Si de lo que estamos hablando, es de trazar una serie de artículos basados en el superheroísmo europeo, no puede faltar la entrega de hoy, basada en sus contrarios, los antagonistas, los denominados supervillanos. Gente dotada para la perfidia, hambrientos de dinero, de fama, de juventud eterna u otras dotes mágicas, y peor aún… gente mala porque sí, villanos pérfidos que existen sólo para estropearlo todo, movidos por la envidia, la codicia o la venganza, por conquistar el mundo, por destruirlo, o tan sólo para hacerle la vida imposible al héroe de turno, en plan némesis de esas.

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Se puede considerar como pionerística la relación de némesis entre héroe y villano vivida por Sherlock Holmes y el Profesor James Moriarty en los relatos de Sir Arthur Conan Doyle. En la imagen: una ilustración de Sidney Paget para una edición de la época, con la famosa escena de Sherlock y Moriarty, matándose en el uno al otro, en la cascada de Reichenbach © Sidney Paget, 1893

Nosotros los europeos, que somos unos malpensa’os, unos macabros y unos cachondos, ya éramos maestros en la villanía (en la ficticia, y en la real) desde tiempo incólumes, antes de que los americanos siquiera existieran. Y en esto del megavillano en plan tutiplén, con sus huestes y su financiación, terrorífico y enemigo público, ya teníamos experiencia consagrada por el éxito, por la vía del gótico –pero el de los libros, eh, no el de las catedrales de los pueblos. El “género” gótico, —no el “estilo”—; que, de eso de nieblas y horrores, los ingleses y los franceses entienden lo suyo.

Y no se crean que de la tierra de Sherlock Holmes vienen la mayoría de malos que habrán visto pasearse por esa maravilla del Noveno Arte que es la colección de La Liga de los Hombres Extraordinarios (The League of Extraordinary Gentlemen. Alan Moore, Kevin O’Neil. 1999-2015) o su émulo televisivo Penny Dreadful (John Logan. 2014-2016). El gótico franchute, aunque menos conocido, también ha parido villanos de tomo y lomo, como los brotados de las mentes de autores como Léon Sazie, o el prolífico Gaston Leroux, que volcó todos los espantos vividos como corresponsal de guerra y fan de lo esotérico y lo paranormal, para crear un sinfín de personajes atormentados y desencantados de la humanidad, héroes chunguísimos como el detective Rouletabille, y mala gente de tomo y lomo, como el  Fantasma de la ópera de su novela más famosa.

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Mary Philbin y Lon Chaney, Sr. en una fotografía de rodaje de El fantasma de la ópera (The Phantom of the Opera. Rupert Julian, 1925) el villano atormentado creado por Gaston Leroux, y amortizado rápidamente por Hollywood © Universal Pictures

Estamos hablando de muy principios del siglo XX –para que se hagan una idea, la citada Le Fantôme de l’Opéra se publicó, serializada, de 1909 a 1910– y de un material que, de popular, nos sitúan en el ámbito más pulp, de folletín, de “replagio” (a parte de en hechos reales, esta misma El fantasma de la ópera, por no abandonar el ejemplo, está “un poco” basada en la novela Trilby de George du Maurier) de auténtico “exploit” que nos deja en campos del tebeo y el chichinabo de antifaz y susto. Precisamente lo que estamos tratando aquí.

De esta manera, al igual que con lo del huevo y la gallina, no sabemos si fue antes el héroe el villano, porque en Europa somos más serios y vemos la dualidad moral a las cosas. Aunque no tanto a la hora de refreír y utilizar ideas ya gastadas; si bien es cierto, que una segunda versión –o copia– resulta a veces capital para darle esa vuelta de rosca que necesita una buena idea para convertirse en un hit. Sin ir más lejos, el mismísimo Fantômas, villano capital de nuestra ficción, creado por Marcel Allain y Pierre Souvestre en 1911, rascando un poquitín de la masa cerebral de Léon Sazie dejada en la creación de otro grande del crimen: Zigomar, cuyas aventuras pérfidas vieron la luz en 1909 –tan sólo un año antes– en un primer capítulo de un serial para Le Matin. Zigomar llegó a gozar de revista propia y, en el cine, su fama le llevó a enfrentarse al mismísimo Nick Carter, que ya ha sido citado entre nuestros fascículos.

