What the fuck es una sección de, según propias palabras de Filmin, donde tiene lugar un ciclo de “Películas de culto que desconciertan al espectador”. Es decir, cine independiente, más o menos de autor, y de mayor o menor presupuesto, que molesta, descoloca, hastía, provoca desesperanza, sorprende, centrifuga… Cine, en definitiva, que no deja indiferente. Absoluta incorrección que suele ir ligada de calidad, o cuanto menos de interés, siempre posible gracias sólo a la libertad de lo underground. Aquí tiene su encuadre perfecto, la que fuera segunda película de Hitoshi Matsumoto: Symbol (Shinboru).

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Fotograma, bastante ˝esclarificador˝, que resume de qué va Symbol (Shinboru. Hitoshi Matsumoto, 2009) © Yoshimoto Kogyo Company, Phantom Film, Aoi Promotion

Teniendo en cuenta que tiene ya algunos años, y que la exhibición del cine de Oriente aquí (con “aquí” no me refiero a Occidente, sino a España) lo tiene jodido, esta colección What the fuck (como acertadamente han titulado) supone una oportunidad sin parangón para descubrir –o redescubrir, si ya le conocen– el que para muchos es el mejor título de los cuatro dirigidos hasta ahora por Matsumoto.

En este What the fuck pueden encontrar perlas de todo tipo. Bien sea ciencia-ficción etíope como Crumbs (Miguel Llansó, 2015) o canadiense Cube (Vincenzo Natali, 1997); obras impecables de reputados profesionales como Synecdoche, New York (Charlie Kaufman, 2008) rarezas del terror, a lo Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas (Lung Boonmee raluek chat. Apichatpong Weerasethakul, 2010), Post Tenebras Lux (Carlos Reygadas, 2012), o Nocturno 29 (Pere Portabella, 1968); imprescindibles de la cinefilia en blanco y negro como Cabeza Borradora (Eraser Head. David Lynch, 1977) o Pi: Fe en el Caos (Pi: Faith in Chaos. Darren Aronofsky, 1998); e incluso “megahits” de lo autoral como Mulholland Drive (David Lynch, 2001) o Spider (David Cronenberg, 2002). Desde ese recomendable objeto de precisión en lo absurdo que fue Wrong Cops (Quentin Dupieux, 2013), al último título del enfant terrible del cine francés Léos Carax, Holy Motors (Leos Carax, 2012). Hay hasta clásicos, de esos de la Historia del Cine como El Unicornio (Black Moon. Louis Malle, 1975) o Persona (Ingmar Bergman, 1966), pero que también pueden dejarle a usted y/o a su suegra con, como dicen ahora, “el culo torcido”. Si la tiene pendiente, puede usted meterle hasta a Un perro andaluz (Un chien andalou. Luis Buñuel, 1929).

Pero es la película de Matsumoto la que nos toca. Un filme de discreta distribución en su momento, cuyo autor goza, sin embargo, de un culto –merecido– arrollador entre los cinéfilos devoradores y alevines de director. Symbol (Shinboru. Hitoshi Matsumoto, 2009) llegaría, tras un inquietante silencio de dos años, después del sonoro éxito de su primer filme, el fresquísimo documental fingido Big Man Japan (Dai-Nihonjin. Hitoshi Matsumoto, 2007) –que también podrá encontrar en el What the fuck–, coronándose como el mejor trabajo de Matsumoto. Una auténtica ensalada de géneros y lenguajes, con una narrativa hipnótica, donde lo cotidiano –e incluso social– convive con la fantasía más absurda.

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Además de protagonizar la película, Hitoshi Matsumoto es el director, y autor (junto con Mitsuyoshi Takasu) del guión © Yoshimoto Kogyo Company, Phantom Film, Aoi Promotion

A pesar de no suceder “en la realidad”, y que los elementos de construcción dramática no existen, en Symbol todo tiene su riguroso funcionamiento, su lógica y su sentido, de tal manera que no hace falta suponer, ni especular, para entender lo que acontece frente a nuestros ojos. El comportamiento de los objetos es normal, y dichos objetos son reconocibles por todos. Incluso se puede contar: un señor japonés de mediana edad (interpretado por el propio Hitoshi Matsumoto) despierta en una habitación blanca y lironda, sin puertas, ni ventanas, sin saber cómo ha llegado hasta allí y vestido en pijamita de niño.

Unas extrañas protuberancias de un material desconocido, con una reconocible forma fálica infantil (es decir, de “pilililla” con escroto), brotan de la pared. Cuando el caballero encerrado, movido por el aburrimiento y la curiosidad, presiona uno de estos minúsculos penes, la pared le “escupe” un objeto. Jarrones, palillos chinos, juguetes, un transportín, salsa de soja, un extraño aborigen africano de una civilización inventada… El caballero nipón obtiene de la pared de todo, según que pilila oprima, dando lugar a un Tetris de infinitas posibilidades con las que el hombre puede aprender, subsistir y, quizá, escapar de esa extraña sala imposible.

