Parece mentira, pero hubo un tiempo, mucho más atroz y limitado, donde culturalmente éramos más europeos que ahora. De hecho, hasta los europeos de verdad eran más europeos que nosotros. Estábamos más dispuestos al consumo de calidad. Nuestra televisión, con apenas dos cadenas como oferta, contenía una parrilla realmente más rica y variada que los tropecientos canales de ahora y sus series de producción nacional –y austerísima– refritas hasta la náusea.

Nuestras series de entonces se rodaban en cine –repitiéndose solo de verano a verano–, y el resto de parrilla se completaba comprando productos europeos, australianos… no sé, canadienses… otras cosas además de las yanquis de siempre. Bien es verdad que muchas de estos productos se emitían porque eran fruto de una coproducción nuestra con otros países vecinos o, simplemente, porque se obtenían a un precio más que barato. Esto último se debía a que, muchas veces, eran series que no habían gozado de ningún éxito ni siquiera en su país de origen. Otras, como La piedra blanca (Den vita stenen. Göran Graffman, 1973), el caso que nos ocupa, ya habían sido emitidas con éxito rotundo, y ahí estábamos los españoles, en la vanguardia.

La piedra blanca (Den vita stenen. Göran Graffman, 1973)
Los niños Ulf Hasseltorp (Hampus) y Julia Hede-Wilkens (Fia) interpretando el momento en el que sellan el pacto de la piedra blanca © Sveriges Radio

Muchos no la recordarán, simplemente porque no la habrán visto en su vida. Pero muchos otros, comenzarán a sentir temblores en sus glúteos, fruto de la nostalgia esa que está tan de moda, cuando les asalte la memoria ese plano de inicio de cada capítulo donde, sobre una melodía de piano, -muy así como de peli de institutrices, rigodones y niños de uniforme- y de mucha pena -pueden buscarla, es de Bengt Hallberg, a ver si lloran-, aparecía la lechosa manita de la niña protagonista con la piedrecilla en su palma. El mineral en cuestión era un pequeño canto perfectamente pulimentado –parecía casi una de esas chucherías con forma de haba gigante, dulces y duras, que regalan en las bodas y comuniones y nadie se come jamás–, que la niñita se restregaba por la boca y los carrillos en un gesto de fusión con la naturaleza o absorción de las propiedades telúricas del objeto, o sabe Dios. Sobre la imagen, en su perfecto sueco original, podía leerse el título Den vita stenen.

Les dejo el clip, con la intro de uno de los capítulos, en su versión francesa -que es la que he encontrado con mejor calidad-:

Rodada en los bucólicos y neblinosos parajes de Bergkvara y Kalmar län, la serie se estrenó originariamente en 1973, en la Suecia de sus entretelas. La productora Sveriges Radio, se encargó de corporeizar los trece capítulos que contaban la historia narrada en la novela infantil -y superventas- que llevaba el mismo título. Gunnel Linde, a la sazón autora del libro, se ocupó también de la adaptación a televisión, firmando los guiones de los trece capítulos de su única temporada.

La piedra blanca (Den vita stenen. Göran Graffman, 1973)
Göran Graffman dirigiendo a los niños en un pozo de attrezzo durante el rodaje de La piedra blanca (Den vita stenen. Göran Graffman, 1973) © Sveriges Radio

Ya saben ustedes que la gente nórdica es muy dada a la literatura de esparcimiento preteen, y autores de este subgénero, especialmente autoras, hay a puñados –les desarrollé un poquito el tema aquí–. Gunnel Linde sacó a la venta Den vita stenen en 1964, y su fervor bestseller fue ensombrecido por otra novela editada dos años antes: Hugo y Josefina, de su afamada compatriota María Gripe. La historia, muy similar, sería adaptada a la gran pantalla poco tiempo después de consagrarse como un rotundo éxito en media Europa, y así Hugo y Josefina (Hugo och Josefin. Kjell Grede,1967) vio la luz en las salas, impidiendo la adaptación del texto de Gunnel Linde, al menos durante un tiempo. Llegados los 70, se consideró que se había dejado un buen barbecho para el espectador y que, ya sí, se podía llevar a cabo una adaptación de La piedra blanca.