Pero, las cosas como son, el nombre de Fantômas ha quedado en el cociente colectivo, aunque sea gracias a las películas de Louis de Funès, o al videojuego del Spectrum, mientras que de Zigomar no se acuerda, lo que viene siendo nadie. A la primera de las noveluchas de título homónimo Fantômas (Marcel Allain, Pierre Souvestre, 1911) le siguieron 31 volúmenes más, y otros 11 que se cascó Allain solo, tras la muerte de Souvestre. Fantômas ha sido adaptado al cine, a la televisión y al comic, y su mera existencia supone el ejemplo perfecto de la transición de los villanos de la novela gótica (torturados, vejados y repremidos) a los desequilibrados modernos.

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A la izqda.: René Navarre, como Fantômas, en Fantomas: A la sombra de la guillotina (Fantômas – À l’ombre de la guillotine. Louis Feuillade, 1913). A la dcha.: Alexandre Arquillière como Zigomar en Zigomar (Victorin-Hippolyte Jasset, 1911) © Société des Etablissements L. Gaumont, Société Française des Films Éclair
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El Fantomas de los sesenta (Jean Marais) pertrechado por eurosecuaces en un fotograma de Fantomas contra Scotland Yard (Fantômas contre Scotland Yard. André Hunebelle, 1967) © P.A.C., Fair Film, Gaumont International

Louis Feuillade dirigió la saga seminal de este despiadado y egoísta personaje –y dirigiría otras sagas de mismo corte como verán más adelante, siendo un nombre capital en toda esta corriente de misterio y excesos morales–, en cuyas aventuras uno podía leer como lo mismo este hombre se hacía con absurdas serpientes gigantes, inoculaba peste en ratas o se gastaba un pastón en cuartos herméticos que se llenan de arena. Una colección de cinco mediometrajes (que oscilan entre los 50 minutos y la hora y poco de duración), donde René Navarre hacía del encapuchado sinvergüenza. El clásico del mudo francés Fantomas: A la sombra de la guillotina (Fantômas – À l’ombre de la guillotine. Louis Feuillade, 1913) inauguraba el serial cinematográfico de Feuillade que tocaba a su fin un año más tarde con Fantomas 5: El falso magistrado (Le faux magistrat. Louis Feuillade, 1914).

El exitazo de Fantomas se volvió internacional enseguida, y el personaje resistió a la Primera Gran Guerra para continuar desarrollándose –y requeteinventándose– en más películas, tebeos y hasta series de televisión y referencias paródicas de todo tipo. Los orígenes del personaje no estaban del todo definidos en la laberíntica y contradictoria colección de libros de quiosco, por eso cada nuevo autor hacía un poco lo que le salía del horcate con el material, con el fin de ponerlo a punto desde 1911 hasta la época que tocara. Podría descender de ingleses o franceses, si bien queda establecido que nace en 1867, siendo conocido en 1892 como el Archiduque Juan North, en el principado alemán de Hesse-Weimar. Y también se sabe, eso siempre, que pasen los años que pasen, el hombre de ley que le persigue incansable es el Inspector Paul Juve (interpretado en la saga cinematográfica original por Edmund Breon), su némesis auténtica, su Sherlock Holmes que vive obsesionado con atraparle y que consigue quitarle la vida en la última novela (tomen, spoiler gratis, pero no me riñan que jamás van a leerse tal facsímil), curiosamente el antagonista en todas las historias, quien intenta impedir la consecución del objeto deseado del protagonista.

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La excéntrica Musidora, actriz pionera experta en grandes villanas del cinematógrafo, interpretando a la despiadada Irma Vep en un instante de Los Vampiros (Les Vampires. Louis Feuillade, 1915), otra fábula de Feuillade donde el título hace alusión al nombre de una sociedad secreta de ladrones, y no a vampiros, y que supone una suerte de crossover con la saga de Fantômas © Société des Etablissements L. Gaumont

El personaje fue pasto de la reglamentaria versión USA, la nada desdeñable Fantomas (Edward Sedgwick, 1920) donde el americano Edward Roseman interpretaba al personaje, al que esta vez acosaba un detective norteamericano llamado Fred Nixon (John Willard) a lo largo de veinte capítulos. Este serial fue estrenado en Europa con el título de Les Exploits de Diabolos. Los americanos incluso reexprimieron al personaje con novelas basadas en su Fantomas, escritas por el churrero todoterreno David White con el título de Fantômas in America.

