Cuando les instaba en el fascículo anterior a seguir este tema de los superagentes secretos de Europa dividiendo por géneros, era por dos razones: una, el volumen; y dos, el radical tratamiento que, bajo esta fórmula, se ha llevado a cabo en estos lares con respecto a los agentes y las “agentrices”, como decía el nazi loco de Un día de furia. Y es que, mientras el caballero venía a ser un 007 al uso, deudor de los viejos ademanes de los Lemmy Caution, Nick Carter y demás proto-bonds, la señora quedaba prácticamente relegada a una suerte de descafeine de la fórmula, versión débil pero fatale del macho, cuando no directamente al campo de lo Clasificado “S”.

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Terence Stamp y Monica Vitti espiando sexys en Modesty Blaise, superagente femenino (Modesty Blaise. Joseph Losey, 1966) © Twentieth Century-Fox Productions

Tengamos en cuenta el panorama europeo en los años 60: la Guerra Fría, el mundo globalizándose, los jóvenes venga a darle a la droga, la policía venga a reprimir en los USA… y los inicios del feminismo moderno dentro de los llamados movimientos por los derechos civiles. El caso es que las cosas éstas de la igualdad de género estaban en pañales hasta tal punto que todo este cotarro cinematográfico y de tebeo con el que les vengo ametrallando, venía a adjudicarse a un público enteramente masculino. Las pelis de cachas en mallas, vengadores enmascarados y espías supersecretos eran para hombres, y como tales productos, la presencia de un personaje femenino de protagonista absoluto, es decir, la mera existencia de una heroína, obligaba casi forzosamente a llevar los vericuetos de trama y plástica hacia los muslámenes gratuitos y el furor uterino exagerado.

Bajo esta óptica que ahora nos suena como muy a “de antes”, pero tras la que los españoles de bien seguimos mirando hasta bien entrados los noventa, gracias a/por culpa de un refrescante ozorismo que nos trajo la novedosa Telecinco de trasnoche perpetuado de teta al aire y tanga de hilo. Bien es verdad, que los europeos “de verdad” son gente más recatada y pudorosa, que se da a la barbarie sexual pero siempre a escondidas, así que su cine no se sustentaba (gracias a Dios) en un despelote espontáneo por represión católica, pero los tiros andaban ahí-ahí.

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Diana Rigg y Patrick Macnee, posando para un foto promocional de la serie de TV Los vengadores (The Avengers. Sydney Newman, 1961–1969), sexy espías británicos como Dios manda © ABC Weekend Television, Associated British Corporation

Retrotráiganse hasta los sesenta, aunque algunos de ustedes no hubieran nacido, y traten de imaginar el terreno fuera de España, en una Europa bulliciosa, que despierta al amor libre, pero en la que todavía queda mucho señor mayor igualito que el de aquí, amante de los tiros del spaguetti western y de las majorattas italianas. Un europeo viejo de palillo en la boca y mostacho indómito que convivía con los chicos y las chicas ye-yé. Las versiones femeninas de Bond –y en ocasiones, hasta las masculinas–, debían ser sexys a la fuerza. Y así se refrió, adaptó, parodió, remontó y retorció el material hasta cubrir la demanda de los pajilleros del momento. Imagínense pocos años más tarde, con la llegada de los videoclubes y demás.

Sin ir más lejos, una que dejamos fuera en la entrega anterior, en la que ya tuvimos suficiente lío de caracteres, era S077: Operación relámpago (Agente Logan – missione Ypotron 1966. Giorgio Stegani como “George Finley”, 1966), explotado como parte de la saga del inverosímil Agente 077 en el mercado germano (total, con quitarle la «S»…), y reestrenado como Ypotrón a secas, para el campo del videoclub de barrio, tras la repesca de derechos de José Frade. Este filme, más perteneciente a las copias del personaje de Fleming que al mercado de lo erótico, fue explotado en una segunda vuelta con la llegada del video doméstico, ya subido en el tren del que hablamos. Las tres o cuatro piernas que salían en el filme, con sugerencias fálicas y “entretetos” de los descartes, fueron amortizadas con mimo para carátulas y fotocromos, tratando de llamar por la vía del despendole –aunque éste era bien poco– en tiempo del “destape”.

