¡Triqui-tri-trac! / ¡Zum-catacroc-cric-crac! / Soy la máquina infernal. / Nieta de un noble reloj, / de un reloj de oro de ley / y de una caja de música, / que se hacían el amor / en el palacio de un rey.

Vainica Doble – «La Máquina Infernal», 1973

A estas alturas pues de nuestra historia, las mochilas con propulsores para volar ya existen. Con algunas incluso se puede volar de verdad; poco, pero se puede. La gente ha visto a James Bond volar con uno de esos, en una película, sí, pero ahí había alguien que volaba. El invento se convertía en realidad, para ser utilizado en la mentira, pero ya existía.

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Las fabulosas ilustraciones de Frank McCarthy para el póster, ya prometían un James Bond todoterreno en Operación Trueno (Thunderball. Terence Young, 1965) © Eon Productions

Evidentemente, en los planos generales de aquella escena, cuando el aparato volaba de verdad, no era él quien conducía. Le doblaba William P. Suitor, hombre cohete principal y capital en esto de La Historia de la gente cohete. Y ojo, ojísimo, que ahora no estamos hablando de personajes de culebrón espacial operístico, con un cubo en la cabeza con dos ranuras p’a mirar. No, señor. Las hazañas de caballeros como el Sr. Suitor son cosas muy serias, porque son estos los rocketmen de verdad, los de este plano astral. La gente cohete de la vida real; tan real, como la suya propia, que se juegan en cada vuelo, volando colgados de un cacharro endemoniado de estos.

Bill Suitor contaba tan sólo con veinte primaveras cuando hizo de Sean Connery en Operación Trueno (Thunderball. Terence Young, 1965) y no se rompió nada en ninguno de los despegues, aterrizajes y paseíllos que se pegó durante el rodaje. Como tampoco se rompió nada en su dilatada, a la par que precoz, experiencia. Suitor era, desde una tempranísima juventud, miembro de la Bell Aerosystems Rocketbelt Flying Team, parte del Programa Lunar Apollo, y pionero en esto de hacer que el aparato de marras terminara de funcionar. Con su rocket-belt, realizó demostraciones alrededor de más de trece países de todo el mundo.

Desde finales de los sesenta, Suitor emplea su rocket-belt exclusivamente para espectáculos, cine y televisión. Así, doblaría a más de un personaje en la ya desgranada en la entrega anterior Perdidos en el Espacio (Lost in Space. Irwin Allen, 1965–1968), y en su homogénea en tono, pero de aventuras ye-yé, La Isla de Gilligan (Gilligan’s Island. Sherwood Schwartz. 1964-1967), en la que no acierto a adivinar –y no me atrevo a repasar– qué pintaba un hombre cohete.

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«-¡Hosssss… tiás! ¡Oye…! ¿Y si se tira por aquí el chavalín éste…? -¿Quién, Bill? -¡Eeeese! ¿Y si se tira Bill, en vez de yo?» © Eon Productions

Ya en los 70, amén de spots, videoclips, bodas, bautizos, comuniones, y demás material alimenticio que no merece la pena citar, el bueno de Bill también voló en más de un capítulo de la dantesca y siempre fresquísima El hombre de los seis millones de dólares (The Six Million Dollar Man. Dick Moder, Cliff Bole. 1974–1978), que no es que fuera un señor millonario, si no un hombre biónico que cuya “fabricación” costaba, precisamente eso, seis quilos de ala. También hizo de stunt, en un extraño juego de metaficción, en la teleserie The Fall Guy (Glen A. Larson. 1981–1986), en la que se narraban las aventuras de stunt performer que se mete a cazarrecompensas -¡toma ya!, eso eran series-. Metido en harina, y al igual que nuestra Ana Obregón, llegaría a participar en la mítica El Equipo A (The A-Team. Stephen J. Cannell, Frank Lupo. 1983-1987).

Justo en medio de estos locos ochenta, el destino trae a los USA el mejor de los escaparates posibles, un evento que cada cuatro años reúne a todo el mundo y alicata de billetes gordos al país afortunado en hacer de anfitrión: los Juegos Olímpicos. Aquel año, en Los Ángeles, los organizadores estuvieron entrenando durante un año a un águila (mascota oficial) para que revolotease sobre las cabezas de la crème de la crème asistente, yéndose a posar al acabar su show sobre una suerte de percha olímpicamente ostentosa. Pocos días antes de la inauguración (tóquese un pie) la rapaz muere. ¿Trajeron otro pájaro? no señor, lo sustituyeron por un rocket-man, que mola más.