Jean Galland y Marcel Herrand recuperarían al personaje para Francia interpretándolo en Fantômas (Paul Féjos, 1932) y Fantômas (Jean Sacha, 1946) respectivamente, los primeros largometrajes de rigor, mientras se sucedían los primeros cómics y las versiones apócrifas. Sin salir de Francia, Fantômas tiene un sinfín de imitadores, tales como Tenebras de Arnould Galopin, Masque Rouge de Gaston René, Belphégor, Demonax… Por parte del propio Marcel Allain están por ahí Miss Teria, Tigris, Fatala y Ferocias, que son –puro morro– otros fantómases al rebañe, más mareo de perdiz.

Las novelas de Fantômas y el resto de adaptaciones en el medio expresivo que sea, convierten al Archiduque enmascarado en objeto de veneración por parte de las vanguardias de toda Europa y, sobre todo y por supuesto, de las francesas; particularmente por los surrealistas coetáneos a las novelas por entregas de Allain y Souvestre. Grandes intelectuales, ensayistas y artistas se servían del personaje como elemento referencial, tal y como se puede ver en pinturas de René Magritte o en obras del escritor Robert Desnos. El poeta Blaise Cendrars se llegó a referir al serial original como «la Eneida moderna»; y en 1975, Julio Cortázar publicó Fantomas contra los vampiros multinacionales, inspirado por las adaptaciones mexicanas de Fantômas, que venían publicándose desde los sesenta. Hasta los noventa llegan las influencias y homenajes: del 90 al 95 la editorial belga Claude Lefrancq publica una serie de novelas gráficas escritas por L. Dellisse e ilustradas por Claude Laverdure, y en 1999 el músico Mike Patton bautizó como Fantômas a su grupo de Avant Garde Metal.

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Paperinik, un superhéroe alter ego del Pato Donald creado por Guido Martina y Giovan Battista Carpi en 1969, dentro de la filial italiana de Disney. Está parcialmente basado en Fantômas, no ya como su predecesor Fantomius, que lo estaba del todo. En Francia, se llama Fantomiald y en España Patomas © Disney Inc., Mondadori, Panini Comics

«Desde un punto de vista imaginativo, Fantômas es uno de los trabajos más ricos que existen»

Guillaume Apollinaire, novelista, poeta y ensayista (1880-1918)

Existe una serie mejicana de Fantomas, con su rigurosa máscara de catch, y un émulo de esta versión en Argentina, donde Fantomas es otro luchador enmascarado que hace de francés elegante (lleva capa y a veces chistera sobre la máscara). Exquisiteces varias.

Maurice Teynac sería el nuevo “one solo hit Fantomas”, interpretando al personaje en Fantomas contra Fantomas (Fantômas contre Fantômas. Robert Vernay, 1948), basada en uno de los títulos más exitosos de la versión novelística, justo antes de una la nueva ola fantomesca que volvió a cuajar: una versión mucho más cómica y repleta de acción, con un sentido aire a lo 007, que dio lugar a una trilogía completa dirigida entera por André Hunebelle. Si ya hubo un boom, ahora llegaba el segundo.

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Louis de Funès, repleto de gadgets, para interpretar al comisario Paul Juve en una fotografía promocional de Fantomas vuelve (Fantômas se déchaîne. André Hunebelle, 1965) © P.A.C., Fair Film, Gaumont International

Fantômas (André Hunebelle, 1964) hace arrancar esta saga, que veletea entre el ámbito de lo paródico y un hiperrealismo hiperbólico, al tiempo que está todo bien bañadito en pura lisergia sesenter, en un tono de lo más ye-yé. El chauvinismo de astracán del cómico Louis de Funès, imitado en cada capital de provincias de Europa, es amortizado de nuevo siguiendo exactamente la misma propuestas que en sus pasados –recientes– gendarmes malhumorados e inspectores locos. En esta ocasión, Paul Juve es comisario de policía, y no inspector, y su rol en el filme es el de alivio cómico, ya que el héroe es el periodista Jérôme Fandor, un periodista que ya existía en las novelas originales. Aquí Fantômas aúna todos los conceptos que puede de las pasadas versiones, y la reinvención del personaje resulta brutal. Un exquisito trabajo de maquillaje de Blanche Picot da lugar a una de las caracterizaciones más inquietantes –aún a día de hoy, es increíble lo bien que han envejecido los diseños– del cine de género en general, valga la redundancia homófona. “Le Fantômas!” como insiste en que le llamen en esta nueva saga, ahora es un emperador del mal repleto de peligrosos secuaces en baja forma, poseedor de máquinas con luces parpadeantes y acaparador de una suerte de superfuerza. No tiene rostro, puede hacerse pasar por cualquiera porque su cabeza es una superficie lisa y azulada… Acojonante, al mismo tiempo que descacharrante, disparatada y llena de bromas. Se notaban los éxitos de los pasados Bonds e inclusos de los pasados Inspectores Clousseau.

