Lo de la Espada y Brujería”, que ahora se da en llamar “Fantasía Heroica” y, en los ochenta era denominado “Wizards & Warriors” en los libros de “elige tu propia aventura” o “Dungeons & Dragons” en los de rol, es algo en realidad netamente europeo. La ficción de aventuras lleva tirando de mitología para mostrarnos superhéroes desde los tiempos clásicos, como ya vimos; así, por supuestos, los oscurantismos y las fantasías de cuando La Edad Media y el Renacimiento no nos podían pasar por alto a la hora de nutrir relatos, novelas, cuentos y películas. Los norteamericanos, que nunca han tenido mitos clásicos ni medievo ninguno, no podían quedarse atrás y en seguida dieron a conocer al mundo este subgénero; pero el verdadero origen es, por supuesto, europeo del todo. Y si la miríada de literatura, juegos de rol, comics y demás merchandising con dragones y “tróles” han nutrido bien el siglo XX, el movimiento ha sido de ida y vuelta. Ellos sacaron el cuento chino de nosotros, y nosotros copiamos a sus culturistas –a su vez inspirados en nuestros peplums– para hacer vibrar al asistente con espadazos y magia.

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¡Cónanes para dar y tomar! Europeos todos © Filmline, Leader Cinematografica, Visione Cinematografica, Filmirage, Metaxa Corporation, Cannon Films, Cannon Italia Srl

Todo el mundo conoce a los superhéroes del Rey Arturo gracias a filmes como Excalibur (John Boorman, 1981), producción netamente del Reino Unido. Y capital en la historia del cine son las dos películas del maestro Fritz Lang sobre los seres nebulosos de la mitología germana Los Nibelungos: la muerte de Sigfrido (Los Nibelungos Parte I) (Die Nibelungen: Siegfried (Siegfrieds Tod) (Die Nibelungen – Teil I). Fritz Lang, 1924) y su segundo capítulo Los Nibelungos: la venganza de Krimilda (Los Nibelungos Parte II) (Die Nibelungen: Kriemhilds Rache (Die Nibelungen – Teil II). Fritz Lang, 1924), pioneras en «tolkienismos» y «conaneo» donde las haya, inspiradores de locos, arrebatados y militantes de ultraderecha de Europa entera. Sin embargo, cinematográficamente hablando, el título primero en esto de la Espada y Brujería es Flema inglesa (Un alma reprobada) (L’épée du spirite – La espada del espiritista. Segundo de Chomón, 1910), producción francesa dirigida por nuestro Segundo de Chomón, al que también hemos visitado alguna vez en Albedo Media.

En L’épée du spirite la cosa va de un mosquetero con una espada mágica, en una suerte de Europa que no existe en un período sin especificar. La espada puede mover objetos a lo Jedi, hace la cama, pone la mesa y hace desaparecer cosas por corte. Un cortometraje de apenas cinco minutos que, si nos ponemos serios, es la primera película –sin bárbaros, eso sí– de Espada y Brujería.

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Paul Richter como Sigfrido, el primer «Barbarian» del cine, en un fotograma de Los Nibelungos: la muerte de Sigfrido (Los Nibelungos Parte I) (Die Nibelungen: Siegfried (Siegfrieds Tod) (Die Nibelungen – Teil I). Fritz Lang, 1924) © Decla-Bioscop AG, Universum Film (UFA)

Los bárbaros en taparrabos llegarían en los ochenta, que es donde nos volvimos todos unos sinvergüenzas; pero la magia y la fantasía de la historia requeteinventada siguió probándose con mayor o menor tino. Italia, antes de los plagios y los remedos-disco, siguiendo una línea muy parecida a la que se ha inspirado hace poco Matteo Garrone, alumbró la exquisita La corona de hierro (La corona di ferro. Alessandro Blasetti, 1941), un Juego de Tronos a la italiana, colmado de connivencias y batallas en un reino inexistente, que se llevaría el premio a la Mejor Película Italiana en el Festival de Venecia de 1941.

“En el imaginario país de Kindaor, el malvado Sedemondo asesina a su hermano, el rey Licinio, para usurparle el trono y satisfacer su avidez…”

Así comienza este compendio de épica Shakespeareana, que mezcla el relato medieval italiano, con las leyes del cuento ruso que creara Vladimir Propp, con lo clásico-clásico –griego y romano–, el peplum, el thriller político con denuncia escondida, y la de Dios es Cristo. Una obra maestra del cine de ficción recreada en estudio, llena de figurantes reales, de acción y de violencia, con un reparto estelar que viaja desde el cómico Paolo Stoppa al boxeador Primo Carnera… Uno de esos clásicos del cine de los que molan, vamos.

