El Reina Sofía hace uso de la cualidad arqueológica del celuloide para presentarnos un ciclo de cine español de la posguerra, con títulos de lo más selecto. A partir de este jueves 28, en el Auditorio del Edificio Sabatini, se puede aprovechar para ver proyectados algunos de los mejores títulos de nuestro cine. Clasicazos hechos todos en la posguerra (de 1939 a 1951) por nuestros grandes maestros, que podrán ser degustados como parte de la exposición Campo Cerrado. Arte y poder en la posguerra española. 1939-1953, que organiza el museo.

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Basilio Beltrán (interpretado por Antonio Casal) observa risueño la exótica danza de «La Bella Medusa» (Manolita Morán) en el clásico imprescindible de nuestro cine La torre de los siete jorobados (Edgar Neville, 1944) © España Films, Judez-Films

Los cineastas de ahora son muy de quejarse, pero durante los sombríos años del franquismo la situación del cine, podrán suponer, no era para tirar cohetes. Los años de bonanza de la II República que nos convirtieron en una de las industrias cinematográficas más importantes del mundo, se habían acabado. Terminada la guerra, ni subvención, ni hostias; había una autarquía absoluta sobre las empresas que debían mover mucho dinero, que dificultaba las finanzas, y una censura católica y patriotil que dificultaba la creatividad. Quedaban barridos –las copias que se salvaron, lo hicieron clandestinamente– de todo punto, experimentos de cine social descarnado como Las Hurdes, tierra sin pan (Luis Buñuel, 1933), de underground cañí como Carne de Fieras (Armand Guerra, 1936), cine bélico de la CNT como Aurora de esperanza (Antonio Sau Olite, 1937) o la magistral Barrios Bajos (Pedro Puche, 1937), e incluso los sainetes de burguesía republicana como Don Quintín el amargao (Luis Buñuel, 1935). Sólo sobrevivió nuestro exitosísimo cine folclórico, las películas míticas de Benito Perojo y Florián Rey –algunas de las cuales, toco en la segunda entrega de la serie Guerner y Cuadrado–, que barría en taquilla hasta al americano. El cachondeo de las cantaoras sufrientes y los cómicos con leves discapacidades, unía a ambas Españas, tal y como sigue haciendo en pleno 2016.

La cultura del costumbrismo ganó por goleada, incluso, al cine bélico de exaltación patriótica, “cine de raza y estirpe”, “cine facha”, o cómo se le quiera denominar. Así que no terminaron los abanicos, volantes y peinetas. Sin embargo, la cabezonería ibérica se removió entre aguas turbulentas y siguió dando a la historia de nuestro cine títulos de temática revulsiva, metáfora mimetizada, sátira “a huevo” disfrazada de otra cosa, imagen buscada y pulso inimitable. Este ciclo, comisariado por José Luís Castro de Paz, se hará eco de gran parte de tales honrosísimas excepciones, los jueves y viernes a las 19:00 horas.

02.VIDA EN SOMBRAS
Y otra vez Antonio Casal, esta vez en El hombre que se quiso matar (Rafael Gil, 1942), otro de los filmes que podrá disfrutarse en el ciclo © Compañía Industrial Film Español S.A. (CIFESA)

La selección incluirá filmes de los llamados “renovadores” del cine español, previos a las Conversaciones de Salamanca: José Antonio Nieves Conde, Arturo Ruiz-Castillo o Manuel Mur Oti. Y también de los denominados “telúricos”: Carlos Serrano de Osma, Lorenzo Llobet-Gràcia, Enrique Gómez… Cineastas de raíz europea y vanguardista pero a la vez profundamente influenciados por Hollywood, preocupados por lo social y lo psicoanalítico del período tenebroso que les había tocado vivir.

