Si en el fascículo pasado les instaba a partir el apartado “Barbarian” en dos, era porque —a parte de que, por lo extenso, un solo artículo se haría poco menos que insoportable— las características de éste que leen ahora lo convierten en exclusivo y peculiar. Hablamos, para no extenderme, de pura Conanexploitation. De absoluta mímica fílmica, intentando obtener el éxito de taquilla por la misma vía que dejara abierta Conan, el bárbaro (Conan the Barbarian. John Milius, 1982), el clásico moderno rodado enteramente en nuestro país, del maestro fascista John Milius, que catapultó al austríaco de oro (Shwarzenegger) a un “no parar” en el carrusel de Hollywood más puntero.

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Conan the destroyer, obra del desaparecido Frank Frazetta para una edición de Conan the Buccaneer, cuyo original fue vendido recientemente por millón y medio de dólares © Ace Books 1971

Cuentan que Robert E. Howard, el escritor pulp que creara al bárbaro para la literatura de quiosco en 1932 con el relato corto El fénix en la espada (The Phoenix on the Sword, 1932), no podía dormir por las noches en tiempos de pleno auge de ventas de las aventuras de Conan. La razón era que el propio bárbaro, según se lo hacía percibir su cerebro, se le aparecía en su salita, amenazando con el hacha y todo, instigándole a terminar de escribir sus aventuras. Es decir que, cuando uno se adentra en la lectura de Conan, no sólo se está entreteniendo con un refrito de leyendas arcanas y mitologías varias, sino que además está asistiendo al devenir de una enfermiza historia, fruto de la mente de una persona desprovista de sus facultades mentales. Puro punk antes que el punk.

Tanto la lírica como la épica del Conan de E. Howard era de tal nivel —ríase usted de las estrafalarias pandillas cantarinas de Tolkien—, que todo el poder de ese material no podía pasar indiferente entre el público. Conan terminó siendo comprado por la multinacional Marvel para hacer tebeos con él, y después sería pasto de todo tipo de adaptaciones. Pero fue su primer largometraje, lo que hizo eruptar al volcán de la cultura popular italiana –que son los que saben–.

Ya les contábamos en la anterior entrega, la de los rubios, que lo de los ciudadanos bárbaros de épocas pretéritas y/o inexistentes no era algo nuevo para nosotros la eurogente normal. Tenemos desde óperas a tebeos. Desde el material más detrimenticio que jamás pasó el juicio del tiempo, hasta obras magnas del arte que, si no tuvieron tanta difusión como los Dragones y las Mazmorras, o las cosas de los americanos, fue precisamente por eso: porque los americanos nos ganan por goleada manejando el concepto de eso que llaman el espectáculo. Por ejemplo, el megamáster indiscutible del cine, semidiós absoluto, Federico Fellini, siempre anduvo tras El Mercenario, un bárbaro de tebeo, acorazado y letal, creado por nuestro compatriota Vicente Segrelles. Una auténtica joya que aún se sigue publicando y reeditando.

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El Mercenario, de Vicente Segrelles, el comic que Federico Fellini siempre quiso rodar y nunca pudo © Norma Editorial

Pero volvamos a Conan, porque en Conan y sus primos de chichinabo es donde está el condumio de este barbarismo mediterráneo. Hablamos de bárbaros cachas que andan semidesnudos, de culturistas con poca frase para que no se les noten sus carencias actorales, de chabolas de cartón y cuevas de arpillera.

Hablamos de material italo del mejor, de directores adalides del trash-pop como Prosperi, Lenzi, Ricci, Margheriti, y el apellido usado por Tarantino para sus guiones, en plan referencial, que se le ocurra. Hablamos de picardías exploit de ínfulas nada discretas como Gunan, el guerrero (Gunan il guerriero. Franco Prosperi, 1982), que ya les mencioné que pudo incluso estrenarse antes que la de Milius, rodando deprisa y mal, y reaprovechando figurantes autóctonos y attrezzo de los péplums. El argumento de Gunan, el guerrero es verdad que luego dista bastante de su objeto a imitar, pero las intenciones quedan claras, aunque sólo sea por la vía de la distribución.

