Este viernes, el día de estreno de las películas normales –que las cosas más láser se estrenan cuando les da la gana–, llega a nuestras salas la última película del director danés Thomas Vinterberg, que vuelve a recurrir a sus habituales preocupaciones, a la sazón las relaciones sociales y la vida en comunidad, en un filme de todo punto autobiográfico: La Comuna. Un drama de esos que rozan mucho la comedia, ambientado en la Dinamarca de los 70, donde el grupo de amigos al que alude el título decide convivir con la ilusión y la inquietud de experimentar un modo de vida de todo punto alternativo al conocido.

La comuna (Kollektivet. Thomas Vinterberg, 2016)
Póster de la película en su danés original © Zentropa Entertainments, Danmarks Radio (DR), Det Danske Filminstitut

Y decía que era un planteamiento de lo más autobiográfico no porque esté basada en una obra de teatro homónima (Kollektivet), de la que el propio Vinterberg es autor; sino porque él mismo vivió en sus carnes lechosas lo intempestivo de la convivencia promovida en la película. En una comuna vivió el danés con sus padres, que por allí la gente nos lleva mucho en modernidad, desde los siete hasta los diecinueve años. Él guarda un recuerdo de lo más bucólico, claro que sí:

«Una época loca, maravillosa y fantástica»

Un punto de partida de lo más tierno y precioso, un parangón de fiabilidad ante la verosimilitud y cercanía de lo expuesto que, por otra parte, este caballero nórdico retratará a las mil maravillas, con su buen saber hacer y su enérgico punch visual. Lástima que, no se sabe muy bien por qué, luego no haya sido así. Y sorprende que haya sido este proyecto, en el que Vinterberg, abandonadas de todo punto las chaladuras de juventud, ha estado arropado por sus habituales más talentosos para el que posiblemente sea su proyecto más personal. Sin embargo, La comuna (Kollektivet, Thomas Vinterberg, 2016), lejos de aturdir, no trasciende. Se podría decir que la idea es buena, el discurso nada desdeñable, la cinematografía óptima (por momentos, incluso colosal), y que, sin embargo, la cinta rueda pero no despega del suelo –¡tomen ya, ensalada de metáforas a discreción!–.

Cada vez más serio, el chaval menos cantamañanesco de la patulea del –gracias a Dios fenecido– Dogma 95, y aunque de irregular filmografía –¿y quién no?– mucho más ducho que sus coetáneos, lleva ya años dejándose de cuentos y haciendo cine del trabajado. Así que, entre otros cracks, como el director de fotografía Jesper Tøffner –que, aunque joven, es todo un máster en la técnica todoterreno, venido de la publicidad y la televisión–, Vinterberg ha vuelto a contar con la colaboración de Tobias Lindholm para el guión, con quien ya escribiera los libretos de la interesante Submarino (2010) y la magistral La caza (Jagten, 2012).

La comuna (Kollektivet. Thomas Vinterberg, 2016)
Anna y Erik, los protagonistas de La comuna (Kollektivet. Thomas Vinterberg, 2016), están interpretados por Trine Dyrholm y Ulrich Thomsen, habituales en el cine de Vinterberg © Zentropa Entertainments, Danmarks Radio (DR), Det Danske Filminstitut

Vinterberg y Lindholm abordan los inicios y los fines de las relaciones sentimentales, la contraposición entre las elecciones particulares y las grupales –mucha mano alzada hay en esta película–, el concepto de propiedad privada y el resto de obligados temas que tal premisa procura en un guión raudo y de lo más disco, con un discurso limpiamente expuesto que defiende el poder del individualismo, incluso dentro de círculos afines al colectivismo. Cargado, sin embargo, de “efectismos” que, de leves, llegan a evidenciarse, el guión cae sucesivamente en lo inverosímil, en una “venta” desesperada de lo planteado. No cae en «el cuento», ojo, pero sí en la convencionalidad.