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Bill Suitor con su rocket-belt, en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1984, ante las masas

En dicho evento, tuvo lugar la hazaña que convirtió a Bill Suitor en ídolo de masas. La gesta que hizo que usted o la madre de usted, o el portero de su portal, conocieran –al menos por unos minutos– a éste intrépido roquetmán, En las Olimpiadas del 84, Bill Suitor fue ese señor que, ataviado con un mono multicolor, sobrevoló el Coliseum de Los Ángeles propulsado por dos tubos de escape que se ramificaban desde una mochila enorme, tocada con sendas bombonas. La proeza sirvió como broche de oro para la ceremonia de apertura. Muchísimo mejor, donde iba a parar, que el águila.

Al ser una “fantasía real”, esto de lo rocket era buen material a amortizar en cualquier fábrica de sueños que se preciara. Estas “caricias” a lo futurible, mezcladas con floreciente de la industria de efectos especiales, hacían de los 80 una década especialmente chula para estos disloques en la ficción y el absurdo. O sea que, nuevamente, le debemos a la Factoría Lucas la perplejidad del respetable del momento, y el merchandising de pro. No obstante, el imaginauta de la papada opulenta acababa de hacer de nuestro, el espectáculo principal de uno de sus personajes más exprimidos. Un año antes de que Suitor sobrevolara el Coliseum, Boba Fett mostraba al público un jet-pack de sci-fi pura, con tintes retrofuturísticos, en El Retorno del Jedi (Star Wars: Episode VI – Return of the Jedi. Richard Marquand, 1983), antes de morir ridículamente. Sobre el kit volador de Fett y sus propiedades salvadoras se ha especulado mucho en el sordidísimo mundo de los fans de Star Wars, tanto que no nos debería de extrañar nada si se sirven de La Máquina Infernal, para traer al personaje de vuelta a la factoría.

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El actor Jeremy Bulloch, ataviado a la guisa de Boba Fett, con su nada práctico jet-pack a la espalda, antes de quedarse sin pistola de chichinabo en El Retorno del Jedi (Star Wars: Episode VI – Return of the Jedi. Richard Marquand, 1983) © Lucasfilm

Todo lo susceptible de espacial o futurístico, tenía que llevar su personaje rocket. Súmenle a esto la carga de cyberpunk, steampunk, retrofuturo, existencialismo post-apocalíptico… y demás subgéneros pertenecientes a la ciencia ficción que copaban la cultura popular juvenil del momento. Así, los ochenta fueron prolíficos en esto de las personas-cohete, y el cine nos dejó otro icono del género de acción imposible, y del arte así como de cachondeo: Fireball, el sicario rocket-man con lanzallamas de la imprescindible -para después de comer- Perseguido (Running Man. Paul Michael Glaser, 1987).

El germen: Stephen King, autor de la novela homónima sobre un futuro apocalíptico (como todos los buenos futuros) en el que la gente vive lobotomizada por un programa de televisión llamado Running Man, un demente concurso donde varios convictos cumplen su sentencia luchando por sus vidas contra gladiadores psicotrónicos que comen demasiada carne roja, y trampas mortales. La adaptación: Steven E. de Souza, guionista de clásicos variados del cine de acción de culturistas. La dirección: en principio, Andrew Davis (Alerta Máxima, El Fugitivo), que fue despedido antes de llegar siquiera al meridiano del rodaje. Continuaría el trabajo de realización, nada más y nada menos que Paul Michael Glaser, autor culpable de trapisondismos cinematográficos mil, aunque todo el mundo le recordará por ser Starsky, en Starsky y Hutch (Starsky & Hutch. William Blinn, 1975-1979)

El concurso éste del futuro consistía básicamente en correr como una mala bestia, para que no te echaran el guante los colegas del mundillo del wrestling de Schwarzenegger, y te masacraran a base de bien. Así, entre este circo de esteroides y sudor, había secuaces de nombre tan sugerente como Sub-Zero, Dinamo… o nuestro rocket-man: Fireball. Y Fireball estaba interpretado por un habitual de nuestras páginas, el ínclito Jim Brown. El personaje era un señor más bien mayor que se propulsaba por el aire con su mochila-cohete, vestido con mono blanco y gafas de soldador, y que atacaba a Arnold y María Conchita Alonso con el citado lanzallamas -un peligro, vamos-. Por supuesto, acababa requetemuerto. No voy a contar cómo, que igual hay alguien que todavía no la ha visto; cosa que dudo, porque esta película es como… no sé… Abuelo Made In Spain, que la echan mucho.

