En la década los 90 la cosa de lo rocket como elemento de fantasía se va agotando. El invento de la Bell Aerospace, la mochila con tubos de escape y manillar, el ya famoso rocket-belt, es una máquina de verdad que no deja de perfeccionarse y evolucionar. Las exhibiciones, muestras y machadas con uno de estos aparatos que vuela en serio y echa humo, ya es un show habitual en el Planeta Tierra. El Rocket-Belt, o mochila propulsora, en lo que se refiere al material de “el otro lado”, comienza ya a ser un recurso vintage en la ciencia-ficción y un cliché de retrofuturo y “caspaficción”. Casi venía ocurriendo ya en los primeros 70, no se crean.

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Viñetas sueltas de la edición española de las aventuras de Lance Blastoff, el que más amortizaba esto del rocket como máquina de matar © Norma Editorial

Buena muestra de ello, es el irreverente personaje de tebeo Lance Blastoff. Es el protagonista que además da título a una parodia del space opera de los comics de los 50 y 60, absolutamente llena de mala baba. Soberbio, mezquino, machista, faltón, sucio, cruel… creado y dibujado por el simpático fascistoide católico, Frank Miller. Un rocketman espacial, al que lo mismo se le puede ver vendiendo armas a unos alienígenas que pretenden esclavizar a una galaxia, que traficar con adorables marcianitos, ofreciéndolos como esclavos; en ambos casos, se dedicará a contar el dinero mientras espeta: “Lo que tú digas, amigo, quien paga, manda”. Sus aventuras fueron publicadas en un album que en España dio en llamarse Relatos Ofensivos (Tales to Offend), editado en 1997 “allí” y un año más tarde “aquí”. La edición española, incluye un relato de Sin City, La Hijita de Papá.

Lance Blastoff vive a caballo entre su nave espacial y un planeta habitado por humanos, marcianillos y dinosaurios. Y la obra al completo es una oda a las palabras feas, los peca’os y las cosas de faltar. Subversión pueril, gamberreo de derechas solo apto para gente de amplio sentido del humor, laude a la prostitución y el vicio, escatología sin pudibundez alguna, lenguaje soez e insolidario, menosprecio al medio ambiente, ponderación de la ingesta de carne roja de animales en vías de extinción, corrupción de menores…

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Contraportada de Relatos Ofensivos (Tales to Offend, 1997), con más consejos edificantes para la juventud de mano de Blastoff © Norma Editorial

Se mire por donde se mire, Lance Blastoff –“El Héroe favorito de América”, que reza un subtítulo en la primera viñeta de cada historia- viene a ser un tebeo sobre un hijoputa que vuela en rocket-belt de lo más recomendable. Adquiéranlo, que todavía se ven ejemplares por ahí de sus Relatos Ofensivos. Es muy finito, y barato.

Sin embargo, hay que retrotraerse hasta los años ochenta, para descubrir el génesis de uno de los personajes más paradigmáticos de este tema tan importante que estamos tratando. Un señor de la ficción, al que la mayoría de ustedes conocerán por sus trepidancias cinematográficas ya en los 90, aunque lo cierto es que también nació en el universo de tebeo. Me estoy refiriendo, por supuesto, al injustísimamente malogrado Cliff Seccord, Rocketeer. Una de esas exquisiteces que, de vez en cuando, se permite la cultura popular más naif y que, pese a todo su atractivo, acaban naufragando.

Cliff Seccord es un piloto de hidroaviones desempleado durante los albores de la Segunda Guerra Mundial, que se gana la vida llevando a cabo exhibiciones circenses de aviación. Cierto día, encuentra en su coche un prototipo del CIRRUS-X3, un cohete diseñado para llevar como mochila y poder volar. Un arma secreta del gobierno que los espías alemanes buscan incesantemente. A Cliff no se le ocurre otra cosa que utilizar el aparato de marras para ganar más dinero en sus espectáculos aéreos, con el que colmar de regalos a su espectacular novia Betty –en un claro homenaje, como bien deja ver su aspecto, a la pin-up de pin-ups Betty Page-; además de para perseguir a la chiquilla, muerto de celos, temeroso de que el bellezón le abandone por cualquier productor de Hollywood. Esa decisión le llevará a una vida llena de peligros y de econtronazos con los malvados nazis de rigor.

