Lo del título de este artículo, que sirve de exordio para una nueva serie, a alguno le sonará a marcianidad absoluta. No hay que ser muy brillante para deslavazar el chiste y saber que estamos tratando de superhéroes europeos, pero igual hay que tener mucho estómago, valor y curiosidad para conocer este fenómeno, que hoy día ya no juega ante el respetable y tan sólo suele servir para echarse unas risas y así. Algo muy injusto, si se piensa, pero no por ello menos cierto. Hubo un tiempo –casi todo lo de gourmet es pretérito, qué se le va a hacer– donde el europeo, aunque tenía menos nivel cultural, tenía también menos complejos y pudibundeces —suele ir junto—. Y si el norteamericano había desempolvado nuestro superhéroe helénico clásico, de cantera mitológica, y lo había reconvertido en su soldado fantástico con mallas, capa o el calzoncillo por fuera, cuando no en superdetective, héroe espacial o luchador enmascarado… ¿Por qué nosotros no íbamos a poder, si tenemos más bagaje y somos más chulos?

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Barbarella, una de «euroínas» más populares de todos los tiempos. Jane Fonda, posando para una foto promocional de la superproduccion franco-italiana, rodada en inglés, Barbarella (Roger Vadim, 1968) © Dino de Laurentiis Cinematografica, Marianne Productions

Ahora, que está todo el cine lleno de los “márveles” de toda la vida y los viejos personajes de DC, nos parece como normal que los señores de lycra se paseen por los fotogramas. Pero, en el tiempo en el que no había estrella de Hollywood, ni actor prestigiado rehabilitado, que se prestaran a hacer el indio, vestido de mamarracho y con la cara tapada, y los intérpretes colgantes solo se podían ver en la tele… nosotros los europeos nos permitíamos, en nuestro exploit underground, enfundar en imposibles botas y monos de lo más glam, a gente preparada en escuelas de arte dramático, luchadores de catch, culturistas del circo y demás artistas de la farándula; los que han protagonizado, de siempre, la cultura popular de género.

El descaro europeo este nuestro, con su escuela de bizarre británico y de grotesque francés, su erotismo mediterráneo y candor latino, sumado a cierto complejo de inferioridad por parte de las nuevas generaciones, y el afán de competición contra la ostentosa Hollywood por parte de empresarios megalómanos, permitió que en el viejo continente, los superhéroes cinematográficos llenaran salas de pueblo en todos los puntos del mundo (el público de las colonias seguía ahí). Mucho antes que los supermanes de Christopher Reeve y que, por supuesto, toda esta zarabanda del ordenador que hay hoy.

Luego, como Dios manda, hemos dado la vuelta y nos hemos puesto a plagiar, que de todo hay. Lo que está claro es que supimos ver la bicoca décadas antes que Kevin Feige, y demás gerifaltes de la Marvel: aquello que volvía locos a los críos en las viñetas de los tebeos, tenía que funcionar en el cine.

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Fotocromo de Supersonic Man (Juan Piquer Simón, 1979), con el «supermán español» levantando una apisonadora de mentira © Almena Films

De las bondades de Italia, y su talento para el reaproveche y la amortización, hemos hablado una y mil veces. Y es que, ya desde tiempos lejanísimos, los lombardos han sabido sacarle jugo al material ajeno convirtiéndolo en propio. Ya lo demostró, coetáneamente con los USA, en el campo del tebeo y la historieta –los callos de los dedos de Carlo Cossio lo atestiguan–, y después continuaría en el cine. Tanto le metieron, que llegaron a crear incluso subgénero propio, que venía de la novela pulp y conoció todos los formatos de explotación posible (desde televisión, hasta fotonovelas), el llamado fumetto nero, a su vez con sus apartados y fórmulas.

Pero no se piensen que la cosa se queda en el italo-trash, qué va, Alemania, Reino Unido, hasta nuestra envidiada Francia y nuestra propia península se ha dado al superheroísmo en sus ficciones. Bien creando la versión “refinada” del canon norteamericano, bien dándose a la fantasciencia, e incluso tirando del cachas griego (Hércules, Maciste, Rocha…) y el bárbaro peplum “tipo Conan”; en coproducción o en solitario, rodado o doblado todo al inglés. De todo, vamos. Y no sólo europeos, no se vaya a pensar, que chinos, japoneses, por supuesto filipinos y mejicanos (nuestros “primos hermanos” en esto de hacer cine del peor) también tienen sus superhombres y wondermujeres. Bueno, y los turcos… esos dan para una serie ellos solos. Así que mejor centrémonos.

