Cuando tratamos el tema del stop-motion en la hoy llamada República Checa, mucho fue el personé que se quedó en el tintero. Alguno citado de tapadillo, otro mentado de soslayo, otros ni tan siquiera mencionados… faltaban muchos por aquello de guardar –dentro de lo que cabe– un cierto orden entre las entregas. Cuando lo cierto es que todos sabemos que lo de los checos y la animación ha sido un no parar.

Pero cómo ya son bastantes largos los fascículos de esta serie, quede mejor así: con la pasada entrega para la gente pionera, y la que ahora tienen ante sus ojos para el relevo, la siguiente generación de artistas que, una vez más, le dieron una vuelta de tuerca a toda vanguardia posible. Checoslovaquia no ha dejado de generar cineastas de animación hasta nuestros días; eso sí, aquí tendremos que acotar y centrarnos en la segunda oleada de innovadores, los miembros de la «segunda génesis».

Fimfárum Jana Wericha (2002)
Fotograma del largometraje Fimfárum Jana Wericha (Aurel Klimt, Vlasta Pospísilová, 2002) © Aurel Klimt & Martin Vandas, Ceská Televize, Krátký Film Praha

Ya vimos como el mismísimo maestro Jirí Trnka comenzara sus desdichas en esto del cine de la mano de Břetislav Pojar. Ahora vamos a detenernos con este hombre, ya que, aunque perteneciente a la misma generación que los “pioneros”, no desarrollaría su carrera como autor, escribiendo guiones y dirigiendo películas hasta los años 50. Eso sí, una vez que arrancó, no paró de “darle a la manivela”, llegando a firmar hasta 58 obras, entre cortometrajes cinematográficos, largos de ficción y documental, y episodios para la televisión. Siempre de animación, la mayor parte de las veces de animación en stop motion, desde películas infantiles hasta las fábulas políticas. A Pojar se debe la animación de muchas películas de otros antes de debutar, incluyendo la mismísima El sueño de una noche de verano (Sen noci svatojanske. Jirí Trnka, 1959), pero fue la pieza de propaganda contra el alcoholismo O sklenicku vic (1954) –algo así como «Un vaso es demasiado»– la que le consagró como realizador. Su siguiente filme El león y la canción (Lev a pisnicka. 1959) alcanzaría un enorme éxito en el festival de cine de Annecy –que, como todos sabrán, es el más prestigioso en animación desde siempre–.

Durante la primera mitad de los años sesenta, continuó trabajando en su Checoslovaquia natal, pero emigraría a mediados de década a Canadá, donde comenzó una larguísima colaboración con el National Film Board. Su obra canadiense, caracterizada por la crítica social, es más conocida casi la checa, y gracias a ella, películas como To See or Not To See (1969), Balablok (1972) y “E” (1981) han arramplado con numerosos galardones en prestigiosos festivales de cine. Al final de su carrera, Pojar regresó a la República Checa, donde seguiría dirigiendo hasta su fallecimiento, en 2012. A modo de curiosidad, para quienes degustaron en los ochenta El oso (L’ours. Jean-Jacques Annaud, 1988), que sepan que el señor Pojar es el responsable de la secuencia del sueño del animal.

Břetislav Pojar
Břetislav Pojar, en plan Gepetto, con sus muñecos, en 2007 © Imdb

Jiří Barta es otro de los nombres que no se han de pasar por alto cuando se hable de esto de la stop-motion, y más en círculos de Europa del este. Éste ya se crio creciendo en pleno comunismo, formando parte de una nueva generación de animadores con un punto de vista más joven e innovador donde la experimentación y la combinación de las –por entonces– nuevas tecnologías eran el pan de cada día. Barta estudió en el Taller de Gráfica de Cine y Televisión durante los años 1969 y 1975 en la reconocida Academia de Artes, Arquitectura y Diseño de la ciudad de Praga, mientras curraba en el Teatro Vedené como escenógrafo. Y será precisamente, y como en tantos otros, la influencia del teatro lo que le lleve a interesarse por el mundo de las marionetas y, posteriormente, por la animación.

Sus primeros pasos en el mundo del cine surgen tras la firma de un contrato con los estudios Krátký Film Praha –los anteriormente conocidos como Bratři v Triku–. Allí pudo desarrollar su proyecto final de carrera: otro anuncio contra la dipsomanía (se conoce que el alcoholismo es un problema gordo en regímenes comunistas–, la pieza en: Duchovní –1975, y sí, se pronuncia como el de Expediente X–. Tres años después cambiaría Krátký Film Praha por el Estudio Trnka, donde empezaría su época de mayor producción. El mismo año que comienza en los estudios estrena su primer cortometraje a nivel profesional, Hádanky za bonbón (Jiří Barta, 1978), que se podría traducir como Acertijos para un caramelo.

