Tengo el convencimiento de que todos hemos conocido en algún momento a un bartleby. Incluso existe la posibilidad de que, aún sin advertirlo, nos enfrentemos todas las mañanas ante el espejo con uno de ellos. No es descabellado. Los bartlebys son aquellas personas entregadas a la negación del mundo, quedando impedidos ante la ejecución de cualquier proyecto.

Extraído de un relato corto de Herman Melville, Bartleby, el nombre del protagonista, ha experimentado, con el paso del tiempo, una transformación a adjetivo. Suele ocurrir que, ante el vacío lingüístico de un concepto novedoso, la comunidad sienta la necesidad de abrazar una nueva palabra que describa de manera exacta las particularidades de la idea, siendo habitual inmortalizar con ello el nombre del autor del descubrimiento. Masoca y sádico son dos buenos ejemplos. Pero, ¿qué es un bartleby? Se dice bartleby a aquella persona que en posición de crear, teniendo las herramientas y el talento para ello, decide no hacerlo. Para ser más exactos, prefiere no hacerlo.

La réplica es concisa. El protagonista de Bartleby, el escribiente responde siempre de la misma manera ante cualquier petición: “Preferiría no hacerlo”. En su investigación literaria, Enrique Vila-Matas logró rastrear el síndrome de Bartleby en el mundo de las letras para dejar más adelante constancia de ello en su libro Bartleby y compañía. Allí se exponen distintos casos de esta enfermedad de nuestro tiempo. Autores que no llegan a escribir nunca, o que tras uno o dos libros renuncian definitivamente a hacerlo; o que al emprender con convicción un proyecto, se sienten obligados a abandonarlo por una fuerza que no atienden a comprender, siendo invadidos por una pulsión negativa, para acabar paralizados. Es la literatura del No.

Cartel promocional de Arrebato, diseñado por el propio Iván Zulueta.
Cartel promocional de Arrebato, diseñado por el propio Iván Zulueta.
Hay en el cine español varios casos representativos de bartlebys. Me vienen a la mente, sin escarbar demasiado, dos nombres: Iván Zulueta y Víctor Erice. La relación entre el cine e Iván Zulueta se cimentó sobre un amor no correspondido. Tomando como propias del director las palabras del personaje interpretado por Eusebio Poncela en Arrebato (1979), no es a él al que le gusta el cine, sino al cine al que le gusta él. Ni que decir tiene que Arrebato es su único y emblemático largometraje, obra capital del cine español.

Después de aquello, siendo completamente consciente de su decisión, decidió renunciar al cine para dedicarse a tiempo completo a su nueva ocupación, la heroína. Es verdaderamente imposible ver hoy en día Arrebato y no darse cuenta de que es el testamento de su director. Lúcida como pocas obras de nuestro cine, Zulueta deja su alma impresa en el negativo. Es roja. Ahí la encontramos por doquier. A raíz de Arrebato, convirtiéndose en poco menos que un acto reflejo, Zulueta rehuía cualquier cometido con pretextos fútiles e improvisados. La abulia lo tenía incapacitado. La heroína tampoco ayudaba. En sus últimos años de vida, anheló volver al cine con un nuevo largometraje. Pero aquel apetito era para él como una ensoñación. Un nuevo proyecto que llegaría sin siquiera buscarlo, por el mero hecho de desearlo con todas sus fuerzas. Por mero arrebato.

Will More recibiendo instrucciones de Iván Zulueta durante el rodaje de Arrebato (1979)
Will More recibiendo instrucciones de Iván Zulueta durante el rodaje de Arrebato (1979)
El caso de Víctor Erice es diferente. Cuenta con tres largometrajes en su filmografía, que se distancian una década unos de otros. El espíritu de la colmena, El Sur y El sol del membrillo son consideradas parte de la riqueza del cine español. Obras cumbres de un maestro, distribuidas en tres décadas diferentes. Desde el último largometraje hasta nuestros días han pasado veinticuatro años. Sigue siendo un enigma el motivo de su silencio. Dudo mucho que Víctor Erice no haya salido ya al encuentro de algo y que no tenga nada que contarnos mediante sus hipnóticas imágenes. Al fin y al cabo, según sus palabras, el cine es conocimiento. Y él un maestro que imparte cátedra. Puede ser que las respuestas de un nuevo proyecto no puedan ser materializadas. Puede ser que la presión, el nivel de su propia exigencia, le mantenga inmovilizado. Sea como fuere, veinticuatro años han pasado desde su última lección. Esa es su carga y nuestro padecimiento.

Carlos Saura, Elías Querejeta y Víctor Erice en un viaje a Persia.
Carlos Saura, Elías Querejeta y Víctor Erice en un viaje a Persia.
¿Han encontrado algún caso entre sus allegados? ¿Recuerdan algún otro director de cine con estos síntomas? He tenido la suerte de poder estudiar este mal endémico de primera mano, gracias a la figura del que posiblemente sea el bartleby español que más se acerque a su significado.

Las conclusiones que pudimos sacar de las conversaciones mantenidas con Pepín Bello, allá por 2005, y que quedaron reflejadas en el documental Pepín Bello: el hombre que nunca hizo nada, son, cuanto menos, difíciles de olvidar. Pepín, si alguna vez escribió, que lo hizo, tuvo tiempo suficiente en sus 103 años de vida para pensárselo dos veces, con detenimiento y pausa, antes de destruir lo avanzado. Muy posiblemente renunció a escribir por culpa de su círculo más intimo. Se sentía reducido entre tanto ingenio. Se le atribuye a Pepín ser un instigador de creatividad, un agitador. Siendo parte integrante (en la sombra) de la generación del 27, contaba entre sus íntimos a Federico García Lorca, Salvador Dalí o Luis Buñuel. Los cuatro formaron grupo en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Pepín, máximo exponente patrio de la literatura del no, decía: “He escrito cosas esporádicamente, pero nunca he sido escritor. Por eso no lo he dejado, es que tampoco lo he intentado”. Pepín, por si cabía alguna duda, al igual que tantos otros, prefería no hacerlo.

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