Toda mudanza trae consigo un momento traumático de pausa frente a las estanterías, ante los objetos que guardamos con mimo. Al fin y al cabo, son nuestros recuerdos favoritos. Películas que nos acompañaran siempre, novelas dedicadas por el autor, vinilos que saltan de tanto uso. Vale la pena detenerse a estudiar su valor, para decidir su próximo destino.

Es cuestión de tiempo, lo tengo presente. Llegará el día en el que las estanterías no tendrán razón de ser y los formatos que descansan sobre ellas quedarán definitivamente obsoletos, olvidados, hasta convertirse en objetos sujetos a una moda. Existirán, los DVD, el papel, los vinilos, con el único propósito de volver. Se agarrarán lo más posible a cada dueño, apelando a los sentimientos, a la desesperada, como quién rueda con urgencia, como si la vida le fuese en ello, porque en realidad no es más que eso: supervivencia. Las estanterías serán relegadas al ostracismo –lugar oscuro y húmedo– sin encontrar relevo, salvo la nada. Comienzan a serlo, de hecho. Porque para guardar un disco duro con películas, un reproductor de música portable o un libro electrónico no es necesario espacio alguno. En realidad, estos formatos no descansan, no guardan polvo, no lanzan olores, no despiden sensación alguna. Son prácticos, qué es poco y todo a la vez.

Fotograma de Cinema Paradiso. Giuseppe Tornatore, 1988.
Fotograma de Cinema Paradiso. Giuseppe Tornatore, 1988.

Había comenzado hablando de mudanzas, que es la manera definitiva de acometer la complicada tarea de seleccionar y desechar cine, literatura y música, pues no hay más remedio. Trasladar tu residencia dos calles más allá, como es mi caso, apenas 200 metros, 1/8 de milla romana, 600 pies o 400 codos, supone un alivio y un inconveniente, pues hay cajas que puedes cargar sin depender del coche. Por lo demás, todo es exactamente igual. Tu momento con la estantería repleta de cine, literatura y música siempre llega, aunque intentes postergarlo por el dolor que produce.

Conviene hacer este acto de reflexión, irrenunciable, frente a las repisas, que sin remedio serán antiguas en cuestión de un momento, posicionándose con la tranquilidad que otorgan los recuerdos, relajado, tanto como para estirar ese momento hasta el límite de su umbral, a poder ser eterno, con el que poner en valor cada trocito de vida que descansa ajeno a cualquier traslado, con un peso que se antoja incalculable, que hace crujir con espanto las baldas. Cada película, novela, disco y souvenir será llevado ante el estrado. Serán evaluados, catalogados y medidos en un acto romántico, teniendo únicamente en cuenta su valor sentimental, quedando su tamaño y peso alejados del fallo en ultima instancia. Es el juicio final.

John Cusack en Alta Fidelidad. Stephen Frears, 2000.
John Cusack en Alta Fidelidad. Stephen Frears, 2000.

De modo invertido a su servicio, llegado el momento, la estantería carece de significado; cuando toda la casa está repleta de cine, literatura o música –sigo repitiendo las tres, pues son igual de importantes y así seguirá siendo–. En el baño una novela de Perec, al borde de la cama un vinilo de King Crimson, debajo del alféizar de la ventana la filmografía de Antonioni: no hay otro remedio, o todos o ninguno.

Entonan los Havalina en las primeras líneas de Objetos Personales: “Guardo las hojas secas de nuestro árbol del amor. Guardo esta piedra grasienta de nuestro río que se secó. Guardo una brizna de hierva para inventarme tu olor. Guardas el último baile. Yo guardo el tiempo perdido, para que el mundo no acabe.” Unos versos que encajan de manera exacta en los anaqueles de cualquier vivienda, si no fuera porque su significado real es otro, que decidiremos obviar. Aunque el narrador sea, a su manera enfermiza, un romántico. Pues cuenta la historia de un asesino que colecciona distintos objetos que le hacen rememorar sus asesinatos. Miraremos hacía otro lado, buscando en sus palabras nuestro propio significado, para que no nos alcance.

Marylin Monroe leyendo An Enemy of the People de Arthur Miller.
Marylin Monroe leyendo An Enemy of the People de Arthur Miller.

Llaman romántico al que añora las costumbres de otra época, que cada vez son más cortas. Pueden durar semanas, hasta hay épocas que han durado unos cuantos minutos. Cortas, pero vividas en intensidad. El cine palpable, el olor de la literatura, las imágenes de la música, en definitiva, la estantería completa, se trasladó conmigo a pulso. Mayor era su peso en recuerdos que en kilos. Sin embargo, no considero ser un romántico. Puede que sea una costumbre de convivir de vez en cuando con el ideal, aunque no forme parte integrante de tu personalidad. ¿Y ustedes? Tampoco tengo ningún miedo al futuro, no crean que vivo del pasado y en alguna ocasión he pisado el presente, con la mala suerte de que estaba fregado. No pienso demasiado en ellos, y al comenzar cualquier mudanza es indispensable pararse a pensar en las porciones temporales. Mi decisión fue llevar los recuerdos conmigo. Lo mismo llega el día que ocupen tanto espacio que me vea obligado a construir un canapé y dormir plácidamente sobre ellos.

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