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Brigitte Nielsen y Arnold Shcwarzenegger en un fotograma de El Guerrero Rojo (Red Sonja. Richard Fleischer, 1985), conanexploit europeo pergeñado directamente en los USA © Dino De Laurentiis Company, Famous Films

Tan claras como las intenciones de La espada salvaje de Krotar, cuando en realidad su héroe protagonista, ni siquiera se llama Krotar, sino Sangraal –de ahí su título de verdad: Sangraal, la spada di fuoco (Michele Massimo Tarantini, 1982), distribuida internacionalmente como The Sword of the Barbarians, no fuera que resultara demasiado cantoso ya. Pero no se vayan a creer que Gunan y Sangraal son los únicos, qué va. Pudieron ser los más espabilados y los más rápidos en rodar y montar, pero el fenómeno no hacía nada más que nacer. El mismo año que se estrenaba la peli del bárbaro de Arnold Schwarzenegger, el ávido Joe D’Amato —que quizá sea más conocido por el porno que por sus películas “normales”— crearía a Ator, otro barbarian d’estos que daría para saga de cuatro filmes –nada menos–, inaugurando la expo-verbena con Ator el poderoso (Ator l’invincibile. Joe D’Amato, 1982). Y tan sólo un año después, ya teníamos al rapaz de Umberto Lenzi con su mazas enfurecido La guerra del hierro (La guerra del ferro – Ironmaster. Umberto Lenzi, 1983) danzando por ahí, una co-producción entre Italia y Francia, que aunaba el concepto éste tan ucrónico de trogloditas al lado de dinosaurios, rebañando a base de bien las mieles de “lo conan”.

Películas que, si me perdonan la vulgaridad, eran mierdas como pianos todas. Pero que permitían a las productoras mediterráneas sostenerse para crear otras obras, al tiempo que se entretenía al chavalín y al jubilado en las tardes de asueto —que antes de la interné, eran muchas—. Como ya les indicaba, el conan de saldo llamado Ator dio lugar a cuatro filmes, dando trabajo también al culturista Miles O’Keeffe que, por lo menos, protagonizó las tres primeras.

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En la hilera de fotos de arriba, podemos comprobar como Ator (Miles O’Keeffe) lo mismo te vigila una finca, que te sirve de semental, que te hace el molinillo con dos espadas; en la del centro, podemos ver tiene una amiga muy parecida a la de Conan, llamada Roon (Sabrina Siani), que también controla el arco y el molinillo doble pero con hachas. La hilera de abajo sirve para atestiguar de que, aparte de enfrentarse a muñecos y mostruosidades, Ator también encuentra tiempo para hallar tesoros e incluso casarse con su propia hermana © Filmirage, Metaxa Corporation

Toda la prisa del mundo se dio D’Amato porque la secuela de Ator el poderoso se estrenaría también, ahí embutida, dentro de 1982. Hablamos de Ator 2: el invencible (Ator 2 – L’invincibile Orion. Joe D’Amato, 1982) para la que Joe D’Amato probó a figurar como “David Hills” en créditos, sin ningún tipo de éxito, ya que desaparecería de la saga de su propia creación para dejar paso a Al Bradley (el bueno de Alfonso Brescia, que ya les he presentado en alguna ocasión), que dirigiría la tercera: Ator: el guerrero de hierro (Iron Warrior. Alfonso Brescia, 1987). D’Amato volvería para la cuarta entrega, Ator y la espada de Graal (Quest for the Mighty Sword. David Hills, 1990), vendida en muchos países como Ator IV directamente, pero esta vez el personaje estaría interpretado por el culturista Eric Allan Kramer. En fin…

Con Yor, se probaba el concepto de bárbaro, pero entroncado en la pura ciencia-ficción. Yor, el cazador que vino del futuro (Il mondo di Yor. Antonio Margheriti, 1983), estaba basada en una novela de Ray Collins, y refrita de un tebeo de Juan Zanotto, Eugenio Zappietro y Alfredo Julio Grassi titulado Henga, el cazador –aunque a servidor también le huele un poco al Kamandi de Jack Kirby– y es una auténtica locura que no se supo ni cómo vender.

