Trainspotting regresa, 20 años después, con una secuela de lo más anhelada. Vuelve a dirigir Danny Boyle, vuelve a guionizar John Hodge y vuelven Renton, Spud, Sick Boy y Begbie a liarla parda. El film se estrena en las salas españolas este viernes 24 de febrero y ha traído su cola. Una de esas secuelas que, se llegó creer, nunca verían la luz y que, por fin, se ha cristalizado despertando opiniones de lo más diversas.

 T2: Trainspotting, Danny Boyle, 2017
¡La muchachada Trainspotting ha vuelto! Y presentados en un encuadre prácticamente igual al de la primera peli © DNA Films, Decibel Films, Cloud Eight Films

El éxito que supuso Trainspotting (Danny Boyle, 1996), la cinta seminal, fue para tirar todos los cohetes del mundo. Una película independiente, británica y rodada enteramente en Escocia, con su marcado acento en los personajes –aunque no se captara en el riguroso doblaje, éste dirigido por Santiago Segura, que imperaba aún los 90– con actores desconocidos y un presupuesto poco superior a los 3 millones de dólares –poco, incluso para la época–… lo petaba entre público de todas las edades y around the World. Los hits pretéritos de su B.S.O sonaban en las discotecas de nuevo, el off de Ewan McGregor era plagiado y parodiado en spots, sketches y series de dibujos animados… Se puede hablar que, en ese momento especialmente cinéfilo que fueron los mediados 90 –mucho cine había en la conmemoración de centenario–, Trainspotting fue una de esas cintas que causó furor y dejó impronta. Tal era la fuerza que, a mi estimar, Boyle jamás ha vuelto a mostrar signos de aquella tempestuosidad, mermando sus garras –calidades de cada film aparte– hasta lo romo.

Ahora, en los «dosmiles», en plena efervescencia del remedo constante, la secuela oportuna, el desempolve avizor y las guerras de las galaxias de más, no es mal momento para marcarse un “20 años después” con los chicos de Edimburgo.

«El público siente que los personajes son suyos, incluso más que nosotros, de una forma más profunda»

Ewan Bremner (Spud)

Ewan McGregor
Ewan McGregor vuelve a ser Renton en T2 Trainspotting © DNA Films, Decibel Films, Cloud Eight Films (Danny Boyle, 2017)
Ewen Bremner, T2
El sofrónico y grotesco Spud sigue estando encarnado por Ewen Bremner © DNA Films, Decibel Films, Cloud Eight Films

Después de mucho especular, y mucho dar vueltas. De fliparlo porque el guión volvía a ser una adaptación de la siguiente novela del mismo autor, a la sazón el superventas Irvine Welsh, eso sí del todo libérrima pues Porno (2002) no contaba con ser secuela de nada al publicarse. Después de que McGregor e hicieran las paces McGregor y Boyle –10 años pelea’os por La Playa– y se confirmara la presencia del joven Obi Wan en la cinta… Después de muchas cosas de esas que ocurren con la interné… el rodaje comenzó en mayo del año pasado y aquí está, con los mismos actores, no se vaya a cabrear nadie.

Ahora, Mark Renton (Ewan McGregor) es una persona “normal”. Un tipo de esos con Facebook, Twitter y todo lo demás; que se hace pajas y se ducha de vez en cuando como todo hijo de cristiano. La trama comienza con el regreso a su Escocia natal, la tierra del film original. Allí, volverá a encontrarse con su fiel Spud (Ewen Bremner), que no ha cambiado demasiado desde que quedara tirado en la primera peli; y Simon alias «Sick boy» (Jonny Lee Miller) que anda hecho un currante, rehabilitado y aburridísimo. Reencuentros, reintentos, mismo frenesí que antes pos de lo mismo –la normalidad–, viejos amores… Sí, Kelly Macdonald también regresa al universo Trainspotting, no quiero contar de más. La cosa es que también Begbie (Robert Carlyle) vuelve a la palestra, y es que el regreso de Renton coincide con la salida de prisión del psycho-loser Francis «Franco» Begbie. Sin más spoiler, ¿recuerdan la secuencia del jarrazo en la taberna con para justificar pelea? Pues este personaje ha estado los veinte años elípticos entre filme y filme entre rejas, y vuelve más bestia que nunca en su rol de secundario cómico por exageración –que siempre funciona–.

Todo sigue pues igual, en un proyecto pensado milimétricamente por Boyle y compañía, en una secuela reflexiva y astuta. Ahora bien, ese carácter fidedigno supone precisamente la piedra angular de la cinta, y su talón de Aquiles al mismo tiempo –valga la metáfora del tres al cuarto–. La nostalgia y continuidad fluyen ágilmente, y sin embargo T2 –muy bien traída la coña con Terminator– no escupe contra el espectador la irreverencia e ingenuidad punk de la primera. Para muchos -sobre todo los coetáneos- supondrá un viaje impagable, para otros supondrá más de lo mismo y para algún que otro -que ya no se valora nada como antes- la decepción absoluta.

