Por ponernos rigurosos con esto del orden ascendente de fecha, hoy toca gente de la República Checa, checoslovacos de nacimiento, adopción o empadronamiento, austrohúngaros todos. Praga nacía al siglo XX como el gran bastión de la vanguardia y la tendencia, la ciudad del arte, la literatura y la perfomance, que aunaba las últimas corrientes europeas con su larga tradición en teatros y guiñoles. En Praga uno puede ir a la ópera por 20 euros, y contemplar marionetas haciendo todo tipo de representaciones, matices y contorsionismos. Esto ya debía ser así en la década de los veinte; así que en los 30, consolidado el lugar como la olla donde se cocía “La Movida de Praga” –este término es inventer, eh, no lo digan por ahí–, los artistas del checos del momento no pudieron dejar pasar ese espectáculo nuevo, derivado del “cine normal” que era el “cine de animación”. El aluvión de checoslovacos, encabezados por Hermína Týrlová, Jiří Trnka y Karel Zeman, no es algo circunstancial en esto del stop-motion. Estas figuras son capitales.

Ferda mravenec
En plena Segunda Guerra Mundial, Checoslovaquia crearía al popular personaje de Ferda The Ant (Ferda Mravenec. Hermína Týrlová, Ladislav Zástera, 1943), que aquí se haría conocida por una serie de animación convencional, ya en los 80, rebautizada como Ferdy (1984) © Degeto Kulturfilm GmbH, Studio B.M.S. Zlin

De hecho, decir “animación” y decir “checa” queda siempre bien. Los checos son punteros en animación, en stop-motion y en “no stop-motion”, y los nombres antes referidos, a parte de auténticas eminencias en la materia, son pioneros absolutos con este tema que nos traemos entre manos en la serie.

A puertas de los años treinta, la joven Hermína Týrlová (1900-1993), quedaba fascinada por la magia y fantasmagoría y los cortometrajes de Walt Disney que se estrenaban en la ciudad morava de Zlín, donde habitaba. Curraba ya en el “audiovisual” –entrecomillo, porque ese término es de hace poco–, en una pequeña productora, IRE-Film, dedicada a la publicidad y propiedad del director de cine Karel Dodal, contra quien contraería matrimonio en 1928 –se divorciarían cuatro años más tarde–. En esta empresa, fruto de la colaboración de ambos, cineasta y animadora, y en unas pésimas condiciones de trabajo y medios, vio la luz el primer anuncio de marionetas de la historia del cine de animación checo: El secreto de la lámpara (Tajemství lucerny, 1930) y la un cortometraje que mezclaba animación e imagen real, Las aventuras del Omnipresente (Vsudybylova dobrodruzství, 1936), que obtuvo una mención honorífica en la Bienal de Venecia de ese año. Corrían buenos tiempos para la animación checa, y así nacía en 1935 el taller de trucos cinematográficos AFIT, como una pequeña empresa privada dedicada a la creación de títulos de crédito y temas musicales para los avances y tráilers de las películas, así como a la producción de piezas publicitarias y la construcción de maquetas. Vamos, todo tipo de trucos para el cine.

Como en las pelis americanas, todo lo vinieron a echar por tierra los alemanes. En 1939 los hordas nazis tomaron Checoslovaquia, y en 1941, el taller, cambiando su nombre por el de Sección especial para la producción de películas de dibujos animados de la sociedad Prag-Film –todo eso–. En 1944, la producción de películas de dibujos animados, muñecos o marionetas, antes muy prolífica, fue interrumpida por completo. Dodal, el marido de la Týrlová, se exilió a Estados Unidos –y luego a Argentina–, pero ella decidió permanecer en el país. Su entereza le hizo estar presente para trabajar para Ladislav Kolda, director de los Estudios Bata, en Zlín. En esta empresa, en plena Segunda Guerra Mundial, Hermína Týrlová fabrica a su personaje más popular, que seguiría vivo –y generando beneficios– década tras década, basado en un cuento infantil de Ondřej Sekora: Ferda, la hormiga. Ferda, conocida en España como Ferdy, y en algunos países de Latinoamérica como La hormiga Fernando, era el insecto protagonista del cortometraje Ferda Mravenec (Hermína Týrlová, Ladislav Zástera, 1943), rodado a lo largo de más de un año, pero éxito rotundo en media Europa, donde enseguida se hizo eco del personaje en adaptaciones de todo tipo, siempre para el público infantil.

