Por fin se estrena en nuestra piel de toro, después de un recibimiento sobresaliente, por parte de crítica y público, en el último Festival de Sitges, Green Room (Jeremy Saulnier, 2015). La tercera y, de momento, última película del interesantísimo –este que escribe, confiesa que a su entender, de los que más de ahora mismo– Jeremy Saulnier. Un thriller hardcore en todos los sentidos del término. Pura narrativa visual, potente e inspiradísima, sustentada exclusivamente con ritmo y plástica; cine “en bruto” si usted prefiere.

Poster Green Room
Póster ochenter, punk y arcade para el estreno español de Green Room (Jeremy Saulnier, 2015) © Broad Green Pictures, Film Science

Este Jeremy Saulnier debutó, prestigiándose al mismo tiempo, en esto del cine terrorífico con la fresquísima y alocada Murder Party (Jeremy Saulnier, 2007), una fábula de horror donde unos artistas aspirantes a una beca preparaban macabras performances a costa de unos ingenuos secuestrados. Pero la magia absoluta llegó con la sobria Blue Ruin (2013), una historia de venganza y violencia, absolutamente atípica y de ritmo sorprendente, que trincó premios, secciones oficiales y galardones por all around the world, haciéndose con Premio FIPRESCI (Quincena Realizadores) en el Festival de Cannes 2013 y siendo nominada al Premio John Cassavetes en el Independent Spirit Awards 2014. Ambas cintas estaban protagonizadas por su amigo de toda la vida, el excelente y preciso Macon Blair, que también tiene un papel en Green Room. Y el propio Saulnier, que ya se había ganado las lentejas con tal oficio, se encargó también de la dirigir la fotografía y operar la cámara.

Con lo cual, el control sobre el material espurreado y el corte final, quedaba bastante afianzado. Las bocas que ha ido dejando abiertas por el camino que han llevado estos dos filmes, sobre todo el segundo, han permitido que ahora Jeremy Saulnier vuelva a tener el control, dejando las cosas asentadas para que pueda atenerse a un material preexistente un nuevo director de foto –Sean Porter, que debuta en el largometraje con esta cinta–. El resultado es atroz, pero atroz de bueno, “terrific!” que dicen los americanos.

Green Room es un extenuante thriller emocional, cargado de acción y violencia, claustrofóbico, pesadillesco e ingeniosamente retorcido. Un espectáculo de parque de atracciones al tiempo que, posiblemente, el trabajo más personal de un joven autor, nuevo y tan fresquísimo como su basto universo referencial. Cine punk, pero de una belleza comparable a su antecesora Blue Ruin (no, no se me ocurre ninguna broma con el parecido evidente de ambos títulos, qué se le va a hacer). Puede usted no gustar para nada del cine de terror y sustos, o ser de esos que van de insensibles ante la explicitud de lo violento en pantalla, que les va a dar igual. La Habitación Verde –este traducción del título me la acabo de sacar de la manga, eh, no me vayan a pedir entradas para La Habitación Verde– mantiene pegado, atrae e intriga, conecta o repugna, a todo aquel que decide darle una oportunidad. No se abusa de lo restringido, ni se aburre a nadie, al tiempo que lo que ahí se ve… ni parece normal, ni se ha visto antes, ni permite que uno se repantingue en el sofá o se dedique a los zollipos y la acidez post-postre. Green Room se ve senta’o bien recto, o si acaso, incluso de pie, royendo uña.

The Ain’t Rights
The Ain’t Rights, la ficticia banda de hardcore-punk que vertebra esta historia, dándolo todo © Broad Green Pictures, Film Science

El grupo de punk-rock que se nos presenta en la trama, The Ain’t Rights –algo así como Los Sin Derechos, que suena muy como de La Movida–, lleva ya mucha carretera chupada en el momento de arranque, en una gira rural muy larga y poco rentable. Son jóvenes de esos con edad insuficiente para abandonarse sin oponer resistencia, a la ausencia de criterio. De esos que prefieren la música en directo, la tecnología analógica y la libertad de contenidos en las letras, renunciando para ello a cualquier tipo de confort o debilidad burguesa. Lo que vienen siendo unos punkis, vamos.

