Hablábamos de cine, como no podría ser de otra forma, no fuéramos a perder las buenas costumbres: terraza, vino y tertulia, qué aunque puedan deducirse como partes de un decorado folclórico, a mí siempre me han parecido piedra angular de la evolución del pensamiento contemporáneo. ¿Acaso no eran requisitos indispensables de la vanguardia? Tenía Z el mismo buen juicio, no cabía duda, y añadió además el humo del cigarrillo. No sería yo quién le quitase la razón. Diferíamos en el tema a tratar con la misma pasión argumental: nuestros gustos cinematográficos, reduciéndolos a pequeñas acciones, concretos escenarios, minúsculos detalles, pero…

No tuvimos que irnos más lejos, pues a nuestro alrededor, sin ser conscientes en primera instancia de ello, tenían lugar nuestras escenas cinematográficas favoritas, o, al menos, las más representativas. Una familia comía unas mesas más allá, entre otras tareas. Lo hacían vorazmente, rebosantes de felicidad. No era para ellos impedimento mostrarlo con alborozo. Bebían y gritaban, no siempre en ese orden, sin dar tiempo a digerir el bocado anterior, que aún reposaba en el paladar. Todos masticaban alegremente palabras y alimentos, salvo uno de los tres niños, que reñido con su plato indicaba disconformidad con los brazos cruzados y el rostro enfurruñado. Sin mediar palabra la madre le soltó una colleja, para seguidamente hacer ademan de meterle la cuchara hasta el esófago. El niño cedió ante la amenaza y todo se volvió de nuevo algarabía. Aquella era la escena predilecta de Z, su manera de entender el cine. Eso era Amarcord. Por mi parte, observé en la acera de enfrente a un universitario, de pelo grasiento y piernas largas, pasear sin destino alguno. Cada poco, hacía un alto en el camino, que probablemente ni conociese ni estuviese construido todavía. Algo, con bastante regularidad, llamaba su atención, como si ese portal, esa fachada, ese sonido de claxon, fuese algo completamente nuevo para él. Entiendo yo el cine de aquella manera: un hombre, o una mujer, naturalmente, vagando como una sombra por la ciudad, absorto en sus pensamientos. Lástima que no le escuchásemos en off. Aquello era Un hombre que duerme.

George Perec en el rodaje de Un Homme qui dort, 1974. Por Claude Schwartz.
George Perec en el rodaje de Un Homme qui dort, 1974. Por Claude Schwartz.

El impacto de una mirada entre dos personas nunca ha necesitado prolongarse más de lo debido para penetrar certera. Basta una única vez, furtiva o abierta, precisa o confusa, para comprender una situación. Lo estipula la sociedad y nuestra intuición – por decir algo que presumiblemente pueda escapar a lo primero -. El tiempo de aguante de una mirada, aún sin cruzarse, es en multitud de ocasiones fugaz. La sociedad nos enseña y prepara para ver imágenes rápidas, como en un ágil montaje cinematográfico. No es habitual concentrarse en un punto. Es una actividad tediosa. Por lo que se tiende a mirarlo todo y nada a la vez. Es la mejor forma de sentirse cómodo, habiendo sido adquirido ya como automatismo. ¿Qué pensarían, como se sentirían, si alguien, en un vagón de metro, no dejase de observarles, por ejemplo, la rodilla?

Los mejores directores de cine son aquellos que tienen más capacidad de observación. Pero no basta con eso, se necesita exponerlo. Sin embargo, el público siente incomodidad ante estas narraciones pausadas, pues igual ocurre en su vida cotidiana. La mirada de Robert Bresson, por ejemplo, buscaba lo verdadero o la impresión de lo verdadero, como diría en una ocasión. Una de las decisiones que le acercó a esa sensación, y la más polémica, fue deshacerse de cualquier actor profesional, alejándose con ello de ese automatismo de teatralidad, para llegar a conseguir la verdad, la contradicción inherente al ser humano, en un rostro anulado por la historia narrada.

Alain Delon, Monica Vitti y Michelangelo Antonioni en el rodaje de L'eclisse.
Alain Delon, Monica Vitti y Michelangelo Antonioni en el rodaje de L’eclisse.

Únicamente fijamos la mirada cuando soñamos. “Odio los mecanismos artificiales de la narración cinematográfica convencional. La vida tiene un ritmo completamente diferente” reflexionó Antonioni. Si Robert Bresson o Michelangelo Antonioni fueron incomprendidos y atacados en la plenitud de sus carreras fue porque observaban en demasía. Y no sólo lo hacían, sino que mostraban lo observado de forma natural, lenta, como la vida misma. Su cine nos hace mirar un punto fijo, agazapados a la espera en nuestra butaca, siendo sus autores conscientes de que es el momento en el que nos vemos sumidos en nuestros pensamientos. Paralizaban ellos su visión en un lugar cualquiera, donde en apariencia no ocurre nada, donde eran capaces de asignarle un significado. La visión que Camus o Sartre hubiesen mostrado si hubiesen sido cineastas. ¿Quién dice que después de observar prolongadamente esa rodilla no ocurrirá algo extraordinario?

 

 

En la terraza, junto a Amarcord y Un hombre que duerme, reunimos cine. Se ha escrito demasiado sobre qué debería ser este arte. Primero se aceptó toda narración montada en imágenes, después llegó el plano secuencia, más tarde las piezas poéticas. Me van a perdonar pero voy a coger aire, que también sirve para escribir de carrerilla. El cine no es más que el lanzamiento de una pelota de tenis invisible y un concierto de The Yarbirds (Jeff Beck destrozando su guitarra contra un monitor, Jimmy Page aguantando el riff de Stroll On, para más detalles), la corva y pantorrillas de Monica Vitti, un paseo de Alain Delon por un mercadillo de Roma, otro de Jean Marais por París; un cabello de finos hilos alborotado en la parada del autobús, es Xavier Lafitte absorto frente al cristal, la figura alterada de Pilar Lopez de Ayala tras él, su plano y su contraplano; es una nube cortando la luna que encadena a: navaja que corta un ojo, el sonido metálico y musical del choque entre armaduras de soldados medievales caídos en combate, la dilatada espera de desencajar una tabla de madera en la celda de un condenado a muerte, los dedos acariciando un revolver en un duelo de Sergio Leone, y el color del sol, su sofocante sol; es una partida al ajedrez con la muerte, una oreja llena de hormigas, el café vibrando en una taza, un…

Fotograma de En la ciudad de Sylvia (2007)
Fotograma de En la ciudad de Sylvia (2007)

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