Sin embargo, no todo es machismo ye-yé en estos lares del género. La apuesta por la “agentriz” secreta también regaló a la humanidad creaciones de sutil belleza y un tratamiento del erotismo de todo punto lleno de buen gusto. Así, Modesty Blaise nace en las páginas de comic para desarrollarse como personaje a lo largo de las décadas, inteligente, fuerte, ágil, sigilosa y desprovista de recreos en “bikineríos” a lo 007. Modesty es una superheroína de pasado criminal, joven pero independiente, que se mueve entre la villanía usando las mismas artes que cualquier hombre de la literatura pulp. Incluso es más discreta, si cabe, ya que puso los yawaras (o “kongos” como los llama ella) de moda, mucho antes de toda esta moda bakala del krav magá de los Bournes y demás. La relación que guarda con su compañero de correrías Willie Garvin es una de las más curiosas –y memorables– que se han dado nunca en un comic. Willie y Modesty son amigos, en un absoluto sentido “pagafántico” y adolescente. Ni retuercen, historia tras historia, ningún tipo de tensión sexual sin resolver, ni se dan al amor ocasional. Son amigos.

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Póster alemán, y «de refrito» (por Jano), de S077: Operación relámpago (Agente Logan: missione Ypotron. Giorgio Stegani como “George Finley”, 1966), tirando de sexploit con distintos niveles de sutileza © Atlántida Films, Dorica Film, Euro International Film (EIA), José Frade P.C.

Aunque de autoría británica, a doña Modestia la daremos por griega, ya que su background desvela que en 1945, siendo muy joven, escapó de un campo de concentración en Kalyros, aquejada de una amnesia absoluta, que no le permitía saber ni cómo se llamaba. Vagabundeó por diversos países mediterráneos, buscándose la vida y fortaleciendo el carácter —no hay nada como la mendicidad para fortalecer el carácter—, hasta que dio con otro “sintecho” amigable, un húngaro muy sabio llamado Lob. Este señor le procura a la chiquilla una educación y un nombre: Modesty. Como ven, todo suena a “viaje iniciático” de turno, a “mentor del héroe” y a estructura mil millones de veces vista.

Lo genial de cómo se desarrolla la trama, es que Modesty puede acaparar los párrafos de este artículo, como también podría haberlo hecho del de Enmascarados Mangantes. La joven vagabunda mediterránea se añade el “Blaise” a modo de apellido –en homenaje al maestro de Merlín el del Rey Arturo– y se da a la delincuencia al por mayor, modo unchained. La bella Modesty Blaise despertaría a la completa adultez siendo la capo de una organización criminal de Tánger, que ella misma llegó a expandir a nivel internacional como The Network. De ahí, y a lo largo de capítulos y capítulos, en una trama continuada, repartida elegantemente, la mujer llega hasta superagente de la Interpol escocesa.

Modesty Blaise nace como protagonista de un relato homónimo, creado por el guionista Peter O’Donnell y el dibujante Jim Holdaway en 1963, como tira de prensa (“comic strip” que lo llaman) para el Daily Express. Su éxito fue tal, que tan sólo dos años más tarde Modesty Blaise servía de título también para una colección regular de tebeos, y un coleccionable por tomos de relatos cortos. En seguida se harían novelas –se llegaron a publicar hasta trece– y, por supuesto, películas. Los comics de Modesty Blaise seguirían publicándose hasta bien entrados los ochenta; y entre 1970 y 1978 el apartado artístico de la colección corrió a cargo del dibujante catalán Enric Badia i Romero, más conocido popularmente por su firma “Romero”, el creador de Axa.