Göran Graffman, actor, director y autor de un único guion para la televisión sueca, se encargó de dirigir todos los episodios. Este Graffman revolucionaría el mondo nórdico poco tiempo después, con la miniserie –inédita en nuestro país– Madicken (Göran Graffman, 1979), perpetrando sus seis episodios, escritos todos por Astrid Lindgren, la creadora de Pippi Calzaslargas. Con Madicken terminaba de consagrarse como el gran adaptador de literatura infantil, convirtiéndose, para que Vds. me entiendan, en una suerte de Antonio Mercero vikingo. Pero la cosa empezó en 1972, rodando La piedra blanca (Den vita stenen).

La piedra blanca (Den vita stenen. Göran Graffman, 1973)
Como los capítulos no creo que los encuentre a calidad decente, le dejo aquí unos fotogramas con su grano y su todo, para que tremule usted de nostalgia pura © Sveriges Radio

«Hola y adiós, si vienes conmigo ya seremos dos»

Ese era el lema que repetían insistentemente los zagales protagonistas. La serie contaba la historia de Hampus Kolmodin –Ulf Hasseltorp, se llamaba el chiquillo que lo interpretaba–, un niño sueco que se queda huérfano y se va a vivir con su tío sueco, su tía sueca y sus primos y primas, suecos todos. El tío es zapatero, y de su sueldo viven tropecientos chavales de distintas edades, en una cochambrosa casa de madera donde apenas caben. Todas las mañanas se montan inconmensurables cipotes por el turno para usar la palangana o la asignación equitativa de la mermelada. Especialmente gráfico era un capítulo donde, haciendo recuento de su pobreza, los tíos de Hampus conminaban a sus hijos a tumbarse sobre el suelo de la casa por mor de una comprobación eficaz acerca de si realmente los escasos metros cuadrados de la casa eran suficientes para tanto crío. Al comprobar que no, el zapatero Kolmodin tenía la feliz idea de habitar el insalubre sótano, derribando el suelo de la planta que ocupaban.

Todos los niños suecos, se ponían entonces a serrar maderos y mover carretillas alegremente. Porque esta serie, pretendía llevar un constante tono alegre y jovial, así como para niños. Y digo pretendía porque, por lo menos para un servidor, y al igual que con otros muchos seriales de factura europea, suponía una de las cosas más deprimentes del mundo. Quizá fuera esa música, mezcla entre dibujos de propaganda soviética y clase de conservatorio de monjas, quizá la niebla de los fiordos… no sé; el caso es que desesperanzaba, hundía.

La otra cara de aquel pueblo sueco de miseria y madera engrisecida era el mundo de Fia. Y Fia –a la que interpretaba Julia Hede quien, desde 1992, es directora de fotografía– era la niña rubia con ojeras que se repartía el protagonismo con Hampus, además de la posesión de la piedra de marras. Ina Wendela Sofia –Fia, para la familia– era una niña pija, hija de una profesora de piano a la que daba carne la bellísima actriz Monica Nordquist, pocos años atrás, starlette escandinava de primer orden.

Hampus Kolmodin
Con tal de acatar la voluntad de la piedra blanca, el bueno de Hampus Kolmodin es capaz de meterse en el berenjenal que haga falta © Sveriges Radio
La piedra blanca (Den vita stenen. Göran Graffman, 1973)
El veterano de la televisión Ralph M. Evers se cascó la fotografía de los trece episodios de la temporada. ¡Con niebla nórdica y en soporte químico, oiga! © Sveriges Radio

El caso es que esta chiquilla educada en la rectitud más del perfil de la Señorita Rottenmeier, tiene como posesión más preciada la piedrecilla blanca. Por causas propias de la trama todos los niños del pueblo se dedicaban a robarse la piedra constantemente unos a otros, y Fia se quedaba siempre sin ella. Hampus conseguía recuperarla siempre, pero, embrujado por su fascinante belleza –cualquier piedra es una piedra preciosa si a uno le gusta mucho–, no quería devolvérsela a la rubita. Ambos establecían entonces una especie de pacto enfermizo, mediante el cual iban prestándose la piedra por cortos períodos de tiempo, teniendo que superar antes diferentes pruebas que el otro pergeñaba. Con una dificultad añadida: el que tenía la piedra no podía hablar, ni en casa.

