Después de su estreno en su país de origen (los USA) el pasado agosto, y de una premiere española en el Velódromo de San Sebastián durante el pasado festival el 20 de septiembre, se estrena este viernes La fiesta de las salchichas (Sausage Party. Conrad Vernon, Greg Tiernan, 2016), la última locura de la factoría Apatow (Judd Apatow no dirige ni produce, no se crean, pero es “su pandilla”, e incluso podemos ver por ahí a una Iris Apatow poniendo voces) ofertada como “la primera película de animación para adultos hecha completamente por ordenador”. En su estreno americano, además de ser colmada de halagos por parte de la crítica, batió records de taquilla en circuitos de animación en agosto.

La fiesta de las salchichas,
Póster de La fiesta de las salchichas (Sausage Party. Conrad Vernon, Greg Tiernan, 2016), con su eslógan para España, confiando en dejar claro que es un filme para adultos © Annapurna Pictures, Columbia Pictures, Point Grey Pictures

Este invento no es la primera vez que se hace, vaya por delante –aunque sí en lo que llaman “cejeí”, que antes se llamaba “infografía”–. Servidor aún recuerda aquel verano de hace ya más de dieciséis años, anonadado perdido al comprobar como algún incauto padre había llevado a sus retoños a ver South Park: Más grande, más largo y sin cortes (South Park – Bigger, Longer & Uncut. Trey Parker, 1999). El mismo incauto que, minutos después de arrancar la película, sacaba a esos mismos retoños de la sala cagando leches ante tamaña colección de improperios, guarrerías y peca’os.

Tampoco es la primera vez que, aprovechando este cuento de los “dibujos” para mayores, el/los autor/es se sirven de los clichés y cánones de los productos de animación infantiles, para subvertirlos en una suerte de parodia dadá, destrozando del todo su mitología y ritual. Se podría decir “follándose su alma”. Y sigue sirviendo de ejemplo el filme arriba citado de Trey Parker y Matt Stone.

Ahora bien, hay un ritual interno, selectivo y exclusivista, con resonancias a élite, brotado de la factoría Lasseter. “Lo Pixar”, o cómo ustedes lo quieran llamar. Cierto contenido y determinados desarrollos que, si no se exigen, si que al menos se esperan del cine americano más mainstream protagonizado por conglomerados de mallas virtuales que hablan. Cuando uno va a ver una de Pixar, espera toparse de frente con esa trama secundaria dispuesta, no para el menor, sino para sus progenitores. Un discurso entre los disparates para críos que suponga algún tipo de reflexión (de nivel más bien bajo, para que todo el mundo la entienda) que, al mismo tiempo que mantiene despierto al papá, lo legitima intelectualmente. A alguno le hace pensar incluso que, ojo, acaba de ver una peli buena, y no sólo “una de dibujos”.

La fiesta de las salchichas, personajes principales
Un taco (Salma Hayek), un bollo para perritos (Kristen Wiig), dos salchichas (Michael Cera y Seth Rogen), un pan de pita (David Krumholtz) y un bagel (Edward Norton), si este reparto no le llena, es que es usted insaciable © Annapurna Pictures, Columbia Pictures, Point Grey Pictures

Precisamente en la subversión (pseudoviolación) de esta máxima no tácita radica, a mi valorar, el mayor atractivo de La fiesta de las salchichas. En esta revisitación nihilista de Rebelión en la granja donde, a diferencia que en la novela de Orwell, la comida se presenta como ya procesada para su consumo, el condumio de “entrelíneas” es muy basto, pero también muy vasto. De una amplitud inconmensurable, plagado de capas de existencialismo que sólo puede ser observadas de un descreimiento acomodado y absoluto. Es probable que algún padre incluso se aturulle, y piense que la reflexión es menos certera y afilada que en Wall-E. A ese siempre le quedarán los chistes de folleteo, de los que está plagado el filme. Es decir, lejos de legitimar intelectualmente nada, el mayor logro de La fiesta de las salchichas es devolverte a un estado infantiloide asistiendo a un film de lo más complejo.

La fiesta de las salchichas, el supermercado
El supermercado sirve de entorno para un sinfín de decorados y personajes de lo más variado © Annapurna Pictures, Columbia Pictures, Point Grey Pictures
La fiesta de las salchichas, México, tequila
Brenda (Kristen Wiig) y Tequila (Bill Hader) en la zona de los productos de cocina mejicana y tex-mex © Annapurna Pictures, Columbia Pictures, Point Grey Pictures

Dirigen Conrad Vernon (un habitual del formato, responsable de trabajos como Shrek 2, Monstruos contra Alienígenas o Madagascar 3: de marcha por Europa) y Greg Tiernan (Thomas & Friends), sobre un guión escrito al alimón por el catedralicio Seth Rogen, su habitual Evan Goldberg, Kyle Hunter y Ariel Shaffir, sobre una historia del comicazo Jonah Hill y los propios Rogen y Goldberg. Y en su versión original –en la española no tengo ni idea, pero me temo que habrá tirado del típico surtido de humoristas y grandes profesionales que no se dedican ni al doblaje ni la interpretación– cuenta con las voces de lo más mejor de la comedia norteamericana y del sacrosantísimo Saturday Night Live: Kristen Wiig, Bill Hader, Danny McBride, Craig Robinson, Paul Rudd, Nick Kroll… así como de “la pandi de siempre” (Rogen, Jonah Hill, Michael Cera, James Franco… a los que habrá podido v.d. ver en tropel en un sinfín de títulos), y de estrellas de Hollywood como Edward Norton y Salma Hayek.