El protagonista absoluto de la cosa, era sin embargo el seductor revenido en galán-cómico Jean Marais, estrella aún más que brillante del cinema francés, que interpretaba al pérfido Fantômas y al periodista Fandor. Venía muy “a huevo” para el primero de los filmes, que el villano camaleónico se hiciera pasar por el periodista heróico, para así complicar la trama. No sabían que funcionaría tan bien, así que Marais siguió interpretando a ambos personajes en las secuelas Fantomas vuelve (Fantômas se déchaîne. André Hunebelle, 1965) y Fantomas contra Scotland Yard (Fantômas contre Scotland Yard. André Hunebelle, 1966). Todas, rabiosísimos hits.

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¡No diga Maldad, diga Fantomas! Jean Marais, con la máscara quitada en Fantomas (Fantômas. André Hunebelle, 1964) © P.A.C., Fair Film, Gaumont International

En las puertas de locos ochenter, la televisión acoge a Fantomas en su seno con una co-producción entre Francia y Alemania que constaba de cuatro capítulos de noventa minutos de duración. Una miniserie que reescribía de nuevo los orígenes y las fachas del personaje, con Helmut Berger enfundado en una suerte de pasamontañas-mosquitera con un aire más sado-punk. , Jacques Dufilho interpretaba a Juve, y Pierre Malet a Fandor. La adaptación de los textos originales corrió a cargo del incombustible de oficio Bernard Revon, y la autoría de los episodios de Fantômas (1980) estaba repartida entre el ínclito Claude Chabrol, que dirigió el primero y el último; y el hijo de Luis Buñuel, Juan Luis Buñuel, que se cascó el segundo y tercero.

Y ya está, no me voy a enrollar más porque les he metido aquí hasta al Pato Donald. Hay un homenaje muy guay, para los lectores marvelitas, en los New X-Men de Grant Morrison e Igor Kordey; y el propio Fantômas, el original de todos, forma parte de Les Hommes Mystérieux, la contrapartida francesa de La Liga de los Hombres Extraordinarios de Moore. Fantômas da para mucho, oiga.

Estos Fantomas de André Hunebelle lo petan compartiendo época con el gran Diabolik, del que también hemos hablado anteriormente. Así que no es de extrañar que, quienes se subieran al carro de Diabolik, rebañaran también algo del concepto original —por no copiar descaradamente a Marais, como sin pudor hicieron en América del cabronías encapuchado. Y así, nació todo un enjambre de hijos bastardos, con resonancias someramente parecidas. El escritor y periodista Luciano Secchi, pionero de los llamados fumetto nero (novelas baratas con contenido macabro y/o para adultos) no tarda en darle al tarro para parir instantáneamente a un par de villanos de lujo.

Satanik —que su sonoridad no recuerda nada a Diabolik, qué va— y Kriminal (en fin) nacen de la mente de Secchi bajo el pseudónimo que le hizo conocido: Max Bunker. Satanik fue la primera en nacer, concretamente en diciembre de 1964 con la primera novela que llevaba su nombre. Bunker se aliaba con el dibujante Magnus (alias artístico de Roberto Raviola), con quien más tarde crearía también a otros super”euro”es como Alan Ford o la intergaláctica Gesebel, para parir el número 1 de Satanik y convertir al personaje en un superventas y convirtiéndose en objeto de polémica por la siempre topable Iglesia Católica italiana.

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Kriminal, atisbando al acecho de las sobras de la parrillada © Filmes Cinematografica, Estela Films, Copercines
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¡Diabolikmanía! Comparen conceptos con estos pósteres de cine y estas portadas de novela ilustrada para entender un poco de qué iba «la movida» © Dino de Laurentiis Cinematografica, Marianne Productions, Filmes Cinematografica, Estela Films, Copercines

Kriminal, por su parte, fue el primero de los hombres-esqueleto dedicados al allanamiento, el robo y el homicidio, que no tardarían en llenar páginas y bobinas de 35 mm. En poco tiempo, los italianos se sacarían de la manga a Killing, y éste sería copiado por los turcos dando lugar a Killink –en fin, que ya desarrollaremos porque todo no cabe–.