La piedra blanca (Den vita stenen. Göran Graffman, 1973)
«Uy, uy, uy, uy… qué mal rollo… ¡qué mal rollo!» © Sveriges Radio

Por supuesto, las pruebas, aunque a veces peligrosas, no suponían nada vejatorio ni políticamente incorrecto, no se vayan a pensar. Cualquier joven íbero de hoy, habría obligado al otro a practicar felaciones o beber residuos corporales, o algo así. Pero el rollo de estos críos era, reglamentariamente, más inocente. A Fia se le ocurría, por ejemplo, que Hampus tenía que asustar a su institutriz, entonces el chaval se pintaba el cuerpo de negro, imitando a un esqueleto, y le provocaba un parraque a la opulenta señora. O bien uno se liaba a manzanazos alquitranados, para pintar ojos y boca en el campanario; o la otra tenía que atreverse a llevar acabo empresas como tocar el piano en la cafetería del pueblo, o meterle al juez un huevo bajo el colchón. Gamberradillas de lo más naif, propias de las pandillas aventureras.

Para que se hagan una idea, servidor recuerda especialmente el capítulo que las aulas de toda España bautizarían como El capítulo del elefante. En él, Hampus debía conseguir un elefante para Fia del circo que acababa de llegar al pueblo, y dejarlo atado en una estaca. Hampus, a quien el paquidermo aterroriza de sobremanera –había unos planos detalle del siniestro ojo del animal, con zoom y todo, que aún me aterrorizan–, se dedicaba entonces a camelarse al viril domador encargado del bicho, un señor fornido y bigotudo, dándole la tabarra mientras echaba la siesta en su vagón. Por arte de birlibirloque de este tipo de historias, Hampus “El Oxigenado” conseguía que le dejaran un rato el elefante, con correa y todo, para pasearlo frente a la casa de su amiga.

La piedra blanca (Den vita stenen. Göran Graffman, 1973)
La residencia Pettersson estaba situada en un entorno burgués, donde abundaba la cultura y la comodidad; mientras que los Kolmodin vivían todos hacinados en una casucha donde reinaba el escasez y el jaleo. A la izq.: y una foto fija de rodaje con Monica Nordquist y la joven Julia Hede-Wilkens interpretando a madre e hija; y a la dcha.: Ulf Hasseltorp posando con sus hermanos de ficción © Sveriges Radio

Pero no se vayan a pensar que todo era pura fábula en La piedra blanca. Que, por supuesto, entre tanta hazaña sin bajas también había sitio para el ajetreo emocional y el dramatismo in extremis. En la única temporada del serial hubo tiempo para vivir momentos difíciles, que parecían dar con el final de todo, como cuando la piedra termina extraviada entre una montaña de piedras muy similares. O ese trepidante final, que les dejaré sin rematar para no spoilerear, en el que Hampus y Fia, ante el marrón que tienen encima por la que han liado en el pueblo, deciden zamparse unas setas venenosas para, acto seguido, subirse a un árbol a esperar a la muerte. En fin… todo un carrusel de emociones para toda la familia confiado a un producto con un empaque técnico impecable.

En su año de estreno, recorrió la Europa nórdico-germana con un éxito rotundo. Y, tan sólo un año más tarde, se estrenaba en Francia con el nombre de La Pierre Blanche, manteniendo el boom, y en España. La primera vez que se emitió aquí, formaba parte del contenido del programa Un Globo, Dos Globos, Tres Globos, en 1974. Entre finales de 1987 y marzo de 1988, la generación de éste que escribe la captaría en reposición. TVE1 la reestrenó el día 30 de diciembre y, a partir de ahí, todas las tardes de los miércoles durante sus trece semanas de rigor.

La piedra blanca (Den vita stenen. Göran Graffman, 1973)
«¿Qué se me está olvidando hacer a mí hoy, que me lo está recordando este huevo blanco…? ¡Hostiás!» © Sveriges Radio

No quiero que esta nueva sección se convierta en la de la náusea, con nostalgias y remembranzas tan propias de ahora, de esas del tres al cuarto que atacan a la baba adolescente más romántica y desprovista de criterio. Eso sí, quede la ínfula de reivindicar otra manera de hacer audiovisual, donde los europeos sobrevivíamos ante el mastodonte norteamericano y de recuperar, cuando no de reivindicar como es el caso, obras alternativas al remembering de resobados habitual. Así que, hasta la próxima.

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