Yor es un poderoso guerrero del futuro, que ha acabado en una suerte de cretácico, corriendo en pelota picada y metiéndose en tanganas con hombres-mono, dinosaurios y figurantes como de Star Wars, tiene que conseguir entender los secretos de un medallón mágico que porta y buscar a una princesa del desierto. El refrito es tan insostenible, como el fardagüevos que viste al californiano Red Brown (a la sazón, Yor) durante todo el metraje, actor que desaparecería del póster para ser sustituido por un par de modelos que nada tienen que ver con la producción, en su versión internacional —no sé si fue exigencia del propio Red Brown para poder continuar agusto con su carrera de actor—.

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Fotocromo francés de Yor, el cazador que vino del futuro (Il mondo di Yor. Antonio Margheriti, 1983) © Diamant Film, Kodiak Films, RAI Radiotelevisione Italiana
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Como buen bárbaro, Yor no sólo se enfrentará a figurantes maquillados, sino también a unos buenos muñecos de afilados dientes y cuernos © Diamant Film, Kodiak Films, RAI Radiotelevisione Italiana

Yor existió también gracias a la coproducción Italia/Francia, en cambio Tunka es cien por ciento ibérico. Al productor underground Félix Escribano Hernández también debió parecerle buena idea esto de lo bárbaro, y decidió invertir los cuartos en Tunka el guerrero (1983), escrita —por ser corteses—, “dirigida” —adviértase el entrecomillado— y, lo que es peor aún, protagonizada, por Joaquín Gómez Sáinz, del que nunca más se supo. 78 minutos de metraje que no se siquiera si se conservarán en formato alguno, donde se justifican los ademanes barbarian mediante trama de apocalipsis postnuclear, para desarrollar un discurso misógino e infantiloide que tiene su aquel si uno tiene mucho sentido del humor y decide tomársela de broma (por otro lado, como casi todos los títulos que estamos tratando).

La cosa no se detuvo ahí, en absoluto. Y por si Ator había llegado a oídos suficientes, se decidió crear a Thor, otro bárbaro italiano más que encima tenía también sonoridad a cierto superhéroe Marvel –que por otro lado, estaba libre de derechos, por tratarse de una deidad popular–.

El cachas malencarado Bruno Minniti (firmando como Conrad Nichols para molar más) imitó al Chuache en Thor, el conquistador (Thor il conquistatore. Tonino Ricci, 1983), filme que también calcaba prácticamente del todo la tramilla del filme de Milius que escribiera Oliver Stone, haciendo sonrojar en el más allá, por lo poco sutil, al mismísimo Vladimir Propp. Eso sí, ésta era mucho más picante y muchísimo más barata. Thor, el conquistador se podría haber titulado Conan mal, y habrían dado en el clavo.

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¡Ojo! No confundir a Athor, con Thor, que estamos hablando de cosas muy serias © Filmirage, Metaxa Corporation, Abruzzo Cinematografica

Pero si lo que desean es que exista algo bueno, una luz al fondo de este túnel de plagios, entonces acérquense a la más que digna Hundra (Matt Cimber,1983). Hundra es una guerrera de pelliza, abarca y arma blanca, que José Truchado, John F. Goff crearan para la película de mismo nombre, una co-producción entre los USA y España que, si bien no alcanza al Conan original en cuanto a producción, lo supera en discurso y premisa dramática abstracta.

La, por aquel entonces, sex-symbol Laurene Landon dio vida a ésta bárbara, completando un elenco lleno de grandes figuras de nuestro cine (María Vico, Luis Lorenzo, María Casal, Hilda Fuchs, Fernando Martínez…). Como curiosidad, Cristina Torres, quien fuera Desi en Verano Azul (Antonio Mercero, 1981) tiene un pequeño papel como hermana menor de Hundra. Y la historia nos presenta un mundo singular, violento como mandan los cánones del género.

“Hundra es una guerrera criada en libertad, una libertad que nunca conoció la influencia de los hombres porque la tribu de Hundra vive aislada, sin contacto alguno con varones, con una sola excepción: concebir y procrear hijos”.

