Ya hemos ido viendo, a lo largo de las entregas de esta nuestra serie, lo que da sí el stop motion. Y por supuesto, sólo hemos visto –y veremos– una pequeña parte del total porque, evidentemente, todo no cabe. Hemos visto incluso como, gracias en parte al empeño resucitador con éxito rotundo del Sr. Burton –entrega anterior–, esto de la animación fotograma a fotograma ocupa el podio de la producción cinematográfica, como una del Brad Pitt o del Mario Casas. Si la animación convencional ya era considerada como simiente de éxito, más allá del público infantil, los filmes de stop-motion no sólo abrazan esta amplitud de target como un Pixar cualquiera, sino que han servido como herramienta de narración y plasmación de, ya unos cuantos, artistas contemporáneos del cinematógrafo.

The Boxtrolls. Graham Annable y Anthony Stacchi, 2014
Los Boxtrolls (The Boxtrolls. Graham Annable y Anthony Stacchi, 2014) no nos narra nada nuevo ni excepcional, pero lleva el stop motion un peldaño más arriba, con más de 80 personajes en 50 escenarios distintos © Laika Entertainment

Lo primero de todo, más que excusar, es indicar que acabaremos esta serie sin nombrar apenas a Wallace, Gromit, ni ninguna de las criaturas de claymation de la británica Aardman Animations. La Aardman no sólo tiene la serie y películas de Wallace y Gromit, o La oveja Shaun. Sino otros hits como Chicken Run: Evasión en la granja (Chicken Run. Peter Lord, Nick Park, 2000) o ¡Piratas! (The Pirates! Band of Misfits. Peter Lord, Jeff Newitt, 2012), y trabajos de todo tipo como videoclip, spots publicitarios, etc. Seguro que desarrollamos una entrega nueva en un futuro, sobre estos muchachos ingleses. Algo nuevo sacarán de necesaria mención y se podrá adherir el artículo a la serie, como se ha hecho otras veces.

Lo segundo, más que explicar, es aclarar qué es eso de “lo indie”. Si bien es verdad que en el terreno de lo musical aún no me ha quedado nada claro, en la farragosidad de catálogo del cine resulta poco menos que imposible. Cuando estaba de moda el llamado Cine independiente americano, a mediados de los noventa, parecía que era el exiguo presupuesto lo que determinaba el carácter indie de la cosa. Quedaba claro con películas como Kids (Larry Clark, 1995) o Clerks (Kevin Smith, 1994), pero cuando el productor de la supercarísima El paciente inglés (The English Patient. Anthony Minghella, 1996) se refería a su peli como “cine independiente” ya nos quedábamos todos ojipláticos y enfurruñados. Era, por tanto, la exclusión de los círculos de las majors y “la industria” lo que determinaba la condición de “indie”, y no el dinero gastado en la cinta (recordemos que Miramax todavía no era “International”, ni había sido comprada aún por la Disney).

Y me meto tanto en cosas de pasta y panoja porque, bien es cierto, que los filmes construidos a base de ésta nuestra técnica, La Técnica, no son precisamente baratos, que se diga. Y, sin embargo, el que más y el que menos, casi todos pueden ser considerados como producciones independientes de los grandes estudios, caprichos de “especialito” que luego han terminado respaldados por el éxito de taquilla. Producciones que requieren tanto o más dinero que el cine convencional, y muchísima más paciencia y tesón, pero que se han erigido como reductos donde volcar los anhelos creativos y las ínfulas artísticas más exclusivas.

Anomalisa (Charlie Kaufman, Duke Johnson, 2015)
Los muñecos de Michael y Lisa, protagonistas de la desconcertantemente bella ‘Anomalisa’ (Charlie Kaufman, Duke Johnson, 2015), siendo animados yacientes en una cama de hotel © Starburns Industries

Un ejemplo de esto que estamos hablando, que aúna los conceptos “independiente del mercado” con “caro de narices” es la compañía estadounidense Laika Entertaiment, que nació ya con la directriz de especializarse en stop-motion. Tras un montón de spot y trabajos alimenticios de todo género y naturaleza, la Laika se lanzó al largometraje, contratando al ínclito Henry Selick –¿se acuerdan?– para dirigir Los mundos de Coraline (Coraline. Henry Selick, 2009), basado en los terroríficos relatos del también ínclito a rabiar Neil Gaiman, inspiración más que suficiente para sobrepasar los niveles técnicos de la animación frame a frame. Que es lo que tiene La Técnica, que es un campo del cine que no deja de crecer, de adaptarse, mutar e innovar.