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Dick Fulmine, creado en 1938, era un héroe que, aunque no tenía superpoderes, se enfrentaba a fantasías propias del género como «roboces» y «fu-manchuses». En España, por cierto, se le conocía como Juan Centella © Vittoria

Todo quedaba en un aspecto formal y una estética en la presentación, pero nuestros comics y fotonovelas no perdían su encanto de más de mil años de historia, de europeísmo ni vanguardia. En USA, los comics de enmascarados debían pedir permiso al Comic Code y obtener su etiqueta certificativa para poder distribuirse, etiqueta que lucían en la portada. Mientras, los nuestros tan sólo tenían la leyenda de “Lectura para adultos” o similar.

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Mientras que Tanks y Guizzo, de 1945, ya eran un superhéroe y su sidekick infantil de reglamento «de pleno poder» © Edizioni Tomasina

Al igual que ocurriría más tarde con los spaguetti-westerns, la falsa América representada en nuestras ficciones de género, debía ser por fuerza exótica y peligrosa; por tanto se mostraba como decadente y sórdida. Con su culo y su teta, y su roña y su violencia, que es más del romanticismo europeo, y se aleja un mucho del american way of life.

Al contrario que neoyorquino, o el de Metrópolis, nuestros héroes sí matan. Si eres malo, y además eres un reincidente peligroso para la ciudadanía, se te mata. Y no sólo se te mata; se te roba, se te extorsiona, se te tortura, se te seduce o inclusive se te viola. Lo que haga falta para salvaguardar al ciudadano… o porque sí. La falta de moral de nuestros justicieros no se justifica, como hacen los yankees, ni se cuestiona. El superhéroe europeo es un asesino destructor, o bien un espectro de los que acojonan –pero no como el Batman de Nolan, sino de verdad, en plan una zarpa de acero flotando en el aire y cosas así–, salvo en los casos en los que su inmenso poder sea devastador (como Hércules o Supersonic Man), que entonces son bonachones que se burlan del villano y lo vencen mediante la humillación –aunque, a alguno, también se llevan por delante de vez en cuando–.

Muchas veces es frecuente que incluso esté al otro lado de la ley. Que se dediquen a la sustracción al por mayor, e incluso el homicidio en serie, mientras huyen del héroe real o el policía de turno. A veces, con fondo noble, código de honor y fines robinhoodescos; otras, no. Como los tradicionales del comic británico (Spider, Zarpa de Acero…), los extraídos del gótico literario franchute (el gran Phantomas, o el archiconocido Arsenio Lupin) o los que brotarían después en el pop franco-italiano (Diabolik, Satanique y Kriminal, ejemplos geniales de delincuencia superheroica y refrito de ideas), del comic y la fotonovela al celuloide. Todo un derroche de incorrección.

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Diabolik no conocía el miedo… ¡ni la transpiración! John Phillip Law y Marisa Mell en el set de Diabolik (Mario Bava, 1968) © Dino de Laurentiis Cinematografica, Marianne Productions

Por supuesto, no faltan los agentes secretos, policías, detectives, gendarmes y demás hombres de ley en este meollo, que no todo van a ser maldades. Casi todos a la zaga de James Bond, Europa tiene su buen surtido de hombres y mujeres de ley, con sus adaptaciones en varios medios, desde el alemán del FBI Jerry Cotton (interpretado siempre por George Nader), hasta la seductora Modesty Blaise (Monica Vitti en el cine). La mayor parte de las veces, europeos de Dios, haciéndose pasar por americanos –que las tragaderas del público estaba ya “reeducadas”–, excepto los ingleses, que esos no dan su brazo a torcer jamás.

