veterano de la Segunda Guerra Mundial (cuna de inventos locos donde las haya), de espía moderno o agente gubernamental con tarjeta black de disponible inagotable. Quizá el ejemplo mayor del mundo del comic industrial del momento, teniendo en cuenta la amortización del rocket-belt, sea Nick Furia, el superagente de S.H.I.E.L.D -siglas traducidas de mil y una maneras distintas, según se le ponga en los cojones al editor de Vértice, Forum o Panini-, una organización gubernamental que se dedica a espiar al personal, detener planes diabólicos de supervillanos y, de vez en cuando, putear un poquito al superhéroe que toque -a Hulk no le dejaban ni echar la siesta-.

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Viñeta de introducción de Rocket Boy, de la revista de tebeos Major Victory Comics (1945) © Major Victory Comics

Antes de que Furia fuese Samuel L. Jackson, por obra y gracia de la amenaza judicial, el personaje era un veterano de la WWII, la Guerra de Corea y Vietnam -¡órdago a grande!-, caucásico, con pelo y empedernido fumador de puros –hay un telefilme, con David Hasselhoff en el papel, para que se hagan una idea–. De las números etapas de sus colecciones, su saga más representativa, y posiblemente mejor, sea precisamente la de la década de los 60. Una lisérgia ye-yé, obra cumbre del pop en general –dentro y fuera del cómic–, llevada a cabo por el más que reivindicable Jim Steranko. En esas historias, Nick gastó mucho rocket-belt.

Pero para agente secreto de ficción, el requetemegafamosísimo James Bond, que también fue un señor cohete como Dios manda. Nada menos que en Operación Trueno (Thunderball. Terence Young, 1965), donde el galán se calza el aparato a la espalda para luchar contra el mal desde las alturas. En esta ocasión, le toca a Nassau ser el escenario de turisteo donde el superespía y galán se enfrente al malvado Emilio Largo, un perfidísimo cabronazo que pretende sumir al mundo en un holocausto nuclear. Como ven, no había huevos a poner a Bond matando rusos porque no estaba el horno para bollos, pero el tema del pánico nuclear de Guerra Fría estaba ahí bien metido.

En la cinta, los villanos omnipresentes de Spectra se proponen infiltrar en la base inglesa de la OTAN a uno de sus secuaces, y así birlar un bombardero Vulcan Vindicator (nombre molón, y amazinguísimamente sci-fi donde lo haya) equipado con dos bombas nucleares de las gordas. Lo consiguen, se hacen con las armas de destrucción masiva, y entonces negocian la tranquilidad del mundo a cambio de pasta. Spectra amenaza con destruir una ciudad de EE.UU. o Inglaterra si no le dan 100 millones de libras esterlinas. Llaman a Sean Connery y bla, bla, bla… tiros, peleas, explosiones, morreíllos, pijerío desbordado, machismo con charm, sarcasmo británico, homicidios casual, casquetes en off, ostentación burguesa, macarradas de la finas, etc. A 007 le tocará hacer de buzo, disparar y coitar con Dominó (Claudine Auger) y contra Fiona Volpe (Luciana Paluzzi). Se pega carreras, a pie y a motor, bucea en las cristalinas aguas de las Bahamas y vuela con su rocket-belt para escapar de un edificio. Completo, señora: tierra, mar y aire.

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«¡¡¡Vaaaaaaaaaaaaaaaamos, que nos vamos!!!» © Eon Productions

Y si hablamos del James Bond de Thunderball, ahora debería tocarle el turno a Don William “Bill” Suitor, el hombre que dobló a Connery en las escenas de vuelo propulsado del filme. Un rocketmán de la vida real, merecedor del apodo, con cuya obra y milagros ya nos extenderemos en siguiente fascículo.

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