La habitación decorada con sangre

/LaHabitacionDecoradaConSangre_05_EE.jpgLuis Buñuel y Leonora Carrington: Nueva York era una fiesta. Bajo el manto protector ofrecido por los descomunales rascacielos de Nueva York, el surrealismo buscó cobijo repartiéndose la enormidad de la sombra, huyendo de una Europa que ya no reconocían, amenazada por el estallido de la inminente guerra.

Todos ellos, André Breton, Marcel Duchamp o Max Ernst, compartían tanto ideales artísticos, como patria: el exilio. Tal es el caso de Luis Buñuel y Leonora Carrington, fugitivos a la fuerza. Ambos reunieron sus escasos enseres y escaparon del viejo continente de la mejor forma que se me ocurre, dejando toda su vida por delante.

/Max Ernst, Leonora Carrington, Marcel Duchamp and André Breton, frente a un lienzo
Max Ernst, Leonora Carrington, Marcel Duchamp and André Breton, New York (1942)

Luis Buñuel y Leonora Carrington fueron presentados en una de las fiestas de alta alcurnia organizadas por la mecenas Peggy Guggenheim, donde los surrealistas vendían su obra a los hombres y mujeres que, recostados en la cima del dólar, se mostraban receptivos a la hora de invertir en «avant-garde». Peggy era un faro en mitad de la niebla, y los surrealistas se inundaron de aquella luz. Luis Buñuel, por aquel entonces, trabajaba en el Museo de Arte Moderno de Nueva York seleccionando películas de propaganda antinazi para después distribuirlas en tres lenguas, inglés, español y portugués.

Por su parte, Leonora Carrington llegó a la ciudad aglomerada en 1941, liberándose de su estancia en un centro psiquiátrico de Santander, donde sus padres la habían internado después de que su amante, el pintor y poeta surrealista Max Ernst, fuese encarcelado en 1939.

/Retrato fotográfico de Leonora Carrington y Max Ernst en Saint Martin d'Ardeche, Francia
Leonora Carrington y Max Ernst en Saint Martin d’Ardeche, Francia (1939). Foto de Lee Miller

En el París de las vanguardias, Leonora Carrington nunca dormía sola. Según relata Elena Ponitowska en Leonora, la artista tenía encantados a los surrealistas, sobre todo a André Breton. “Es la gran figura femenina del surrealismo, su extravagancia lo tiene subyugado; asegura haber descubierto a la única capaz del amour fou.” confesaría Max Ernst en relación al ideólogo del movimiento. Ya en Nueva York, poco o nada importaba que su antiguo amante, por el cual había perdido la razón, hubiese encontrado una nueva mujer: Peggy Guggenheim. Tras el rechazo de París al surrealismo, a Leonora “le parece providencial que su amante haya encontrado una protectora.”

/Grupo de surrealistas, imagen con bella iluminación lateral
Surrealistas en Nueva York

La artista consideraba a Luis Buñuel un hombre guapo y no desaprovechaba ninguna ocasión para hacérselo saber, mejor si era en público, con la consiguiente vergüenza de éste. “Definitivamente el único simpático es Luis Buñuel” recuerda Elena Ponitowska en Leonora. Un día, en una fiesta realizada en casa de un posible comprador, Leonora, según la propia narración de Buñuel en Mi último suspiro, se disculpó ante los asistentes y se dirigió al cuarto de baño, donde se duchó vestida. A su vuelta, completamente empapada, con el vestido pegado al cuerpo, fue a sentarse en las rodillas de Buñuel, “me cogió del brazo y me dijo, en español: Es usted guapo, me recuerda a mi guardián.”

Leonora se refería a Luis Morales, carcelero que la asistió en el centro de Santander. Buñuel la calmaba en sus horas bajas, agarrándola también del brazo, tal y como quedó escrito en Leonora: «Ser un condenado te eleva por encima de la multitud. A Charles de Noailles lo expulsaron del Jockey Club por culpa de mi película; ese día abrimos una botella de champaña. ¿Quieres que vayamos a tomar una copa ahora?»