Tal fue el éxito que la Týrlová continuó animando, produciendo y dirigiendo cortometrajes de Ferda/Ferdy hasta bien entrados los setenta, ya a todo color –tienen uno bajo este párrafo, si quieren un ejemplo– y con una técnica mucho más pulida, estrenados tanto en cine como para televisión. Aquí, la verdad, no conocimos a la hormiga hasta casi terminados los ochenta, cuando la serie de televisión de “animación convencional”; ahora, a espabilados no nos gana nadie, porque conservamos en nuestro Museo del Juguete de Figueras (Gerona) el muñeco articulado original, y además el de Ferdy, no el del escarabajo malo, ni el de cualquier secundario de por ahí…

En 1947 estrenó una de sus grandes y más reconocidas películas Canción de cuna (Ukolébavka. Hermína Týrlová, 1947). Y, entre otros muchos títulos, en 1946 había producido, en colaboración con Karel Zeman, otro de los grandes nombres de este tema, otra película que combinaba animación con actores: La rebelión de los juguetes (Vzpoura hraček. Frantisek Sádek, Hermína Týrlová, 1946). Este filme recibió el premio a la mejor película infantil en el Festival de Venecia, pero sigamos por orden que, si no, se van sumando nombres y nos perdemos.

Una vez terminada la guerra, las industrias volvían a ponerse en marcha, pero del AFIT no quedaba ya absolutamente nada. Eso sí, en aquellos tiempos de Dios aún quedaban almas románticas, cándidos mecenas, que vieron la posibilidades del derrumbado proyecto de aquellos muchachos y muchachas. Así, en 1945, se funda el primer estudio de películas de animación, bautizado como Brati v triku (La hermandad del truco, en castellano).

 Vzpoura Hracek (1946)
Fotograma del delicioso cortometraje La rebelión de los juguetes (Vzpoura Hracek. Frantisek Sádek, Hermína Týrlová, 1946), un proto-Toy Story expresionista © Ceskoslovenská Filmová Spolecnost, Krátký film Zlín

El 17 de mayo de 1945 se reunía un grupo de veintiséis artistas –la mayor parte de ellos, ex miembros del AFIT– para perfilar el programa de nacionalización de la cinematografía. El 28 del mismo mes, la dirección artística de la sección de “dibujos animados” fue encomendada al joven Jirí Trnka, que ya era conocido por su extensa obra como ilustrador –principalmente de libros infantiles–, y que acabaría siendo denominado, por su incomparable relevancia dentro de la historia del cine de animación, como “el Walt Disney de la Europa del Este”, muy a pesar de las diferencias entre ambos artistas.

Los impronunciables Trnka vivían en Pilsen (Bohemia occidental), donde nació y se crió Jirí. El padre era fontanero, y la madre modista, ambos humildes pero artesanos. El abuelo, además, era ebanista, y en ocasiones le tocaba tallar o reparar marionetas. Pasaba así las horas muertas el infante Trnka, hasta que se lanzó a fabricar sus propios títeres, levantando pequeños espectáculos para los amiguetes. No fue pues de extrañar, que en su adolescencia pasara a estudiar en la escuela de Josef Skupa, padre espiritual e inspirador de muchos marionetistas de éxito. Con lo cual, se puede decir que Hermína Týrlová y Jirí Trnka tienen origen distintos dentro de la misma “movida”. La una –curiosamente– de la Disney, el otro de la del teatro de marionetas checo, parten de diferentes poesías.

Tenía pues 33 años, cuando Jirí Trnka (1912-1969) es nombrado director del departamento de animación en el programa nacional de cinematografía checo de posguerra. Y es entonces cuando comienza su aprendizaje en el cinematógrafo. En el estudio de Brati v triku comienza su actividad, realizando algunos cortometrajes de animación convencional: El abuelo plantó una remolacha (Zasadil dědek řepu. 1945); Los animales y los bandidos (Zvířátka a petrovští. 1946), premiado en la primera edición del Festival de Cannes; El saltador y los hombres de las SS (Pérák a SS. 1946); y El regalo (Dárek. 1946), una sátira sobre los valores de la clase media en clave surrealista.

