Superman –“supermán”, con tilde en la “a”, que se pronuncia en castellano– es como Cervantes de los escritores, el Micky Mouse de los dibujos animados, el Hitler de los dictadores. Archiconocido de punta a punta del planeta, en cada país, independientemente del idioma hablado, la etnia que lo habite, de la religión o el nivel de pobreza… todo el mundo sabe quién es Superman, aunque jamás haya oído siquiera la palabra “superhéroe”.

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Sin duda, la imagen de Superman que mayor presencia ha dejado en el cociente colectivo tiene el rostro de Christopher Reeve, actor que interpretó al personaje y a su identidad secreta (Clark Kent) hasta en cuatro películas © Dovemead Films, Film Export A.G., International Film Production

La fama alcanzada por el gran superhéroe norteamericano, extraterrestre de apariencia humana, representación mesiánica para el judaísmo, justiciero, vengador, salvaguarda y dios, fue absoluta prácticamente desde sus inicios. A partir de los comics de Superman se define el género de superhéroes que tanto triunfa incluso en nuestros días. Fue quien hizo pensar que las capas servían para volar, quien puso de moda el gayumbo por encima del panty, y quien dejó sentada la máxima de la identidad secreta –bueno… o no tan máxima–.

Siempre asociaremos a sus aventuras, la expresión de fingido asombro:

“¿Es un pájaro…?, ¿es un avión…?”

Y, sin embargo, la expresión no pertenece a ninguna de sus colecciones, ni películas ni nada, si no al cartoon de los años cuarenta Super Ratón (Mighty Mouse. Terrytoons Studio, 1940), parodia para los niños del Superman de tebeo. Porque, ya se sabe que con las personalidades y argumentos de explotación hay que andarse con ojo. El exploit puede dar más de sí de lo que uno se piensa, e incluso beneficiar a terceros, a quien no es recipendiario de ningún tipo de autoría ni nada. Superman es del mundo, y el mundo ha hecho con Superman lo que le ha dado la gana (tanto homenajes como mancillaciones). Y los europeos, por supuesto, no podíamos ser menos.

El formato comic book norteamericano –que lo estaba petando por su mucho volumen y bajo precio–, “infiltró” las aventuras del kryptoniano creado por Jerry Siegel y Joe Schuster en Europa como pudo, y Europa hizo con el héroe también lo que pudo. En la por entonces Alemania nazi, por ejemplo, jamás se llegaron a vender. Y aquí, los comics de Superman, cuyo nombre fue castellanizado por el de Ciclón el Superhombre (Hispanoamericana, 1940) –tomándolo prestado de la traducción de las tiras italianas Ciclone, l´uomo d´aciaio– fueron fulminados de los quioscos por el entonces ministro de información y turismo Fraga Iribarne, que prohibió su venta, muy enfadado –poca coña con eso de alguien de “otro mundo” que llega al nuestro para ser “el salvador” –. Volverían más tarde, desde Méjico (y mucho más caros), y Fraga no pudo hacer nada esta vez –porque la fama del personaje era imparable y porque las editoriales mejicanas venían respaldadas por el dólar yankee, aliado nuestro en la intríga aquella de la Guerra Fría–.

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Fotocromo del objeto de culto-pop El retorno de Superman (Turkish Superman) (Supermen Dönüyor. Kunt Tulgar, 1979). Superman turco con su «S» en el pecho por la cara © Kunt Film

No sólo en viñetas, sino también en celuloide, el kryptoniano prácticamente tal cual, fue fusilado sin pudibundez ninguna en alguna que otra infraproducción, que quería servirse de lo underground al distribuir (África y Asia solían ser los principales circuitos de explotación), para pasar desapercibidos ante los dueños de los derechos. Buena cuenta de este tema pueden dar los turcos, que esto de exploit cinematográfico son como los italianos, pero intercontinental, con obras vanguardistas para sonrojarse o chuparse los dedos –según el plan– hechas sin ninguna y con total sinvergonzonería. Hablo de cosas como El retorno de Superman (Supermen Dönüyor. Kunt Tulgar, 1979), la piedra angular de los supermanes de Estambul, o la pionerística Demir Yumruk: Devler geliyor (Tunç Basaran, 1970), conocida en el mercado USA como Iron Fist: The Giants Are Coming. Lo de Turquía dentro del tema superheróico da para desarrollo, así que no me explayaré más con este país, si les parece.

En la Europa más interior, el aprovechamiento del personaje de marras también se dio en abundancia. Sin llegar a utilizar el nombre completo, ni a plagiar las tramas, ni el emblema de la “S”, el fenómeno supermán fue amortizado sin denuedo. Productos que, si bien no eran Superman de una manera obvia, tenían todo el olor.

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Ciclón el superhombre, esa era la identidad superheróica del reportero Carlos Sanz. Así se publicaron las aventuras de Superman en España © Ed. Hispanoamericana

 

No había un supermán, sino tres en The Three Fantastic Supermen (I fantastici 3 $upermen. Gianfranco Parolini, 1967), una co-producción entre Italia, Francia,Yugoslavia y la RDA, dirigida por el incombustible Gianfranco Parolini –firmando como Frank Kramer, que mola más–, que en nuestro país dio en llamarse 3 Superhombres. Unos señores con supertrajes antibalas, luchando contra la perfidia y la maldad, que repartieron mamporros, volteretas y gracietas en una saga que en su momento parecía interminable.

