Hay personas que al comenzar un nuevo proyecto siempre se empeñan en terminarlo; cómo si el éxito dependiese de su culminación. ¡Habrase visto! Lo organizan todo para la llegada de ese día, en el que dan carpetazo y olvidan. Se trabaja desde un primer instante para alejarlo; cómo si la vida les fuese en ello, sin coacción aparente, cual propósito de enmienda: no hay lugar para la perturbación. Ni siquiera una mosca zumbando sobre sus cabezas hasta posarse en la superficie, con esa manera tan suya de frotarse las patitas, les desconcentra – las moscas también olvidan el vuelo para tramar uno nuevo -. Todas esas ideas que, bullendo en el imaginario, se dan un día por completadas y ensambladas, se recogen después como una pelota de papel lanzada a la papelera. “Esto ya lo he conseguido. A otra cosa”. El material pasa a las estanterías del olvido. A Antonio López un buen día de 1994 le propusieron llevar a cabo el retrato de la familia real y tardó veinte años en terminarlo, dijeron los medios. Y es que Antonio López no debió de comenzar a pintarlo jamás, simplemente comenzó a intentar terminarlo algún día. Lo mismo hubiese sido mejor no haber tomado esa decisión, amparándose en el misterio de obras que no es necesario terminar, eludiendo toda responsabilidad con un ni encontré tiempo ni me hizo falta.

A Orson Welles todo esto le sonaría familiar. En su caso se veía una y otra vez obligado a suspender peliculas por razones financieras. Su principal proyecto inacabado, el largometraje más célebre entre sus largometrajes inconclusos, es sin duda la adaptación cinematográfica del Quijote de Cervantes. Comenzó el rodaje en 1957 y lo retomó de manera ocasional (cuando el presupuesto se lo permitía) durante las tres décadas siguientes. Una vez fallecido, Jess Franco logró recopilar todo el negativo esparcido por media Europa y reconstruyó la película según las notas del autor. Se proyectó en 1992. Esta no es ni será la última película que Orson Welles estrenará tras su defunción. Seguirá haciéndolo, durante años, ofreciéndonos la posibilidad de encontrar un final por nosotros mismos. Lo inconcluso deja un regusto imperecedero.

Imagen rodada por Welles en las que Don Quijote y Sancho, interpretados por Francisco Reiguera y Akim Tamiroff, asisten a la proyección de un péplum en un cine mexicano. Al ver el caballero a la heroína en peligro, arremete contra la pantalla.
Imagen rodada por Welles en las que Don Quijote y Sancho, interpretados por Francisco Reiguera y Akim Tamiroff, asisten a la proyección de un péplum en un cine mexicano. Al ver el caballero a la heroína en peligro, arremete contra la pantalla.

El Quijote de Welles no es la única adaptación inacabada sobre el mito cervantino. A Terry Gilliam también le tocó lidiar, décadas después, con la ardua tarea de llevar la adaptación, que algunos afirman maldita, a los tiempos modernos. Terry Gilliam ensilló su caballo para lograr lo que Welles nunca pudo cumplir: adaptar la novela cervantina mediante su visión personal, introduciendo esta vez un personaje que viaja en el tiempo desde la época actual y se encuentra con Don Quijote, que lo confunde con su fiel compañero Sancho. La película nunca se terminó. En cierta medida, siendo honestos, no dio tiempo ni a empezarla. Todo lo que podía salir mal, salió mal. Buena culpa de ello tuvieron los F16 de la OTAN que sobrevolaban el cielo en su primer día de rodaje en España. Al día siguiente se enfrentaron a un diluvio que embarró y dejó inútil parte del equipo; Jean Rochefort, que encarnaba a Don Quijote, enfermó y tuvo que viajar a París. El plató elegido por la producción tenia más pinta de almacén, con su consiguiente falta de acústica. Y aquí paro esta ilustración del panorama, que ya se habrán hecho una idea. La película, como no podía ser de otra forma, acabó siendo suspendida. La aseguradora se quedó con el guión.

Jean Rochefort y Terry Gilliam en el rodaje de The Man Who Killed Don Quixote, que acabó convirtiendose en el documental Lost in La Mancha.
Jean Rochefort y Terry Gilliam en el rodaje de The Man Who Killed Don Quixote, que acabó convirtiendose en el documental Lost in La Mancha.

En el transcurso de diez años, desde que ideó el proyecto hasta que encontró la financiación para llevarlo a cabo, Terry Gilliam había proyectado en multitud de ocasiones la película en su cabeza. Cada gesto, cada emoción. Se la sabía de memoria. Pero lo que comenzó siendo el rodaje de The Man Who Killed Don Quixote, terminó convirtiéndose en el documental Lost in La Mancha, donde pueden observarse las calamidades de la producción. Una vez que la posibilidad de culminar el proyecto se esfumó, Terry Gilliam prometió retomar la película. Aunque primero debía recordarla, pues los infortunios le habían obligado a olvidar. Según las últimas noticias, parece que el momento de hacerla realidad ha llegado. De la mano de otro productor y otro elenco de actores, se espera que Terry Gilliam vuelva a España para rodar en septiembre con la previsión de estrenarla en 2017. La noticia no me ilusiona especialmente. No veo que sea demasiado importante. Lost in La Mancha ya es de por sí un documental magnifico. A los millones de lectores de Kafka nunca les importó que su novela El Proceso estuviese inconclusa. Tampoco me imagino a los turistas renunciar a visitar La Sagrada Familia por ello, ni a los amantes de la música dejar de estremecerse con el Requiem de Mozart.

Johnny Depp sería confundido con Sancho en cualquier lugar del planeta.
Johnny Depp sería confundido con Sancho en cualquier lugar del planeta.

Con todo, siempre he hallado una cierta belleza, extraña y persuasiva, en la negación de terminar lo empezado. Se habrán dado cuenta. No atiendo a descubrir mejor forma de dar por finalizada una obra que dejándola inacabada. Acometerla desde el comienzo con el propósito mismo de hacerla infinita, para no abandonarla jamás con un crédito enorme que dijese “SIN FIN”. Tal y como haría Val del Omar. Preparada, siempre alerta para una nueva actualización, para añadir un nuevo elemento que trastoque por completo el conjunto, como cuando llegas a casa y no te dignas a ponerte el pijama con la esperanza de que alguien llame al telefonillo para tomar unas cervezas. Me viene justamente ahora un cierre para este texto, que había decido previamente dejar inacabado. Pienso en ese extraño poeta de la generación del 27, Pedro Garfias, del que decían que siempre podías encontrarle buscando un adjetivo concreto con el que dar por completado uno de sus poemas. Podía tardar quince días en dar con uno de su agrado. Cada vez que se tropezaba con Luis Buñuel, éste le preguntaba: “¿Encontraste ya ese adjetivo?” Respondía Pedro Garfias de la misma manera, alejándose pensativo: “No; sigo buscando.”

 

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