A pesar del innegable valor de estas primeras películas y de su reconocimiento internacional, a Trnka no le terminaba de molar la animación tradicional, que “requería demasiados intermediarios” como para vivir a gusto. De esta manera, en el otoño de 1946 se plantea ponerse a hacer stop motion con marionetas, que es más lo suyo, y comenzó a enredar en el formato con la ayuda del cineasta multifunción Břetislav Pojar. De esta simbiosis de señores serios salió el largometraje El año checo (Špaliček. Jirí Trnka, 1947), un film de historias cortas, que toma como hilo argumental las estaciones del año. La película atrajo la atención de la crítica mundial hacia el cine de animación checo y fue premiada en numerosos festivales internacionales, incluyendo el Festival de Venecia –llegar y besar el Santo–.

Jirí Trnka,
Jirí Trnka, corrigiendo la postura de uno de los muñecos de la película El sueño de una noche de verano (Sen noci svatojánské. Jirí Trnka, 1959) © Studio Kresleného a Loutkového Filmu

A partir de 1948, los estudios de Trnka comenzaron a recibir subvenciones estatales y ya fue el no parar. Cayó la película Cisaruv slavík (1949), basado en un cuento de Hans Christian Andersen con sus buenos actores reales –los niños Jaromir Sobota y Helena Patrocková–; los cortometrajes Historia de un contrabajo (Román s basou. 1949), adaptación de un cuento de Antón Chéjov, Certuv mlýn (1949) y Canción de la pradera (Arie prerie. 1949), un western paródico, homenaje a John Ford. Y también cayó una de sus mayores obras, su tercer largometraje con muñecos animados a paso de manivela: El príncipe Bayaya (Bajaja. 1950).

Basado en un par de cuentos de la escritora Bozena Nemcová, El príncipe Bayaya es un historia de “espada y brujería” –ya repasamos el fenómeno, un poco “a la nuestra”–, situada en un mundo inexistente de reminiscencias medievales. Un relato de esos con campesino que se consigue armarse caballero, llevarse por delante un dragón y quedarse con la princesa. Visto mil veces, su condición de fórmula stop motion lo convierte en una película tan preciada como inencontrable.

El príncipe Bayaya (Bajaja. 1950)
Fotografía promocional de El príncipe Bayaya (Bajaja. Jirí Trnka, 1950) © Ceskoslovenský Státní Film

En los cincuenta, tras pasarse la primera mitad de la década mojando un poco el churro en la animación plana de toda la vida y las sombras chinescas, Trnka experimenta, pule y da esplendor a su técnica, alumbrando nuevos hitos del “fotograma a fotograma”. Así, en Veselý Circus (1951) probó el papel bidimensional como elemento a animar y anduvo varios años enredando con un proyecto de Quijote que jamás llegó a ver la luz –no fue muy bien visto por las autoridades checas, cuentan–. En 1953 estrenó su cuarto largometraje, Antiguas leyendas checas (Staré povesti ceské), estructurada como El año checo (Špaliček. Jirí Trnka, 1947), en historias cortas autoconclusivas, adaptadas todas de Alois Jirásek (1851-1930), que gozaba de gran popularidad entre los jóvenes checos.

En sus ansias por explotar clásicos de la literatura nacional, Trnka se lanza en 1955 a adaptar la sátira antibélica El buen soldado Švejk, de Jaroslav Hašek. Ya existían varias adaptaciones cinematográficas de esta obra en el “cine real” –adviértase el entrecomillado–, pero Trnka fue el primero en hacer una película de animación sobre el popular personaje. Para la construcción de sus marionetas, se inspiró en las ilustraciones que para el libro original había realizado Josef Lada, que en la imaginación popular estaban estrechamente asociadas a los personajes de Hašek. Y pese a no estar considerada como una de las mejores obras de Trnka, fue todo un éxito y recibió varios premios en festivales.

