Ninguno de los niños de las diferentes generaciones que leyeron (leímos) los relatos de Enid Blyton supimos nunca –porque estas cosas se saben ahora, con “la interné”– que dicha escritora tenía poco de infantil y de bucólica. Que sus cuentos con regustillo a plumcake y a loza victoriana, protagonizados por chiquillos inquietos cuyas inocentes travesuras cristalizaban siempre en responsabilísimas investigaciones contra el crimen, eran fruto de una mente algo siniestra y oscurantista. Lo que esa misma mente, la de la escritora británica, tampoco sabía, era que los zagales de sus historias iban a servir de espoleta para un auténtico boom de críos detectives, niños de ley, que poblarían las páginas de la literatura infantil y los fotogramas del cine familiar, abasteciendo al subgénero a lo largo de décadas y décadas.

Enid Blyton en su casa
La popular escritora Enid Blyton, en su queli, haciendo como que responde cartas a los niños (1952) © Popperfoto/Getty

Sitos en la misma década (los años 40), son también Los niños de Bullerbyn (Alla vi barn i Bullerbyn), los menores suecos adrenalínicos de Astrid Lindgren –la autora que más tarde creara a Pippy Calzaslargas, pero no nos adelantemos, que esto va por fascículos–. Son también niños, conforman una familiar pandilla y, sí, se puede decir que viven aventuras. El éxito de estos hermanos y vecinos fue bastante considerable: tres novelas, una antología y dos largometrajes, más una secuela (estas dos últimas, realizadas nada menos que por Lasse Hallström) y una serie de televisión. Eso sí, no es para nada comparable con el éxito de Los Cinco, de la citada Sra. Blyton. Y tampoco es comparable el rango de riesgo, trepidancia y, en definitiva, aventura, entre las historias vividas por los niños suecos, que no suelen ir más allá de cazar cangrejos, comer cordero y representar retratos de costumbres según las estaciones; y las que se marcaban los chavales británicos, donde directamente se jugaban la vida.

Estos cinco perillanes de Los Cinco fueron la mayor creación de Doña Enid, y lucharon contra la vagancia y la perfidia en 21 novelas, y también contaron con sus pertinentes adaptaciones cinematográficas y de tebeo. Y suponen, ya verán, el parangón, la “piedra angular”, o como lo quieran ustedes llamar, de toda esta patraña que estamos desglosando.

Por arte y oficio de la flema y el aburrimiento británico, las cosas del patriarcado ese, y la ranciedad del momento, La Blyton acabó llamándose Enid Mary Blyton Pollock Darrell Waters (todo eso), como en aquel chiste de Gila donde todos le terminaban por llamar “Chuchi”, pero nació como Enid Mary Blyton, en 1897 en East Dulwich, Londres. No se si por las cuestiones antes citadas, por su desdichada y desilusionante infancia, su matrimonio con un héroe de guerra dipsómano hasta la muerte que la abandonó por la también escritora Ida Crowe, los problemas de desarrollo que sufrió desde pequeña, o sabe Dios por qué, pero el caso es que esta señora terminó desarrollando modos de vida muy alternativos. Manías tales como jugar al tenis en bolas, simpatizar con las SS, acostarse con la nanny, hacer apología del racismo, maltratar a sus retoños y bajarse a golpe de glotis hasta el agua de los floreros; actividades que, así en general, contrastaban bastante con los universos preadolescentes de sus obras. Pero, las cosas como son, a esta limitadísima artista, refreidora de clichés y estructuras, pobre en su léxico y carente de estilo notable, se le tiene que atribuir el título de pionera en esto de las pandilla aventureras. Sus libros han tenido éxito en muchos países, y se han traducido a unos noventa idiomas (que no son dos ni tres).