La comuna (Kollektivet, Thomas Vinterberg, 2016) nos presenta la vida de Erik, profesor de arquitectura de muy buena familia y heredero de un viejo caserón en el norte de Copenhague. Aunque burgués, Erik es muy progre porque la acción se sitúa en los 70, así que, lejos de ver un marrón de papeleo inescaqueable, encuentra en su herencia parental una oportunidad de oro para alejarse del aburrimiento que le rodea y avivar su matrimonio. Ni cortos ni perezosos, Erik y Anna, los pijos ye-yé, montan una comuna de esas de anarco-intelectuales, que diría Millán Astray. Unos cuantos colegas de ambos sexos se instalan en la mansión y allí se comienza a instaurar una suerte dictadura asamblearia, donde hay que votarlo y discutirlo todo, de padre y muy señor mío.

La comuna (Kollektivet. Thomas Vinterberg, 2016)
La instantánea del prestigioso foto-fija Christian Geisnaes más célebre del filme que sirve de base para el póster, con la comuna protagónica al completo © Zentropa Entertainments, Danmarks Radio (DR), Det Danske Filminstitut

A esta convivencia de “mírame y no me toques”, frágil como el cristal más caro, le aparece una brecha atroz, llena de grietas pequeñitas, cuando la joven Emma, alumna de Erik, aparece en escena. Enamorarse el arquitecto de la chiquilla y meterse ella también a vivir en el caserón es todo uno. Y no les cuento más, que con este cuadro ya se pueden imaginar el panorama…

Pues, sin embargo, aunque se plantea hot-hot-hot, el filme naufraga por momentos a pesar de la gracilidad de su guión, y acaba “en bolas” a pesar de su elaboradísima producción, y de esa fotografía llena de grano, que no por efectista es menos espectacular y adecuada. Las situaciones casi de todo punto inverosímiles abundan, inundando a los propios personajes; y la búsqueda del impacto, si no crispa, desde luego cansa y hace que, el espectador alejado de la contemplación, merme considerablemente su afinidad para con lo narrado.

Resulta irónico que un filme con este discurso se fundamente más en la fe, que en la verosimilitud. En el cómodo “dejarse llevar” de las películas mal hiladas, cuando ésta no lo está para nada. A pesar de un innegable poder de absorción y de otro montón de cualidades, que igual se piensan que salí cabreado del pase, a esta cinta le faltan sucesos. Y la búsqueda de los mismos, digamos que no ha sido muy fructífera.

Una oportunidad que apuntaba el regreso de quien a demostrado en más de un ocasión ser un gran director, a un terreno peliagudo, delicado, personal, intransferible y doliente. Y, sin embargo, cuesta mucho encontrar en ella cualquier atisbo de alma; que no digo que no la haya, ojo ahí. Haberla la habrá, algo sincero flota y subyace, y será el alma del director –que para algo vivió a lo “jipilondio” cuando era pequeño– sin duda, pero cuesta encontrarla. Ésta termina salvándose, a ojos del moralizador de turno con algo de escrúpulos, tan sólo por su descarada y sincera ingenuidad, con la que nadie se puede enfurecer. Eso sí, no merece la pataleta pero viene con el olvido impuesto de serie. Es de esos filmes cuya premisa dramática abstracta termina convirtiéndose en anécdota morbosa pasajera.

La comuna (Kollektivet. Thomas Vinterberg, 2016)
Este plano –como los demás del artículo, ¡qué diantre!– sirve para ilustrar, infinitos puntos de luz para justificar y tensión por aberración mediantes, lo lejos que está Vinterberg de su Dogma 95 © Zentropa Entertainments, Danmarks Radio (DR), Det Danske Filminstitut

Lo convencional del relato –que no de la idea, ni del discurso–, no llega a molestar, entiéndanme. El guión es ágil y accidentado, o al menos lo suficiente divertido como para que a nadie se le pliegue la cara permanentemente. Son las trampas, así con sus siete letras, que Vinterberg tiende en el camino del espectador, intentando conmover por las malas, lo que da un poquito de sudor. Pero, ya les digo, no llega a enfadar en absoluto.