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Fotografía del rodaje de la mítica escena del simpático dragón de Los Nibelungos, con el maestro Lang (a la derecha, de blanco) preocupado por la verosimilitud de la cosa © Decla-Bioscop AG, Universum Film (UFA)

J.R.R. Tolkien, pionero en estos cantamañaneos ante quienes no conocen a Robert E. Howard, volvió a ponerse de moda en los setenta y, así, los ochenta comenzaron con otros dos títulos bastante importantes –y más o menos desconocidos, según lo generacional– en esto de la Fantasía Heroica: El dragón del lago de fuego (Dragonslayer. Matthew Robbins, 1981) y La espada invencible (Hawk the Slayer. Terry Marcel, 1981). Mucho slayer ahí coincidiendo.

El dragón del lago de fuego figura en este ranking por añadir más títulos que dejen clara la tendencia –pronto llegaría la serie de dibujos animados de Dragones y Mazmorras–, pero en realidad estamos ante un filme que, aunque una completa exquisitez, forma parte de la cinematografía norteamericana (concretamente, del cosmos de Walt Disney), pero La espada invencible sí que es una producción enteramente británica y, ¿por qué no decirlo?, bastante underground.

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Peleas ochenteras contra dragones ¡sin ordenador! en ‘El dragón del lago de fuego’ (Dragonslayer. Matthew Robbins, 1981) © Paramount Pictures, Walt Disney Productions

Terry Marcel escribió, dirigió y produjo esta fábula de aventuras en comandita capitaneadas por el tal Hawk del título (John Terry), que ve morir a su padre y su novia asesinados por su propio hermano. Es de esas historias con su viaje iniciático de rigor, y su suma de compañeros paulatina, con su venganza de reglamento y su rescate de cautiva indefensa –en ésta, una religiosa, abadesa–. La cinta resultante es una más que digna producción de Serie B, eficazmente resuelta y, siendo el tiempo que era (mucho antes de que siquiera hiciera cine Peter Jackson), una obra singular y de todo punto original.

Si bien es cierto que no ha envejecido bien del todo, ya que lo glam y lo newromantic pesa demasiado, La espada invencible (Hawk the Slayer) se ha convertido hoy en uno de esos objetos de culto que no sacan en ediciones de Blu-Ray en castellano ni p’a Dios y que, en vídeo, igual la encuentra usted pero resobeteada y en caja de la grande. Una pieza para sorprender –en todos los sentidos– al “tolkenmaníaco” de hoy, que sin embargo, a pesar de contar con su maga y su arquero, no tiene bárbaro. Y bárbaro (barbarian en pitinglis) es lo que venido considerando “superhéroe” en este fascículo, como Conan o Red Sonja, o el hit de tebeo que usted considere.

Al bárbaro, no al europeo en general, que ya verán, sino al germano que nos toca, no lo veríamos de pleno hasta El señor de las bestias (The Beastmaster. Don Coscarelli, 1982), uno de esos objetos de riguroso rebañe surgidos tras el exitazo de Conan, el bárbaro (Conan, the Barbarian. John Milius, 1982) basada en el arrollador personaje creado por el antes citado R. E. Howard.

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© Incorporated Television Company (ITC), Marcel/Robertson Productions Limited, Chips Productions
Mandatory Credit: Photo by ITV/REX Shutterstock (878725na) 'Hawk the Slayer' Film - 1980 - Ray Charleson, John Terry, Patricia Quinn, William Morgan Sheppard and Bernard Bresslaw GTV ARCHIVE Caption-Abstract: Sword and sorcery as two brothers engage in mortal combat - Hawk, a hero of incredible might and courage and Voltan, a wizard of consummate evil. After Voltan kills their father, Hawk sets out on a quest to destroy Voltan and avenge his father's murder. Before he died, their father cursed Voltan to die a thousand deaths and in his torment, Voltan sets out to find Hawk and seize his magic mind sword. Ultimately, the forces of good and evil meet in epic conflict.
Esta gente se pegó caminatas intempestuosas en el cine, años antes que la pandilla de El Señor de los anillos. En la imagen, de izq. a dcha.: los actores Ray Charleson, John Terry, Patricia Quinn, William Morgan Sheppard y Bernard Bresslaw, listos para la partida de rol © ITV/REX Shutterstock

Los USA coproducían con la Alemania del Oeste la peli que todos habrán catado en el televisor a temprana edad, sólo por estar protagonizada por el culturista estrábico de la serie V (Kenneth Johnson, 1983-1985), el sin par Marc Singer, aunque éste filme lo rodara mucho antes que la serie que lo catapultaría a la fama ochenter. Es esa en la que Dar, que así se llama el bárbaro esteroide que interpreta Singer, controla a todo tipo de bestia o alimaña al tiempo que hace el molinillo con la espada y reparte alguna que otra buena hostia —lo que viene siendo un bárbaro, pero con poderes—. El señor de las bestias estaba basada en una novela de lo más pulp del prolífico Andre Norton y, ahí donde la ven, clásico inamovible de modelo de videoclub fenecido (donde se encuentra el cine que mola de verdad), contó con dos secuelas más, todas protagonizadas por un Singer cada vez más decrépito —evidentemente, no va a rejuvenecer con los años el hombre—.