Con esto se viene a atestiguar que, tanto por la parte del cachondeo y el desenfrene, como por la de los píxeles y narrativa visual, esto no es una broma que se han marcado unos amigos, sino un producto, ya hablando a nivel animación, remarcable y “muy rico”, valga la tontería.

Un soporte sobre el que extender una historia de ínfulas impracticables en lo mainstream, sin ningún pelo en la lengua y sin cabeza sobre títere. Donde, a grandes rasgos, se cuenta la historia de Frank (Seth Rogen) y Barry (Michael Cera), dos salchichas que pasan de vivir alegremente en su paquete creyendo en un paraíso inventado, a liderar una revolución de productos de supermercado contra la humanidad. En su camino tras la verdad sobre su existencia, a nuestras salchichas se unirán otros personajes como “la pan” de perrito caliente Brenda (Kristen Wiig), la taco Teresa (Salma Hayek), el pan de pita Lavash (David Krumholtz) y el bagel Sammy (Edward Norton). ¿No les parece lo suficientemente descacharrante? Pues además hay un malo… cuya condición no les voy a contar por no desvelar demasiado, que luego sienta mal.

La fiesta de las salchichas, gore
Drama sin sensiblería, terror sin medias tintas e incluso gore sin mesura, así de contundente es La fiesta de las salchichas (Sausage Party. Conrad Vernon, Greg Tiernan, 2016) © Annapurna Pictures, Columbia Pictures, Point Grey Pictures
La fiesta de las salchichas
Lavash el pan de pita (David Krumholtz) y Sammy el bagel (Edward Norton) sirven de excusa genial para hacer chistes sobre el conflicto judeo-palestino © Annapurna Pictures, Columbia Pictures, Point Grey Pictures

A grandes rasgos es ese el argumento y, a rasgos más meticulosos, Sausage Party (el título, por cierto, hace alusión a la habitual barbacoa o “merendola” americana, propia del 4 de julio) es una alegoría sobre la necesidad de la religión y su presencia en sociedad. Una fábula existencialista sobre teología y fe, y todo un decálogo del ateísmo. Detalles semiológicos intermitentes e inagotables, en un desarrollo cargado de referencialidades sobre las que no reposa ningún tipo de explicación para nadie. Quien no pille algo, puede despreocuparse porque, apenas ocho fotogramas más tarde, se topará con un nuevo gag.

En La fiesta de las salchichas hay menos descanso que piedad, y se rompe la cuarta pared a voluntad, ora de manera descarada, ora con sutilezas en los diálogos. Hay tantas obscenidades por minuto, como secuencias de acción trepidante; tanta hilaridad y lenguaje soez, como violencia sin sublimar; tanta incorrección política como costumbrismo lapidario.

Es posible que la dificultad de aceptación venga tan sólo por vía geográfica. Es decir, aquí en la Europa mediterránea ni conocemos la mitad de las (como diría mi abuela) “mierdas” que comen los americanos, ni seremos capaces de coger al vuelo determinadas alusiones. Detalles, como el chiste que denomina a un bollito de crema Twinky como alimento imperecedero, tendremos que adivinarlos o deducirlos por contexto. No como ellos, que llevan comiendo Twinkys lo mismo desde los años 50. Pero, francamente, para este que escribe, esta cuestión, más que defecto es una curiosidad enriquecedora.

La fiesta de las salchichas, los imperecederos
Grits (a quien presta la voz Craig Robinson), Firewater (Bill Hader) y Twink (Scott Diggs Underwood) son los conocedores de La Verdad, los guardianes del Gran Secreto… ¡Los imperecederos! © Annapurna Pictures, Columbia Pictures, Point Grey Pictures

La fiesta de las salchichas se sumerge en el espíritu buenrollero e inofensivo de los productos Pixar para, desde dentro, hacerlo explotar todo para que el descreimiento aplastante, el deslengüe más inoportuno e incluso la anarquía más sórdida y degenerada lo colmen todo. Como si el Buzz Ligthyear ese entrara en estado de shock al descubrir su condición de juguete y, presa de un cuadro de ansiedad, acribillara al resto de muñecos de Toy Story; como si los Monsters University se drogaran hasta comerse los carrillos; como sorprender a Epi y a Blas sodomizándose; como si Snoopy, en un descuido, cagara dentro de la boca bostezante de Carlitos desde el tejado de su caseta… Escatología, imprecaciones, “casquería”, xenofobia… los personajes de La fiesta de las salchichas habitan en su mundo imposible y, con toda la naturalidad de su mundo, cagan, mean, lloran y tienen apetito sexual, e incluso parafilias curiosas.

La fiesta de las salchichas, chicle
Barry, la salchicha defectuosa a la que pone voz y gestos Michael Cera, charlando con uno de los mejores personajes de la película: Chicle (Scott Diggs Underwood) © Annapurna Pictures, Columbia Pictures, Point Grey Pictures

Este filme es una suerte de nuevo South Park, un chiste que no se acaba, sostenido con esmerada violencia sobre una trama nada compleja, pero de finísima infografía (a lo hollywoodiense) y abordando el material a destrozar desde la inmersión en sus modos y estilos.

Si usted pensaba que los juguetes vivían cuando no miraba, es que era usted muy chico cuando vio Toy Story. Si después de ver La fiesta de las salchichas le da por pensar que sus bolsas del Udaco se van a marcar un Toy Story… entonces o está usted loco, o sigue usted siendo un niño; en ese caso, su padre no debería haberle llevado a ver esta burrada. Que es p’a mayores.

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