“¿Por qué contar la historia, si se cortará al final?, ¿Por qué recordar, si recordar me parte el corazón?”.

La palabra “mirada” es clave, tanto en esta La Mirada del Silencio (2014), como en su predecesora The Act of Killing (2012). La mirada propia, personal e intransferible, que todo realizador ha de tener para hacer distinguir un reportaje de un documental; la mirada de los responsables –en la primera cinta-, reconstruyendo sus propios actos, deleznables a más no poder; la mirada de las víctimas –en ésta-, reimaginando dichas barrabasadas; la mirada del decrépito líder del llamado Escuadrón de la Muerte que nos escruta al espectador desde el mismo póster de filme…

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Póster de La Mirada del Silencio (The Look of Silence. Joshua Oppenheimer, 2014) © Anonymous, Final Cut for Real, Making Movies Oy

Con lo cual, el título no puede estar mejor elegido, porque en esta réplica, que no es una secuela, sino una réplica, una especie de “montaje paralelo” a The Act of Killing, también es capital la palabra “silencio”. El silencio es importante por su importancia como elemento de construcción narrativa –aunque surja de la captación de la propia realidad-, como ingrediente para cocinar una inquietud creciente y desasosegante. Pero también es definitorio en lo tocante a su contenido. El silencio de quien barre debajo de la alfombra del miedo, ese miedo tan propio de las dictaduras que surge tras una gran atrocidad.

Ambos documentales, The Act of Killing y The Look of Silence, se hacen eco, con altas dosis de valentía y bajas dosis de escrúpulos, de una de las mayores matanzas ocurridas en la historia del mundo moderno, y de la que se ha hablado muy poco, y contado menos aún: la acontecida en Indonesia en los años 60.

Tras el golpe de estado de 1965, el General Suharto se hizo con el bastón de mando en el país. Se estableció entonces una dictadura militar que, arengada por razones políticas maquilladas por los USA, y concienciada por razones morales inculcadas por la religión islámica, tuvo como objetivo fundamental acabar con el incipiente comunismo que comenzaba a enraizarse, principalmente entre las clases campesinas.

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© Anonymous, Final Cut for Real, Making Movies Oy

Esta misión idealista terminó en matanza salvaje, perpetrada por la mano de campesinos analfabetos sin juicio ni beneficio, reclutados como mercenarios; y supervisada y montada por un ejército implacable y demente. Casi un millón de personas, comunistas algunos, presuntos otros, fueron secuestradas y asesinadas por los escuadrones de la muerte indonesios. Víctimas de las más inimaginables vejaciones y de la más desmesurada hiperviolencia.

Décadas después del genocidio, Anwar Congo y Herman Koto, dos de estos mercenarios paletos, pshycokillers amorales, recrean ante nuestros ojos sus crímenes en The Act of Killing, confesando alegremente su responsabilidad en multitud de descuartizamientos a machetazos, violaciones, palizas, apuñalamientos… “Poniendo en pie”, como si se tratara de teatro, las atrocidades pasadas en los mismos escenarios en los que sucedieron. Existe un Director’s cut de 160 minutos que sólo pudo verse en festivales de cine.

En cambio, en La Mirada del Silencio, el documentalista Joshua Oppenheimer cambia las tornas, y muestra los testimonios del anterior filme al hermano menor de una de las víctimas, que ahora cuenta con 44 años. Con el refuerzo para la premisa dramática que supone el oficio de este hombre –optometrista-, la cámara de Oppenheimer nos muestra el contracampo de The Act of Killing. En un filme de carácter sutilmente poético, lleno de metáforas y semiología. Pasándose tabúes por el perineo y hurgando sin pudibundeces en una tragedia difícil de digerir por su salvajismo.

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Joshua Oppenheimer visita en La Mirada del Silencio, los mismos escenarios que en su anterior filme, The Act of Killing. Acompañando, esta vez, a las víctimas, y no a los verdugos © Anonymous, Final Cut for Real, Making Movies Oy

Nuestro protagonista visitará los mismos lugares que los mercenarios de la anterior película, y se entrevistará con los asesinos, directos e indirectos, de su hermano. Al tiempo que asistimos a la depauperada vida que le ha quedado a sus padres tras la matanza. De cómo el miedo, el arrepentimiento y, en ocasiones, la propia locura ha dejado una huella imborrable en los asistentes del genocidio, tanto a unos, como a otros. Dejando una lectura madura y racional sobre la reescritura de La Historia, los efectos del adoctrinamiento y la propaganda, o la capacidad que tenemos los seres humanos para convertirnos en las criaturas más abyectas de La Tierra.

Bien por miedo, bien por culpabilidad, a excepción del optometrista, nadie parece querer recordar lo acaecido en los sesenta, en este periplo en el que hasta parientes cercanos se revelan como responsables en una atrocidad que hubo de ser global. Lo tratado y descubierto aquí es sombrío y escalofriante, desde las constantes risas que denotan ausencia total de escrúpulos, o miradas a cámara cargadas de remordimiento incontrolado, hasta la terrorífica cantidad de gente que firma como “anónimo” en los títulos de crédito finales. Espeluznantemente indignante.

Sin embargo, la belleza, e incluso el humor, están presentes en la obra. Oppenheimer retoma el estilo poético del film predecesor para retratar con la máxima delicadeza los lugares de la masacre –por otro lado, espectaculares parajes de un maravilloso país-.

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© Anonymous, Final Cut for Real, Making Movies Oy

La aplastante belleza de las imágenes, contrasta con la terrible fealdad de lo acontecido, en un ejercicio que supone una patada en los dientes al gobierno de Indonesia. Sin concesiones, rincones de una magnificencia absoluta, sirven de set para la mayor tragedia, y fachadas de edificio de preciosidad bucólica, suponen la puerta hacia los mismísimos infiernos. Un sector de un país víctima de una carnicería demente, y otro sector –los carniceros- tocados para siempre por la demencia, pero en ambos en una película insanamente agradable de ver. Un anciano, mutilado múltiple, inválido total, que vive en su burbuja, creyendo tener 17 años; y unas mariposas que también viven en su propia tiniebla, pero porque aún no han salido de la crisálida. Eso es The Look of Silence.

Es una lástima que su distribución no haya sido, por lo menos, como la de The Act of Killing –que ya era bastante limitadita-. Pero, si deciden hacer caso de lo que servidor aconseja, pueden pegarse un visionado en filmin sin problemas, uno de esos rincones donde la cinefilia aún se trata con amor.

Justo en el comienzo de la cinta, este valeroso optometrista asiste a una canción del anterior filme, en boca de uno de sus personajes, frente a su televisor. La canción hace una profunda introducción a lo que vamos a ver, al tiempo que –sin quererlo- hace una compleja reflexión sobre la propia utilidad del cine para la humanidad. Todo en las dos escuetas preguntas que coronan este artículo.

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A pesar de que lo que se cuenta es dramáticamente descarnado, la belleza, e incluso el humor, están presentes en el filme. © Anonymous, Final Cut for Real, Making Movies Oy
       

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