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A la izq.: una ilustración de la Modesty Blaise de «Romero» (Enric Badia i Romero). A la dcha.: la actriz Monica Vitti, ataviada como el personaje en una prueba de vestuario y peluquería de Modesty Blaise, superagente femenino (Modesty Blaise. Joseph Losey, 1966) © Daily Express, Twentieth Century-Fox Productions

Poco tardó la Twentieth Century-Fox en ponerse manos a la obra con su filial británica para la adquisición de los derechos y la producción de una película sobre el personaje. En 1966, el inigualable maestro Joseph Losey firmaba una comedia de acción deliciosa, llena de estampados pop y luminiscencia psychedelic, titulada, como el tebeo, con el nombre de la superheroína: Modesty Blaise. A pesar de que en nuestro país se titulara Modesty Blaise, superagente femenino, para que el caballero del momento no se perdiera mucho al ojear el póster, el filme de Losey respetaba discurso y formas, para contar los inicios de Modesty al lado bueno de la ley en un remedo de la historia rehecha en tono 100% pop.

Había que aprovechar la adaptación tebeística para hacer de la luz un pincel, y darse a los usos mod que lo petaban en el momento, bien lo sabía el operador Jack Hildyard. Ni se anduvo con chiquitas, ni meó fuera de tiesto, Hildyard llevó a cabo uno de esos trabajos que hacen que el filme entero merezca la pena. El siguiente trabajo de Carlo Di Palma, que se estrenaría el mismo año que Modesty Blaise, superagente femenino, iba a ser la icónica Blow-Up (Deseo de una mañana de verano) (Blowup. Michelangelo Antonioni, 1966)… ¡ahí es n’a!

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Dirk Bogarde es Gabriel, el pérfido villano de Modesty Blaise (1966). En la imagen, el actor en una fotografía promocional de Jack Hildyard, que capta su colorido y psicodélico trabajo como director de fotografía del filme © Twentieth Century-Fox Productions
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Monica Vitti, como Modesty Blaise, en un fotograma de Modesty Blaise, superagente femenino (Modesty Blaise. Joseph Losey, 1966) © Twentieth Century-Fox Productions

La labor de Jack Hildyard se vio recompensada con una nominación a la Mejor fotografía (color) en los Premios BAFTA de 1966. No llegó a caer, como tampoco cayó la Palma de Oro –lo que viene siendo el premio a la mejor película del año– en el Festival de Cannes del mismo año, que también se quedó en nominación.

A parte de en los míticos Shepperton Studios, en Surrey, Modesty Blaise (Modesty Blaise. Joseph Losey, 1966) extendió su catedralicio rodaje a lo largo de nueve localizaciones distintas que incluían ciudades como Sicilia, Londres, Ámsterdam, Nápoles, París… Toda una superproducción a la altura de las más caras de James Bond. El propio Peter O’Donnell del tebeo firmaba un ágil guión al alimón con Evan Jones y Stanley Dubens. La bellísima actriz italiana Monica Vitti, sex-symbol popularísima, al tiempo que actriz prestigiadísima –gracias también a Antonioni y Di Palma y su El desierto rojo (Il deserto rosso. Michelangelo Antonioni, 1964)– interpretaba a la superespía de marras, a quien reclama el gobierno británico para impedir un robo multimillonario; y su colega Willie Garvin estaba interpretado por el británico –y por entonces prácticamente diletante– Terence Stamp. La chispa entre ambos sí que era puro pop, y el éxito de la película fue comparable al fenómeno coetáneo protagonizado por Diabolik.

E igual que pasara con Diabolik, no contó con secuela. Hasta los ochenta no se supo nada del personaje, y fue con un proyecto para televisión. La Paramount pretendía crear una serie para la ABC protagonizada por y titulada Modesty Blaise, de la que se llegó a rodar un piloto. El director Reza Badiyi, responsable de éxitos de la pequeña pantalla como Misión: Imposible, Hawaii 5-0 o El increíble Hulk, se hizo cargo del marrón, y la exmodelo Ann Turkel interpretó y el actor Lewis Van Bergen, interpretaron a la Blaise y a Garvin, respectivamente.