$9.99 (Tatia Rosenthal, 2008)
La impúdica e incorrecta coproducción entre Australia e Israel, inédita en nuestro país, ‘$9.99’ (Tatia Rosenthal, 2008). Puro cine indie con actores de plastilina con las voces de Geoffrey Rush, Anthony LaPaglia y Claudia Karvan, basado en las historias cortas de Edgar Keret © Lama Films, Australian Film Finance Corporation (AFFC)

Laika Entertaiment encontró en Coraline un éxito rotundo y, desde entonces no ha parado, siempre metiéndose en los berenjenales más complicados e innovadores. Al poco tiempo estrenó la socialmente crudelísima El alucinante mundo de Norman (ParaNorman. Chris Butler, Sam Fell, 2012), nominada al Oscar a la Mejor Película de Animación y, otro par de años más tarde, la escandalosa Los Boxtrolls (The Boxtrolls. Graham Annable, Anthony Stacchi, 2014), todo un auténtico alarde de técnica y plástica, que adapta el Here Be Monsters! de Alan Snow para situarse en el panorama como una de las películas capitales en este tema que estamos tratando, que es muy serio y muy de arrugar la frente. Kubo y las dos cuerdas mágicas (Kubo and the Two Strings. Travis Knight, 2016) ha sido el éxito más reciente de la compañía que, de “indie”, como les contaba, tiene ya poco.

Las querencias, esperas y condiciones especiales que constituyen toda obra de stop-motion, convierten a la misma en un objeto especial, alternativo o bien arriesgado. No cuesta nada, por tanto, reservar tal obra para que las características del contenido sean también adláteres a lo comercial, foco de inspiración para artistas de vanguardia –como ya hemos visto con los checos–, o bien fuente de desarrollo para temáticas poco tratadas por el cine convencional. En pocas películas pueden verse tratados temas como la muere, el sexo, el consumismo, la especulación, el amor… y, como en este tipo de filmes, curiosamente, no tienen nada de baratos. Ese concepto de «adultez» al que se aferran los consumidores de Pixar de menos bagaje cultural, sí encuentra en este tipo de producciones la justificación a la palabra «adulto». Filmes como $9.99 (Tatia Rosenthal, 2008), y algún otro que nos queda por ver, son filmes de animación para adultos, y no filmes de animación para niños con paja de relleno para que el papá no se aburra.

Los mundos de Coraline (Coraline. Henry Selick, 2009)
Coraline Jones, la protagonista con voz de Dakota Fanning de Los mundos de Coraline (Coraline. Henry Selick, 2009). Tan currada que parece «hecha por ordenador» © Focus Features, Laika Entertainment, Pandemonium

El cine de stop-motion evoca a algo tan molón y tan in que ninguno de los artistas del cine que viven bien puede resistirse a formar parte de él. E incluso figuras antes tan marginales y demodé como los marionetistas –»titereros» o «titiriteros», que se han llamado toda la vida–, son ahora reputados profesionales requeridos por el personé, como Andy Gent (Frankenweenie, Fantastic Mr. Fox), que articula muñecos mejor que nadie.

Sin siquiera salir del año 2009, nos encontramos con tres de las mayores joyas de este mundo que les desarrollamos: la ya mencionada Los mundos de Coraline, pero también Fantástico Sr. Fox (Fantastic Mr. Fox. Wes Anderson, 2009) y la inédita en España Mary and Max (Adam Elliot, 2009). Tres filmes que sirven como podio ejemplificador de lo que viene siendo el stop motion en sí mismo. Magia pura que queda ya como rasero con el medir al resto de filmes de esta guisa.

Fantastic Mr. Fox es una adaptación de un cuento infantil de Roal Dahl –por cierto, también adaptado en otra obra cumbre, de la que ya hablamos, James y el melocotón gigante–, sobre una familia de zorros rojos y sus vecinos alimañas enfrentándose a los granjeros. Aunque su fuente de inspiración capital también es la obra de Starévich, que ya les desarrollamos. Y en concreto El cuento del zorro (Le roman de Renard. Vladislav Starévich, 1930), a quien Anderson reconoce rendir tributo y pleitesía con su Mr. Fox, a quien, por cierto, pone voz el lacónico George Clooney. A él se suman las voces de Meryl Streep, Bill Murray, Willem Dafoe, Owen Wilson… En fin, que una vez más, queda difusa a rabiar la línea entre lo indie y lo que uno no se puede permitir. Fantastic Mr. Fox es libre, fresca, tan densa como rendir tributo a un ruso de los antiguos, tan indie como para adaptar a Dahl en forma de comedia de enredo cáustica y social, muy a lo Wes Anderson… y, al mismo tiempo, una de sus superproducciones que de “indie” no tiene un pelo.

Fantástico Sr. Fox (Fantastic Mr. Fox. Wes Anderson, 2009)
El fantástico Señor Zorro y su imponente pandilla en Fantástico Sr. Fox (Fantastic Mr. Fox. Wes Anderson, 2009) © American Empirical Pictures, Blue Sky Studios, Indian Paintbrush, Twentieth Century-Fox Film Corporation
Fantástico Sr. Fox (Fantastic Mr. Fox. Wes Anderson, 2009)
Wes Anderson, colocando bien la estantería de la cabecera de su cama que, con t’os esos muñecos llenos de pelo, coge una de mierda… © American Empirical Pictures, Blue Sky Studios, Indian Paintbrush, Twentieth Century-Fox Film Corporation

Interesante es la sinopsis de Mr. Fox, donde el astuto zorro Clooney vive felizmente con su familia hasta que, seducido por su pasado de intrépido ladrón, comienza a robar de nuevo a las granjas vecinas, es descubierto y los granjeros deciden darle caza a él y a su mujer e hijos. Pero más interesante aún es lo que nos narra la insólita –e inédita, aquí en Paletolandia– Mary and Max (Adam Elliot, 2009), donde se nos cuenta la relación epistolar entre una niña solitaria de Australia, y un señor americano aquejado de síndrome de Asperger.