El ciclo comenzará con la primera versión de El hombre que se quiso matar (Rafael Gil, 1942). Una comedia negrísima y absurda, que hizo debutar como protagonista absoluto al inefable Antonio Casal, y que causó serios problemas con la censura a su productora, Cifesa. Y digo “primera versión” porque esta novela de Wenceslao Fernández Flórez volvería a ser llevada a la pantalla en 1970, dirigida de nuevo por Rafael Gil, y protagonizada por Tony Leblanc.

Al día siguiente, le tocará el turno al semidesconocido Carlos Arévalo, del que se proyectarán Ya viene el cortejo (1939), cortometraje de 11 minutos; y la lisérgica Rojo y negro (1942), una modernidad falangista y vanguardista, que optó por los novedosos ademanes de propaganda «eisensteiniana», muy alejada de la ranciedad católica y conservadurismo cuñadil de Raza (José Luis Sáenz de Heredia, 1942). Rojo y negro dio pie a una violenta pataleta del ejército y fue retirada rápidamente de cartel, tras ser vista por el mismísimo supergeneral Franco.

03.VIDA EN SOMBRAS
Conchita Montenegro en un fotograma de Rojo y Negro (Carlos Arévalo, 1942) © Compañía Española de Propaganda, Industria y Cinematografía S.A. (CEPICSA)

Del maestro Edgar Neville podremos degustar dos exquisiteces: Verbena, (1941, cortometraje) y la imprescindible La torre de los siete jorobados (1944). Un buen combinado para mostrar ambas facetas de Neville: la folclórica y popular; y la thrilleresca y policíaca. Verbena es un objeto único, difícil de encontrar, fresco y preciso, precioso. Y La torre de los siete jorobados es un clásico que ningún cinéfilo, ni ningún bibliófilo, debe perderse.

Los ladrones somos gente honrada (Ignacio F. Iquino, 1943) sí es un film mucho más conocido popularmente. Anunciada en prensa como la traslación al cine del humor disparatado y absurdo de La Codorniz, Los ladrones somos gente honrada es la primera adaptación del exitoso sainete de Enrique Jardiel Poncela de título homónimo. Ésta es la versión protagonizada por Amparito Rivelles, Manuel Luna, Mercedes Vecino, Fernando Freyre de Andrade y Antonio Riquelme. Existe otra versión cinematográfica, de 1956, dirigida por Pedro L. Ramírez y protagonizada por Pepe Isbert y José Luis Ozores; y hasta tres adaptaciones teatrales para televisión, dos de ellas, pertenecientes a distintas temporadas del mítico Estudio 1.

El 12 mayo podrá visionarse Las inquietudes de Shanti Andía (Arturo Ruiz-Castillo, 1946), otra adaptación, huelga indicar que de la novela de Pío Baroja, quien, por cierto, aparece brevemente en la película. Arturo Ruiz-Castillo, además de director y adaptador, productor, guionista, decorador y figurinista del filme, debutaba en la creación de largometrajes de ficción, tras una extensa experiencia como documentalista. Fue también colaborador de Federico García Lorca en la compañía teatral La Barraca, director artístico de la editorial Biblioteca Nueva, y activo divulgador cultural durante la República. Y al día siguiente, podremos degustar Embrujo, (Carlos Serrano de Osma, 1947). Serrano de Osma fue la cabeza visible de una corriente autodenominada “cine telúrico”, una patulea de coleguillas reunidos en torno a la revista Cine experimental (1944- 1946). Productivo cruce entre psicoanálisis, vanguardia y espectáculo de folclore andaluz (La niña de fuego, que por cierto, se recupera en el Magical Girl de Carlos Vermut). Embrujo provocó la cólera de su protagonista, la faraona del dramatis artis, la pionera del crowdfunding Lola Flores, dispuesta incluso a denunciar al director por “distorsionar” la obra y perjudicar su imagen –“cómo me lo maravillaría yo” –.