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Fireball (nuestro queridísimo Jim Brown) cargando con dos bombonas a la espalda, llenas de fuel para su rocket-belt y su lanzallamas, en dos fotogramas de Perseguido (Running Man. Paul Michael Glaser, 1987) © Braveworld Productions, Home Box Office (HBO), Keith Barish Productions
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Arnold, incapaz de asimilar la estética Space Opera Ochenter de Perseguido (Running Man. Paul Michael Glaser, 1987) © Braveworld Productions, Home Box Office (HBO), Keith Barish Productions

En el mundo del comic, habíamos dejado hibernando por bajas ventas al grotesco matrimonio volador formado por Rocket Man y Jet Girl, y es 1988 la fecha elegida para volver a probar suerte de nuevo con la publicación de nuevas aventuras de la parejita, resucitando al Vault of Heroes al completo, a ver qué pasaba. Entonces, Rocket Man y Jet Girl pasaron a formar parte de A.C. Comics, que, aunque aquí no se conozca ninguna de sus publicaciones, es una empresa de las más grandes en esto del noveno arte -por supuesto, nada que ver con la Marvel o DC-. A lo mejor, a alguno/a le suena de ver por ahí alguna portada de los tebeos de Roy Rodgers.

Desde que fuera revivida, Jet Girl gozó (goza) de más poderío y fama que su marido, desbancándose del todo de su yugo y pasando a ser una habitual colaboradora de la Femforce. ¿Que qué es eso? La Femforce es un grupo, fundado por Yankee Girl, sólo de superheroínas colmadas de sinuosas curvas, rostros angelicales –t’os iguales–, vientres cóncavos, cabellos indespeinables y lycras ajustadísimas.

Una excéntrica patrulla de prodigios humanos donde se dan cita mil y un disparates pseudopornográficos. No es raro pues, ver a mezclas de personajes que van desde el híbrido entre el Capitán América y Wonder Woman, mezclados con pistoleras a lo Far-West de verbena lentejuelera; viñetas de premeditado contenido semi-sadomaso; monstruos de la Universal arrancando ropa femenina; discursos feministas de resoluciones hiperviolentas… en fin, todo un culto a lo psicotrónico digno de ser recuperado.

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Prodigiosas portadas de Femforce, y unas viñetas con hostión especial del matrimonio rocket por excelencia © AC Comics

Cambiando de franja de edad, la línea juguetera Hasbro, que en plenos 80 estaban revitalizando el ya carca concepto de sus G.I.Joe, no podían ser menos en estos quehaceres. Así, nos dejan para el mundo del recreo y la ficción, la incorporación a las pérfidas filas de C.O.B.R.A., de otro rocket-man del universo del invente y la mentira: el muñeco Astrovíbora.

Aunque, cuando los padres del ayer hablaban de Astrovíbora deberían hablar más bien de Los Astrovíbora, por mor de no desmitificar la trama creada para las action figures, pues es un nombre génerico, y no el apodo de guerra de un personaje. Eran como el resto de peones de C.O.B.R.A. Como los horrendos Hydrovíbora, letales y escurridizos submarinistas; o los Víbora -a secas-, soldados rasos desechables de infantería, artillería, marina y aviación… pero “Astro”. Estos, concretamente, eran reclutas de las filas de los Cobranauts -tomen ya… cacao maravillao pre-púber-, dentro de los llamados Strato-Víboras; hombres reclutados para la causa chunga de C.O.B.R.A. “Algunos de ellos, intervenidos genéticamente para hacer de sus anatomías máquinas de resistencia ante las duras condiciones de trabajo a las que son sometidos, en estaciones orbitales y con vehículos de lanzamiento”, pone en el dorso del cartón donde venía el muñeco.

Los satélites que C.O.B.R.A utilizaba en sus espionajes diversos, suponían una intricada red de cotilleo para la organización terrorista. Y cada astrovíbora se encargaba de, rocket a la espalda, las manos en los mandos, reparar los cada vez más frecuentes estropicios, a fin de mantener en órbita al satélite y garantizar los High-G (alturas extremas de vuelo) del aparato -sí, sé que llevan un rato perdidos, pero no pregunten, toda la información la he sacado de la ficha del cartón-.

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Trading-card de Astrovíbora, de esas para jugar, y blíster del muñeco original de 1988, en cuyo dorso hay mucha información muy importante © Hasbro

 

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