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En Symbol (Shinboru. Hitoshi Matsumoto, 2009), asistimos a dos historias paralelas, contadas con intermitencia. Una transcurre en un lugar indeterminado con reminiscencias a Japón; la otra, está ambientada claramente en el Méjico más exóticamente legendario y polvoriento © Yoshimoto Kogyo Company, Phantom Film, Aoi Promotion

Al mismo tiempo, y por montaje paralelo de reglamento, en un polvoriento pueblito mejicano sin especificar, el luchador enmascarado Escargot Man, parco y ensimismado durante el desayuno con su familia, se prepara para el combate de su vida, en una lucha por parejas contra púgiles más jóvenes que él (¿qué les parece la mezcla?). Y hasta aquí, que si no es spoiler.

Ya les digo que, por mucho que les pueda sonar a mal viaje de ácido lisérgico, el manejo del suspense y los puntos de giro de guión son tan efectivos como los de cualquier blockbuster de Hollywood, al tiempo que uno degusta una fábula extrañísima, entre la ciencia-ficción y la poesía, que salta del drama a la comedia sin parpadear. Symbol (Shinboru. Hitoshi Matsumoto, 2009) es un derroche de ideas, de conceptos filosóficos y metáforas sutiles, en lo literario. Pero también es un derroche de texturas (no sólo en la habitación de las pililas. Jamás el Méjico Tex-Mex tuvo tanta perspectiva aérea generada con polvo), juegos con colores y referencias semiológicas, en lo tocante a la imagen.

En Symbol juegan con uno, nos dejamos «usar» sin resistencia porque las ínfulas artísticas están sobradamente conseguidas, incluso rebasadas. Y además en un artilugio de dificultoso control, por así decirlo: un proyecto de temeraria doma. Una alocada idea, protagonizada por su propio autor siendo éste un proyecto “poco de actores”, que mezcla de todo con todo, en un universo inventado donde, sin embargo, nada da el cante. Reeducando al espectador, al tiempo que el personaje se mueve y piensa por sí mismo, ajeno de todo punto a nuestras expectativas y nuestras ansias –hasta ahora pensaba que los “¡no, no entres ahí, ¿qué haces?” eran exclusivos del cine de terror–, poniendo en entredicho nuestra propia definición de la lógica, y además… sin tomarse en serio a sí misma ni un puto segundo.

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«Disculpe… ¿General Mola?» © Yoshimoto Kogyo Company, Phantom Film, Aoi Promotion

No es un “artefacto”, como tanto nos gusta decir a los críticos, sino una bomba directa a los sentidos (incluso al de la perspicacia). Un producto autoral, al tiempo que de entretenimiento, inimitable y con presencia. Lleno de humanismo, pero también de chorradas. Un filme precioso –por cierto: debut y único trabajo como director de fotografía de Yasuyuki Tôyama– donde la plástica juega para recrear un colorido universo –“multiverso” más bien– referencial que pasa por los apeaderos de la fantasía de tebeo, el cine de luchadores mexicanos y la ciencia-ficción existencialista.

La distribución de este tipo de filmes en Occidente, o su repercusión en medios en Oriente, como viene siendo acostumbrado, impidió a la cinta un goce mayor en lo que a repercusión se refiere. No obstante, nuestro benemérito Festival de Sitges le otorgó el Premio Nuevas Visiones a la Mejor Película de Ficción, y llegó a la Sección Oficial de certámenes tan importantes como el Festival de Varsovia y el Festival de Deauville (Francia), y tuvo dos nominaciones importantes –Mejor Actor y Mejores Efectos Visuales– en el Asian Film Awards de 2009. Si le interesa todo esto que le cuento (espero que sus sentidos se hayan visto azotados), aprovechen la oportunidad. Envidiaré el descubrimiento de los primerizos en el cosmos de este Señor Matsumoto.

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Escargot Man recibiendo una «Trrrrrrremenda golpiza!» a manos Matcho Panpu y Dick Togo © Yoshimoto Kogyo Company, Phantom Film, Aoi Promotion

Un cosmos donde del aprendizaje conlleva pasar por alto lo verdaderamente importante, para luego progresar simplemente con el tiempo, abriendo puertas al azar que siempre habían estado ahí. La ejecución de lo aprendido implica un efecto mariposa arrollador, lleno de creación y destrucción, casi a partes iguales. Y donde el futuro, impredecible, es otra pilila todavía más grande a la que ir a tocar.

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