“Le dije a Luis Cuadrado que me habían pedido que escribiera algo sobre él. Al oírlo se puso a gatas en el suelo y colocó un papel en blanco sobre su espalda. Luego me ofreció un bolígrafo: «Ahora ya puedes escribir algo sobre mí»”

Gonzalo Suárez.

En medio de una España que no por mucho “Estado de bienestar” dejaba de ser gris como ella sola, supersticiosa y puritana, es fresquísimo que llegue un señor –y más en los locos mundos del cine–, y se atreva, por decirlo de alguna manera, a “intelectualizar la técnica”. A liarse con afrancesamientos en la Iberia de la caspa más radiactiva. Y es que, en este país sin medias tintas, donde o se está de cachondeo, o está prohibido reírse de lo serios que nos ponemos, que los procesos de rodaje, de naturalidad y verismo, propios de algo tan moderno como la Nouvelle Vague colaran en esa época de Dios… en fin, es un hito pionero sin precedentes, un gol a los cánones imperantes, hazaña que ha de adjudicarse, sobre todo, al empeño del ínclito Luis Cuadrado, director de fotografía y operador de cámara.

Luis Cuadrado (en el centro, con la lupa de contraste colgando), junto al director Carlos Saura (a la izquierda, con gafas) y al productor Elías Querejeta, 1965 © Elías Querejeta Producciones Cinematográficas S.L.
Luis Cuadrado (en el centro, con la lupa de contraste colgando), junto al director Carlos Saura (a la izquierda, con gafas) y al productor Elías Querejeta, 1965 © Elías Querejeta Producciones Cinematográficas S.L.

Nació en Toro (Zamora), en 1934. Su padre era restaurador de vidrieras, y este dato, que a cualquiera de ustedes les pueda parecer sobrante, viene a ser capital. No hay que echarle demasiada imaginación para meter en una misma conversación la palabra “vidriera” y la palabra “director de fotografía”. Ambos están ahí, no para alumbrar, sino para iluminar. Don Luis veía trabajar a su padre desde niño, con esos cristales de colores, en esas catedrales y ermitas. La expectación que tal magia puede generar en un chiquillo queda marcada a fuego para siempre, y el joven Luis acaparará todo un bellísimo arte que juntará con el del cinematógrafo, creando auténticos ventanales en la pantalla para el espectador.

Cuadrado trabajaba, en la medida de lo “exponible”, con la llamada “luz natural”, que es la de verdad, vamos, la del sol que más calienta. Si es de noche, la que uno haga entrar por una ventana (si es a temperatura de color sin artificios, mejor), si sólo es necesaria porque ilumina el rostro de actor muy caro, que se coloque de attrezzo algo que justifique su presencia… nada que ver con el mundo de tenebrosidad, recortes, pulmones y gobos de Don Enrique Guerner.

El rollo de los chicos de la Cahiers era “la verité”, y Luis Cuadrado descubría, en cada ventana de cada set, un foco por el que infectarnos a todos de una belleza solemne, sacra, que es lo que hace que su cine, dirija quien dirija, siempre tenga un “positivo” en calidad, una mayúscula ganada en la palabra “cine”.

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Ejemplo de perogrullo de lo que estamos hablando, en forma de fotograma de El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973) © Elías Querejeta Producciones Cinematográficas S.L.

Llega al cine como se llegaba entonces: currando desde abajo. Estudia en la Escuela Oficial de Cinematografía (EOC) y su buen hacer le permite trabajar enseguida como ayudante de cámara en cortometrajes documentales y de divulgación social, pero enseguida comienza a simultanear este oficio con el de operador de cámara –“segundo operador”, que se llama en el argot–, y a trabajar en largometrajes de ficción. Entre muchas pelis, cae alguna de éxito, como la psicodélica Megatón Ye-Ye (Jesús Yagüe. 1965), fotografiada por Armando R. González Posada, e incluso llegó a encargarse él mismo de la iluminación en alguna pequeña producción, como la vanguardia de terror Nocturno 29 (Pere Portabella, 1968), que con los años se ha convertido en un clásico para frikis irredentos (como casi todo lo de Portabella).

Con Summers operaría en El juego de la oca (Manuel Summers, 1965), a las órdenes de otro maestro, Francisco Fraile. No se sabe qué ocurriría entre Summers y Fraile, el caso es que el padre del Hombre G reclamó el talento de Luis Cuadrado, para hacerse cargo de la fotografía de su siguiente película: el clásico de culto Juguetes rotos (Manuel Summers, 1966). Pero su auténtico debut, viene considerado con la inmortal indeleble e indiscutiblemente capital La caza (Carlos Saura, 1966), donde además Cuadrado y Saura se convirtieron en un tándem de oro, dando forma a un único ser cinematográfico que nos dejó títulos de quitarse el sombrero.