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A la izqda.: un fotograma de Bara roligt i Bullerbyn (Olle Hellbom, 1961), la primera adaptación de Los niños de Bullerbyn. A la dcha.: un fotograma de Alla vi barn i Bullerbyn (Lasse Hallström, 1986) que, junto con Mer om oss barn i Bullerbyn (Lasse Hallström, 1987) comprende la segunda adaptación cinematográfica de los personajes de Astrid Lindgren © Artfilm / Svensk Filmindustri (SF)

Escribió también novelas de corte fantástico, pobladas de seres de mitología celta y normanda, muñecos de esos que ahora están muy en boga por salir en –como decía el ínclito Joaquín Hidalgo– “las mierdas del Tolkien”. Y también tiene, la picantona de ella, series centradas en el mundillo de los internados femeninos, que es algo muy bonito y de un pornonambla más que colable. Pero lo que nos interesa de todo su plantel infantil, es el de aquellas series como la de Los Cinco, donde los chavales, desprovistos de otras aptitudes ofensivas, se enfrentan a delincuentes cetrinos y desarrapados, mediante el ingenio, la pericia y el subterfugio. Aquí ya se marcaba una línea, señoras y señores, se prendía fuego a una mecha de duración desconocida. Con Los Cinco comenzaban las pandillas aventureras, con Los Cinco acabarían llegando Los Goonies y, entre ellos, toda una zarabanda de bandas de menores cargados de adrenalina.

Los Cinco y el tesoro de la isla, Los Cinco se escapan, Los Cinco van de camping, Los Cinco se ven en apuros, Los Cinco en peligro, Los Cinco otra vez en la Isla de Kirrin, Los Cinco han de resolver un enigma, Los Cinco juntos otra vez… los títulos brotaban como los churros de la máquina, trocando adjetivos y nombres de una plantilla narrativa a otra, donde los puntos de giro no se movían un ápice entre novela y novela. No sólo echó a andar a estos cinco zagales, sino que se sacó de la manga otros siete para poner en marcha más novelas (15 en total) con Los Siete Secretos como protagonistas. Otro club, adlátere a las leyes de los adultos, supersecreto y clandestinamente pueril, que se dedica a refreír más o menos las mismas aventuras que los otros cinco de antes. No contenta con la trapacería, y aún con la cara en su sitio, sin descender ni poquito, vuelve a hacer de su magia y –aunque sólo amortiza la cosa con dos novelas– presenta al mundo sin pudibundez ninguna a Los cuatro aventureros (¡chúpese esa mandarina, Doña J. K. Rowling!).

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Literatura preadolescente siempre fresca y variada. Antes que Marvel y DC, Enid Blyton lo petó con su universo superheróico particular, lleno de personajes muy distintos entre sí © Editorial Juventud

Si le interesa especialmente la vida de esta señora y no le apetece leer, puede deleitarse con la tivimuvi Enid (James Hawes, 2009), producida por la BBC, con Helena Bonham Carter haciendo de Enid Blyton y Matthew Macfadyen de Hugh Alexander Pollock. Aquí, en verdad, lo único que nos interesa es su legado, que no es poco. De hecho, es la semilla de este asunto, La Blyton era a la literatura lo que Leone al cine: una válvula de inspiración para toda una serie de plagiadores que harían nacer una nueva fórmula.

Los misterios y crímenes resueltos por niños-sabueso siguieron brotando como champiñones. Casi al tún-tún, sea usted de la generación que sea, si era más o menos “de leer” recordará el careto de Hitchcock, asomando por una esquina, en las portadas de la colección Alfred Hitchcock y los tres investigadores. Y es que esa quizá sea la colección de Blytonexploitation que gozó de mayor éxito –después de las originales de Enid, claro, que aún se siguen editando casi cada año–.