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Página de promoción, y primera aparición pública, de Rocketeer, anunciando su próxima publicación en el Starslayer nº 2 (1982) © Pacific Comics

El personaje fue creado por Dave Stevens, storyboard y concept-artist de cine e ilustrador experto en pin-ups que ya había tenido su experiencia en esto de la gente cohete –siempre en el terreno de la erótica– en publicaciones como Aliens Worlds. En estas, es requerido por la revista Starslayer, para crear un comic de fill-in; algo así como un tebeo de relleno, para acompañar la serie regular de la revista. El éxito en dichas páginas de detrimento propició que, en pocos años, Rocketeer tuviera serie propia, en una publicación nueva titulada Pacific Present. Stevens acababa, amén de cristalizar viejas obsesiones de infancia en un proyecto soñado, de crear al rocket-belt por antonomasia, en una obra cumbre del noveno arte que, si bien no cuenta nada profundo ni revolucionario, su pensado y cuidadísimo dibujo, lleno de referencialidades, y de un trabajo de arquitectura y figurinismo como no se había visto antes en el comic.

“La idea de que un hombre volara tan solo con un invento enganchado a su espalda me fascinaba ya desde mi juventud; es más, Commando Cody me tenía alucinado. Sin embargo, no quería quedarme estancado contando las mismas historias de marcianos, rayos mortales y naves espaciales. (…) dibujé unos cuantos bocetos, escribí un par de ideas y por fin conseguí crear una historia que no tenía mucha ciencia, pero tampoco se suponía que tenía que ser nada densa”.

Dave Stevens

El que se convirtiría tras su prematura muerte (en 2008) en uno de los ilustradores más sobresalientes de finales del pasado siglo, plasmó sus querencias y pasiones, algunas de las cuales ya se han tratado en entregas anteriores, en una obra tan sencilla como bella. The Rocketeer es el compendio de toda esta locura de fantasciencia de la que estamos hablando. Sin embargo, no cuajaron del todo-todo sus aventuras en ninguno de sus dos formatos.

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Páginas de ejemplo, para apreciar el meticuloso trabajo de Dave Stevens, remasterizadas en 2011 por Laura Martin © Norma Editorial

Después de dos números publicados, The Rocketeer tuvo que esperar más de un año para ver terminada su primera aventura, en octubre de 1984, en el especial The Rocketeer Special Edition# 1. La serie en papel tenía dos principales razones por las que no gustar: el nivel de lo gráfico era tan alto, que Dave tardaba lo indecible en sacar los nuevos números y la sencillez del guión estaba algo demodé, en tiempos en los que Alan Moore, el ya citado Frank Miller y Grant Morrison escribían algunas de sus mejores historias. Para hacerse una idea de las tardanzas del señor Stevens, baste de decir que en la segunda aventura del personaje, repartida en tres capítulos, vino a salir de esta manera: el primero en 1988, el segundo un año después, y el tercero en -agárrenseme los machos 1995- Sin embargo, los tebeos se leían y prestigiaban cada año. Lo cierto es que los ambientes y las atmósferas que envolvían al trabajo, espesadas con un aroma pulp de una majestuosa Norteamérica levantada en Art-Noveau, estaban magistralmente conseguidas. Y el mundo de caricaturas y referencialidad a las estrellas del Hollywood clásico es de guardar en vitrina.

En 1985, Danny Bilson y Paul de Meo, a la sazón guionistas del mundo del cinematógrafo, se interesan por adaptar el cómic en un proyecto para la Walt Disney Pictures.

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Cartel promocional de Rocketeer (The Rocketeer. Joe Johnston,1991) © Touchstone Pictures, Walt Disney Pictures

En un primer momento, The Rocketeer era un proyecto que iba a haber llevado al cine  Amblin Entertaiment, la productora de Steven Spielberg, junto a Universal Pictures. Antes de eso, United Artists también se mostró interesada, pero nunca se pasó de una primera toma de cafés. La película no vería la luz hasta años más tarde. Por aquella época, Disney comenzaba a recuperar al público infantil con sus pelis de dibujos, con cual recuperaba también la capacidad para reinvertir parte de esos beneficios en producciones de imagen real. Su filial Touchstone Pictures se la jugó con Rocketeer en el verano de 1991. Es esa que todos habrán visto en la tele después de comer mil veces -la que muchos conocen como “la de Timothy Dalton”-.