/Luis Buñuel, rodeado de amigas y amigos
Una imagen de Luis Buñuel en Nueva York en los años 40 

De fiesta en fiesta, Leonora Carrington, Max Ernst, Peggy Guggenheim, André Breton y Jacqueline Lamba, Marcel Duchamp y Luis Buñuel, recorren Nueva York. En otra de ellas, según relata Alejandro Jodorowsky en “El Maestro y la Maga” , Buñuel, cautivado por la belleza de Leonora, de pelo largo y muy negro y rostro fino y pálido, sin poder contener por más tiempo sus deseos ocultos, “envalentonado por la creencia de que la artista había sobrepasado la moral burguesa”, la invitó, con la brusca costumbre de la que solía hacer gala, a su apartamento de soltero, que servía como lugar de encuentros furtivos. Sin dejar espacio para la confirmación, le entregó una copia de la llave y la citó a la mañana siguiente. Leonora llegó a la cita mucho antes de la hora prevista.

Una vez dentro, pudo observar lo impersonal del espacio en una de sus habitaciones, con aquellas paredes blancas, adustas, desprovistas de todo ambiente acogedor, más propio de un cuartucho de motel. Tuvo la necesidad entonces de redecorar el dormitorio, crear en sus paredes una obra, que podríamos denominar como un acto puro de surrealismo. “Aprovechando que tenía la regla, entintó sus palmas en la sangre y comenzó a imprimir manos rojas en las paredes. Buñuel nunca más volvió a dirigirle la palabra.” Conviene tener en cuenta que “El Maestro y la Maga” de Alejandro Jodorowsky se considera parte complementaría de su “autobiografía imaginaria”, al mismo tiempo que el autor confirma en el prólogo que todos “los personajes, lugares, acontecimientos, libros y sabios citados, son reales.” Ustedes mismos. A las leyendas no les importa su extensión o grado de veracidad, siempre y cuando estén bien narradas.

/Buñuel, con pañuelo y pitillo
Buñuel en New York (1940)

Por extravagante, la historia bien podría ser real. No en vano, Leonora se empeñaba en ser la más surrealista entre los surrealistas. Gracias a la Antología del Humor Negro, de André Bretón, podemos saber que, en una ocasión, siendo invitada a una cena, los comensales pudieron constatar, avergonzados, como Leonora, sin dejar de conversar, se untaba los pies con mostaza. Sin embargo, la última sentencia de Jodorowsky es falsa. Buñuel siguió teniendo contacto con ella también en México, años después, cuando ambos cambiaron de residencia para llegar al país más surreal del mundo.

La amistad nunca se rompería. De hecho, en la película de 1964 “En este pueblo no hay ladrones”, de Alberto Isaac, Luis Buñuel y Leonora Carrington comparten plano, teniendo así una pequeña aparición conjunta en pantalla.

/Luis Buñuel en el papel del cura. De negro, entre las fieles, Leonora Carringto
Luis Buñuel en el papel del cura. De negro, entre las fieles, Leonora Carrington.
Fotograma de «En este pueblo no hay ladrones» (1964)

Pasaron los años, como las leyendas, de boca en boca. Las cosas cambiaron para todos, los integrantes del grupo se dispersaron; México era ahora el enclave del movimiento, aunque hasta el país parecía haber mutado. “…desde el asesinato de Trotsky los extranjeros son mal vistos…México es inferior a su pasado”. En un viaje a París, Leonora busca a André Breton, que se ha vuelto a casar.

/Luis Buñuel, con pañuelo en la cabeza, junto a esposa e hijo
Luis Buñuel, su esposa y su hijo (1940)

– Entonces ¿México ya no es surrealista? – pregunta Breton.
– Tampoco los surrealistas lo son.
– ¿Y Buñuel?
– A él sí lo veo pero nunca saca a su mujer. ¿Qué piensas de los hombres que no salen con sus mujeres?


       

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