En ausencia de la euroína, su poblado femenil es atacado por vociferantes señores desaseados, que lo queman y lo violan todo. Hundra, que aborrece a los hombres como la que más, tendrá que clamar su rigurosa venganza, al tiempo que se va pensando lo de buscar varón con el que arrejuntarse para repoblar su tribu. Sorprende que no se hiciera ninguna secuela de este filme, o bien que se retomara el personaje con otra actriz, ya que el éxito fue rotundo (tuvo hasta su versión en videojuego para ordenador de cassette). La banda sonora de Ennio Morricone reconduce unos lienzos solventemente fotografiados por John Cabrera en un filme, aunque de un nivel de comedia ridícula por momentos, tremendamente bello y livianamente digerible.

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Laurene Landon perdonándole la vida a un figurante mal apañado por vestuario en Hundra (Matt Cimber,1983) © Continental Movie Productions, S.T.A.E. Productions
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A la izquierda, la Hundra de la película; a la derecha, su versión en videojuego © Continental Movie Productions, S.T.A.E. Productions, Dynamic

Repetiría Morricone, como parte de un equipo técnico europeo espectacular –el dire de foto era nada más y nada menos que el ínclito Giuseppe Rotunno, y en la peli hubo maquetas de las buenas de Emilio Ruiz– en El guerrero rojo (Red Sonja. Richard Fleischer, 1985), esta vez un intento de conanexplotation desde Hollywood. Dino De Laurentiis buscó inversores holandeses para coproducir bajo el manto de la 20th Century Fox, y así conseguir sacarse de la manga este conan de palo, basado también en otro personaje de Robert E. Howard, Red Sonja, y sirviéndose de la presencia del mismísimo Arnold Schwarzenegger, en el rol de su compañero espadachín, y de la valkiria Sandahl Bergman, esta vez haciendo de la mala.

Arnie no era el protagonista, ni mucho menos, pero el film se podía vender como tal. Red Sonja era la escultural modelo Brigitte Nielsen, la por entonces señora de Stallone –otro barbarian de la vida real–. Éxito relativo, pero suficiente, y premio a la Peor Nueva Estrella (para la Nielsen) en los Razzies de 1985. No he querido ahondar más en esto de los Razzies, pero si indagan un poco, verán que éste subgénero está plagado de estos galardones.

El guerrero rojo la habrán visto quinientas veces, así que, entre una cosa y la otra, poco más me puedo explayar. Tan sólo terminar este fascículo de superhéroes de Espada y Brujería con una de las piezas más “suculentas” (como siempre, las comillas son adrede): Los bárbaros (The Barbarians. Ruggero Deodato, 1987).

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Los gemelos culturistas Peter y David Paul en un fotograma de Los bárbaros (The Barbarians. Ruggero Deodato, 1987), no se sabía bien de qué época venían, pero que su madre se quedaba bien agusto cuando salían de casa… ¡eso seguro! © Cannon Films, Cannon Italia Srl

Ésta vez, venían en un pack de dos (los gemelos del wrestling Peter Paul, David Paul, que llegaron a hacer sus buenas tres o cuatro películas en Hollywood) y eran más bárbaros y destructores que nunca. Eran capaces de asolar un poblado d’esos de chabolas a sopapos o de reventar el lazo de una soga haciendo fuerza con los músculos del cuello. Eran fruto de un guión de James R. Silke para una película fallida de la Cannon Films (otra más) producida su filial italiana, de la que se hizo cargo el malaventurado Ruggero Deodato –al que recordaron un tiempo por Holocausto Caníbal (Cannibal Holocaust, 1980). Un despropósito más con el que, eso sí, uno puede echar la tarde.

1 Comentario

  1. Buen artículo. La de Tunka el guerrero sí que se conserva, de hecho la han puesto por la 2 en un par de ocasiones ahora que están dando mucho cine español y por aquello de rellanar hueco, un desastre como pocos, cierto pero recuperado por la pública. Y las dos primeras de Ator y la de Thor hasta se han editado en DVD, que cosas.

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