 Jonny Lee Miller, T2
Jonny Lee Miller, el envejecido «Sick Boy», en un fotograma del filme © DNA Films, Decibel Films, Cloud Eight Films

Esto es verdad que viene siendo costumbre, no nos vayamos a engañar, y da igual que sea en algo como esto, que un «estargüars» de turno, un remake con señoras, o lo que sea. Muchos filmes tienen un máximo de power –llámelo duende si es usted más de flamenco– en su momento; que no tiene por qué ser el momento de su concepción, pero en este caso sí. T2 Trainspotting no es una mala película en absoluto, no vayamos a liar las cosas. En el fondo está tan llena de ideas buenas como la primera, las imágenes que flotan entre lo supuestamente real, con lo llamativo por bandera y lo raudo por estandarte, tampoco faltan. Y todo –desde trama hasta entorno– no deja de estar imbuido en el escalofriante mundo de desesperación, melancolía y miseria que envolvía la primera. Cambian las drogas, (algo) la música y la moda, porque los tiempos han cambiado, pero todo sigue ahí, apasionadamente buscado y traído a nuestros días para el nuevo espectador, sin abandonar para nada el oportunismo de lo revival. ¿Dónde está, o estaría de existir, el problema? En el tiempo, nada más. En mitad de los noventa, acogiendo a todas esas catervas de jóvenes ingenuos y prácticamente inútiles que venían de dejarse las mandíbulas mascando mil millones de veces Terminator 2. El Juicio Final (Terminator 2: Judgment Day. James Cameron, 1991), en pleno auge del videoclip musical y los videojuegos, aquellas cosas tan modernas como el primer Trainspotting o Corre, Lola, corre (Lola rennt (Run, Lola, Run). Tom Tykwer, 1998) podían descolocarle a uno la cabeza, hacerle verse revigorizado por el refrescor artístico, y sentirse más europeo. Pero lo fresco deja de ser fresco veinte años más tarde, cuando ya lo han plagiado, refrito, fusilado, reinventado, pulido, mejorado y exprimido hasta la arcada.

Arrastra pues T2 esa punición siempre flotante: ser comparada con la otra, y ser comparado el trabajo de sus artistas con el que llevaran a cabo en el pasado. ¿Alega pues, este que escribe, que de haberse estrenado el filme que nos ocupa en 1996 hubiera funcionado igual de bien? Sí, pero eso no vale. Hubiera funcionado incluso mejor porque saldrían en pantalla cosas del futuro muy flipantes. Hablando como personas solemnes y responsables, y sin perder de vista la perspectiva de la per se injusta comparación, la «tara» o pega de Trainspotting 2 es la ausencia de lo que suponía una pega también en Trainspotting 1: la volatilidad silvestre.

Robert Carlyle
Robert Carlyle también regresa. Y no regresa a Full Monty, sino a Trainspotting. Más cascado, cascarrabias y violento que nunca © DNA Films, Decibel Films, Cloud Eight Films

O llámenlo de la manera que prefiera: la ligereza juvenil, la guasa panderetil, la despreocupación burguesa, el espíritu de alistamiento para bombardeos, la ingenuidad pueril… En el primer filme, a sus señores padres les ofendía muchísimo esto que les describo, y a los críticos y sesudos les hacía puntuar por debajo. En este segundo periplo, precisamente se echa en falta todo aquello. Es como si al perfecto aproveche del carácter demodé de T2, –consciente, buscado y conseguido– le rodease una suerte de autocensura. Cierta… pudibundez, si me permiten el término que, aunque pedante por el desuso, me parece el más acertado. Definitivamente tiene esa pega: sutilmente, pero se avergüenza, perdida la ingenuidad de Boyle tras muchos filmes, de su propia condición punky. Hay una madurez en el discurso que resulta satisfactoria, no se vayan a pensar que servidor anda descalzo con el suelo de su casa lleno de hojas de árbol, pero el salvajismo en el humor ha quedado diluido ya, en estos tiempos que corren.

Ya digo que es difícil este asunto de la perspectiva del tiempo. Pero es obvio que, ni Trainspotting 2 puede ser Trainspotting 1 porque el nivel de nihilismo de ahora no da ni para drogarse; ni es, como ya quieren hacer ver algunos, otro episodio resobado para alargar las ventas de un producto ya adulterado de partida. Pero ya sabemos también la mala hostia que se gastan los tiempos de hoy día, que lo llenan todo de babas así, sin pensar.

No es extraño, por tanto, que se califique como “menor” a esta secuela, constatando el refranillo –incierto de todo punto–- de que “nunca segundas partes fueron buenas”. Pero eso es de todo punto injusto, y además es mentira. Y para dar fe de lo que digo existe T2, Terminator 2.

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