Así que, igual que hiciera la bellísima Mary Francis (que, más tarde, volvería a firmar como Paca Gabaldón), o los autores de novelas románticas, detectivescas y del oeste –exceptuando precisamente a los más famosos: Corín Tellado y Marcial Lafuente Estefanía– en nuestro continente de fantasía y creatividad, todo quisque se lió a “sajonizar” su nombre artístico, o bien a inventárselo directamente. Para que se hagan una idea: si uno es un actor italiano y le toca interpretar a un fortachón enmascarado llamado Superargo… ¡¿Cómo se va a llamar usted, alma de cántaro, Giovanni Cianfriglia?! Eso es muy paleto, hombre (ahí tenemos el prejuicio, que no es de quien hace cine, sino de quien lo ve), póngase Ken Wood que suena… ¡infinitamente mejor!

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Mientras que Superargo, por no conocer, no conocía ni la vergüenza. Fotograma de la italo-españolada Superargo, el hombre enmascarado (Superargo contro Diabolikus. Nick Nostro, 1966), con Giovanni Cianfriglia pasando apuro entre dos figurantes desubicados © Liber Film, Società Europea Cinematografica (SEC), Producciones Cinematográficas Balcázar

Así que eso: no se piensen que los americanos tienen más, ni mejores. Aquí hay supergente de la que mola, para dar y tomar. Sírvanse de este artículo como introducción al tema, porque van a conocer a todo tipo de esperpentos.

5 Comentarios

  1. Superargo era un cruce entre Diabolik y Satanik y Santo el enmascarado de plata y Blues Demonio
    la segunda película de Superargo era la mejor con diferencia.

    • Sí, estaba clara la influencia de los personajes del fumetti nero italiano. ¡Y también estaba claro que las películas de Santo funcionaban en Europa y nosotros no teníamos uno! Jajajajajajajajajajjajaja, Superargo fue un claro intento de crear a nuestro luchador europeo, mezclado con todos los conceptos de terror y ciencia-ficción de Santo, Blue Demon y demás. Una pena que no funcionase bien, porque luego no supieron catalogarlo. Pero, por otro lado, gracias a que la primera no funcionó, hicieron esa segunda que, como tú bien dices, es muchísimo mejor que la primera. Con Satanik hay algo de lío, porque (creo, corrígeme si me equivoco) Satanik es el nombre que México le dieron a Kriminal (de creación francesa), o su copia italiana Killing (que en Francia se llamó Sadistik); aquí Satanik es una villana francesa, una anciana decrépita que se mantiene joven (con el rostro de la rusa Magda Konopka) gracias a una maldición. Cosas de las traducciones locas, jajajajajaja. ¡Un saludo!

  2. El que se ponia el traje de Supersonic Man era el ex campeón de España de culturismo
    José Luis Ayestarán al que envidio por haber hecho de mi al idolo fe mi infancia èl hijo literario de
    Edgar R. Butroughs en «TARZÁN Y EL MISTERIO DE LA JUNGLA » (1973) de MIGUEL IGLESIAS
    y » TARZÁN Y EL TESORO KAWANA » (1974) de JOSÉ TRUCHADO y luego dobló en escenas
    de peligro a Arnold Schaszenegger en «CONAN EL BARBARO ‘ (1981) de JOHN MILIUS y sobretodo
    por ser amante y partenaire de la diosa Susana Estrada en » El maravilloso mundo
    del sexo » ( 1978) de Mariano Garcia ,bueno yo habría matado por ser partenaire y amante
    de la emperatriz del destape Susana Estrada.

    • Sí, señor. Dedicaremos un capítulo entero a los superhéroes exclusivamente españoles y desarrollaremos más a Supersonic Man y las criaturas de Juan Piquer Simón. Había oído hablar de la peli de la Estrada que dices, pero no la he visto y no sabía que andaba por ahí Ayestarán, ¡gracias por la aportación!

  3. A Santo ,Blue Demon y Mil Mascaras los vi luchar aquí en Francia y ganarle el titulo de campeones del mundo
    de tercias a Ángel Blanc,Le Tuareg y Masque d’Or fue una gran lucha de los tres mexicanos que ya eran
    también estrellas de cine y sus pelos se veían no solo en Latinoamérica si no en Egipto,India,Turquía,
    Europa ,Libano,IsraelPakistán de hecho en estos países no occidentales nunca han sabido que Santo,Blues Demon
    y Mil Mascasras son mexicanos si no egipcios,turcos,hindúes è israelíes.

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