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Pósteres (o carátulas de dvd, que todo no se puede) de las diferentes versiones audiovisuales del personaje © Twentieth Century-Fox Productions, Barney Rosenzweig Productions, Paramount Television, Miramax

La cosa se quedó en el piloto nada más y el proyecto de serie fue cancelado. Eso sí, el churro rodado fue remontado con algo más de material y la cosa se estrenó en 1982 como tv-movie. La última pieza rodada hasta el momento es Mi nombre es Modesty: una aventura de Modesty Blaise (My Name Is Modesty: A Modesty Blaise Adventure. Scott Spiegel, 2004) una de esas acción, producciones de segunda regional, que Miramax se marca para distribuir domésticamente con el rezo de “Quentin Tarantino Presents” para darla mejor con queso, donde el personaje está interpretado esta vez por Alexandra Staden y se narran los orígenes del personaje, el “año cero”, adaptada a nuestros días, cambiando la amnesia prestada de la Segunda Guerra Mundial por la de Bosnia. O’Donnell, que no se mostró nada satisfecho con estas dos últimas adaptaciones, por lo visto no quiere saber nada de volver a llevar a Modesty a la pantalla. A ninguna.

Y ahora, si les parece, volvamos a los sesenta. O, mejor dicho, a los setenta, que eras más rudos y voraces, zombies vivientes de la década anterior (recuerden, hablamos siempre de la Europa que no es España). La pornografía comienza a ser legal en prácticamente todo Occidente. Precisamente, en esto los británicos mantendrían su mojigatería, por lo que la cosa del sexy espionaje cundiría más en países como la sempiterna amamantadora de cultura popular Italia, o en reductos como Turquía o la antigua Checoslovaquia.

La sinvergonzonería emanaba sin pudor, y se acababan las medias tintas en parodias, sátiras, adaptaciones de Emmanuelle y todo tipo de subproductos y experimentos más o menos mainstream. Es en esta época cuando los super”euroes” encuentran su filón el formato de la fotonovela. Para el que sea demasiado joven, las fotonovelas o fotohistorias eran publicaciones populares, generalmente vendidas en quioscos, cuya narración venía a ser como la de un cómic, con fotografías en lugar de viñetas. Las primeras datan (por lo que se conserva) de Argentina, y frecuentemente contaban historias de amor, con lo que eran muy exitosas entre el público femenino de mediana edad. Es en esta época, precisamente, cuando se comienzan a incorporar sexy espías y supermalvados criminales a las fotohistorias, vendiéndose como churros también entre los hombres.

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Portadas de las fotonovelas argentinas (fotohistorias, como las llaman allí) de Namur, soltando coces y posando con armas en ristre © Ediciones Records S.C.A

Actores y actrices fotografiados en poses imposibles, disfrazados de mamarrachas, salían periódicamente a la venta en pequeños establecimientos, impresos en papel tosco y en ominoso blanco y negro. El formato fotonovela dio para mucho —incluso para un hit musical de los ochenta, de un hortera de la época llamado Iván, que igual hasta recuerdan—, así que cuenten con que vuelva a aparecer el palabro en esta serie.

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La superespía Namur, en una suerte de crossover contra el supervillano también estrella de su propia fotonovela, Killing © Ediciones Records S.C.A

La fotonovela fue el campo donde aparece la reina de las sexy espías europeas: Namur. Namur es una agente del FBI que lucha contra el mal medio en pelotas, haciendo artes marciales, pegando tiros o lo que haga falta. Apareció como némesis de Killing, la copia italiana de otro personaje (mejor me ahorro describir más, que no hay que adelantar acontecimientos y habrá entrega sobre villanía y maldad) que triunfaba en las fotonovelas de toda Europa.

El personaje era de creación argentina –y argentina era la actriz que la interpretaba, Gloria Gago–, pero después de asomar por la revista de Killing –con una «L» menos: Kiling. Para burlar derechos de explotación–, hizo sus pinitos en originales italianos. Dio tanto de sí que contó con una copia y todo, bonaerense también: La Araña Negra. Tuvo hasta su juego en cassette para ordenador. Pero vamos, que estos lares ya nos pillan al otro lado del charco y, aunque interesantísimo todo, ya no son europeos. Así que aguarden que ya se explicará bien todo este vaivén de personajes, adaptaciones, homenajes y copias. La semana que viene tendrán con ustedes una nueva remesa de super»euro»es; pero, si no pueden con la paciencia, revisen.

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Ojo, ¡con Joystick! no me vayan a jugar mal © 1977 Atari

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