Pues eso, que estos muchachos andan de pueblo en pueblo, ganando mal y tocando poco. Es por eso que no pueden rechazar ningún bolo, y así acaban en un club de punk rock perdido de la mano de Dios, cerca de Portland pero en medio del bosque. La peculiaridad que tiene el local de marras trasciende más allá de su bucólica localización: el sitio es una suerte de asociación de neonazis de la pradera, de aspecto desaseado y patibulario. Por supuesto, los punkarras no se pueden estar quietos y comienzan su show con el tema de los Dead Kennedys Nazi Punks Fuck Off. Así que la cosa promete convertirse en polémica, en confrontación política rústica. Pero el incidente desencadenante será otro; ya que, nada más acabar la charanga (por cierto, se agradecen las pequeñas píldoras. Para todo aquel no le guste nada el punk, los temas duran poco, no hay recreo) los Ain’t Rights se encontrarán con un fiambre reciente. Son los únicos testigos de un acto de violencia extrema en un bar de skinheads del mondo rural americano, así de crudo.

Green Room asedio
Una habitación insonorizada y sin ventanas de los camerinos de un local de skinheads, constituye la principal localización de la película © Broad Green Pictures, Film Science
Alia Shawkat
Alia Shawkat, que también se ha dejado ver en el otro gran hit del Sitges 2015 Las últimas supervivientes (The Final Girls. Todd Strauss-Schulson, 2015), lista para llenar de plomo a pitbulls y humanos en Green Room (Jeremy Saulnier, 2015) © Broad Green Pictures, Film Science

Comienza entonces el cachondeo. Un claustrofóbico asedio de casi hora y media, colmado de una tensión magistralmente definida y de una violencia como no se veía en tiempos. Gore escueto y sequísimo que agita e inquieta con una descripción, aunque para nada recreativa, sí explícita e impudibúndica; donde se perturba la ya de por sí el excitante suspense con armas de escasa munición, pitbulls desgarrando gargantas, golpes muy feos y estrangulamientos, y se despierta la aigmofobia del espectador a base de cuchilladas en serie, machetazos, cúteres de cuchilla retractil y trocitos de cristal de tubo fluorescente.

El reparto está para comérselo, con jóvenes actores, de esos que sólo hay en los USA –siempre he supuesto que por aquello de lo escueto de su historia, que ha hecho carecer de vicios y purismos a sus artes, siendo los mejores en el espectáculo– frente a unos cabezas rapadas, cachazudos y con rasgos de relajo mental, tan bien buscados que acojonan al más conservador. Y la enmudecedora participación de ese actorazo que tan pocas veces ha podido demostrar que lo es, tanto hacer de tutor de los X-Men y de encarga’o del Enterprise: Patrick Stewart. Este actor británico que envejece más despacio que el resto de los humanos, compone en Green Room un villano de tebeo mítico, señor de urbanización que regenta un garito de drogas y capitanea un comando neonazi clandestino. Un “jefe de los malos” vecinal y taimado, cuya personalidad se enfrenta a la que el público tiene (tenemos) del actor, dando lugar a un cabrón con pintas, dialogante y razonable, pero sin resquicios de compasión ni empatía. Un psicópata sin cliché alguno, pero también sin la recurrentísima “doble moral” o “cara buena” de la que tanto se tira para “enriquecer”. Éste Darcy –que así se llama el personaje– es, desde ya mismo, un malo memorable y, si no, al tiempo.

Green Room no tiene, desde luego, la melancolía poética de el discurso subrepticio que poseía Blue Ruin. Aquí la posible lectura política desaparece una vez ha quedado presentada la situación de encierro, desproveyendo al discurrir de discurso, olvidándose de la premisa dramática abstracta, para tirar tan sólo de premisa dramática concreta. No es un filme sobre la ascensión del nazismo en los entornos rurales azotados por la crisis, ni una reflexión sobre la pérdida de valores juveniles o la alienación generacional. No es nada que se parezca a ese ensayo angst y teen a partes iguales, facilón e ingenuo, American History X (Tony Kaye, 1998), ni a ningún otro «chonidrama».

Nazibar
El colegui de toda la vida del director, Macon Blair, junto al veterano Patrick Stewart. Los dos escuchando atentamente la interesantísima charla del barman nazi © Broad Green Pictures, Film Science

Qué va. Green Room es un thriller en la acepción escueta del término, sin adornos ni tramas secundarias desarrolladas, cuyos acontecimientos están sazonados tan sólo con ciertas dosis de comedia. Saulnier ha decidido marcarse su peli más personal haciendo un filme de esos donde un cineasta se juega el tipo. Si falla la tensión, si falla el ritmo o la medición del suspense… si se yerra precisamente en lo que tiene que ver exclusivamente con el oficio cinematográfico… no hay nada más. Así, Green Room es talento narrativo en estado puro. Si la cinefilia en usted es potente y entendida, no podrá quitar ojo de la pantalla; si, por el contrario, es usted de esos que va al cine para divertirse sin más curiosidad, quizá no sabrá porqué pero tampoco encontrará momento para ir al baño, ni segundo de relajación.