Dar el mazas volvía a ser el dios de la fauna en un medievo inexistente en El señor de las bestias 2: La puerta del tiempo (Beastmaster 2: Through the Portal of Time. Sylvio Tabet, 1991), la secuela de marras en la que, como su propio título indica, se mezclaba el cacao de la primera con los viajes en el tiempo.

Esta vez, Dar, el bárbaro que susurraba a los animales, tiene que viajar a través del tiempo para detener a su pérfido hermano, que pretende robar nada menos que una bomba atómica. En El señor de las bestias 2: La puerta del tiempo, eran los franceses los que se sumaban a la coproducción con Hollywood. Y a pesar de que esta secuela se hizo esperar lo suyo (casi nueve años), contó de nuevo con el suficiente éxito como para que se produjera una tercera: El señor de las bestias III: El ojo de Braxus (Beastmaster III: The Eye of Braxus. Gabrielle Beaumont, 1996), pero que ya no nos interesa porque es producción 100% USA.

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Dar el barbarian (Marc Singer) achuchando a su… ¿»ligre»? preparándolo para cualquier repentino ataque © MGM, Leisure Investment Company, Beastmaster NV, ECTA Filmproduktion

Toda esta conanexploitation, que ya desarrollaremos bien en la entrega que viene, porque el tema nos permite separar por franjas europeas (hoy la germana y sajona, la semana que viene la mediterránea, y verán clara la diferencia y los porqués). Pero se pueden imaginar que no todo quedó en El señor de las bestias, sobre todo en cuanto metieron mano nuestros queridísimos italianos.

Mientras, y para cerrar, se ha de resaltar otro más, no sólo por ser un bárbaro perteneciente a la Europa ésta de los rubios, sino por suponer un trabajo bastante fino y agradecible con este tipo de personajes. Me estoy refiriendo al bárbaro ruso Volkodav, creado por la autora de novela histórica, detectivesca, de fantasía heroica y mitología de espadas Mariya Semyonova para una saga de libros titulada Wolfhound (Волкодав). A Volkodav lo condenan a muerte, después de asesinar a todo su clan seminómada, los Perros Grises. Sin embargo, logra sobrevivir para vengarse del cabronías de Maneater (“come hombres”). Adopta el nombre por el que le conocen por ahí: Wolfhound y parte hacia la tangana segura y el desfaz hiperviolento.

Hay una peli, que hace justicia al personaje, de hace bien poco: Wolfhound, el guerrero (Volkodav iz roda Serykh Psov. Nikolai Lebedev, 2006). Y una serie de televisión, que actualmente continúa en emisión: Molodoy Volkodav (Oleg Fomin. 2007– ). En ambas producciones, Volkodav está interpretado por Aleksandr Bukharov que sobra explicar lo famosísimo que es en las antiguas repúblicas soviéticas.

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Volkodav (Aleksandr Bukharov) pasándolas putas en Wolfhound, el guerrero (Volkodav iz roda Serykh Psov. Nikolai Lebedev, 2006) © Central Partnership

Y nada más, porque como ya les he dicho, el tema de la caradura de nuestra costa ya lo desarrollaremos en la siguiente entrega de super”euro”es. Un microcosmos de plagios que no puede comenzar con mejores títulos para exploits del tres al cuarto: Gunan, el guerrero (Gunan il guerriero. Franco Prosperi, 1982), que no suena a Conan ni n’a –y que encima tuvo la suerte de poder estrenarse antes que la de Milius– y La espada salvaje de Krotar (Sangraal, la spada di fuoco. Michele Massimo Tarantini, 1982), una de esas que no se saben luego cómo vender y terminan adoptando The Sword of the Barbarians como título internacional.

Verán qué bien que aprovechamos los europeos del sur lo que da dinero, asistirán al regreso del charlatanesco y liante Dino de Laurentiis, a la filial italiana de la Cannon Films haciendo de las suyas y montón de cosas más. Bárbaros cutres, figurantes que mueren muchas veces, espadas gordas, hachas antiergonómicas, “cónanes” paseando por Almería, La Pedriza, El Monasterio de Piedra o el desierto de Las Bárdenas Reales… Ya les digo, puro conanexploit.

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Póster para el mercado anglosajón de La espada salvaje de Krotar (Sangraal, la spada di fuoco. Michele Massimo Tarantini, 1982), ¿para qué conformarse con un sólo título? © Filmline, Leader Cinematografica, Visione Cinematografica

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