“Desde que empecé a dibujar siempre me imaginé que The Rocketeer era una película. Nunca me fijé en las palabras y las imágenes que hacía en el papel. En cambio, lo veía y lo oía en mi cabeza, por lo que, para mí, siempre fue una película”.

El propio Dave Stevens participó en el proceso de preproducción. Hizo storyboards y anduvo metiendo mano en el diseño de attrezzo y en la dirección de arte (poniendo especial énfasis en la talla del casco), siempre velando por la fidelidad para con el tebeo. El horror ante la pérdida de un sector de público familiar, la factoría del ratón Mickey no tardó en empezar con las arbitrariedades, los cambios que en el fondo son malas ideas y las censuras.

Mutilaron el personaje de Betty, pasando de ser una modelo que no tiene reparos en salir desnuda en revistas con tal de hacerse famosa –como la Page–, a llamar Jenny Blake, una actriz diletante, monjil y angelical (que interpretaría la bellísima Jennifer Connelly). Y edulcoraron el final como bien mandaban los axiomas del Pato Donald. A pesar de todo, Stevens encontró en el director de la cinta, Joe Johnston –al que ya conocía de una infructuosa entrevista para currar en los diseños de Star Wars–, un apoyo sin igual, que cristalizó en un producto de entretenimiento espídico, divertido y de gran factura.

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A la izquierda, la Betty original, del comic. A la derecha, la Betty Page real, la pin-up de revistas y películas de bondage en 8-mm © Norma Editorial

Con un producto que despertó las ansias de los entusiastas, con un gran reparto y medios, con buenas distribuidoras y una banda sonora de James HornerThe Rocketeer no fue el éxito de taquilla veraniego que tendría que haber sido por estrenarse entre Robin Hood, príncipe de los ladrones (Robin Hood: Prince of Thieves. Kevin Reynolds, 1991), y Terminator 2: El Juicio Final (Terminator 2: Judgment Day. James Cameron, 1991). Pasó entre ambos megahits como un amaranto en las pelis del oeste. Levantó un poco la cosa con el estreno en VHS –eran años en los que existía una piratería asumible, cuando la gente tenía algo más de consciencia–, y las versiones arcade –el éxito de The Rocketeer de NES, alargó la bicoca hasta una remedo para Super NES, años más tarde–.

En el año 2010, a la editorial IDW Publishing se le otorga el prestigioso Premio Eisner, en la categoría de Mejor colección o proyecto de recuperación de material: comic-books, por The Rocketeer: The Complete Adventures deluxe edition, editado por Scott Dunbier. Un tomo de casi 300 páginas, en color, y en blanco y negro, con todas las aventuras del personaje y 100 páginas extras con bocetos, diseños y trabajos del creador, inéditos hasta ese momento.

Un año más tarde, con motivo del veinte aniversario del estreno de la peli, IDW presentó una serie de cuatro números dedicada a Rocketeer y sus aventuras. Cada número está compuesto de historias autoconclusivas, con dibujos, guiones, colores y portadas de autores de la talla de John Cassaday, Mike Allred, Kurt Busiek, Dave Stewart y Laura Martin, Mike Mignola, o el mismísimo Alex Ross. Rocketeer Adventures, que así se llama la miniserie, también nace como un proyecto de IDW Publishing, para colaborar en la lucha contra la leucemia, la enfermedad que acabó con la vida de Dave Stevens, dado que gran parte de los beneficios de la venta de esta miniserie fueron destinados a The Hairy Cell Leukemia Research Foundation Inc.

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Tres fotogramas, y merchandising variado del filme © Touchstone Pictures, Walt Disney Pictures

El resto de ciudadanos-cohete del mundo fueron olvidados para siempre. El único que volaba con un mochila a la espalda, a partir de 1991, era Cliff Seccord, The Rocketeer.

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