Philip Seymour Hoffman y Toni Collette otorgan voz a Max y Mary, respectivamente, en una fábula sobre la amistad, la soledad, el perdón y la enfermedad ante la que es prácticamente imposible no acabar llorando a moco tendido. Mary and Max es un ternísimo filme, emotivo y sorprendente, que, si bien podría estar contado con actores y usos convencionales, se narra en stop-motion por mor del decoro y la belleza. Su realizador, Adam Elliot, es un habitual de La Técnica, ganador de un Oscar por el cortometraje Harvie Krumpet (2003), de todo punto imprescindible para el amante de estos haceres. Enormemente imaginativa, inteligente y sutil, Mary and Max es una historia para personas maduras sobre las disonancias de la vida, tan repentinas como dolorosas. El mejor tratado sobre una peculiar amistad que si bien no tiene final feliz te emociona sin parar. Y, si bien es cierto que la elección de la stop-motion como elemento de narración es fortuito, también es verdad que el trabajo de animación en plastilina es maravilloso, vivaz y lleno de detalle.

La stop-motion es tan poco necesaria en esta historia, como lo es en la imprescindibilísima Anomalisa (Charlie Kaufman, Duke Johnson, 2015), el segundo trabajo como director del inclasificable Charlie Kaufman tras Synecdoche, New York (2008). Kaufman, conocido más por su labor de escritor, autor de los guiones de las pelis de Gondry –Human Nature (Michel Gondry, 2001) y ¡Olvídate de Mi! (Eternal Sunshine of the Spotless Mind. Michel Gondry, 2004)– y de las de Jonze –las interesantísimas Cómo ser John Malkovich (Being John Malkovich. Spike Jonze, 1999) y Adaptation, el ladrón de orquídeas (Adaptation. Spike Jonze, 2002)–, no abandona aquí su personal visión del mundo, devastadora y existencialmente angustiosa. En este filme, Kaufman factura su obra más sencilla y lineal, sin sacrificar ninguna de sus preocupaciones temáticas, y despertando una ternura más a flor de piel que ninguna de las anteriores.

Mary and Max (Adam Elliot, 2009)
Fotograma de la lacrimógena y ternísima Mary and Max (Adam Elliot, 2009) © Melodrama Pictures

El personaje protagonista, al que hacer hablar David Thewlis, es un aburrido motivador profesional que, cuanto más ayuda a la gente, más monótona y anodina le resulta su vida. Todo el mundo le parece y le suena igual, hasta que un día conoce a una chica llamada Lisa (Jennifer Jason Leigh), cuya voz le suena diferente a la de los demás. Poco más les cuento, que luego se estropea la cosa. Tan sólo reseñar que este filme –nominaciones aparte– arrampló con los más importantes premios en festivales de todo el mundo, tanto de animación como de “no animación”.

Kaufman vuelve a recordarnos con Anomalisa el maravilloso don que tiene para convertir la angustia existencial en historias deliciosamente extrañas. Desconcertante, ansiolítica, acongojante y desnuda, el filme transcurre prácticamente en su totalidad entre los pasillos de un hotel, en una narrativa visual clásica de espíritu realista. ¿Es necesario pues el “marioneteo”? Sí, si uno quiere llevar a cabo tal fábula, sirviéndose de unos muñecos animados que funcionan como perfecta miniaturización de la complejidad humana, constituyendo su visionado en una experiencia reveladora, desconcertantemente vívida, e imposible de quitarse de la cabeza. La mera existencia de Anomalisa es un pequeño milagro: desde la campaña de crowdfunding que la hizo posible, a la delicada manera con la que uno le pilla desprevenido entre una buscada banalidad aparente, convirtiendo una anodina noche en algo cálido, humano y muy muy tierno, tan cachondo como deprimente.

Anomalisa (Charlie Kaufman, Duke Johnson, 2015)
La prestigiadísima actriz Jennifer Jason Leigh da voz a Lisa, mientras que David Thewlis hace otro tanto por Michael, ambos protagonistas de la brillante Anomalisa (Charlie Kaufman, Duke Johnson, 2015) © Paramount Pictures

‘Anomalisa’ supone el mejor ejemplo para dar colofón a nuestra serie. El filme, de ser “normal”, seguramente habría terminado en un filme obvio y pretencioso. Es su propia forma, construida mediante La Técnica, la que termina transformándola en un producto distinto, delicado, donde la alegoría de la “imitación a la vida” se transforma en un fin en sí mismo. “Imitar a la vida”, ¿no es en definitiva lo que pretende el cine?

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