En La caza, tres amigos acuden al monte, con sus armas y sus hurones, para acribillar conejos. El escenario es un coto de caza donde tuvo lugar una cruenta batalla de la Guerra Civil. Los tres coleguis, José (Ismael Merlo), Paco (Alfredo Mayo) y Luis (José María Prada), antiguos combatientes del bando franquista, proyectan sus frustraciones y dependencias, los unos sobre los otros, creando un clima de inminente ebullición donde parece, en todo momento, que todo, de todo, se va a ir a tomar por culo.

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De izq. a dcha.: Teo Escamilla, intuyo que llevando el foco de su maestro, Luis Cuadrado, mientras el realizador Pere Portabella chista a los actores en el set de Nocturno 29 (Pere Portabella, 1968) © Films 59, Interarte

El resultado de esta trama es una película frenética a la par que pausada, al tiempo que una rotunda alegoría sobre España y un ensayo sobre la animalidad y la violencia. La caza consagró internacionalmente a Carlos Saura como uno de los mejores directores españoles del momento, cuando tan sólo había dirigido dos títulos: Los golfos (1960) y Llanto por un bandido (1964).

Saura obtuvo el Oso de Plata al Mejor Director en el Festival de Berlín del 66, y la carrera de La Caza en el extranjero fue más que exitosa. Los entendidos del Cahiers du Cinemá comparaban la película con el Free cinema inglés, el indie norteamericano y su mismísma Nouvelle Vague –imagínense al Cuadrado frotándose las manos–. El máster del universo Sam Peckimpah, llegó a decir que La Caza, literalmente, “había cambiado su vida”. Vamos, que después de un guión rechazado en todas las productoras, después de sablear a la familia y tras un rodaje infernalmente mortífero donde más de uno se jugó incluso la vida, Carlos Saura y los demás secuaces del rodaje de La Caza… lo acababan de petar.

El Círculo de Escritores Cinematográficos otorgó cuatro medallas al filme: la de mejor película, la de mejor actor a Alfredo Mayo, mejor fotografía a nuestro Luis, así como el Premio Antonio Barbero para noveles a Emilio Gutiérrez Caba. En su país de origen, no se ha de pasar por alto, la película fue maltratada con saña por la prudente prensa del momento (cómo no).

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Fotograma de los inquietantes títulos de crédito del inicio de La caza (Carlos Saura, 1966), posiblemente el mejor trabajo en blanco y negro de Luis Cuadrado © Elías Querejeta Producciones Cinematográficas S.L.

Pero atención: pocos títulos más tarde vendría la otra mitad del explosivo coctel que abrillantaría del todo la carrera de Cuadrado, certificándolo como un dire de foto todoterreno. En los locos 60 aún se rodaban películas en blanco y negro, y se estrenaban simultaneadas con experimentos a todo color. Producto nacional puro y duro, era el sistema de color ye-yé cinefotocolor, conocido popularmente como tomatecolor, con el que se rodaban mil maravillas en una época y un país donde se pergeñeban e improvisaban mil inventos y juguetes para tirar tomas. Una cosa muy bonita y muy lucida, pero también rápidamente degradable, con la que se pudo dejar para la posteridad títulos mágicos a más no poder. Cuadrado vivía pues una década “de viene y va”, rica en lisergia y psicodelia, pero también llena de caspa española y ruralismo revenido. Todo un preparado pop muy óptimo para el cine, que Cuadrado supo aprovechar, tanto en la aridez de La Caza, como en la explosión kitsch de Peppermint frappé (Carlos Saura, 1967).

Saura volvía a trincar el premio de dirección en el Festival de Berlín, en 1968, y la película no llegó a participar en el Festival de Cannes, a pesar de estar en la sección oficial, por los pelos. Ya que se canceló el evento por los eventos ocurridos en ese mismo año. Además del aluvión de premios y medallas, Peppermint frappé, protagonizada por Geraldine Chaplin y José Luis López Vázquez, cosechó un extraordinario éxito comercial en el mercado europeo.

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Varios fotogramas más, esta vez de los títulos de crédito de Peppermint frappé (Carlos Saura, 1967). Pura lisergia y colorido, o kitsch y lo ye-yé de la mano, supuso otro éxito internacional para el tándem Saura-Cuadrado © Elías Querejeta Producciones Cinematográficas S.L.

Con la tontería, Luis Cuadrado ya llevaba unas cuantas películas a la espalda, pero su leyenda no había hecho más que comenzar. Ya había hecho piña con artistas tan dispares como Carlos Saura y Manuel Summers, con los que seguiría chutando planos, pero aún estaban por llegar Víctor Erice, Basilio Martín Patino, Gonzalo Suárez, Jaime Chávarri, José Luis Borau… Empezaban los 70, y aún habría mucho más cristal transparente a través del que mirar.

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