El rollizo y cerebral Jupiter Jones, el atlético Pete Crenshaw y el precoz Bob Andrews, eran los protagonistas –a Hitchcock no se le veía por ninguna parte– de esta copiosa colección, cuyos títulos comienzan todos con Misterio de… (Misterio del loro tartamudo, Misterio del perro invisible, Misterio de los cómics esfumados, Misterio de la rubia tozuda, Misterio del musical peligroso y así), y que contó con varias series. La primera, de 30 libros, comprende los años entre 1964 y 1979, y para ella anduvieron dándole a la pluma escritores como Robert Arthur –creador de los personajes–, William Arden y M. V. Carey. La segunda consta de 13 libros, publicados entre 1981 y 1987, ventilada por William Arden de nuevo, Megan y H. William Stine, G. H. Stone, y Peter Lerangis, que siguieron currando incluso tras la muerte de Robert Arthur. Paralelamente a esta etapa, entre 1985 y 1987, se publicaron cuatro tomos de esos rollo “elige tu propia aventura”, donde el lector podía improvisar el camino a tomar en la trama e ir a la página que le mandaran, en una serie que se llamó Los Tres Investigadores necesitan tu ayuda. La calidad, así en términos generales, era bastante superior a la de los niñatos relamidos de la Blyton, aunque también es cierto que ahí había muchas mentes trabajando juntas, manufacturando menos “a lo loco”.

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Mucho misterio en la colección Alfred Hitchcock y Los tres investigadores (Robert Arthur, 1964-1993). Estos críos seguían vivos de milagro © Editorial Molino

La tercera y cuarta etapa ya son de producción germana, distribuidas por la Editorial Kosmos, que se hizo con los derechos de explotación en 1993. La serie pasó a llamarse Los Tres (Die Drei) a secas, y consta –de momento de 37 libros, todos escritos por autores locales. Ben Nevis, Astrid Vollenbruch, André Marx, Marco Sonnleitner… si a nadie les sonaban los autores americanos del párrafo anterior, éstos ya…

Hasta 2007 se mareó la perdiz y no se hizo la película. Pero entonces fueron dos: Los tres investigadores en el secreto de la isla del esqueleto (The Three Investigators and the Secret of Skeleton Island. Florian Baxmeyer, 2007), uno de cuyos fotogramas corona éste artículo, y su secuela, Los tres investigadores en el secreto del castillo del terror (The Three Investigators and the Secret of Terror Castle. Florian Baxmeyer, 2009). De ambas puedo decir –sin haberlas terminado de ver, que sólo hay una vida y no dura 500 años– que son productos que merecen bastante la pena, que al chavalín que hace de Jupiter Jones lo han busca’o muy parecido a Hitchcock, y que ninguno de los dos filmes gozó de ningún tipo de éxito en taquilla. La tercera parte, que llegó a rumorearse por ahí por la virtualidad, jamás llegó a rodarse.

A mediados de los ochenta Susaeta editaba la colección Pakto Secreto, consistente en más tomos con más refrito de éste, otra vez made in German –se conoce que allí gusta la cosa–, escritos todos por Stefan Wolf. PAKTO era la palabra resultante de juntar las iniciales de los cinco chavales protagonistas: Patitas, Albóndiga, Karl, Tarzán y Óscar (menos Karl, todos son apodos, y Óscar es un perro, ¿cómo se quedan?). Pasan sus vacaciones de verano en un internado alemán y se dedican a resolver misterios en plan Scooby Doo (fantasmas que luego, al final, resulta que no son).

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Hasta el mundo del Anime llegan las pesquisas de todo buen niño de ley. Ante ustedes, una imagen promocional que muestra la pandilla aventurera, y sus villanos y correligionarios, de la serie japonesa Detective Conan (Meitantei Conan. Gôshô Aoyama, 1996 – ) © TMS Entertainment

Más material, sólo por no salirnos del mercado editorial, que resulta que en este movimiento, es de donde nace todo. Porque con la idea de los niños que adoptaban la responsabilidad de los adultos de ley, policías, agentes secretos, detectives e incluso patrulleros de La Benemérita, se acababa de abrir todo un mercado que conectaba directamente con el público más joven.

No piense que esto ha acabado aquí. Las pandillas aventureras no sólo se dedican a la criminología y el detectivismo. Hay pandillas de críos dedicadas al music-hall, a la supervivencia extrema, al ecologismo, al deporte… niños vengadores, bailarines, invisibles, vampiros, macarras, mágicos, españoles, postapocalípticos. De todo hay, oiga. Esto sólo ha sido el Origins, o el Begins de la cosa.

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