Michael Cimino entró derribando la puerta del amplio club denominado Nuevo cine americano y en tan sólo dos años salió por la ventana. Abajo ya no había red de seguridad, la quitaron mientras caía. Cosas de la industria: no es nada personal, sólo negocios. Había podido catar las mieles del éxito con la misma soberbia que le haría añicos. Un puñado de películas tras La puerta del cielo, el más estrepitoso de los fracasos de la historia del cine, consiguieron mantenerle en activo, hasta que no le quedaron uñas con las que resistir. Como muchos otros autores de su generación que no lograron sobreponerse al monstruo que ellos mismos habían creado, se esfumó. Lo que lean a partir de entonces, o incluso antes, como su variable fecha de nacimiento, puede no estar ni mucho menos sujeto a la verdad: hechos sin confirmar, especulaciones, medias verdades, grandes mentiras, sin que por ello se pierda un ápice de realidad. Su carrera se resume en ascenso meteórico y caída desde la misma altura. Michael Cimino, fiel a su manera de entender el cine, fue una epopeya.

Clint Eastwood y Michael Cimino en el set de "Un botín de 500.000 dólares" (1974)
Clint Eastwood y Michael Cimino en el set de «Un botín de 500.000 dólares» (1974)

Con la frialdad que la lejanía ofrece, diría que Michael Cimino ha sido la persona más transcendental en la historia reciente del cine norteamericano. Situémonos. Hollywood. Años 70. El rockandroll ocupa el espacio radiofónico, la cocaína corre por los rodajes de tabique en tabique tan rápido que no toca la mesa y los jóvenes ejecutivos de los grandes estudios se inclinan por la contratación de actrices que, a primera vista, les susciten tentaciones carnales. Era una época de excesos, de “puertas abiertas”, donde los directores tenían todo el poder de decisión sobre una película, gracias a los chicos de la Cahiers du Cinéma, más tarde integrantes de la Nouvelle Vague, que habían derribado todos los muros una década antes con sus ideas revolucionarias. Los setenta habían comenzado en Hollywood de la misma manera que una década antes en Europa. Las películas se habían convertido en poemas y los directores en poetas. Era una época emocionante, efervescente, donde se producían obras arriesgadas y de altísima calidad de autores jóvenes y talentosos. Allí estaban los Coppola, Scorsese, De Palma, Mallick, Lucas, Spielberg, Altman, Schrader, Friedkin, Nichols o Hopper. En ese ambiente hizo aparición Michael Cimino, que tuvo la desgracia de cerrar el capitulo, ya viciado, y que nadie pudo parar, porque ya estaba escrito de antemano: el Apocalipsis.

Robert De Niro en un fotograma de "El Cazador". Michael Cimino, 1978.
Robert De Niro en un fotograma de «El Cazador». Michael Cimino, 1978.

Toda generación comparte los mismos monstruos a los que hacer frente, las mismas guerras que combatir. En 1978, antes de su estreno, todo el mundo en Hollywood hablaba de la segunda película de Michael Cimino, su obra maestra, El Cazador, narrada en tres partes diferenciadas, una historia que ensalzaba la amistad y reflexionaba sobre la perdida de inocencia y las secuelas físicas y psicológicas de los combatientes americanos en la guerra de Vietnam. Una guerra a la que recurrían los autores del Nuevo cine americano para contar sus historias. Los jóvenes jefes de producción de la United Artist, Steven Bach y David Field, designados recientemente, no tardaron en contactar con el entorno de Cimino para proyectar un pase privado de la película, con la intención de hacerse con sus futuros servicios. Aquello sería su sentencia. Steven Bach, en su libro Final Cut, escribió: “No sabíamos qué significaba la película para Cimino –políticamente o desde otro punto de vista– pero para nosotros era como…, bueno, como poesía”.

El Cazador fue la gran triunfadora de los Oscar de aquella edición y, aunque su duración fuese de algo más de tres horas y el presupuesto inicial se hubiese duplicado, la película fue rentable, cosechando un gran éxito de publico. Michael Cimino se había adelantado a Coppola y su Apocalypse Now, que ya había explotado en las manos de la United Artist. Una parte de la prensa bautizó a la película como Apocalypse First, con el consiguiente enfado de Coppola, que veía reflejado en El Cazador y Cimino toda la gloria que él merecía y que intuía no recibiría. La megalomanía de Cimino no necesitaba ningún tipo de empuje para prosperar, sin embargo, los ejecutivos de la United Artist le entregaron, literalmente, el futuro del estudio. Llevarían a cabo la producción de La puerta del cielo, un western interpretado por Kris Kristofferson, Isabelle Huppert y Christopher Walken. Con carta blanca por contrato para hacer lo que quisiese, Cimino asestó el golpe definitivo que haría quebrar a la compañía, llevándose de paso por delante todo el modelo cinematográfico implementado durante la década.

Michael Cimino dirige a Kris Kristofferson en "La puerta del cielo", 1980.
Michael Cimino dirige a Kris Kristofferson en «La puerta del cielo», 1980.

El perfeccionismo de Cimino hizo que La puerta del Cielo cuadruplicase su presupuesto inicial hasta llegar a los 44 millones de dólares. La prensa vio entonces un nuevo Apocalypse. La revista Time dijo que era el “Apocalipsis que viene”. Al día siguiente del estreno, las criticas  fueron devastadoras y la película fracasó en taquilla estrepitosamente. Nunca se vio la película que el director había imaginado, pues se recortó y remontó en varias ocasiones. En el imprescindible libro de Peter Biskind para entender esta época, Moteros tranquilos, toros salvajes, se incluye una despiadada sentencia escrita por Vincent Canby, para The Times, que Cimino nunca llegó a olvidar: “La puerta del cielo es un desastre tan absoluto que podríamos sospechar que el señor Cimino vendió su alma al diablo para obtener el éxito que obtuvo con El Cazador y que ahora el diablo ha vuelto para cobrar”.

Es difícil recordar el momento exacto de un comienzo, cuando el final adquiere tales niveles de intensidad que borra los recuerdos. La puerta del Cielo fue el final del Nuevo Cine Americano, todos lo sintieron así, pero sería injusto culpabilizar a este proyecto que, aunque utópico, no fue el único causante de su derrumbamiento. Muchos autores contribuyeron a que sucediese. Lo que comenzaron siendo sueños de juventud: transformar la industria desde dentro, plasmar tu visión individual, marcar tus propias directrices, adquiriendo aquellas responsabilidades inherentes a un puesto que habían reivindicado, derivó en lo mismo que estos jóvenes directores habían creído dejar atrás, siendo entonces ellos los explotadores del sistema. Si hoy el cine de Hollywood existe tal y como lo conocemos, es por el fracaso del Nuevo Cine Americano. Cimino únicamente cargó con el muerto.

El grupo de amigos de "El Cazador", 1978. De izquierad a derecha: Christopher Walken, Robert De Niro, Chuck Aspegren, John Savage y John Cazale.
El grupo de amigos de «El Cazador», 1978. De izquierda a derecha: Christopher Walken, Robert De Niro, Chuck Aspegren, John Savage y John Cazale.

Como en toda epopeya, en el final se encuentra la redención. En 2012, una nueva versión restaurada de 216 minutos se proyectó en Venecia y Nueva York. Allí acudió su director. La película puso a todo el público en pie en ambas proyecciones. Michael Cimino siempre supo qué película había hecho, dijesen lo que dijesen.

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