“El album de los Dead Kennedys Fresh Fruit for Rotting Vegetables fue realmente mi primera experiencia con el hardcore punk. Durante un viaje a través del país con mi familia en 1985, un amigo me dejó escuchar esa grabación. (…) sólo tenía disponible un casete con la banda sonora de Superdetective en Hollywood. Hice de tripas corazón y cubrí con cinta adhesiva los orificios de protección del casete y grabé el álbum. El hecho de que exactamente 30 años más tarde Green Room rinda homenaje a ese momento crucial de mi vida es algo extraordinario para mí.”

Jeremy Saulnier

Efectivamente, Green Room es punk. Ya se que el género punk no existe en cine como tal; pero, de haberlo, es éste. En la película de Saulnier, la acción, la violencia y la emoción van directas a las entrañas. La trama principal, de primordial urgencia, apenas deja respirar a las secundarias, que en ocasiones, ni pesan, ni existen, ni nada. El “noparar” de Green Room supone un ejercicio de atrevimiento propio –hasta ahora– de la ligereza que da la Serie B y el underground. Ya les digo, puro punk, pero del limpio.

Rodaje Green Room
Foto de rodaje, con (de izq. a dcha.) Anton Yelchin, Imogen Poots y Macon Blair esperando a que den «acción» © Broad Green Pictures, Film Science

Una pesadilla rústica de sensibilidad ochenter y slasher, que maneja los efectismos de reglamento vaya llevar al espectador por donde quiere. Cine donde pesa más el entorno, que la diégesis en sí misma. Donde los neonazis florecientes de nuestros días no suponen un tema a tratar, sino el impedimento madre, el antagonista etéreo, simplemente los malos, los leones, los orcos de esta pelea épica.

Green Room es de ese cine-trayecto, donde simplemente uno va dejándose llevar porque no le queda otra, y la conversación al salir de la sala no se basa en las ideas sugeridas sino en la excitación vivida. El doble looping mortal con tirabuzón, lleno de suspense y ansia, que supone su metraje, coloca al filme en la estela del mejor Walter Hill, y remite al clásico inmortal de Carpenter Asalto en la comisaría del distrito 13 (Assault on Precinct 13. John Carpenter, 1976) y a los límpidos desbroces que rodaba el mismísimo Howard Hawks. No se le puede pedir más pulso ni nervio, pero tampoco se puede medir mejor el ritmo, no puede irrigar nada más porque va a tope.

Este que escribe ya flipó en colores con un pase el pasado Sitges. Así que, esta segunda vez, he podido degustarla sin sobresaltos ni sorpresas porque ya sabía qué pasaba. Y me ha encantado comprobar dos cosas. La primera: que su timing y sus recursos narrativos son, efectivamente, como los engranajes de un reloj de los pequeños, y que pienso seguir la carrera de este Jeremy Saulnier con más ahínco que mi padre la Vuelta Ciclista. Y dos: que con el público “normal”, ajeno a la devoción y las ganas de risas del público fantasticgórico del Festival de Sitges, vibra con la cinta en completo silencio –tan sólo se oía algún resuello femenino y algún “¡hostia!” de señor mayor–, independientemente de lo poco que después comentara que le haya gustado. Servidor mismo, que ya no se cree nada de nada y es de los que se fija en el efecto del palio sobre el decorado mientras los demás lloran, reconoce que sintió dentera con alguna que otra agresión, tanto en la costa catalana, como en el pase mañanero madrileño.

Grupo de nazis
Nazis nunca más © Broad Green Pictures, Film Science

Siempre estoy recomendando. Lo cierto es que nunca les digo “no vayan a verla”, porque trato de analizar juzgando lo mínimo posible. Y Green Room es un filme que puede llegar a desagradar a quien no le hagan gracia las burradas. Con lo cual, ya no se qué hacer. Eso sí, si fuera profesor de dirección y/montaje, y ustedes mis alumnos, irían obligados. De la oreja, si hace falta.

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