En 1959 rodaría su último largometraje: El sueño de una noche de verano (Sen noci svatojanske. 1959), adaptación de la mítica obra de William Shakespeare que Trnka conocía bien, de tanto haberla ilustrado en distintas ediciones. No sólo era su última película, Sen noci svatojanske también fue el mayor éxito de toda la filmografía de Trnka, y aún hoy en día es reconocida como una de sus grandes obras maestras indiscutibles.

El sueño de una noche de verano (Sen noci svatojanske. 1959)
Fotograma de El sueño de una noche de verano (Sen noci svatojanske. Jirí Trnka, 1959), posiblemente la obra maestra de Trnka © Studio Kresleného a Loutkového Filmu

En El sueño de una noche de verano se pone la misma atención a la fotografía y la animación, como a la narrativa visual y la música de Václav Trojan, cuyo ballet supone el auténtico elemento de cohesión para la trama del filme. Los muñecos de la película no estaban construidos en la acostumbrada madera, sino en un plástico de fabricación especial, más flexible y dúctil, que permitía un mayor detalle en el modelado de los rostros. El resultado final del conjunto sigue siendo, a día de hoy, espeluznantemente espectacular.

Los sesenta son la caída en el pesimismo absoluto para la filmo de este señor. Sólo realiza algún que otro cortometraje, a cada cual más cenizo. Entre estos, destacan –y además son muy de destacarse– la macarrada La abuela cibernética (Kybernetická babicka. 1962), sátira mordaz contra la invasión doméstica de la tecnología y El arcángel Gabriel y la señora Oca (Archandel Gabriel a paní Husa. 1964), adaptación de uno de los cuentos del Decamerón de Boccaccio. Ambas, dos exquisiteces, desde luego. Pero es el corto La mano (Ruka. 1965) el considerado como su testamento artístico, última obra rodada por Trnka.

En Ruka, un escultor cabezudo recibe la visita de una enorme mano, que le obliga a llevar a cabo una escultura de sí misma. El artista se niega, por lo que la mágica mano comienza una infatigable persecución contra él, hasta hacerle la vida imposible –y no les cuento más, por si lo ven–. No fue difícil que las mentes más despiertas del momento descifraran el significado de esta joya, protesta contra las condiciones impuestas por el estado comunista checoslovaco a la creación artística, e incluso hay quien ha visto en ella una anticipación de la llamada Primavera de Praga.

«(Ruka) es una especie de himno rabioso a la libertad creativa»

Giannalberto Bendazzi, historiador de cine de animación

Aunque el cortometraje no tuvo problemas con la censura –lo que el autor achaca en entrevistas a simple chapucería–, doce meses después de la muerte de Trnka las copias fueron confiscadas y se prohibió su exhibición pública en toda Checoslovaquia durante dos décadas. El funeral de Trnka fue todo un acontencimiento nacional. Dejaba para el mundo un plantel de destacados animadores de sus estudios –Stanislav Látal, Jan Karpas, Bohuslav Srámek, Zdenek Hrabe, Frantisek Braun…–. El japonés Kihachirō Kawamoto, uno de los principales referentes actuales en la stop-motion, también admite lo mucho que debe a su mentor checo, con el que trabajó en 1963.

La abuela cibernética (Kybernetická babicka. 1962)
Fotograma del cortometraje de ciencia-ficción La abuela cibernética (Kybernetická babicka. Jirí Trnka, 1962) © The Detroit Institute of Arts
La Mano, Jirí Trnka,
Fotograma del cortometraje de reivindicación política La Mano (Ruka. Jirí Trnka, 1965), última película del artista © Ustredni Pujcovna Filmu, Loutkovy Film Praha, Studio Kresleného a Loutkového Filmu

Adalides de la animación stop-motion sin efectismos ni derroche de producción. Con la firme creencia de que no hacía falta alterar la fisonomía de los muñecos con elementos extras para denotar sus emociones, sino mantenerla hierática como la de una marioneta, consiguiendo expresividad mediante cambios en los encuadres y la iluminación. Puro cine narrado con muñecos, no cine puesto al servicio de los mismos.