A la Satanik, puesto que no lleva pijama de huesos, la podemos dejar fuera de la “gente esqueleto”. Eso sí, es una supervillana de tebeo de capital impronta. La trama de los relatos está claramente tomada del clásico de la literatura británica El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde (Strange Case of Dr Jekyll and Mr Hyde. Robert Louis Stevenson, 1886); en ella, la científica Marnie Bannister, una joven mujer atormentada por sus desfiguraciones faciales, consigue descubrir un poderoso suero que la convierte en un bellezón inconmensurable. Sin embargo, como ocurre siempre desde que empezara la costumbre el malhadado Dr. Jekyll, la milagrosa droga trae efectos secundarios de lo más adverso, convirtiendo a la recatada y taimada Dr. Bannister en un súcubo sin escrúpulos, trastocando su cabeza y llevándola por el camino de la delincuencia y el crimen.

Luego, se dejaban ver por ahí criaturas del averno como fantasmas, demonios o vampiros, elementos de ciencia-ficción con máquinas capaces de hazañas futuribles, y cosas de terror y mala praxis religiosa como zombies, satanismo y vudú de ese, todo muy “porque sí”. Todas estas fantasciencias, sumadas a unas altas y más que gratuitas dosis de erotismo, convirtieron a las publicaciones de Satanik, tanto en viñeta de cómic, como en párrafo del gordo con santos, en un best-seller de quiosco auténtico, en aquella época dorada cuando la cultura popular no estaba infectada por la intelectualización, los albañiles leían en su hora del bocata y los freakies esos no se venían tan arriba.

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Si el mito del Dr. Jekyll y Mr. Hyde apelaba a la fuerza y la testosterona, la remedo de Satanik lo hace con la belleza y la juventud eterna. En la imagen: Viñetas de Magnus para el tebeo de Satanik © mbp comics

Sólo tardó cuatro años la Bannister —que, si lo piensan también se parece a “Banner” de Hulk, ¿casualidad?— en ser “reinventadilla” para su versión en largometraje. Aunque, lo de “largo” puede tomarse como un convencionalismo, pues apenas supera los ochenta minutos de duración la discotequera co-producción entre Italia y España titulada, cómo no, Satanik (Piero Vivarelli, 1968). En ella, la polaca Magda Konopka interpretaba a la científica, esta vez ayudante de un famoso investigador ocupado en hallar la fórmula secreta de marras. Una vez que el experimento es un éxito, la Dra. Bannister asesina a su jefe y se bebe la poción. Acaba de descubrir como arreglar sus desperfectos cutáneos, al tiempo que vence al envejecimiento. Ya se puede dedicar al crimen en plan bien, eso sí, trocará la guisa de samurai de los tebeos por un uniforme más Diabolikal, al modo del filme de Mario Bava.

La Konopka era cabeza de cartel en esta historia coral, donde nuestro Julio Peña interpretaba al Inspector Trent, el hombre de ley encargado de poner trabas a las metas de Satanik. Con música original del ínclito maestro Manuel Parada y guión de Eduardo Manzanos Brochero basado directamente en un refrito de las aventuras en papel más vendidas de la villana, la parte española se deja evidenciar sobradamente en la infraproducción.

La vieja fórmula del Mad Doctor no funcionó esta vez como antaño, y la película no tuvo el éxito esperado (la verdad es que es un pelmazo curioso). Unos campos muy óptimos para la villanía, estos del laboratorio, que han sido tratados por nuestra literatura y cinematográfica con mimo e insistencia. Desde tiempos de expresionismo alemán (cuando el Dr. Caligari y demás zarabanda) hasta el delicioso clásico El testamento del Dr. Cordelier (Jean Renoir, 1959), con el susodicho Doctor y su alter ego moratl: Opale, pasando por el villanísimo tándem de retorcido incestuoso paternofilial entre el Dr. Zimmer (Antonio Jiménez Escribano) y su hija Emma (Mabel Karr) en la lisergez Miss Muerte (1966), un reaproveche del concepto Satanik estrenada dos años antes. Una fórmula que no ha dejado sin amortizar ni siquiera nuestro internacional Jesús Franco, que ya paseó a su Christopher Lee de Fu Manchú –megavillano– de lujo por todo tipo de estancias llenas de probetas, alambiques y aparatos de mentira, en más de una películas; y le sacó punta al Dr. Orloff de la nada desdeñable versión melenuda del personaje en El secreto del Dr. Orloff (Jesús Franco firmando como “Jess Franck”, 1964).