En 1982 firma El Mundo Perdido de los Guantes (Zaniklý svět rukavic, 1982), un cortometraje conato de burla del régimen de su país, que intentó esquivar la censura mediante sutiles metáforas llevadas a cabo por guantes, combinando actores con stop-motion. Sin duda, una de sus obras más importantes, con la que traza un punto de inflexión en su carrera, consagrándose mundialmente en el cine de animación. En 1985 publica la que pueda ser su “obra maestra”: El flautista de Hammelín (Krysař, 1985), adaptación del famoso cuento popular alemán.

“La animación en el cine funciona bien con rápidas acciones dinámicas, cambios, y tiene un carácter más grotesco que el dado por la tecnología de filmación cuadro a cuadro. Por el contrario, la tranquilidad, la concentración, el movimiento lento y el juego psicológico forma más pare del teatro de marionetas que del cine. El cine animado tiene un lenguaje específico, en el que es posible tratar tanto temas serios como fútiles, desde un cuento, a un relato filosófico, un relato grotesco o uno surrealista. El cine no puede competir con el teatro, es un compañero más joven que amplía el concepto de animación a otra expresión”

Jiří Barta

Barta vivió en su país diferentes conflictos políticos, pero uno de los más importantes fue llamado proceso de “normalización” de Checoslovaquia cuando las tropas del Pacto de Varsovia tomaron el país en 1968. Por tanto, la presión política estará presente a lo largo de toda su producción. La paradoja viene cuando sólo se otorgaban ayudas y subvenciones a películas de stop motion realizadas con la técnica del cut-out –fotografías cenitales sobre figuras planas, normalmente recortadas en cartulina o papel–, ya que Barta llevaba experimentando con esta técnica desde sus inicios en el cine, con lo que no tuvo ningún problema para adaptarse.

Aventuras en el desván, ¿quién cumple años hoy? ( Jirí Barta, Vivian Schilling 2009) Na pude aneb Kdo má dneska narozeniny?
Y otro osito más (con voz de Forest Whitaker), en un fotograma de Aventuras en el desván, ¿quién cumple años hoy? (Na pude aneb Kdo má dneska narozeniny?. Jirí Barta, Vivian Schilling 2009). Hasta la fecha, la penúltima de Barta, coproducción entre la República Checa, Francia, Japón y Eslovaquia © Bio Illusion, At Armz, Ceská Televize

En 1989 estrenaría, coincidiendo con la caída del llamado “Telón de Acero”, El club de los descartados (Klub odloženych, 1989). El fin del comunismo y la llegada de la economía de mercado acabarían con apoyos del estado, obligando a procesos burocráticos mayores, pero nada esto detuvo a Barta, que siguió filmando hasta el día de hoy.

Aunque, sin duda, el nombre más internacionalizado y famoso por estos lares, es el del artista Jan Švankmajer, que me lo he dejado para el final para que coja más fuste. Interesante donde los haya, su cine es sugestivo, claustrofóbico, sarcástico, cáustico, misantrópico, escatológico, y autodenominado surrealista. Nacido en la mismísima Praga, educado en la prolija tradición del teatro checo de marionetas, estudió en la Universidad de Artes Aplicadas de Praga y más tarde en el Departamento de Títeres de la Academia de Praga de las Artes Escénicas. Tras una breve colaboración en el departamento de arte del filme Doktor Faust (Emil Radok, 1958), comienza a trabajar en el Semafor Theatre de Praga y después en el Laterna Magika. Cambiaría sus tendencias manieristas de sus primeros trabajos por el surrealismo puro y duro, para terminar uniéndose a la disparatada hermandad del Grupo Surrealista Checoslovaco, donde comulgaban otros alocados artistas como Vratislav Effenberg.

Jan Svankmajer, Juegos viriles
La cachondísima hiperviolenta y futbolística Juegos viriles (Muzné hry. Jan Svankmajer, 1988) © Krátký Film Praha

Švankmajer dejaría plasmada toda su experiencia teatral en su primer cortometraje El último truco del Sr. Schwarcewallde y del Sr. Edgar (Poslední trik pana Schwarcewalldea a pana Edgara. Jan Švankmajer, 1964), al que seguirían Johann Sebastian Bach: Fantasía en G menor (Johann Sebastian Bach: Fantasia G-moll. 1965) y Juego de piedras (Spiel mit Steinen. 1965), marcando el ritmo –de dos cortometrajes por año– durante toda la década de los 60.