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Una fotografía de rodaje del cortometraje Verbena (Edgar Neville, 1941), y el plano más famoso de La Torre de los siete jorobados (Edgar Neville, 1944), cuya escalera igual les recuerda a la El Ministerio del Tiempo ( Javier Olivares, Pablo Olivares. 2015-) de TVE1. Ambas piezas, del maestro Neville, podrán verse dentro de la misma sesión en el ciclo © Ufisa / España Films, Judez-Films

Vida en sombras (Lorenzo Llobet-Gràcia, 1948), la cinta que da título al ciclo, fue relegada al ostracismo por la censura en el momento de su estreno, que la calificaría como “inconcebible, inaceptable, inadmisible, impresentable” (póker). Protagonizada por el maestro Fernán Gómez, la metaficcional Vida en sombras está considerada hoy una de las joyas del cine español, y reivindicada como referencia capital por cineastas clave de nuestro cine, como Iván Zulueta o Pedro Almodóvar. Inicialmente fue clasificada con la Tercera Categoría, lo que los supuso la ruina para su productora (Castilla Films) y para su debutante realizador, Lorenzo Llobet-Gràcia, que no volvería a rodar nunca. Como joya es también La calle sin sol (Rafael Gil, 1948), una rareza basada en un guión de Miguel Mihura, y englobada dentro del denominado, en tiempos recientes, “cine negro español”. Mezcla conseguidísima de noire americano, con costumbrismo castizo y psicoanálisis de posguerra. El director de arte Enrique Alarcón construyó el apocalíptico barrio chino barcelonés de los cuarenta de la nada, todo en un estudio.

Justo antes de entrar en conflicto con las nuevas generaciones de cineastas, surgidas sobre todo de las Conversaciones de Salamanca, aludidas más arriba, Juan de Orduña volvía a arrasar extraordinariamente con un melodrama histórico titulado Locura de amor (Juan de Orduña, 1948). El filme trascendió al mainstream, gracias a sus ínfulas pictóricas, que se inspiraban en los cuadros de Rosales, Palmaroli y Pradilla del siglo XIX, para contar la leyenda romántico-franquista de Juana La Loca y Felipe el Hermoso. Lo “acartonado” del filme, no se puede aplicar a su dirección de arte, obra de Manuel Comba, hijo de Juan Comba García, pintor de cámara en las cortes de Alfonso XII y Alfonso XIII y biznieto de Eduardo Rosales. La que sí se anticipaba a esas generaciones nuevas, siendo incluso objeto referencial de las mismas, era la indispensable Surcos (José Antonio Nieves Conde, 1951), una suerte de proto-neorrealismo español que cerrará el ciclo del Reina Sofía.

La explicitud a la hora de tratar temas sociales que tenían especial candencia en el momento, hacen de Surcos uno de los más duros alegatos contra la injusticia de clase que instauró el franquismo, al mismo tiempo que engrosa un universo de referencialidad riquísimo, sito completamente en la hispanidad y lo ibérico. El filme nació del desencanto del falangismo por parte de Nieves Conde y de su coguionista, Gonzalo Torrente Ballester. Y así, temas como el éxodo rural, el paro, la prostitución, el estraperlo, la escasez de vivienda… tratados como si fueran filtrados por la meticulosidad de un Pérez Galdós y la ternura de un Cervantes, hacen de este filme una obra más que adelantada a su momento, reivindicada por todas las generaciones hasta hoy.

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De izq. a dcha. y de arriba a abajo: Las inquietudes de Shanti Andía (Arturo Ruiz-Castillo, 1946), Embrujo, (Carlos Serrano de Osma, 1947), Vida en sombras (Lorenzo Llobet-Gràcia, 1948) y La calle sin sol (Rafael Gil, 1948). Exquisiteces todas © Horizonte Films / Producciones Boga / Castilla Films / Suevia Films – Cesáreo González

Vamos, que si no han visto alguna de estas obras maestras y son de Madrid –o han de venir a hacer unos papeles, o algo–, ahora pueden aprovechar gracias a esta riquísima retrospectiva. Verán que los españoles, entre muchas locuras, llevamos haciendo auténticos diamantes desde tiempos lejanos, e incluso en períodos tempestuosos y amorales.

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