“Siempre daba a sus ojos una mirada indefinible. Con el simple giro de sus cabezas, o con un cambio de iluminación, ganaban expresiones sonrientes, o infelices, o soñadoras. Esto le daba a uno la impresión de que el muñeco escondía más de lo que mostraba, y que su corazón de madera incluso almacenaba más”

Břetislav Pojar

Porque luego está Karel Zeman, el tercer fundador de este llamado cine de animación checo. Al que, puestos a comparar, que los críticos son mucho de comparar, han relacionado con el gran innovador del cine, Georges Méliès, debido a su inventiva e ingenio sofisticado de fascinantes resultados. Aunque sus filmes estaban principalmente dirigidos hacia un público infantil, no dejaban de descolgar mandíbulas de adulto también.

Karel Zeman (1910-1989) estudió en Francia, y trabajó en Marsella en un estudio de publicidad –su primera experiencia con el cine de animación fue un anuncio de sopa en lata para los cines–. Al regresar a Checoslovaquia, continuó trabajando en el mundo de la publicidad, para las compañías Bata y Tatra, hasta que el productor Elmar Klos, interesado por su obra, le ofrece un trabajo en sus estudios de Zlín –ojo con Zlín, eh–. Zeman acepta y marcha a Zlín en 1943, donde conoce a Hermína Týrlová, que acababa de rodar el corto de la hormiga de marras. Como ven, “el círculo se cierra”, que diría Constantino Romero en una Guerra de las galaxias. Aparte del filme ya citado, Zeman realizaría en colaboración con Týrlova el corto El sueño de Navidad (Vánoční sen. Borivoj Zeman, Karel Zeman, 1943), que en 1946 obtendría el premio a la mejor película de animación en el Festival de Cannes, haciendo que su carrera se disparase como un cohete.

Pan Prokouk vynalezcem
El Señor Prokouk, amigo de los animales, en el cortometraje Pan Prokouk vynálezcem (Karel Zeman, 1949) © Krátký Film Gottwaldov

Su popularidad entre el público infantil se catapultó a las nubes cuando creó al Sr. Prokouk, al que hizo protagonizar una serie de cortometrajes exitosísimos. Prokouk era de esos señores con alma de cartoon, que lo mismo era policía en un filme, que inventor en otro, bombero o detective… una suerte de proto-Sr.Rossi, pero checo, todo un hit. Aunque su consagración como artista talentoso y genio indiscutible, le llegaría con el cortometraje Inspiración (Inspirace. 1948), antes de su primer largo de ficción.

Lírica a rabiar, Inspirace es una fábula contada con minúsculas figuras de vidrio animadas (sí, como las del roscón), que inspiró –valga la tontería– a festivales y circuitos de danza de todo el mundo. A Inspirace le seguiría, tan solo un par de años más tarde, su primer largometraje, la sátira Rey Lávra (Král Lávra. 1950), basado en un poema de Karel Havlíček Borovský. Le seguiría, El tesoro de la isla de los pájaros (Poklad ptaciho ostrova. 1952) y después Viaje a la prehistoria (Cesta do pravěku. 1955), que combinaba actores reales con los siempre socorridos dinosaurios en stop motion.

Adaptaría a Julio Verne hasta en tres ocasiones: La invención diabólica (Vynález zkázy. 1958), En el cometa (Na kometě. 1970) y La nave robada (Ukradena vzducholod, 1971). Y a Göttfried Bürger en Las aventuras del barón de Munchausen (Baron Prášil. 1961) para la que utilizó decorados pintados al estilo de Gustave Doré. Y seguiría adaptando literatura, como en sus Cuentos de las mil y una noches (Pohádky tisíce a jedné noci. 1974) o en su Hansel y Gretel (Honzíkovi a Mařence. 1980). Pero ya nos estamos saliendo del tiesto, porque, si bien checas, estas producciones ya no tienen nada de “pioneras” y pertenecen a otro período que, no impacienten, ya tocará.

Inspirace figurine
Figura de cristal, empleada en el rodaje de Inspiración (Inspirace. Karel Zeman, 1949) © The Karel Zeman Museum

Sabemos ya que muchos fueron los recipendiarios de la paciencia infinita que requiere la stop-motion. Y sabemos también que, de checos, anda sobrado el bastión. Eso sí, Hermína Týrlová, Jiří Trnka y Karel Zeman, son nombres que, por impronunciables que les parezcan a nuestros cerebros de latinos del sur, hay que recordar.

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