Adaptaría a Tirso de Molina con su personalísima versión del Don Juan (Don Šajn, 1970), a Horace Walpole con El Castillo de Otranto (Otrantský zámek. 1977), o a Edgar Allan Poe con La caída de la Casa Usher (Zánik domu Usherů. 1980). E incluso haría híbridos con las adaptaciones, como en El péndulo, el pozo, la esperanza (Kyvadlo, jáma a naděje. 1983) que aunaba los cuentos –muy similares– de La muerte y el péndulo de Edgar Allan Poe, y La tortura de la esperanza de Auguste Villiers de L’Isle-Adam. Pero sin duda, su adaptación de oro la llevó a cabo con la obra de Lewis Carroll, cuyo Jabberwocky inmortalizaría en el cortometraje Jabberwocky (Žvahlav aneb šatičky slaměného Huberta o bé Jabberwocky, 1971), y del que sacaría también la que quizá sea su película más reconocida, su debut como director en el largometraje Alicia (Něco z Alenky. 1987), adaptación truculenta y negrísima de Alicia en el país de las maravillas que se ha convertido en todo un clásico moderno imprescindible para la buena cinefilia y la garantía de un «pisto» bien tirado.

Alicia (Něco z Alenky. 1987)
Kristýna Kohoutová y sus muñecas en un fotograma de Alicia (Něco z Alenky. Jan Svankmajer, 1987) © Channel Four Films, Condor Films, Hessischer Rundfunk (HR)
Něco z Alenky. 1987
A base de maqueta y marioneta, y en su versión más macabra (ríase usted de la de Burton), la película recoge multitud de los fantásticos personajes y entornos de la novela de Lewis Carroll © Channel Four Films, Condor Films, Hessischer Rundfunk (HR)

Holgará decir, ya a estas alturas, que el señor Švankmajer era un artista multitécnica y poliformato –si es que existen las palabras–. Mezclaba marioneta con esqueleto de animal, actor de carne y hueso con semoviente articulado, roboces, muñecas de cartón y seres de arcilla. Un universo de pesadilla que trasciende a las películas con la creación de una obra plástica atada a las mismas.

Estuvo casado con Eva Švankmajerová, pintora surrealista, ceramista y escritora reconocida, que falleció en octubre de 2005. Juntos colaboraron en varias de películas como la mencionada Alicia. Con ella, Švankmajer también creó un gabinete de curiosidades en un castillo del siglo XVIII del que es propietario, situado en Horní Staňkov. Una parte de esta colección que intenta hacer perdurar la tradición casi extinta de los gabinetes de curiosidades, se pudo ver en la exposición Metamorfosis que tuvo lugar en 2014 y 2015 en Madrid (en La Casa Encendida) y Barcelona (en el CCCB). La exposición recogía la obra de Švankmajer y exponía objetos esotéricos, collages biológicos o piezas de lo más grotesco y extravagante. Y, si quieren conocer más detalles, pueden consultar el desarrollo que en su momento se currara la inefable Laura Limón en Metamorfosis – Visiones Fantásticas.

Tras la extenuación del rodaje de Alicia, no se arrima al largometraje hasta 1994, donde vuelve a rendir tributo al personaje de Fausto que ya tratara en sus comienzos, junto a su maestro Emil Radok. Para ello, adapta el Fausto de Goethe y recupera la versión tradicional de marionetas. El filme se titula La leyenda de Fausto (Lekce Faust. Jan Švankmajer, 1994) y sirvió de ancla para que el maestro Švankmajer permaneciera trabajando en este formato. El siguiente largo es un guion original, para un filme coproducido con Suiza y Reino Unido: Conspiradores del placer (Spiklenci slasti, 1996). En el 2000 vuelve a arremeter contra la condición humana con la historia de un matrimonio que, al no poder tener hijos, decide criar a un trozo de raíz que termina cobrando vida en la maravillosa El Pequeño Otik (Otesánek. Jan Švankmajer, 2000), basado en la novela homónima de Karel Jaromír Erben, y quizá, junto con Alicia, su película más memorable.

El Pequeño Otik (Otesánek. Jan Švankmajer, 2000)
El bebé-tronco, comiéndose la papilla, en un fotograma de El Pequeño Otik (Otesánek. Jan Švankmajer, 2000) © Athanor, Barrandov Biografia, FilmFour

Volvería a adaptar literatura para el siguiente filme largo, Lunacy (Šílení, 2005), vuelta la burra al trigo con Allan Poe, adaptando los relatos El sistema del doctor Tarr y el profesor Fetjer y El entierro prematuro. Después, tiraría de la pixilación –animar actores en posturas fijas fotograma a fotograma– rodando un guión original suyo en la maquiavélica Sobrevivir a la vida, teoría y práctica (Prezít svuj zivot (teorie a praxe), 2010). Y recientemente regresaría a los bichos de Starevic y los orígenes de La Técnica con el largometraje aún inconcluso Insectos (Hmyz), también basado en literatura: Imágenes de la vida de los insectos de Karel y Josef Čapek.

«Esta obra de Čapek es muy misántropa, y siempre me ha gustado – los insectos se comportan como seres humanos, y la gente como insectos. También me recuerda mucho a Franz Kafka y su famosa Metamorfosis»

Jan Švankmajer

Por ahí se anuncia el estreno de Insectos para 2017, aunque se había hablado del 2015. Y es que, con estas cosas de la paciencia infinita, nunca se sabe.

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