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El «antes» y el «después» de Magda Konopka en la italo-españolada Satanik (Piero Vivarelli, 1968) © Rodiacines, Copercines, Cooperativa Cinematográfica
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Fotocromo promocional de la película © Rodiacines, Copercines, Cooperativa Cinematográfica

Y si interminable es la lista de zumbados de laboratorios puestos en la vida para putear, interminable es también el ranking de villanas fantásticas que ha dado nuestra cultura popular. Herederas del mito de Fantômas –y, por ende, de Zigomar– que haya habían contado con Fantomah “The mistery woman of the jungle”, una especie de semidiosa africana creada por Fletcher Hank, capaz de convertirse en espectro, más próxima a la propia Satanik que a Fantomas, aunque de villana tuviera más bien poco, y de europea, menos. Sin embargo, las mujeres facinerosas no acabas con las copias de Satanik. Hay mucha malvada entre la “mala gente”.

Femme fatales en la línea de la bruja europea de toda la vida (desde Baba Yaga, a la meiga gallega, pasando por la piruja aquella). Malvadas que cuentan con personajes fetén, que le hacían la puñeta a forzudos de músculo sudado en tiempos de maricastaña, como Fania, la hechicera maléfica interpretada por Hélène Chanel en Maciste en el infierno (Maciste all’inferno. Riccardo Freda como “Robert Hampton”, 1962); o bien eran el brazo derecho ejecutor de algún cerebrito debilucho, como Giorgia, la comandanta de la banda de ladrones conocida como Los siete hombres de oro, interpretada por Rossana Podestá en la absolutamente recomendable producción francesa Siete hombres de oro (7 uomini d’oro. Marco Vicario, 1966) y su algo menos recomendable –que no por ello desaconsejable – secuela, la instantánea El gran golpe de los siete hombres de oro (Il grande colpo dei 7 uomini d’oro. Marco Vicario, 1966), donde Giorgia se erigirá como la mala absoluta del cotarro. Cuando no eran felinas mangantas y asesinantas como la ya aludida villana de Judex (Georges Franju, 1963) Marie Verdier, identidad secreta de Diana Monti en un exquisito juego de italo-gabachismo que tiene su coña, interpretada por Francine Bergé en un derroche de erotismo –Franju tenía un gusto p’a t’o…– muy bien entendido y mejor envejecido. Idea de doble identidad que ya estaba en el serial original de cortometrajes de Feuillade Judex (Louis Feuillade, 1916) cuando a la Monti/Verdier la interpretaba la expresionista Musidora, que también se marcó sus buenas villanas, como atestiguan la saga de Judex, Los vampiros (Les vampires. Louis Feuillade, 1915) o el “western au vin” Les chacals (André Hugon, 1917).

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La atracadora de bancos, gitana y sordomuda, que interpretaba Monica Bellucci en la demencial Dobermann (Jan Kounen, 1997) supone un buen ejemplo del filón que ha sido Europa, a lo largo de las décadas, para nutrir su ficción de buenas «delincuentas» © Canal+, France 3 Cinéma, La Chauve Souris

Vamos, que será por malas mujeres… Desde el cine, a cualquier medio de ficción, hay supervillanos de sexo femenino, tan atroces y peligrosos como cualquier señor con barba y bigote. Por haber, hay hasta una Hija de Fu Manchú, llamada Su-Muru, a la que ya conocerán en la entrega de perfidia oriental. En el mundo del superheroísmo y la supervillanía nadie se queda en el paro.

Tantas vacantes hay que se ha de fragmentar la cosa y dejar otros cuantos seres maléficos para futuras entregas. Precisamente, Fu Manchú, el mandarín demoníaco e “inmatable” creado por el escritor de novelas policíacas y de misterio Sax Rohmer, se ha quedado fuera porque parece que todo es inglés y por eso he preferido empezar por Francia, pero contará con su propio cuadernillo, basado en el “Terror Amarillo”, el miedo de la vieja Europa sajón-normanda (la más rancia que hay) a la parte más lejana del continente vecino, allá donde nace el sol, donde miran raro y donde hacen cosas que nosotros no comprendemos. El viejo Manchú, sin duda tan importante o más que el resobeteado Fantômas, tan amortizado como el gabacho con verdugo, tantas veces adaptado…

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«¡¡¡¿Cómo que no cabe Fu Manchú?!!!» © Hallam Productions, Constantin Film Produktion

… pero que no, que no cabe. La semana que viene, más villanos, que si hay unos héroes, digo yo que tendrá que haber más villanos aún, ¿no? que van muriendo. O no siempre. Esténme alerta.

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