Les resaltaba más arriba que, al igual que hiciera Louis Malle despegándose de la Nouvelle Vague –que salió algo mejor, pero era otro cuento…– para revelarse como un director de casta y mirada –pero “mirada” de la de los ojos, no de la del cuento–, Don Thomas hizo otro tanto con los axiomas del Dogma para “rodar normal”. Y este ostracismo voluntario ha dejado ver lo mejor de sí mismo, no ya como contador de cuentos, sino como esteta envolvente y narrador cinematográfico. De esos que para conformar equipo se apoyan en la juventud, pero también en los buenos currantes de prestigio en “la industria”, así como en aquellos antiguos compañeros de selecto talento.

La comuna (Kollektivet. Thomas Vinterberg, 2016)
¡Y lo que no pueda el consenso, ya lo podrá el amor! © Zentropa Entertainments, Danmarks Radio (DR), Det Danske Filminstitut

El reparto de La comuna, por ejemplo, está encabezado por Trine Dyrholm y Ulrich Thomsen, ambos reputados actores e importantes referencias en el cine danés, que se dieron a conocer de la mano de Vinterberg en la “dogmática” Celebración (Festen, Thomas Vinterberg, 1998), y que repiten gustosos y están la mar de bien. Especialmente Trine Dyrholm, cuyo despliegue de ahíncos, fintas y matices le han valido un Oso de Plata a la Mejor Actriz en el pasado Festival de Berlín y la nominación a la Mejor Actriz en los Premios del Cine Europeo. Todo merecidísimo, no se vayan a pensar, insisto, que un servidor se da al rencor.

Y la producción también es “de la casa”. La danesa Zentropa fue fundada en 1992 por Lars Von Trier y el productor Peter Aalbaek Jensen, con el fresco propósito de apostar por el cine de autor más arriesgado y, en pocos años, por aquello del Dogma 95, que iba a ser el futuro del cine pero que luego, como no les daba un duro, hubieron de abandonar. La productora se ha convertido en un sello de calidad, con películas de los directores daneses más reconocidos, como Susanne Bier, nuestro Thomas Vinterberg, el propio Lars Von Trier, Nikolaj Arcel, Kristian Levring… Con lo cual se hace difícil pensar que Kollektivet haya sufrido algún tipo cortapisa empresarial o descerebre hooliganesco. La Comuna es simplemente un paso en falso movido por una fe desmesurada en un guión bien estructurado, y sin embargo endeble.

Vinterberg consigue corroborar su capacidad como cineasta, incluso con creces, al tiempo que determinadas malas ideas lastran su filme, dejando demasiado desnuda esa manía suya de proponer reglas para luego pasárselas por el horcate. Pero ni deja la sensación de intimidad a lo voyeur que, curiosamente –después de todo este rapapolvo–, tenía Celebración, ni infunde la tensión por provocación de La caza; cuando –¡cachis la mar!– supone, en cierto sentido, una mezcla entre ambas. Pudiendo ser el puente colgante más bello leré, piedra angular entre ambas películas, termina en algo muchísimo más tibio. Por momentos, cercano casi a la decepción.

Trine Dyrholm
Trine Dyrholm. Sin duda, lo mejor del filme © Zentropa Entertainments, Danmarks Radio (DR), Det Danske Filminstitut

Sinceramente, cuando un filme así, ambientado en esa época y conteniendo ese tema, con ese planteamiento de arte y vestuario que en más de un momento roza la pura verdad, prodigiosamente narrado y magistralmente fotografiado… decae de esta manera, servidor lo lamenta. Lo lamenta porque, para nada, es una mala película. Si se “deja ver”, en el sentido de lo contrario a lo tedioso y lo cercano a la belleza, no es una mala película. Lo que pesa es la mortadela expendida como chicha que el filme no tiene. Una mortadela que, en la mente del dependiente, es carne de lo más magra. Pero, qué va… es mortadela pura; igual no de la de Popeye, pero mortadela-mortadela.

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