Hasta ocho películas se llegaron a rodar del trío calavera de uniforme carmesí, llevándose por delante la cartera de incautos productores de media Europa y parte de Asia. Cada secuela, que ya ni sabíamos cómo traducir en nuestra España dando lugar a títulos tan locos como Tres Supermen en el Oeste (…e così divennero i 3 supermen del West. Italo Martinenghi, 1973), de la que también existen pósteres donde figura como Y así la armaron… Los tres superhombres en el Oeste –que encima era de co-producción española, por cierto–, está producida por un conglomerado de países, siempre cambiando de productoras y, en ocasiones, incluso de reparto. En fin, un filón supermanesco muy loco —también da para artículo propio la cosa, no ansíen—.

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A falta de uno, tres eran los supermanes europeos de la saga de los 3 Superhombres. En la imagen: Brad Harris, Tony Kendall y Aldo Canti, posando para una fotografía promocional de The Three Fantastic Supermen (I fantastici 3 $upermen. Gianfranco Parolini, 1967) © Cinesecolo, Parnass Film, Comptoir Français du Film Production (CFFP), Avala Film

Algo más discreto, aunque no por ello menos obvio, fue nuestro supermanxploitation patrio Supersonic Man (Juan Piquer Simón, 1979), una auténtica joya del cine independiente de género español y una obra de culto entre los circuitos psicotrónicos de los amantes del fantástico. Supersonic Man, rodada enteramente en Barcelona –con la excepción de algún que otro inserto y fondillos para retroproyección en Nueva York–, fue un rotundo éxito de taquilla, tanto dentro como fuera de España, que sin embargo no llegó a convertirse en franquicia. Sí que llegó a “apuntalarse” una suerte de secuela, con una versión femenina del personaje, llamada Fantastika, pero que jamás se rodó.

Otras veces, el muñeco no tenía nada que ver con el de Krypton, pero a la cosa se le sacaba punta, aunque fuera de cara a la distribución, para servirse de su popularidad. Tal y como le pasó al pieza de Argoman, enmascarado del Reino Unido, pero de creación italiana.

Asalto a la corona de Inglaterra (Come rubare la corona d’Inghilterra. Sergio Grieco como “Terence Hathaway”, 1967) se titulaba el filme donde Sir Reginald Hoover –indentidad secreta del superhéroe-chori Argoman–, interpretado por el británico de verdad Roger Browne, se lucía con su capita y su visor a lo Cíclope de George Pérez. El robo de la corona de San Eduardo, joya conservada en la torre de Londres, es el inicio de una demostración de poder la villana autonomproclamada como «La reina del mundo».

Hasta aquí bien. Los españoles, algo marginales en la fiebre supermán, no tocamos más el tema; pero los lombardos, para el estreno internacional del filme, retocaron un poco la cosa, añadiendo el nombre de Argoman por encima –y a mayor tamaño– que lo de come rubare la corona d’Inghilterra. En algunos países latinoamericanos, la cinta se estrenó como Argoman Superdiabólico; y los alemanes, fuera sutilezas, directamente titularon a la pieza como Argoman – Der phantastische Supermann, y a vivir.

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Distintos carteles, amortizando más o menos el fenómeno Superman según el país, de Asalto a la corona de Inglaterra (Come rubare la corona d’Inghilterra. Sergio Grieco como “Terence Hathaway”, 1967). No se si mola más la doble «N» del «Supermann» alemán, o la fake Barbarella que ni siquiera sale en la película, del póster italiano © Fida Cinematografica

Superargo, personaje de creación italiana y de coproducción nuestra, ya pretendía refreír el concepto de los luchadores mejicanos enmascarados, con el tema del supermaneo. Se conoce que con la primera película, Superargo contro Diabolikus (Nick Nostro, 1966), lo del prefijo “super” no funcionó como se pretendía; así que, para su secuela los distribuidores se dejaron de medias tintas y la cosa pasó a llamarse L’invincibile Superman (Paolo Bianchini firmando como «Paul Maxwell«, 1968), como si la primera no hubiera existido nunca. En la primera película, Superargo se carga sin querer a un oponente en el ring, por lo que decide dejar el catch y, siguiendo el consejo de su amigo el Coronel Alex Kinski, se convierte en agente secreto para luchar contra el pérfido Diabolikus, que pretender hundir la economía occidental convirtiendo el uranio en oro (ahí queda). En la segunda, el culturista italiano se tendrá que enfrentar al Profesor Wendlan, un villano más malo que un dolor, que pretende dominar el mundo con unos robots controlados por control remoto.

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Superargo, connivenciando con unos señores tan pulp como él mismo en Superargo, el hombre enmascarado (Superargo contro Diabolikus. Nick Nostro, 1966). De izq. a dcha.: los actores Ken Wood (Giovanni Cianfriglia), Aldo Sambrell, Tomás Blanco y Aldo Bufi Landi en un fotograma del filme © Liber Film, Società Europea Cinematografica (SEC), Producciones Cinematográficas Balcázar

Aquí en España, que sí que respetamos la identidad del personaje, pueden encontrar ambos filmes con los titulazos de Superargo, el hombre enmascarado (Superargo contro Diabolikus. Nick Nostro, 1966) y Superargo, el gigante (L’invincibile Superman. Paolo Bianchini, 1968). Fíjense, a veces no, pero otras… damos de lleno en el clavo con nuestras traducciones “a la gornú”. Y como ven, entre «Super», «Man» y «Argo», el cacao es el propio de todo buen movimiento exploit.

En fin… que de todo hay. Supermanes, para parar un tren –aunque se supone que con uno baste–; pero aún quedan muchos, muchísimos superhéroes locos, oriundos de La Vieja Europa todos.

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